vendredi 22 août 2014

Efraín HUERTA/ Otro Efraín: el periodista

ADELANTO
Otro Efraín: el periodista
Por Efraín HUERTA

Extraídas también de El otro Efraín, en estas notas se advierten, de entrada, las cualidades de la prosa del periodista Huerta. Se trata aquí de dos textos complementarios: mientras que el primero es una bienvenida entusiasta a Henri Kloz, el segundo es una suerte de lamentación por el malhadado día en que el surrealista francés halló su destino bajo nuestro cielo, procedente de uno “atmosféricamente anonadador”

HENRI KLOZ EN EL VALLE DE MÉXICO

El traído y llevado surrealismo, esa doctrina estética de tanta sencillez y tanta confusión, tiene en su haber el nacimiento y desarrollo de ciertos tipos ejemplares, o prototipos, de los cuales se valen sus cada día menos abundantes partidarios para hacer más efectiva su labor apostólica. No nos referimos concretamente a ningún progenitor surrealista, ni tampoco cometeremos la torpeza de decir, por ejemplo: Ah, esa ilimitada novela, Nadja, del diáfanamente puro André Breton.

Desde luego que no.

Por la razón sencilla de ser atacado sin descanso, el surrealismo ha llegado a convertirse en un lugar común, y no nos creemos en la obligación de citar tal o cual personaje: cualquier empleado de tercera de la secretaría que ustedes quieran podría, si se lo pidiese una comisión idónea de intelectuales mexicanos, dar amplias charlas sobre los dictados del pensar con ausencia de todo control ejercido por la razón, es decir, del automatismo psíquico puro. ¿Se entiende? Si no, aclararemos que nuestro rumbo se encaminaba de mostrar lo corriente que es ya el surrealismo entre todos los hombres, a pesar de quererlo tener guardado como oro en paño sus procreadores. La gran revolución, en vez de hacerse añicos o enmohecerse en lo que pudo convertirse en su tumba, rebasó su cauce inundando con su maravilloso evangelio los humanos entendimientos, antes de su sagrado rocío tan sedientos y desorientados.

Un prototipo surrealista, Henri Kloz, ocupará por hoy nuestra atención. Que no se alarme la reacción por lo que vamos a escribir; la libertad de prensa, que otros confunden con la publicación de libelos, nos ampara. Además, la solvencia de la patria ideal de cuyo seno es hijo Kloz, sería, en dado caso de que nos procesaran, nuestra máxima defensa.

Henri Kloz es un joven pequeño burgués, estudiante de ciencias químicas, ex futbolista y, desde su llegada al mundo, incondicional apasionado del surrealismo.

Buen chico, por lo demás, y muy sentimental cuando lo espían. Las malas lenguas — escribir la fi losofía de la mala lengua es como una conminación —, que abundan en todas partes y se reproducen por millares, aseguran por su salvación que Henri Kloz es producto del talento creador de Ramón Gómez de la Serna. (Pensamos que, de haberlo conocido la deliciosa Minnie, se habría suicidado en la primera mitad del segundo acto.) Habiendo vivido muchísimo tiempo desterrado de su país de origen, el dulcísimo suelo francés, acusado por autorizados alienistas de cometer punibles actos en contra de la santa moral y pretender, queremos decir propugnar, en tumultuosos mítines de franco carácter o matiz subversivo, la desaparición inmediata de la cortesía y del aburrimiento, por considerar que estas virtudes son contrarias al espíritu progresista del siglo XX, nadie sabe dónde pasó los días, seguramente negros, de su destierro, siendo lo más seguro que los haya pasado en las profundidades desérticas del Sahara, o en el fondo del mar en busca de la piedra fi losofal, o surrealistamente enamorado de una sirena veleidosa.

Nada se sabe de cierto, repetimos, sobre el asunto de su exilio. Pero es el caso que hoy, cuando su recuerdo comenzaba a borrarse de la frágil memoria de los hombres, aparece en México, ante el jubiloso asombro de nuestro planetilla intelectual y de la sabida región más transparente del aire.

Henri Kloz, en consecuencia, es un viajero nada común. Apenas tiene días contados entre nosotros y ya el Valle está bajo su dominio, a merced de su juvenil impulso, pues según su propia confesión, Kloz no puede vivir tranquilo sin imaginarse, sin soñarse dueño, si no de todos los mares, continentes, constelaciones, sí de varios kilómetros a la redonda del suelo que sus pies de impaciente máximo pisan. No llegó a México por ninguna de las vías ordinarias; descendió con la primera lluvia de junio, goteando brillantes estrellitas, como cualquier Liliom. Declaró venir directamente de una zona celeste donde todo es “atmosféricamente anonadador” y son desconocidos los actos de cortesía, de tedio, de disidencia y sabotaje; que ahí, en fórmula que a nosotros nos extrañó por lo poco original, “había pasado los mejores años de su vida”. A los periodistas díjoles venir a romper lanzas en defensa de monsieur André Breton, injustamente atacado, quizá por la envidia o la falta de capacidad comprensiva de los tipos del altiplano patrio, o sea, del Anáhuac romántico y legendario. Que, con honradez que también nos extrañó, habíase cumplido la profecía de su mismísimo padre, de Ramón el de las greguerías, que fue, según versión del propio Kloz, de esta guisa: “Quizá algún día quede solo sobre cubierta Breton, aguantando el fuego de todas las escuadras”, lo que en regular romance significa que Gómez de la Serna pronosticó, señaló el momento solemne en que Breton se quedaría clamando en el desierto.

Henri Kloz trae, pues, una honrosa misión: la defensa del incomprendido, del abandonado por la traición de sus antiguos cofrades de parto. Felicitémosle porque nos ha demostrado que todavía hay sobre la tierra abnegación y fidelidad; y felicitémonos de poder contar — con los dedos naturalmente — a otro heroico surrealista.

No todos los días nos es dada la dicha de palpar una existencia como la de este desmesuradamente rebelde Henri Kloz.

Pero, en vista de que los linotipos no esperan y esta crónica, por su importancia informativa tiene que ser dada a conocer sin más tardanza, suspendemos aquí la presentación de Kloz, prometiendo en cercano número de nuestro periódico dar detalles exactos de su labor reivindicadora.

Primera aparición en El Nacional, 2 de julio de 1938. Posteriormente reproducido en Aurora roja, México, 2006.

***

DESVENTURAS Y SUICIDIO DE HENRI KLOZ

Triste misión la nuestra, de narrar con brevedad las desventuras y el inevitable suicidio de nuestro amigo Kloz. No quisiéramos hacerlo. Pero el deber informativo es más fuerte que nuestra voluntad de no hacer nada. Hay deberes que se cumplen hasta con alegría; los hay que nos apasionan como si de amar se tratara; y se dan deberes que, por ineludibles, pesan como una tonelada de piedra sobre la conciencia.

A estos últimos pertenece el de hoy. ¿Por qué, nos preguntamos angustiados, Henri Kloz sólo era conocido nuestro y ningún reportero le prestó el interés sufi ciente como para hacerse su amigo y no abandonarlo en sus tribulaciones? ¿Y
por qué el afán de evitar escribir sobre seres desventurados y su muerte? No somos egoístas. Al contrario: más ampliamente ya no podemos obrar.

Pero es que Kloz, tipo caótico de la posguerra, si resucitase, nos reclamaría airado por no escribir acerca de sus últimos días. Y siendo los surrealistas como son, capaces hasta de tomarse en serio ellos mismos, mejor será que digamos, temerosamente, nuestras visiones fi nales de la vida del héroe. Aclaramos que ni de sus desventuras, ni de su estruendoso suicidio tenemos la culpa. También él, a su debida hora, se encontró solo en la cubierta de la lancha surrealista. No le salvó ni su contextura de habitante de las nubes, ni aun le dieron una mano quienes estaban obligados a dársela.

Henri Kloz, haciendo gala de su independencia, no se puso en contacto desde luego con M. Breton. Temía encontrarse con Diego Rivera y decirle que es, además de un “monstruo de inteligencia” (Elie Faure), un caso extraordinario de clownería, demostrándoselo con la publicación Choque, en la que apareció un artículo del pintor de Coyoacán, afi rmando que el surrealismo es un arte de maricones.

Kloz dejó correr el tiempo, pensando en mítines de calle y preparando manifiestos a la nación. Sí pensó encontrarse con Efrén Hernández, ya que en su Breve historia de la literatura americana, Luis Alberto Sánchez asegura que el autor de El señor de palo es un “joven escritor surrealista, autor de un cuaderno promisor, titulado Tachas, solfeo de prosa joyciana”. Pero no encontró a Efrén, y, un tanto decepcionado, se echó a buscar prosélitos entre los habitantes de la Alameda Central, sitio en que se apareciera, una cruda noche de verano, el fantasma doloroso del Perro Andaluz. Y halló una docena de pioneros criollos del surrealismo, jóvenes dispuestos a emprender la cruzada reivindicadora. Unas cuantas inspiradas frases de Kloz y un regular almuerzo bastaron para convencerlos.

El primer mitin se llevó a cabo ante la impasibilidad del Benemérito Juárez, a quien los ángeles aún no acaban de coronar. La cosa principió apaciblemente, hasta que nuestro moderno templario abordó las cuestiones fundamentales y espinosas del surrealismo. Entonces el desorden, como una porción de olas rebeldes, se hizo poco a poco dominador, no sólo del bien luminoso hemiciclo, sino de toda la avenida.

Fueron los setenta limpiabotas de la Alameda, con su prodigiosa intuición, los alborotadores. Los siseos y los gritos de reprobación alcanzaron tal poder, que los escasos mercenarios de Kloz aconsejaron a éste prudencia y siempre prudencia.

Pero Kloz no escuchó los sabios consejos de sus alquilados, siguiendo fogosamente la exposición de la doctrina y lanzando centenas de salivazos intelectuales a los estultos desorientadores que sólo han visto en M. Breton un “chifl is” y no llegan, en su ceguera, a percibir el carácter evangélico y noble del gran poeta francés.

Pero en un momento sublime, las dóricas columnas estriadas temblaron y agotóse la paciencia marmórea de los leones del monumento; un frío viento de tragedia sopló; las mujeres sufrieron un ataque de histeria agudísima y los hombres sintieron que habían perdido para siempre la facultad de soñar, y que de ahí en adelante serían como dice Platón que eran los habitantes de la Atlántida. Desencadenóse el huracán; la multitud curiosa y furiosa obligó a Henri Kloz y a sus ocasionales partidarios a huir. Lentamente, con esa lentitud guardiana del quebranto moral, se renovó la tranquilidad; los leones de mármol siguieron en reposo y las columnas apaciguáronse. Juárez el Impasible, continuó siéndolo.

Poco más tarde se supo que Kloz y su cuadrilla eran perseguidos por la policía. Las escenas que presenciamos fueron épicas. Los silbatos de los fieles guardianes del orden entremezclábanse con la desesperante sirena de los hombres del fuego, también partícipes en el fi lm. Las rotativas dieron a luz escandalosas extras, en que se hablaba de orden subvertido y perturbación de la paz pública; los bares y los cafés donde la intelectualidad se reúne se despoblaron; tembló oscilatoria y trepidatoriamente una vez más; los pegasos, aprovechándose de la confusión, emprendieron el ansiado vuelo; pasó sobre la ciudad un hálito de sobrenaturalidad, como si los dioses del Olimpo protestaran por la agresión hecha a uno de sus más distinguidos miembros.

Pero, como dijera un húsar de la muerte, órdenes son órdenes. Y la policía (¡Síganlo por el aire en bicicleta, aunque no sepan astronomía!), la policía secreta y uniformada prosiguió la persecución, con tal saña que cualquiera hubiera dicho que andaban en busca del sátiro redivivo de Düsseldorf. Y en verdad que la huida de Kloz y testaferros semejó un trozo de una de esas películas de episodios que otra vez comienzan a estar de moda. Cuando ya, a la altura del Banco de México, creían los policías atraparlo, Kloz ordenaba a cualquiera de sus secuaces que le protegiera, entregándose, la retirada. La velocidad de Kloz era demoniaca; ni sus mismos pandilleros supieron cómo ni cuándo lo perdieron de vista. El caso es que en un momento, “el Zócalo, en el que cabe la más recia tempestad”, viose repleto de un público ansioso que contemplaba a un joven desmelenado escalando la fachada de la Catedral; que pronto llegaba hasta el amarillento reloj y abrazaba a la más hermosa de las estatuas, quizá la Esperanza, esculpidas por Tolsá; que, dominando el vacío y la angustia trepidante de la multitud, gritaba que iba a morir por un ideal sacrosanto y que jamás el mundo, del cual se llevaba una impresión asquerosa, volvería a tener noticias suyas.

Y el espectacular suicidio consumóse. Kloz se lanzó al aire “planeando”, y cuando estaba a diez metros del suelo, se evaporó cual tenue suspiro de muchacha, igual que deben evaporarse los auténticos surrealistas al morir. Las calles asfaltadas parecieron pocos minutos después anchos ríos de lágrimas. Algunos timoratos hablaron del Anticristo y nosotros, acongojados, comenzamos apresuradamente una invocación al recién desaparecido.

Primera aparición en El Nacional, 10 de julio de 1938. Posteriormente reproducido en Aurora roja, México, 2006.


Articulo : http://www.elboomeran.com/ 08/2014