lundi 4 août 2014

ESPECIAL PRIMERA GUERRA MUNDIAL

ESPECIAL PRIMERA GUERRA MUNDIAL
Para entender la I Guerra Mundial
Por EL PAÍS 

Cien años después, las fascinación por la Gran Guerra desborda la trinchera cultural

Por misteriosa, la Gran Guerra todavía es fascinante. El centenario del inicio de la Primera Guerra Mundial en 1914 ha desencadenado una oleada de ensayos, novelas, debates y hasta cómics que intentan explicar las causas, el desarrollo y las consecuencias de una convulsión que cambió el curso de la historia. Babelia, la revista cultural de EL PAÍS, se metió en las trincheras en un número monográfico y a lo largo de una semana en Babelia.com. Estos son 20 artículos más relevantes, que aportan las claves del conflicto.

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16 libros imprescindibles para entender la I Guerra Mundial
Por Guillermo ALTARES

La Gran Guerra impulsó los primeros 'best-sellers' globales y también obras maestras del pacifismo. Incluso antes del final del conflicto empezaron a aparecer novelas, aunque el tema se ha mantenido vivo durante un siglo

Dieciséis libros que permiten entender lo que ocurrió durante la I Guerra Mundial.  

Los cuatro jinetes del Apocalipsis
Vicente Blasco Ibáñez (1916)

Con permiso de las grandes novelas de Charles Dickens, Los cuatro jinetes del Apocalipsis fue uno de los primeros best sellers mundiales, una obra que alcanzó rápidamente una importancia planetaria: fue publicada en castellano en 1916, traducida en Estados Unidos en 1918 y llevada al cine en 1921, con Rodolfo Valentino como protagonista. Con la historia de dos familias relacionadas entre sí que luchan en bandos diferentes durante el conflicto, publicada en plena guerra, el valenciano Vicente Blasco Ibáñez (1867-1928) logró tocar una fibra global. La mezcla de relato familiar con la descripción de la Europa devastada por la guerra, el compromiso a favor de los aliados, sin ocultar la bestialidad del conflicto, atrajeron a millones de lectores. “Tumbas… tumbas por todas partes. Las blancas langostas de la muerte cubrían el paisaje”, escribe en una de sus muchas descripciones de escenarios bélicos. Literatura de otros tiempos sin los cuales es imposible entender los nuestros.


El retorno del soldado
Rebecca West (1918)

Si hay un libro que retrata cómo la guerra alcanza también a aquellos que no la han vivido, ese es sin duda El retorno del soldado,la primera novela de la británica Rebecca West (1892-1983), una de las escritoras más importantes del siglo pasado. West es también autora de una obra maestra de la literatura de viajes, Cordero negro, halcón gris, que a través de un recorrido por los Balcanes permite comprender muchas claves de la historia europea. “Nunca seré capaz de entender cómo ocurrió”, dice, desde Sarajevo, sobre el estallido de la guerra. El retorno del soldado (Herce, en traducción de Laura Vidal) relata la historia del regreso a casa de un militar que resultó herido en el frente. Existe un abismo entre lo que él ha vivido en Flandes y la percepción que tiene su familia de lo ocurrido durante la I Guerra Mundial. La autora todavía cree en el futuro y en que el trauma bélico puede tener curación a través del psicoanálisis.


Tempestades de acero
Ernst Jünger (1920)

El relato autobiográfico del narrador y filósofo alemán Ernst Jünger (1895-1998) es la antítesis de libros como El miedo o Sin novedad en el frente. Se puede decir que casi desde los tiempos de la épica griega no se había escrito un elogio tan contundente de la guerra: su biógrafo francés Julien Hervier habla incluso del “sentimiento lúdico de la guerra” en Jünger. Se puede (incluso se debería) no estar de acuerdo con la visión que ofrece del conflicto, pero hay algo en las páginas de Tempestades de acero (Tusquets, en una traducción de Andrés Sánchez Pascual) que nos engancha. Se trata de una obra que mezcla el heroísmo con la violencia atroz, ya que en ningún momento Jünger trata de ocultar lo que la guerra produce. Este libro logró sobrevivir a una marca tan siniestra como los elogios que le lanzaron los jerarcas nazis para convertirse en una obra apasionante e inclasificable.


París bombardeado
Azorín (1921)

Esta recopilación de las crónicas que Azorín (1873-1967) escribió desde París en 1918 para el diario Abc no es seguramente uno de los libros más importantes escritos sobre la I Guerra Mundial. Sin embargo, merece estar en esta lista. Refleja la visión española de un conflicto del que nuestro país se sentía ajeno —nadie podía prever hasta qué punto le alcanzarían sus consecuencias—; pero es también un magnífico relato de una de las principales características que aportó esta guerra a la infamia universal: los primeros bombardeos contra civiles desde el aire. El relato que hace el escritor de la generación del 98 de las avenidas vacías de París, de los apagones a medianoche ante la llegada de los zepelines, del terror de los bombardeos y de los refugios refleja lo que se avecinaba sobre Europa. Con sus frases cortas, cargadas a veces de ironía y otras de emoción, Azorín describe París con precisión y a la vez anticipa el resto del siglo XX.


El buen soldado Svejk
Jaroslav Hasek (1922)

A veces uno se pregunta si hay otra forma de contar la I Guerra Mundial que no sea a través de la parodia, porque incluso el drama más tremendo se queda corto para describir lo que ocurrió en Europa entre 1914 y 1918. Las aventuras del buen soldado Svejk (Galaxia Gutenberg, en una gran traducción de Monika Zgustova) es una obra de ficción imprescindible sobre este conflicto por su ambición, por su volumen, pero también por su capacidad inmensa de ironía y sátira en la mejor tradición de Rabelais o Cervantes. Jaroslav Hasek(1883-1923) es considerado el gran narrador checo junto a Kafka, aunque, a diferencia del autor de La metamorfosis, escribió en su lengua materna, no en alemán. Como escribe la traductora en el prólogo de la edición española, “Svejk ridiculiza todas las instituciones ante las que comparece: las de la justicia, las militares, las políticas, las religiosas y las de salud”.


Los siete pilares de la sabiduría
T. E. Lawrence (1922)

Resulta casi imposible separar en nuestra imaginación la monumental obra autobiográfica de T. E. Lawrence (1888-1935) —casi mil páginas en su edición española— de la película de David LeanLawrence de Arabia. Este libro, a la vez relato de viajes por los desiertos de Oriente Próximo, crónica histórica y recorrido iniciático, es considerado también uno de los grandes manuales militares de la técnica de las guerrillas (volvió a hablarse mucho de él, por ejemplo, cuando estalló la insurgencia en Irak). Lawrence fue el oficial encargado de unir a las tribus árabes en su lucha contra el imperio otomano durante la IGM. Sin embargo, perdió en el terreno diplomático con el tratado Sykes-Picot y vio cómo eran traicionadas las promesas que les hizo a sus aliados árabes, que nunca llegaron a cumplirse. Es un libro apasionante, aunque excesivo como el propio Lawrence, cuya importancia es todavía fundamental para comprender lo que ocurre en la región.


Adiós a todo esto
Robert Graves (1929)

Las memorias del autor de Yo, Claudio simbolizan la historia de toda una generación de jóvenes británicos que acabó cercenada en la I Guerra Mundial. El título refleja el sentimiento de fin de época que significó el conflicto para todos aquellos que sobrevivieron, la ruptura con la confianza ciega en el futuro. Robert Graves (1895-1985), que también fue uno de los grandes poetas de las trincheras, combatió en la batalla del Somme. “Ni siquiera la promesa de una ración extra de ron logró levantar los ánimos del batallón. No había nadie que no estuviera de acuerdo en que aquel ataque era inútil, imbécil e irrealizable”, escribe sobre el mayor desastre de la historia militar británica, una ofensiva que costó la vida a 20.000 militares solo en la jornada del 1 de julio de 1916. De hecho, resultó herido de gravedad unos días más tarde. La estupenda versión castellana, publicada por Edhasa, es obra del escritor mexicano Sergio Pitol.


Sin novedad en el frente
Erich Maria Remarque (1929)

Esta novela fue publicada en 1929 en Alemania, cuando el mundo se enfrentaba a la Gran Depresión. Era también el momento en que el nazismo comenzaba a hacerse cada vez más fuerte. Sin novedad en el frente, que fue un éxito inmediato, es una de las novelas antibelicistas más influyentes de todos los tiempos, un relato de cómo la guerra destruye a los hombres, incluso a aquellos que sobreviven. Su primera adaptación cinematográfica, de Lewis Milestone, ganó sólo un año más tarde el Oscar a la mejor película y mejor director. Naturalmente, fue una de las obras quemadas en público por los nazis desde 1933. El libro de Erich Maria Remarque (1898-1970), que se inspiró en sus propias experiencias como soldado, nunca ha cesado de ser reeditado y leído como uno de los grandes testimonios de la lucidez y la inteligencia frente a la irracionalidad de la guerra y la fuerza devastadora del patriotismo mal entendido. 


Adiós a las armas
Ernest Hemingway (1929)

El premio Nobel Ernest Hemingway (1899-1961) fue un joven que condujo ambulancias durante la I Guerra Mundial, uno de los trabajos más peligrosos, ya que había que ir y volver constantemente del frente a merced de la artillería; resultó herido y vivió una historia de amor con una enfermera en Italia, un idilio que acabó mal aunque por motivos muy diferentes a los que describe en el libro. Así nació su segunda novela, después de Fiesta. Fue otra obra sobre la guerra que tuvo inmediatamente un gigantesco éxito y que fue llevada al cine al poco tiempo. Sigue siendo uno de sus libros más célebres. Otro miembro de la generación perdida, John Dos Passos, narró sus experiencias bélicas en la novela Iniciación de un hombre: 1917, de la que acaban de publicarse dos ediciones en castellano, en Gallo Nero y Errata Naturae. Las obras de Hemingway, Dos Passos o Scott Fitzgerald reflejan la inmensa huella que dejó el conflicto.


El miedo
Gabriel Chevallier (1930)

Uno de los grandes efectos de la I Guerra Mundial fue que, en medio del horror de las trincheras, nació el pacifismo, aunque, desde luego, no la paz. “Veinte millones, todos de buena fe, todos de acuerdo con Dios y su príncipe… Veinte millones de imbéciles… Como yo. O más bien no, porque yo nunca creí en ese deber. Ya a los 19 años, pensaba que no había ninguna grandeza en hundir un arma en el vientre de un hombre, en regocijarme con su muerte”, escribe Gabriel Chevallier (1895-1969) al inicio de esta obra maestra, olvidada durante muchos años. Esta novela autobiográfica relata la suerte de los poilus, los soldados franceses que acabaron destrozados en el frente bajo el mando de oficiales muchas veces incompetentes y, desde luego, muy poco considerados con la vida de sus soldados. Es un libro escalofriante, escrito a pie de trinchera. El miedo (Acantilado) es uno de los grandes testimonios universales sobre la guerra.


Johnny cogió su fusil
Dalton Trumbo (1931)

La I Guerra Mundial dejó centenares de miles de mutilados, de soldados destrozados por las armas más modernas jamás utilizadas en ningún conflicto, pero también salvados por una medicina que había avanzado a pasos agigantados. Dalton Trumbo (1905-1976), guionista y novelista que acabaría siendo apartado del cine durante lacaza de brujas en Hollywood del senador McCarthy, escribió la historia de uno de estos heridos, sin piernas ni brazos, sin poder hablar, pero con la mente totalmente lúcida. Es un relato espeluznante, pero también la metáfora de los heridos, física o moralmente, por la guerra, hombres aislados de su sociedad, condenados a no poder transmitir sus sufrimientos. Trumbo pasó muchos años sin poder trabajar hasta que el productor y protagonista de Espartaco se empeñó en que su nombre apareciese en los créditos. Curiosamente, el director, Stanley Kubrick, y el actor Kirk Douglas son los responsables del mejor filme sobre el conflicto, Senderos de gloria.


Viaje al fin de la noche
Louis-Ferdinand Céline (1932)

El siglo XX ha producido pocos escritores tan complejos, polémicos y grandes como Louis-Ferdinand Céline (1894-1961). Leer su obra supone asomarse al abismo porque conocemos su antisemitismo feroz y sabemos que estuvo en el bando de los nazis durante la II Guerra Mundial. La polémica nunca ha dejado de acompañarle. Dicho esto, ¿es Viaje al fin de la noche una de las grandes novelas universales? Sin duda. Por su lenguaje, por su estructura, por su técnica narrativa, fue una obra extraordinariamente innovadora, pero se lee también como un libro imprescindible sobre el conflicto, uno de los mayores gritos contra el absurdo de la guerra nunca escritos. Su protagonista, Ferdinand Bardamu, es un tipo cínico y descreído, un individuo que va al frente sin ninguna gana de ser un héroe, ni de jugarse la vida. “La guerra es al final todo lo que no entendemos”, escribe. A Céline es imposible comprenderlo, pero también dejar de leerlo.


El mundo de ayer
Stefan Zweig (1942)

No es una obra sobre la I Guerra Mundial, pero se trata de uno de los libros más bellos que se han escrito sobre lo que significa Europa y sobre cómo fue destruida dos veces, en dos cataclismos tan conectados entre sí que, en cierta medida, forman uno solo: en 1914, con el inicio de la IGM, y en 1933, con la llegada de Hitler al poder, que acabaría desembocando en la II Guerra Mundial. Con el subtítulo de Memorias de un europeo, Stefan Zweig (1881-1942) escribió su autobiografía al final de su vida. Se suicidó en 1942 creyendo que su mundo había desaparecido para siempre y que, como judío, iba a ser perseguido eternamente. Varios capítulos transcurren durante el conflicto y es emocionante su descripción del verano de 1914, pero por encima de todo es tal vez el libro que mejor describe lo que la guerra destruyó, la Europa borrada del mapa (literalmente) en las trincheras.


Los cañones de agosto
Barbara Tuchman (1962)

Este libro se encuentra en esta lista no por su importancia actual, sino por la importancia que tuvo cuando fue editado. Sobre los orígenes del conflicto se han publicado dos estudios imprescindibles este mismo año, Sonámbulos, de Christopher Clark, y 1914, de Margaret McMillan, que estudian el mismo periodo que Barbara Tuchman (1912-1989): las decisiones políticas y estratégicas que llevaron al estallido de la I Guerra Mundial. Sin embargo, Tuchman logró, además del Premio Pulitzer en 1963, una influencia que pocos libros de historia consiguen. Durante la crisis de los misiles con Cuba, el presidente John F. Kennedy tuvo siempre presente este ensayo y dijo que no quería encontrarse de repente en medio de una guerra mundial, arrastrado por acontecimientos rápidos e imprevisibles, sin ni siquiera tener claro cómo había empezado todo, tal y como cuenta Tuchman que ocurrió con los políticos involucrados en la I Guerra Mundial.


Missing of the Somme
Geoff Dyer (1994)

Los lugares donde se combatió la I Guerra Mundial, sobre todo el Frente Occidental, son ahora espacios poblados de recuerdos: monumentos, cementerios con sus cruces blancas perfectamente alineadas, pero también de bombas sin explotar e incluso de cuerpos que aparecen de vez en cuando. El escritor británico Geoff Dyer (1958), del que acaba de ser publicado en castellano su ensayo sobre el jazz Pero hermoso, los describe en un apasionante libro de viajes, Missing of the Somme (Random House, 1994). Los desaparecidos del Somme es una reflexión sobre lo que significó aquel conflicto, sobre lo que inauguró: la era de los que van. Los inmensos memoriales a los desaparecidos durante la guerra reflejan lo que iba a ocurrir en el futuro, explica Dyer, “el siglo en el que millones de personas vieron cómo otros se iban para no volver”, ya sea por éxodos, emigración masiva o una violencia política no alcanzada hasta entonces.


La belleza y el dolor de la batalla
Peter Englund (2008)

En todo acontecimiento histórico llega un momento en que desaparece el último testigo, en que la vida se lleva al último que pudo narrar en primera persona lo que ocurrió. En el caso de la I Guerra Mundial, en la que combatieron cerca de 70 millones de personas, el último soldado en morir fue Claude Choules, que falleció a los 110 años en mayo de 2011 en Perh (Australia). La última veterana no combatiente fue Florence Green, que murió en febrero de 2012. El historiador sueco Peter Englund (1957), secretario permanente de la academia que otorga el Premio Nobel, recoge en este impresionante libro 20 testimonios que relatan 227 momentos diferentes del conflicto. No es el único ensayo importante en este sentido (aunque sí el más completo): The first day on the Somme (1971), de Martin Middlebrook, ofrece un espeluznante relato del peor desastre de la historia militar británica a través de los que estuvieron allí.

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Versos de barro y muerte
Por Fernando GUALDONI 

Cualquier mañana de un 11 de noviembre en Londres es inolvidable. La mayoría de las personas, sin importar su edad, credo, nacionalidad o color de piel, salen a la calle con una flor roja en la solapa.

Si alguno no la tiene o se le ha olvidado, ya habrá alguna organización caritativa que le dé una a cambio de donar unos pocos peniques o una libra. La pequeña amapola conmemora el armisticio de la I Guerra Mundial y la sangre derramada por muchos jóvenes británicos y de otras partes del mundo, cuya prematura muerte privó a la humanidad de talentos en las artes y las ciencias. También simboliza la vida que emerge en medio de la devastación de una guerra, la belleza que se impone al horror. Así lo vieron los soldados en la primavera de 1915 en los campos de batalla de Bélgica y así lo retrató una generación de imberbes poetas que pereció en las trincheras o sobrevivió solo para recordar el horror.

La idea de usar la bella amapola roja como símbolo de los caídos fue de Moina Belle Michael, una secretaria de la oficina central de la Asociación Cristiana de Jóvenes (YMCA) en Nueva York. Unos días antes del armisticio del 11 de noviembre de 1918, Moina leyó en una revista el poema We shall no sleep (No podremos dormir), más conocido por el título In Flanders fields (En los campos de Flandes),del oficial médico canadiense John McCrae, fallecido a principios de ese último año de contienda a causa de una neumonía. Tenía 45 años. Ese día, el 9 de noviembre, se celebró una conferencia en el YMCA, y Moina, inspirada por el poema, corrió a una tienda a comprar amapolas para repartir entre los asistentes y consiguió una veintena de flores artificiales hechas de seda en una gran tienda llamada Wanamaker’s (hoy Macy’s). En su autobiografía, tituladaThe miracle flower (La flor milagrosa), Moina Michael relata todos sus esfuerzos para convertir la amapola en el símbolo de los caídos. Su campaña en EE UU fue secundada en Europa por la francesa Anna Guérin, también secretaria del YMCA, que organizó las primeras ventas de flores para recaudar fondos para las viudas y huérfanos de los muertos en los más de cuatro años de guerra.

In Flanders fields, escrito en los primeros días de mayo de 1915, en medio de la segunda batalla de Ypres, tiene hoy la misma fuerza desgarradora que hace casi un siglo. Sus versos están entre los más representativos de un conjunto de poemas escritos por los jóvenes soldados que perdieron lo que les quedaba de inocencia y la vida entre el barro, el ruido, las ratas, los piojos y el hambre en los campos de batalla de Europa. Muchos se habían enrolado en la poesía georgiana antes de la contienda, otros eclosionaron y se apagaron en las trincheras. La mayoría escribe unos primeros versos henchidos de patriotismo e idealismo para luego reflejar el dolor y la podredumbre de la guerra de la forma más descarnada, desde la primera línea del frente y tras presenciar las espantosas muertes de sus camaradas y amigos a manos de las nuevas máquinas de guerra nacidas al albor de la revolución industrial y de las armas químicas. Había nacido la poesía antibélica moderna.

El poeta más significativo de todo este grupo por su ritmo, su profundidad y su técnica es Wilfred Owen. Se enrola en octubre de 1915 y muere en batalla apenas una semana antes de la firma del armisticio. Su poesía comienza a tratar los mismos temas que los demás: el horror, la agonía, la muerte con dolor. Pero muy pronto pasa de la descripción de la violencia a meditar sobre ella, a denunciar que una valiosa juventud estaba siendo sacrificada inútilmente. Tengo una cita con la muerte (Linteo, 2011), una antología bilingüe de poetas que perdieron la vida en la I Guerra Mundial, arranca con una cita de Owen: “Sobre todo no estoy preocupado por la poesía. Me ocupo de la guerra, y de la pena de la guerra. La poesía está en la pena”.

Owen escribió la mayoría de sus mejores poemas en un plazo de apenas dos meses en 1917 en un pequeño cuarto alquilado de una casita de campo próxima a un campo de entrenamiento militar en Ripon, en North Yorkshire. Fue después de pasar unos meses en el hospital Claiglockhart, cerca de Edimburgo, donde se recuperó de las heridas sufridas en el frente. Allí conoció a Sigfried Sassoon, y ese encuentro, según los estudiosos, fue clave en el cambio de rumbo que tomó la poesía de Owen. Hasta ese agosto de 1917, Owen había acumulado no pocas experiencias traumáticas en el frente francés, pero sus textos hasta entonces indican que creía que la guerra debía seguir librándose. Sassoon, en cambio, estaba ya comprometido con el pacifismo y asqueado con el cinismo de los políticos. En julio de 1917, en un comunicado muy subido de tono para un oficial británico, Sassoon critica abiertamente la “prolongación injustificada de la guerra” y opina que la contienda ya no era para “defender ni liberar nada”, sino un acto “de agresión y conquista”. En vez de ser sometido a un consejo de guerra por insubordinación, Sassoon fue internado en Claiglockhart y retenido allí para acallarlo con la excusa de interminables tratamientos contra los traumas del frente bélico.

Sassoon nunca fue más allá de los versos de protesta y, en cierto modo, lo reconoció en un poema llamado Testament (Testamento):“Oh mi corazón, cálmate; has agotado el llanto; has hecho tu papel”. Owen, aunque descarnado en sus versos, no llegó a comulgar con el pacifismo como Sassoon. El poeta de Oswestry (Shropshire) es profundamente patriótico y cristiano, y en sus versos no sólo describe el horror del combate, sino que reflexiona sobre el atropello de los valores que representan al héroe y el heroísmo. La I Guerra Mundial desfigura el concepto de héroe tradicional del que se nutre la literatura épica durante siglos. La fe en el ideal noble y la causa justa, la generosidad hacia el vencido, el reconocimiento de la superioridad del adversario; todo se derrumba ante la frialdad de las máquinas de guerra y el asesinato calculado y en masa. Owen da cuenta de la falta de espiritualidad en los campos de batalla en su poema Anthem for doomed youth (Himno a la juventud condenada): “¿Qué toque de difuntos para los que se mueren como reses?”.

El poema ‘En los campos de Flandes’, de 1915, inspiró el uso universal de la amapola para recordar a los caídos

Owen no solo es único porque relaciona como nadie la poesía y la guerra, sino porque sólo él fue capaz de escribir unos versos que describen el “encuentro” en el inframundo de un soldado con el enemigo al que había dado muerte la jornada anterior. En Strange meeting (Extraño encuentro), el poeta habla, escucha y aprende del militar alemán, que se convierte en un “amigo” en la muerte. Es uno de los poemas más inquietantes y complejos de Owen y uno de los más profundamente humanos de los redactados en la pequeña casa de Ripon, cuando el poeta ya sabe que en breve volverá a Francia con su regimiento de Manchester.

El 4 de noviembre de 1918, Owen muere abatido por los alemanes al intentar cruzar un canal en la localidad de Ors. Seis meses antes, a unos cien kilómetros de allí, el Frente Occidental se había cobrado la vida de otro gran poeta, Isaac Rosenberg. Nacido en el seno de una familia judía humilde de Bristol, fue uno de los pocos poetas que eran soldados rasos. No gozó de los privilegios de los oficiales y permaneció en el frente durante 21 meses con un breve periodo de permiso. El crítico y poeta Jon Silkin fue un ferviente defensor de Rosenberg como el verdadero gran juglar de la I Guerra Mundial.Break of day in the trenches (El romper del día en las trincheras), compuesto en plena batalla del Somme, es un ejemplo de la vívida e imaginativa poesía de Rosenberg, que aunque describe el horror de la trinchera como Owen, lo hace de una forma más impersonal y hasta con cierto desdén.

Quienes elogian el arte de Rosenberg por encima del de los demás poetas suelen argüir que él representa mejor que nadie el cambio que supuso el reclutamiento masivo del hombre corriente para librar una guerra. Hasta 1914, las grandes potencias de la época, y sobre todo Reino Unido, contaban con un ejército profesional para defender sus intereses lejos de sus fronteras. A lo sumo echaban mano de milicias locales afines, que solían ser la carne de cañón en las batallas. En la I Guerra Mundial, este desgraciado lugar en la primera línea de fuego fue ocupado por una tropa de obreros, comerciantes, oficinistas, desempleados y estudiantes impresionados por un espíritu patriótico avasallador. La mayoría de ellos no habían empuñado un arma en su vida y en poco tiempo fueron enviados al frente.

Para los editores de la colección de poemas Tengo una cita con lamuerte, Borja Aguiló y Ben Clark, la “verdadera poesía fruto de la Gran Guerra” es posterior a la batalla del Somme, una de las más largas de la contienda, que arranca el 1 de julio de 1916 y se prolonga hasta noviembre de ese mismo año. Es la más sangrienta en la historia del Ejército británico: sólo en el primer día de batalla mueren 20.000 británicos y al final de la misma son más de 400.000, incluyendo los soldados de otros países de la Commonwealth. “Es fascinante comprobar”, dicen los editores, “el cambio de tono y estilo que sufrieron algunos poetas”. Aguiló y Clark citan el ejemplo de William Hogson, que en agosto de 1914 escribe los heroicos versos deEngland to her sons (Inglaterra a sus hijos) y que durante la ofensiva del Somme, dos días antes de morir, compone Before action (Antes de entrar en la batalla): “Por todos los placeres que voy a perderme, ayúdame, Señor, ayúdame a morir”.

Catherine Reilly, una reconocida bibliógrafa británica, registró 2.225 escritores británicos que vivieron la experiencia de la I Guerra Mundial y escribieron sobre ella. Un cuarto de esa cifra eran mujeres: Vera Brittain, Eleanor Farjeon, Margaret Postgate Cole, Rose Macaulay, Charlotte Mew, May Sinclair, Edith Sitwell o Mary Webb, entre otras. Reilly las reunió en una célebre antología publicada en 1984: Scars upon my heart: Women’s poetry and verse of the First World War. Memorable es el poema Perhaps (Tal vez), que Brittain escribió para su novio Roland Leighton, muerto en el Frente Occidental en 1915. Leighton era el amigo de la niñez del hermano favorito de Vera, Edward, que fue abatido en el frente austro-húngaro en junio de 1918. Más o menos por la época en que Brittain escribió Perhaps, Postgate Cole redactó su célebre The falling leaves (Las hojas muertas). Postgate Cole era una convencida pacifista, feminista y socialista; y criticó la guerra y a los Gobiernos que la justificaron desde el estallido. En cambio, Brittain, como muchas de las poetisas de la Gran Guerra, empezó la guerra con la idea de que la contienda era necesaria y acabó como una ferviente opositora. Los trabajos más reconocidos de las mujeres aparecieron tras el armisticio de 1918 y reflejaron sobre todo el dolor de las vidas perdidas y la soledad de los que a su regreso no lograron rehacer sus vidas.

La poesía de la I Guerra Mundial, pese a su intensidad y calidad literaria, tardó años en ser debidamente reconocida por la crítica. La primera gran antología de poetas-soldados que vivieron la guerra de primera mano no llegó hasta 1964, cuando Brian Gardner publicóUp the line to death (Avanzando en el frente hasta la muerte), un hito de este género. Desde Brooke, Sassoon u Owen hasta otros escritores casi olvidados hasta ese momento, la obra incluye a 72 poetas, de los que más de 20 habían muerto en los campos de batalla. El trabajo de Gardner es el primero en transportar al lector desde el júbilo de los primeros días de la contienda hasta la amarga decepción antes del suspiro final.

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Tardi busca la guerra en los detalles
Por Guillermo ALTARES 

Se ha impuesto como la gran referencia para entender lo que ocurrió en las trincheras de la I Guerra Mundial. No es un historiador, ni un autor de documentales, ni un novelista.

Se trata de Jacques Tardi (Valence, 1946), un dibujante de tebeos que, desde su casa del este de París, a unas zancadas del cementerio de Père-Lachaise, ha logrado recrear como nadie el horror y el absurdo del conflicto a través de historias de poilus —"peludos", el nombre que recibían los soldados franceses, que podría traducirse como "machotes"—. El último Festival del cómic de Angulema le dedicó una exposición y acaba de inaugurarse otra muestra en París en la que pueden verse las planchas originales de Puta guerra (2014), su obra magna sobre el conflicto junto a La guerra de las trincheras (1993), ambas editadas por Norma, que ha publicado la mayor parte de su obra. El 1 de enero de 2013 se enteró de que había recibido la máxima condecoración que otorga el Estado francés, la Legión de Honor. Dentro de una antigua tradición de la que participan grandes santones como Jean-Paul Sartre, Albert Camus o Simone de Beauvoir —Jacques Prévert dijo: "Rechazar la Legión de Honor está muy bien, pero es mejor no haberla merecido"—, declinó la medalla y se ha negado a participar en la conmemoración del centenario del principio del conflicto, el acontecimiento del año en Francia, pese a que recibió el encargo de elaborar un fresco.

En un reciente viaje a Madrid, el dibujante estadounidense Joe Sacco, que acaba de publicar un original panorama de la batalla del Somme, aseguraba que nadie había trabajado como él ese tema. "Unánimemente saludados por los historiadores por la precisión y el rigor de su testimonio, sus álbumes son una referencia", señalaba el catálogo de la exposición de Angulema, titulada Tardi y la Gran Guerra. "Este trabajo de auténtico archivero se centra en la vida cotidiana de los soldados y el horror de la realidad de las trincheras", agrega el texto del catálogo. Junto a su esposa, la cantante Dominique Grange, ha montado un espectáculo que mezcla la música con la presentación de imágenes y la lectura de textos con el que viajará por Canadá, Alemania y Reino Unido.

Lo que rechazaban los fusilados era combatir en las circunstancias en las que estaban, a las órdenes de oficiales inútiles

"Cada detalle es muy importante porque los objetos nos cuentan la guerra", asegura en su estudio y vivienda, una antigua fábrica con amplios espacios llenos hasta los topes de libros, objetos, archivos, colecciones de fotografías, películas, documentales. Hasta tiene un poilu —un maniquí, se entiende— perfectamente uniformado, con casco y fusil. Su cuidado del detalle es obsesivo, y junto a su colaborador, el investigador Jean-Pierre Verney, con el que cofirma Puta guerra, han hecho avanzar la comprensión de lo que ocurrió en el Frente Occidental entre 1914-1918 y de los sufrimientos que padecieron los soldados. "Muy poca gente sabe que en el equipo que se entregaba a los uniformados franceses al principio de la guerra no había calcetines. No es difícil imaginar lo que unas botas de cuero duro nuevas hacían con sus pies en pleno verano. No entraron en el uniforme reglamentario hasta 1915. Es criminal", explicaba Tardi en París el jueves de la semana pasada, un día después de la inauguración de su exposición en la sede del Partido Comunista Francés, un icónico edificio de Oscar Niemeyer.

Tardi lleva 40 años trabajando sobre el tema, desde que, hace 40 años, le ofreció una historieta a Goscinny para la revista Pilote que el creador de Astérix y Obélix le rechazó. "Hablar entonces de esta guerra era como poner en duda a los veteranos que habíamos visto cada año el 11 de noviembre", explica este dibujante de barba y pelo blancos, fumador empedernido, con una merecida fama de huraño, aunque, rodeado de sus objetos y sus gatos, en su lugar de trabajo, se muestra abierto y casi encantador. Nunca ha dejado de dibujar sobre la Gran Guerra, pero, dado que son episodios cortos e independientes, lo alterna con sus series más famosas, como Adèle Blanc-Sec o la adaptación de las novelas negras de Léo Malet protagonizadas por Nestor Bruma.

"Hay que verificarlo todo; si no, no se puede dibujar, y en eso es esencial Verney. Primero tengo que decir que no es historiador y a los historiadores oficiales no les gusta que sea citado como historiador. Es documentalista, un tipo que desde niño recorría los campos de batalla. Empezó a coleccionar cosas. Y desde la salida de La guerra de las trincheras, se puso en contacto conmigo para decirme que había detalles que estaban mal y que podía ayudarme. Me hablaba de una colección con mucho material. Al principio tuve bastantes recelos porque imaginaba a un loco de las armas, pero me pudo la curiosidad. No caí sobre un obseso de las armas, sino sobre alguien que abordaba la guerra como yo", explica Tardi, quien vuelve a insistir sobre la importancia que concede a cada detalle. "Los pantalones rojos de los uniformes franceses al principio de la guerra nos cuentan una historia: enviábamos a esos jóvenes al frente con un color que se veía perfectamente. Teníamos un ejército con el que queríamos ganar una guerra, pero no empezamos muy bien que se diga. Hay que denunciar todo esto y por eso hay que estudiar los objetos. Si se mira, por ejemplo, el equipo para comer, se descubre que es mucho peor que el de los alemanes. Otro objeto importante era el limpiaculos, una pala de madera que utilizaban los soldados porque, naturalmente, no había papel en las trincheras".

"Si tengo una secuencia con una ametralladora, Verney la trae y la ponemos sobre la mesa. Mucho mejor que una fotografía. Pero no se para ahí, porque hay que saber cómo funcionaba, cómo se sujetaba, que hacía falta agua para enfriarla, dónde tenía las municiones. Entonces me trae el manual de mantenimiento", señala antes de lanzar una nueva diatriba a favor del trabajo de documentación a cuenta de Senderos de gloria. "Estoy de acuerdo con el fondo, claro, pero la película está llena de errores: las trincheras no eran así, son demasiado anchas. El castillo donde se celebra el consejo de guerra es de estilo barroco bávaro porque el filme está rodado en Alemania. Y los fusiles son rusos. Me dicen que son cosas de las que solo me doy cuenta yo, pero son importantes. No veo en qué la documentación sería mala para la película".

Su obra y su conversación son una mina de información sobre el conflicto. "Empezaron durante aquella guerra los bombardeos contra civiles, gracias a los zepelines, pero también a la artillería", explica antes de dibujar una de las armas alemanas más potentes: un cañón gigantesco que 100 hombres operaban sobre raíles. Disparaban contra objetivos situados a 100 kilómetros y el proyectil casi entraba en órbita. "Llegaron a alcanzar l'Île de la Cité", señala. Los planos fueron destruidos y nunca se encontraron, como tampoco aparecieron restos del cañón. Un ingeniero canadiense llegó a reconstruirlos. "Pero apareció muerto en un hotel de Oriente Próximo. Una de las hipótesis es que fue asesinado por el Mosad porque pretendía vender los planos a Sadam Husein", señala.

La I Guerra Mundial es infinita, pero sobre todo es infinito el dolor que causó uno de los momentos más absurdos y sangrientos de la historia de la humanidad. Al final de La guerra de las trincheras recuerda las cifras: 35 países contendientes, 10 millones de muertos, 70 millones de combatientes. "¿Cuántos heridos? ¿Cuántas viudas? ¿Cuántos huérfanos?". Entre las tumbas de Edith Piaf, Yves Montand o Jim Morrison del Père-Lachaise, siempre con flores y mensajes, el visitante se encuentra con un pequeño mausoleo, mucho más discreto, en el que puede leerse: "Doctor Ponroy. Médico des gueules cassées", las "caras rotas", que Tardi ha dibujado con un realismo estremecedor en una serie de planchas de Puta guerra.Simbolizan los dos aspectos opuestos del progreso en la I Guerra Mundial: por un lado, nuevas armas, nuevos gases capaces de provocar más muertos, heridas más profundas y dolorosas (no hay que olvidar que el objetivo de un arma de guerra es herir más que matar, porque un muerto se deja atrás y un herido ralentiza un Ejército), y por otro lado, extraordinarios avances en la medicina (es algo que ocurre en todos los grandes conflictos), que permitieron salvar a muchos hombres que quedaron horriblemente desfigurados. Se calcula que volvieron a Francia entre 10.000 y 15.000 gueules cassées, que retrató el pintor alemán Otto Dix y que protagonizan la novela de Marc Dugain El pabellón de los oficiales (1998), llevada al cine por François Dupeyron. La lotería nacional francesa fue creada para tratar de ayudarles en 1933. "Representan el ejemplo máximo de los que no volvieron indemnes. No murieron, pero regresaron con un aspecto terrorífico. Los escondieron, sentíamos vergüenza de esa gente a la que, sin embargo, habíamos enviado al frente. En la mayoría de los casos, sus mujeres les abandonaron. Estaban en instituciones, muchos acabaron en la calle", explica Tardi.

Poca gente sabe que en el equipo que se entregaba a los uniformados franceses al principio de la guerra no había calcetines

Un asunto que estudia a fondo en su obra son los fusilados para dar ejemplo. Francia fue el país que más soldados envió al paredón por negarse a luchar ante el enemigo durante la Gran Guerra: 740, que todavía no han sido rehabilitados de forma colectiva. Con motivo del centenario, el historiador Antoine Prost recibió el encargo oficial de elaborar un informe sobre el asuntoque presentó al Gobierno, y el Partido Comunista Francés tiene la intención de presentar en junio un proyecto de ley para que se apruebe una rehabilitación colectiva. La polémica en torno a los fusilados demuestra hasta qué punto la I Guerra Mundial sigue siendo un asunto abierto. "Entre los fusilados había muchos que se habían negado a combatir, acusados de amotinarse, aunque no es un término exacto. Creo que la palabra correcta es huelga porque no rechazaban combatir. Lo que rechazaban era combatir en las circunstancias en las que estaban, a las órdenes de oficiales inútiles".

Tardi relata en Puta guerra las rebeliones que estallaron tras la desastrosa ofensiva que planificó el general Nivelle conocida como la Batalla del Camino de las Damas (Kubrick se inspiró de este episodio en Senderos de gloria). "Nivelle era un incapaz y la única idea que se le ocurre es lanzar oleadas de ataques sin ningún resultado. Si uno va sobre el terreno, se constata que era imposible: los franceses tenían que subir una cuesta muy elevada, cuando tiraban granadas caían sobre ellos. Tenemos entonces a los soldados que se negaban a combatir, pero también se fusilaron asesinos, violadores, criminales. Lo que dice el Gobierno es que están dispuestos a rehabilitarlos, pero caso por caso. Pero los archivos han desaparecido".

Si llegó a la Gran Guerra por los relatos que le contó su abuela paterna sobre los sufrimientos de su abuelo en las trincheras, ahora está trabajando en la II Guerra Mundial para narrar la historia de su padre, militar francés y prisionero de guerra de los alemanes. Ya ha publicado el primer volumen, Yo, René Tardi, prisionero de guerra en Stalag IIB. "Es la misma guerra que ha continuado", asegura. "Por eso, si queremos comprender el mundo en el que vivimos, hay que entender la I Guerra Mundial". Cuando termina la conversación, Tardi se detiene ante la estantería para mostrar algunas joyas de su colección, como dos libros alemanes con fotos muy poco conocidas de la vida en las trincheras. Entonces surge una pregunta que se había quedado en la libreta: la influencia de Goya, sobre todo por la imagen de un cuerpo destrozado sobre un árbol que recuerda al empalado de los Desastres de la guerra. "Cualquiera que dibuje la guerra está influido por Goya. Pero la imagen a la que usted se refiere la tomé de una fotografía". La realidad imita al verdadero arte.
  
Puta guerra. Jacques Tardi / Verney. Norma Editorial. Barcelona, 2014. 144 páginas. 29,95 euros.
La guerra de las trincheras. Jacques Tardi. Traducción de Gabriel Roura y Enrique S. Abulí. Norma Editorial. Barcelona, 1993. 128 páginas. 18 euros.
Yo, René Tardi, prisionero de guerra en Stalag IIB.Norma Editorial.Barcelona 192 páginas. 24 euros.
Putain de guerre. Exposición en el Espace Niemeyer (2 Place du Colonel Fabien, 75019 París). Hasta el 28 de junio.

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Los otros disparos

La fotografía estalló en las trincheras, donde millones de soldados documentaron su rutina, camaradería y brutal experiencia en sus álbumes privados de guerra

Prendieron velas, entonaron canciones y los soldados alemanes invitaron a los británicos de las trincheras enemigas a acercarse. El combate se detuvo un día. En tierra de nadie, los adversarios intercambiaron felicitaciones y tabaco, se sacaron fotos. Esas imágenes, ni heroicas ni triunfalistas, descubrieron el lado más descorazonador y noble del conflicto: los rostros de esos jóvenes que pasaban un buen rato juntos y que, sin embargo, estaban ahí para matarse. Aquellas instantáneas fueron la prueba irrefutable de que la mítica tregua de la Nochebuena de 1914 realmente se celebró. Los Gobiernos no pudieron negarlo y comprendieron rápidamente que el control sobre las cámaras de la tropa debía ser aún más férreo. “Esos suvenires personales acabaron en las páginas de la prensa internacional y el Gobierno decidió estrechar la censura”, dice Hilary Roberts, conservadora jefe de fotografía en el Imperial War Museum de Londres.

Aquel fue un gran momento en la historia de la fotografía de guerra, pero ni mucho menos el único en el conflicto de 1914. La revolución técnica en la captación de imágenes no había hecho más que empezar y las nuevas herramientas fueron empleadas para la inteligencia militar, pero también provocaron una incontrolable y fascinante explosión popular, con millones de soldados armados con objetivos, dispuestos a capturar su experiencia íntima de la Gran Guerra. Los millones de imágenes que dejaron tras de sí conforman una historia tan diversa, personal y compleja como la guerra misma, un relato que todavía hoy se sigue revelando e investigando. Por ejemplo, en el Art Gallery de Ontario, donde en 2004 recibieron el legado de un coleccionista que prefiere mantenerse en el anonimato y que donó 495 álbumes de soldados británicos, franceses, alemanes, estadounidenses, rusos, polacos, checos y australianos. En total, más de 52.000 fotos que aún se están catalogando, algunas de las cuales serán expuestas en la muestra The Great War: The persuasive power of photography, que se celebrará este verano en la National Gallery de Canadá. “La mezcla es increíble, con fotos de bases militares, cabarés, aviones o retratos turísticos de soldados paseando entre ruinas en sus días libres”, apunta Sophie Hackett, desde el Art Gallery de Ontario.

El enfoque que cada país dio a las regulaciones fotográficas a las que estaban sujetos los soldados varió enormemente, pero lo que se mantuvo como una constante en ambos bandos fue la presencia de cámaras entre los combatientes. Lo cierto es que la mecanización de la guerra en aquel brutal conflicto pasa no sólo por las ametralladoras, sino también por los casi dos millones de cámaras de bolsillo que Kodak había vendido en 1918. La Vest Pocket Camera, pronto conocida como “la cámara de los soldados”, fue el modelo que el astuto George Eastman lanzó al mercado  y cuyas ventas se multiplicaron por cinco en tres años. De tamaño reducido y con un estuche ajustable al cinturón, la variante Autograph permitía escribir directamente en el negativo y se anunciaba como el “mejor regalo de partida” que un soldado podía recibir, una herramienta que les permitiría aliviar el tedio de la rutina y, en el futuro, “tener el libro más interesante de todos: su álbum Kodak”. Otros modelos de la competencia como la Ansco Vest Pocket Camera animaban a los soldados a mantener “la puerta de la memoria abierta”, y la Ensignette se publicitaba como “fuerte, fácil de cargar y útil en cualquier circunstancia”.

Los soldados de ambos frentes se lanzaron con entusiasmo a la fotografía, como prueban los millones de instantáneas que capturaron, mandaron a casa, y en muchos casos guardaron en álbumes. En esas páginas se encuentra la incómoda yuxtaposición entre la confraternización de la tropa, y la destrucción y muerte en las trincheras. “Los álbumes reunían fotos de distinta procedencia, no sólo las que ellos habían sacado, sino también otras que compraban o les regalaban”, explica Roberts, coautora junto a Mark Holborn del libro fotográfico sobre el conflicto elaborado con los fondos del museo, The Great War. A Photographic Narrative (Random House). El Imperial War Museum, creado en 1917 para homenajear el esfuerzo de guerra cuando el conflicto aún se libraba, hizo un llamamiento a los aliados para que mandaran imágenes sin importar su calidad. Llegó un aluvión que no ha cesado desde entonces e incluye en la actualidad fotos desde 1850 hasta las tomadas hace apenas 24 horas en Afganistán, según Roberts. “El documento gráfico de los soldados se planteaba como una experiencia personal, ellos no pretendían crear un informe sistemático, sino registrar la gente y los sitios que conocieron”, apunta. 

La experiencia bélica, entonces y ahora, incluye también el horror y la brutalidad convertidos en rutina: crudas fotos posando con enemigos muertos. En las imágenes de la I Guerra Mundial de ejecuciones de espías o de cadáveres rodeados de soldados sonrientes en las trincheras enemigas se encuentra un claro antecedente de las instantáneas de la soldado Lynndie England en la prisión iraquí de Abu Ghraib en 2004. Todas ellas entran en la categoría de las llamadas “fotos trofeo”, tan viejas como la presencia de cámaras en el frente. En la Gran Guerra gozaron de una increíble popularidad, convirtiéndose en algo parecido a lo que en el ciberespacio se conoce como un fenómeno viral. "La idea de sacar fotos para degradar y humillar al enemigo no es nueva", apunta Janina Struk, autora de Private pictures: Soldier’s Inside View of War (I. B. Tauris, 2010). “La búsqueda de una visión desde dentro de la guerra no es un fenómeno de la cultura de la realidad del siglo XXI. Pero la cruda brutalidad de la guerra, tan frecuentemente descrita en las fotos captadas por soldados, rara vez ha cruzado el umbral y ha entrado en la conciencia pública”.

Las llamadas "fotos trofeo", para degradar y humillar al enemigo, remiten a las tomadas en 2004 en Abu Graib

Desde el arranque de la Gran Guerra, las autoridades británicas no tuvieron dudas sobre el potencial peligro que implicaban tantos obturadores sueltos. Bajo amenaza de arresto, no se permitía sacar fotos, ni mandar copias a casa ni, por supuesto, carretes. Pero las cámaras estaban ahí y los soldados también; y en casa, la prensa —sujeta a un estricto control gubernamental gracias al Official Press Bureau que fundó Churchill— esperaba ansiosa imágenes del frente. En 1915 arrancaron los concursos de fotografía amateur de guerra en el Daily Mirror, dispuesto a pagar mil libras de entonces por la mejor foto que mandara un soldado; su nombre no se haría público y el periódico correría con los gastos de revelado.

La controvertida propuesta no pretendía ensalzar el arte fotográfico sino obtener las mejores fotos posibles, y pronto fue copiada por la competencia. “Nuestro esquema es simple y directo. Queremos fotos sobre el tema de la guerra y las queremos todos los días”, explicaba elDaily Sketch en sus páginas. Esta carrera por hacerse con las fotos de los protagonistas del combate no se detuvo ni siquiera con la llegada al frente de los dos fotógrafos oficiales, Ernest Brooks y John Warwick Brooke. Miles de instantáneas inundaron las redacciones. “La prohibición de sacar fotos fue ignorada, porque esas imágenes eran el vínculo entre el frente y el hogar y mantenían la moral alta”, dice Struk.

En Alemania, por el contrario, se animó desde el principio tanto a soldados como a civiles a que documentaran gráficamente el conflicto. “Había un sentimiento eufórico y entusiasta por parte de los combatientes y de sus familias. Todos coleccionaban fotos porque querían conservar recuerdos de ese momento que pensaban que sería único y triunfal”, explica el doctor Bodo von Dewitz, coleccionista y experto en el legado fotográfico de esta guerra. “No había censura y hasta 1916 los alemanes tenían una actitud casi naíf respecto de la fotografía. Había un elemento turístico en torno al nuevo hobby y eso se mantuvo, porque muchos soldados apenas habían viajado y en sus diarios e instantáneas resuena ese eco entusiasta. Los británicos, sin embargo, tenían muy presente el valor propagandístico desde el principio, y eran conscientes de que podían ser una fuente para el espionaje enemigo”.

En 1918 se habían vendido casi dos millones de cámaras del modelo portátil comercializado por George Eastman

Von Dewitz comenzó su increíble colección en los años setenta rebuscando en mercadillos y escribió su tesis sobre el tema. Cuenta que cerca de doscientas instituciones oficiales en Alemania tienen estas instantáneas en sus fondos, muchas de ellas desde poco después de que terminara la guerra. Y fue en esos años inmediatamente posteriores cuando las imágenes adquirieron un nuevo significado. “En la década de los años veinte, tanto la derecha como la izquierda echaron mano de las fotos sacadas por los soldados para explicar por qué se perdió la guerra”, dice el especialista. Los nazis difundían las imágenes heroicas; la izquierda mostraba las atrocidades y la destrucción.

En el frente alemán, la mayoría de las instantáneas se hicieron en placas de cristal y había una gran infraestructura en el mismo frente para poder imprimirlas, hacer postales y mandarlas a casa. Los cuartos oscuros estaban mucho más controlados en el bando aliado, y así, el uso del que se montó en el buqueQueen Elizabeth, por ejemplo, estaba circunscrito a las fotos oficiales. De las clásicas fotos posadas se pasó a las trincheras, al enfrentamiento cara a cara con la muerte. En ellas encuentra Von Dewitz un tono voyerista muy acorde con los valores victorianos que marcaban la moral de la época. También una funesta premonición de las imágenes de cuerpos apilados que llegarían con la Segunda Guerra Mundial. Cuando ese conflicto estalló ya estaban en el mercado las cámaras de 35 milímetros y las revistas ilustradas. La fotografía había avanzado y también la forma en que se contaban las historias a través de ella.

Aunque fue en la guerra de los bóers la primera vez que los soldados llevaron cámaras al frente, la Gran Guerra fue “la primera gran guerra fotográfica”, como apunta Janina Struk. La conservadora del Museum of Fine Arts de Houston, Anne Wilkes Tucker, que rescató varios álbumes para la enorme muestra War/Photograhy el año pasado, añade que aquel fue el primer conflicto con una dimensión global. “En aquella guerra había soldados profesionales, se hizo una cobertura extensa del conflicto. Las imágenes llegaban con celeridad a los medios. Las fotos no tardaban tres semanas como ocurrió con las de James Fenton en Crimea”. Las instantáneas además muestran la vida normal de los soldados, no la de los oficiales como era costumbre en el siglo XIX, cuando los cuerpos y cadáveres eran retirados antes de retratar el campo de batalla. La experiencia real de lo que es una guerra iba colándose en las imágenes de quienes la combatían. “Aquella fue la primera guerra de medios de comunicación de masas, y aunque la técnica era rudimentaria, en ese momento quedaron establecidos los principios y las dificultades a los que los fotógrafos de guerra han hecho frente desde entonces”, añade Hilary Roberts.

Por encima de las diferencias entre un paisaje y otro, entre un tiempo y el siguiente, Janina Struk señala en su libro los temas recurrentes a los que apuntan las cámaras de los soldados, las narrativas extremadamente personales que construyen en sus álbumes, que, como los familiares, no están pensados para el escrutinio público. En el transcurso de su investigación, un tío suyo rescató su álbum de la I Guerra del fondo de un armario, y esas fotos le cortaron el aliento. Más allá de la imagen idealizada de la guerra que a menudo nos llega, en las instantáneas de los soldados se encuentra una cara cruda, real, insólita y humana de una guerra. Concluye Struk que si fueran vistas, podrían poner en tela de juicio la visión autorizada y aceptada que se tiene de las guerras.

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Trávelin de trinchera
Por Jacinto ANTÓN 

La I Guerra Mundial ha dado muchas menos películas que la segunda, pero más obras maestras

Aeroplanos, cargas de caballería, trincheras, ametralladoras… ¿Cuál es la primera imagen cinematográfica que viene a la cabeza al pensar en las películas sobre la I Guerra Mundial? Hagan la prueba. ¿El lento planear, balanceándose, del triplano de Manfred von Richthofen, con el as herido de muerte a los mandos, en el emocionante filme de Roger Corman de 1971 El Barón Rojo? ¿Los coraceros franceses dando vueltas alegremente en un tiovivo —hasta que la escena se disuelve en una masacre, con los jinetes cayendo del carrusel— del sarcástico musical de 1969 de Richard AttenboroughOh, what a lovely war? ¿La carrera desesperada de Frank Dunne (Mel Gibson) por parar un ataque y salvar a su amigo en Gallipoli, de Peter Weir (1981)? ¿La cabalgada enloquecida entre las alambradas de la tierra de nadie del sufrido caballo Joey de War Horse, de Spielberg (2011)?

Todos esos son grandes momentos, pero la mayoría se inclinará por el famoso, intenso, tremendo trávelin de las trincheras de Senderos de gloria (1957), de Stanley Kubrick, sin duda el momento emblemático y culminante del cine sobre la Gran Guerra, con el coronel francés Dax (Kirk Douglas) avanzando entre sus soldados expectantes preparados para la ofensiva. Esos dos larguísimos minutos, pura historia del cine, insoportables en su tensión, nos arrastran a la esencia de la guerra y la experiencia directa del combate (Ridley Scott homenajeó la escena en Gladiator, con el general Máximo caminando en el pasillo que le abren sus cohortes antes de la batalla en Germania). Dax marcha entre sus hombres por la larga trinchera a la vez resuelto y cariacontecido; los soldados con las bayonetas caladas se apartan esperando sus órdenes. Alrededor caen las bombas, se levantan surtidores de tierra y nubes de humo: se desata un verdadero pandemonio, estrepitosa antesala del infierno. Dax llega hasta un punto en la trinchera, consulta su reloj, saca la pistola, se lleva el silbato a la boca, sube por una escalera de mano, silba —aquí tragamos todos saliva a espuertas— y sale del parapeto: el regimiento va tras él para ser devastado por las ametralladoras y los obuses (y la criminal estulticia de sus generales).

Con Dax y Senderos de gloria —película valiente (vetada en Francia hasta 1975), que refleja sobrecogedoramente la guerra y a la vez la presenta en toda su maldita sinrazón— en vanguardia, la filmografía de la I Guerra Mundial está llena de imágenes y escenas que nos han conmovido hasta lo indecible: el soldado alemán Paul al que le vuela la cabeza un francotirador francés cuando trata de tocar una mariposa fuera de la trinchera al final de Sin novedad en el frente (1930); el momento en que Von Stroheim corta su única flor —un geranio; la justicia poética pedía una amapola— tras la muerte de su estimado prisionero Jean Gabin en La gran ilusión. 

Paradójicamente, una primera reflexión es que hay relativamente pocas producciones dedicadas a esa guerra, sobre todo si comparamos con la infinidad que se han hecho sobre la II Guerra Mundial. Los motivos de la absoluta preponderancia de la segunda son varios: evidentemente, está más cerca, somos sus herederos y de alguna manera resultó una continuación conclusiva de la anterior. Fue una guerra mucho más catastrófica, con más del doble de muertos, una incidencia mucho mayor sobre la población civil, los bombardeos sistemáticos de ciudades y, claro, las dos bombas atómicas. La segunda tiene una dimensión moral mayor: hay buenos y malos más claros que en la primera (qué mal malo, y valga el pleonasmo, es el káiser comparado con Hitler: ¡si parece salido de El prisionero de Zenda!). Y sobre todo, la segunda contiene el Holocausto. Añadamos que la segunda, en su movilidad (de la que es paradigma la Blitzkrieg, la guerra relámpago), resulta más cinematográfica que la primera, enfangada en las trincheras, con grandes periodos de inactividad.

De la guerra aérea destacan ‘El Barón Rojo’, ‘Las águilas azules’ y ‘Alas’, cuyo director fue piloto de la Escuadrilla Lafayette

La I Guerra Mundial resulta más incómoda ideológicamente: fue una carnicería absurda, no una guerrabuena como la segunda. Si nos fijamos bien, y en ello han puesto el énfasis gran parte de las mejores películas de la contienda, los verdaderos infames de la primera son los políticos y los mandos militares propios, que se dejan arrastrar los primeros a la guerra y la libran los segundos —los Haig, Joffre, Conrad, Moltke— con un absoluto desprecio por las vidas de sus soldados. Ellos son los auténticos enemigos de los combatientes, capaces de malgastarlos a millares en una ofensiva estúpida o de ejecutarlos por no llevar la vestimenta reglamentaria (El pantalón, de Yves Boisset). La mirada positiva del sacrificio de Salvar al soldado Ryan no encuentra equivalente en la Gran Guerra: aquí no se salva nadie y toda muerte —a menudo ante un pelotón de fusilamiento, “blindfold and alone”— es inútil. Frente al optimismo de los filmes de la segunda, en los de la primera dominan el fatalismo y un desolador pesimismo. Eso tampoco hace un cine muy popular.

Una mirada más atenta revela no solo que no son tan escasas las películas de la I Guerra (aunque las hay muy poco conocidas, como elbiopic del poeta Siegfreid SasoonRegeneration —¡hasta he localizado una en la que Klaus Kinski encarna a uno de los terroristas del atentado de Sarajevo, Cabrinovic!—), sino que además figuran entre ellas un buen número de auténticas obras maestras, incluso más de las que ha alumbrado su sucesora. Citemos de entrada, junto a Senderos de gloria,la tan poética, tristísima y antibelicista (Goebbels la aborrecía) La gran ilusión, de Jean Renoir (con esos dos militares de casta, el francés prisionero Boieldieu y el alemán Von Rauffenstein, tendiendo puentes humanos por encima de la guerra); Rey y patria, de Joseph Losey, con su pobre zapatero desertor; Sin novedad en el frente, de Lewis Milestone, o Cuatro de infantería, de Georg W. Pabst, por nombrar cuatro joyas, una francesa, una británica, una estadounidense y una alemana, respectivamente. Ahí están tambiénEl gran desfile, de King Vidor, o De Mayerling a Sarajevo, de Max Ophuls. Otra película magistral que la gente no asocia de entrada con la Gran Guerra, pese a ser claramente ese su tema, es Lawrence de Arabia, de David Lean. Hay más: la extraordinaria Capitán Conan, de Tavernier —con esos soldados que no entienden por qué no pueden seguir matando después de la guerra (y la brutal escena de la lucha contra el Ejército Rojo cruzando el Danubio)—; y qué decir de la inolvidable irrupción de Charlot en la guerra de trincheras, ¡Armas al hombro! (Chaplin, 1918).

También abordan la I Guerra Mundial filmes tan recordados (aunque no por eso) como La reina de África, de John Huston (1951); Doctor Zhivago y Memorias de África,  con la colonia de Kenia movilizada para luchar contra las fuerzas de la Tanganica germana y Karen Blixen (Meryl Streep) primero marginada por su condición de danesa y luego vitoreada por llevar vituallas para las tropas británicas entre las que combate como scout –como en realidad hizo- su amado Denis Finch-Hatton (Redford). Otro filme con I Guerra Mundial, este menor, y que me perdonen los fans de Brad Pitt y su peluquero (acaso el otro Sasoon, Vidal), es Leyendas de pasión, con Tristan Ludlow (Pitt) haciendo literalmente el indio en las trincheras de Francia.

Hay que recordar que existen alrededor de diez veces más películas sobre la Segunda Guerra Mundial que dedicadas a la Primera (a ojo de buen cubero, más de un millar frente a menos de dos centenares). ¿Cuáles consideraríamos de verdad magistrales de la Segunda? De aquí a la eternidad, Salvar al soldado Ryan, El arpa birmana, La delgada línea roja, El puente sobre el río Kwai, Amarga victoria… No salen tantas realmente grandes, por mucho que tengamos debilidad por Los cañones de Navarone, La gran evasión, El desafío de las águilas, La cruz de hierro, o Los héroes de Telemark.Comparativamente igual de populares tenemos una buena cantidad de títulos de la Primera Guerra Mundial, más acá de las obras maestras: El sargento York (sobre el tan certero como íntegro héroe, interpretado por Gary Cooper), Johnny cogió su fusil, Adiós a las armas, Coronel Redl, Las águilas azules, las varias Mata-Hari (una con Sylvia Kristel), La trinchera –sobre un batallón británico en el Somme, con Daniel Craig-…

Temáticamente, el cine nos ha llevado a todos los escenarios y ámbitos de la I Guerra Mundial. La guerra de las trincheras en Francia y Flandes es lo que ha cosechado más películas, y la mayoría de las más famosas (añadamos a las mencionadas Tierra de nadie, con cinco soldados de diferentes ejércitos atrapados en medio de las líneas, y una gran escena de ataque con gas), pero también las han tenido el frente oriental, el frente italiano y la guerra con los austriacos, el frente turco (Jinetes de leyenda, sobre la caballería australiana en Palestina), la guerra en África, el espionaje(Coronel Redl, Mata Hari), los mutilados (El pabellón de los oficiales, Johnny cogió su fusil), el trauma de guerra (el impresionante mediometraje Coward,  2012, la confraternización (Feliz Navidad)…

La guerra aérea, que prácticamente nació entonces, ha originado todo un espléndido subgénero, centrado con frecuencia en el último atisbo de la caballerosidad bélica. Los mencionados filmes El Barón Rojo, con John Phillip Law poniendo un rostro noble y atormentado a Von Richthofen, y Las águilas azules, de John Guillermin, con George Peppard como as que consigue la preciada medalla Blue Max y de retruque a la aún más preciada esposa de su general (¡Ursula Andress!). Ambas películas ofrecen emocionantísimas secuencias de combates en el cielo; (imposible olvidar a Law en el ominoso gesto de armar sus ametralladoras). Aunque seguramente la gran obra (y otra de las creaciones maestras del cine de la contienda) es Alas, de William A. Wellman (1927), que sabía lo que se hacía, no en balde había sido él mismo piloto en la I Guerra Mundial. Incorporado a la Escuadrilla Lafayette, consiguió tres derribos seguros y cinco probables a los mandos de su Nieuport antes de ser derribado y quedar cojo. Alas, con un esfuerzo de producción alucinante para recrear las condiciones del frente (se emplearon 20 cámaras y hasta 60 aviones, todas las secuencias de vuelo son reales), narra un triángulo amoroso con dos aviadores enamorados de la misma mujer. Pese a su intensidad (esa escena de un amigo muriendo en manos del otro que lo ha abatido por equivocación, en una casa en la que se ha empotrado un Fokker), no esperen oír el rugido de los motores y los disparos: es muda.

La guerra aérea que rácticamente nació entonces, ha originado todo un espléndido subgénero 

Mención aparte merece Zeppelin(1971), en la que Michael York trataba de obtener los planos del dirigible alemán. Mención aparte también merece la presencia de Elke Sommer.

Dos películas más recientes que a mí me han gustado mucho por recrear muy bien la guerra en el aire con aquellos aeroplanos sonFlyboys —tremenda la imagen en la que los jovencitos aviadores del título atacan un dirigible, precisamente, por cuya superficie incendiada corre, mientras se va quedando sin nada bajo los pies, un sufrido tripulante alemán— y el último biopic, alemán, del Barón Rojo (Müllerschön, 2008), con un Richthofen (Matthias Schweighöfer) casi un niño, pero de enorme presencia. Hay que disculpar al director, aparte de una verdadera borrachera de triplanos rojos, la escena inventada en la que el barón y su supuesta némesis, el capitán Roy Brown, se encuentran y departen en tierra de nadie.

Mucha menos suerte ha tenido la guerra en el mar; no hay una gran película. ¡Y mira que hubo grandes episodios y rutilantes aventuras! Desde la batalla de Jutlandia hasta las correrías del velero corsarioSeeadler del capitán Von Luckner, sin olvidar a los ases de la guerra submarina. Pocas películas conocidas se pueden citar en este ámbito—Mar de fondo, de John Ford (1931), contaba la historia de un buque trampa que trata de cazar a un submarino—, aunque un repaso concienzudo de la filmografía —véase La primera guerra mundial en el cine, de Emilio G. Romero (T&B, 2013)— revela la existencia de viejos filmes alemanes como Crucero Endem y U-9 Weddigen, ambos de los años veinte, sobre el legendario corsario y el famoso as de los sumergibles que en 1914 hundió tres cruceros británicos en una hora. En el ámbito también de las rarezas, Afrika mon amour, en la que aparece el héroe del África alemana comandante Paul von Lettow-Vorbeck y se reproduce la famosa batalla de Tanga, y Maciste alpino, con el forzudo del péplum convertido en soldado italiano en lucha contra los austriacos en los Dolomitas.

A recordar también la serie televisiva Black Adder goes Forth, en la que el personaje interpretado por Rowan Atkinson se convierte en un capitán de la I Guerra Mundial que trata por todos los medios de escapar con sus hombres de la masacre de las trincheras. La serie fue recientemente motivo de controversia porque el Gobierno conservador británico la puso como ejemplo de una visión “distorsionada” de la guerra que culpabilizaba a los oficiales del alto mando y los hacía aparecer como unos mastuerzos criminales.Con la historia y el cine en la mano, solo podemos estar de acuerdo con la versión de la serie. 

En su libro, Romero recuerda que en la época el gesto de filmar, dándole a la manivela de la cámara, se parecía mucho al manejo de una ametralladora, y que los oficiales decían a los servidores del arma, "cinematografíame a esos tipos" para que dispararan contra los atacantes. Una imagen perturbadora que hace más impactantes aún las relaciones entre I Guerra Mundial y  cine.  Aeroplanos, cargas de caballería, trincheras, ametralladoras…

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SILLÓN DE OREJAS
La higiene más letal
Por Manuel RODRÍGUEZ RIVERO 

Al contrario de la imagen que proporcionarían las novelas, la Gran Guerra fue recibida por la mayoría de los pueblos de los países beligerantes con enorme júbilo

La Gran Guerra, que marcó el inicio de lo que Eric Hobsbawm llamó “el corto siglo XX” —un continuum histórico que se extendería desde 1914 hasta la caída del “comunismo de Estado” (1991)—, ha suscitado un sinfín de interpretaciones literarias. Y lo sigue haciendo: ahí tienen, por ejemplo, Nos vemos allá arriba (Salamandra), la novela de Pierre Lemaitre, premio Goncourt de 2013.

En la neutral España, el corpus literario más significativo en torno a la guerra corrió a cargo de Vicente Blasco Ibáñez, cuya fama se globalizó a partir de Los cuatro jinetes del Apocalipsis (1916) y, sobre todo, de la traducción de la astuta Charlotte Brewster Jordan, que había tenido la inteligencia de comprarle a Blasco por 300 dólares (una cantidad miserable comparada con la que ella cobraría) los derechos de traducción al inglés de la novela. El libro, que se publicó en EE UU en 1918, se convirtió en un apabullante best-seller (Dutton and Company vendió medio millón de ejemplares en las primeras semanas), y su autor —consumado valedor de la causa aliada y francófila— emprendió una agotadora y triunfal gira de promoción (como ven, el carrusel de los autores tiene una larga historia) de ocho meses por EE UU que algún crítico ha definido de auténtica “campaña de españolismo”.

En medio del clima de entusiasmo bélico que siguió a la (tardía) entrada en guerra de la gran potencia, Blasco tuvo ocasión de explicarse en universidades, templos, sinagogas, circos, rascacielos corporativos, cines y hasta en West Point, donde suscitó el arrebato de los cadetes. Enseguida —pero ya con la guerra acabada y Europa en ruinas— vendría Hollywood, que había comprendido el espectacular potencial de una novela con ingredientes tan universales como la saga de una familia dividida y las vicisitudes y traiciones de un amor ilícito, todo ello en medio de una historia coral que transcurre durante la más devastadora de las guerras: en 1921 se estrenó con enorme éxito la versión cinematográfica de la novela (Blasco acabó percibiendo 200.000 dólares por los derechos), dirigida por Rex Ingram y en la que los amantes Julio Desnoyers y Margarita Laurier están interpretados por los casi desconocidos Rudolph Valentino y Alice Terry (en su remake de 1962, Vincente Minnelli escogería a Glenn Ford e Ingrid Thulin). Si les apetece ver una de las más icónicas escenas de la película, no se pierdan en YouTube el tango canalla, silente y calentón que se marcan en un bar de Boca (y que causó una epidemia de furor tanguista en todo el mundo) Valentino y la entregadísima bailarina Beatrice Domínguez.

Hollywood comprendió el potencial de Los cuatro jinetes del Apocalipsis, una novela con ingredientes universales que transcurre durante la más devastadora de las guerras

Por lo demás, Blasco, de cuya preocupación por la guerra dan buena cuenta no sólo las decenas de artículos que sobre ella escribió, sino el lanzamiento —cuatro meses después del estallido— de su colección de fascículos semanales (otra idea antigua) Historia de la guerra europea, continuó su friso narrativo en otros dos libros. El siguiente fue Mare nostrum (1918), una novela con ingredientes mitológicos (y homéricos: el personaje principal se llama Ulises Ferragut) que tiene al Mediterráneo como verdadero protagonista de una historia de guerra y espionaje (con submarinos alemanes hundiendo buques aliados) plagada, como es habitual en el autor, de personajes arquetípicos y de sobresaltos narrativos y golpes efectistas.

En medio, como siempre, una historia de amor contrariado entre el héroe “homérico” y la espía Freya (un nombre que Blasco le tomó prestado a Conrad o a Wagner), moldeada literariamente con algunos mimbres de (la real) Mata Hari. Rafael Gil la llevó al cine en 1948, trasladándola al escenario de la nueva guerra mundial, con Fernando Rey y María Félix como protagonistas: vean en YouTube a la sensual actriz mexicana cantando Quiéreme. La tercera novela, que cierra el ciclo blasquista sobre la Gran Guerra y enfatiza el alegato pacifista de las dos primeras, es Los enemigos de la mujer(1919), en la que el escenario se traslada a Montecarlo y su casino, y la acción, a una retaguardia privilegiada y poblada de parásitos sociales, ociosos y ricos (o arruinados) indiferentes a los desastres de la guerra. Para que nadie se haga una idea equivocada, les diré que el título de la novela proviene del nombre que se dan a sí mismos los miembros de un grupo que se reúne en torno al príncipe ruso Miguel Lubimoff, un libertino ahíto de placeres que no desea que la amistad con sus amigos se vea “perturbada” por la presencia de mujeres. Que yo sepa, nadie ha llevado esta novela al cine, quizá porque ningún guionista (como me ha pasado a mí) haya podido terminarla de leer. Tanto las dos primeras novelas del ciclo (con mucho, las mejores) como la última se encuentran en los tomos IV y V de la estupenda edición de Novelas de Blasco Ibáñez, a cargo de Ana Baquero Escudero, que ha publicado la Biblioteca Castro.

Heridas

Al contrario de la imagen que proporcionarían las novelas, la Gran Guerra fue recibida por la mayoría de los pueblos de los países beligerantes con enorme júbilo. Sólo algunos pacifistas —rápidamente estigmatizados como “traidores”—, y el sector más izquierdista de la socialdemocracia se atrevieron a mostrar su oposición a la guerra “imperialista”. Al otro lado estaban los que esperaban con fervor que el conflicto fuera la partera de un nuevo mapamundi o, más apocalípticamente, la ocasión para el “arreglo final de cuentas”. Y también los más exaltados vanguardistas, que la veían como la “única higiene del mundo” (Marinetti) o que sentían, como escribió Almada Negreiros en 1917 —cuando los muertos ya se contaban por cientos de millares—, que “la guerra es la que devuelve a las razas toda la virilidad perdida en las masturbaciones refinadas de las viejas civilizaciones”.

Las novelas, por el contrario, fueron tempranos testigos del horror: entre 1916 y 1930 —cuando ya se escuchaban nuevos tambores de guerra— se publicaron algunas de las mejores: El fuego (Henri Barbusse; El Viejo Topo) vendió más de 250.000 ejemplares en 1916, iniciando el boom de la literatura sobre la Primera Guerra, que culminaría en cierto modo con dos novelas publicadas en 1929: Adiós a las armas (Hemingway; Tusquets) y Sin novedad en el frente (Erich Maria Remarque; Edhasa). Entre esas fechas se suceden muchas grandes novelas antibélicas firmadas, entre otros, por Dos Passos, Hasek, Zweig (Arnold), Ford Madox Ford, E. E. Cummings, etcétera.

Pero hoy me gustaría mencionar algunas de las que se ocuparon, aunque de modos muy diferentes, de los traumas y las neurosis de guerra sufridos por los antiguos combatientes. Novelas modernistas que, como El regreso del soldado, de Rebecca West (1918); La señora Dalloway (1925), de Virginia Woolf (con la trágica figura de Septimus Warren Smith), o La paga de los soldados (1926), de William Faulkner, focalizan el horror de la guerra en las secuelas físicas y mentales de los excombatientes. Muchos años más tarde, ese mismo asunto volverá a encontrarse en el corazón de dos historias excepcionales: Johnny cogió su fusil (1939), de Dalton Trumbo (El Aleph), y la trilogía Regeneración (1991-1995), de Pat Barker, cuyo primer volumen publicará Galaxia Gutenberg en septiembre.

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La sombra de la Mano Negra
Por Velibor COLLIC 

Dragutin Dimitrijevic fundó la organización terrorista que atentó en Sarajevo contra Francisco Fernando

Nuestra historia comienza en la primavera de 1912 en Belgrado, capital de Serbia, donde el jefe de los servicios de información, el coronel Dragutin Dimitrijevic Apis, dirige una organización secreta y terrorista de nombre poético: la Mano Negra. La organización propugna, con medios no siempre muy diplomáticos, la unificación de todos los yugoslavos en torno a Serbia, que es, según el coronel, el principal Estado eslavo de los Balcanes. En el extranjero promueve movimientos políticos como Mlada Bosna (Joven Bosnia) en Sarajevo, el movimiento de intelectuales croatas proyugoslavos en Zagreb y un grupúsculo armado de patriotas llamado komitien Macedonia.

Para impulsar la causa yugoslava, el coronel Apis, apodado a vecesLa Abeja Número 6, fomenta conspiraciones y atentados y lanza rumores (en ocasiones, más eficaces que las bombas) contra los dos imperios europeos. Es partidario de declarar la guerra abierta contra el imperio turco, ya muy debilitado, y libra otro combate, algo más discreto, contra la monarquía austrohúngara, en apariencia más sólida.

El coronel Apis, maestro titiritero, era ya famoso como un hombre de acción, un soldado entregado en cuerpo y alma a la causa yugoslava. En 1903, el joven capitán Dimitrijevic había participado en el asalto al palacio real de Belgrado, durante el que murieron asesinados el impopular rey Alejandro I de Serbia y su mujer, Draga Mašin. Gravemente herido, el capitán sobrevivió de milagro. Las tres balas que recibió entonces no las extrajeron jamás de su cuerpo. Después se le atribuyeron diversos actos de valor durante las guerras de los Balcanes (1912-1913).

Tras un viaje a Rusia, el coronel Apis forma la Mano Negra, con el apoyo logístico del poder de Belgrado. En 1911, Dimitrijevic organiza un intento fallido de asesinar al emperador Francisco José I de Austria. Cuando fracasa, la Mano Negra centra su atención en el heredero del trono, Francisco Fernando de Austria.

Nuestra historia comienza además, probablemente, en los oscuros pasillos de varias embajadas europeas, en Moscú y en Viena, en París y en Berlín. Sus raíces se encuentran también en ese mundo de fronteras mal definidas, en el que Centroeuropa ya no ocupa verdaderamente el centro, sino que se extiende por todas partes, y en el que los eslavos del sur (los croatas, los serbios, los bosnios, los eslovenos…) viven a caballo de dos imperios, dispersos y perdidos entre una voluntad relativamente fuerte de vivir por fin juntos y larealpolitik impuesta por los ocupantes germánicos y otomanos. Y podemos encontrar asimismo razones históricas: en la mitología serbia, que glorifica la derrota de Kosovo frente a los otomanos en 1389 y otros hechos mucho más prosaicos, como la anexión de Bosnia-Herzegovina por parte de Austria en 1878. En los distintos textos en los que las palabras de Piotr Alekseievitch Kropotkin, elpríncipe negro del anarquismo, se codean y se entremezclan con los mitos del reino perdido de los serbios hasta convertirse en una especie de programa político de la Joven Bosnia. Y en las largas noches de insomnio, en la fiebre y la embriaguez de un joven nacionalista eslavo, Gavrilo Princip, de 20 años, tuberculoso, estudiante y poeta.

Los serbios insisten, hoy más que nunca, en que Gavrilo Princip era un izquierdista ateo y que hay que situarle en el contexto de su época. Estaba muy próximo al anarquismo, pero también a varios movimientos intelectuales de izquierda. Según esas mismas fuentes, en el momento del atentado, Princip no era un auténtico nacionalista, sino “un serbocroata, que no es más que una variedad de yugoslavo”. Sus contemporáneos le describen como un jovenpoeta y un febril intelectual que devora tanto a Alejandro Dumas como la poesía de sus contemporáneos, las aventuras de Sherlock Holmes como las obras de los anarquistas rusos. Un periodista serbio añadía no hace mucho: “Princip es en historia lo que Rimbaud en poesía: un meteoro aparecido al margen de las leyes conocidas sobre los movimientos de los cuerpos celestes”.

Miembro de la Joven Bosnia desde 1912, Gavrilo Princip avanza como un sonámbulo hacia su destino peculiar y trágico. En su cabeza, las frustraciones personales (durante la primera guerra de los Balcanes, 1912-1913, Princip se presentó como voluntario al Ejército serbio, pero su frágil salud hizo que lo rechazaran) y la enfermedad que invade sus pulmones adquieren proporciones proféticas. Su infortunio no es sino el infortunio de su pueblo, y sus sueños deamada libertad son, en definitiva, los sueños centenarios de todos los eslavos del Sur: contar con un Estado libre e independiente.

Maestro titiritero,  el coronel era ya famoso hombre de acción, un soldado entregado a la causa yugoslava

El encuentro entre el coronel y susestudiantes se desarrolla seguramente a la sombra de la Mano Negra en Belgrado. Vestido de diplomático ruso, el coronel Apis convence a los jóvenes nacionalistas (la Gran Historia suele olvidarse de Nedeljko Cabrinovic, autor del primer atentado fallido), es de imaginar que sin dificultades, de la necesidad histórica y patriótica de su futura acción: decapitar a la monarquía austrohúngara.

Unos días antes del atentado, armados de pistolas y granadas de mano, con una cápsula de cianuro en el bolsillo, Cabrinovic y Princip parten hacia Sarajevo. Sus futuras víctimas, Francisco Fernando y su esposa, Sophie Chotek, ya están en Bosnia.

La continuación de esta historia es conocida. Los destinos de un coronel serbio y un joven bosnio, la pareja imperial austriaca y variosdiplomáticos —serbios, rusos, austriacos— se cruzarán en Sarajevo en la borrascosa mañana del 28 de junio de 1914, delante del Puente Latino.

El pacto secreto entre el coronel Apis y sus estudiantes se inscribe en la historia como el “atentado de Sarajevo”, la tragedia que abre paso al siglo XX.

En la semana posterior al atentado, la policía militar detuvo al coronel Apis ante su oficina en Belgrado. El Estado Mayor serbio le acusó de “alta traición”, y fue condenado a muerte. Murió fusilado por su propio ejército, como traidor y sin honores militares. La fecha de su ejecución sigue siendo un misterio: unas fuentes mencionan el 11 de junio de 1917; otras, el 24 o el 27.

Hoy, cien años después, la tumba de Gavrilo Princip se encuentra en la capilla ortodoxa de los Héroes de Vidovdan, en Sarajevo. La limusina, la pistola del joven serbio y el uniforme ensangrentado de Francisco Fernando están en un museo en Viena. La bala que mató al archiduque se expone en un castillo de Konopiste, en la República Checa.

“La historia la escriben los vencedores”, dijo el gran escritor yugoslavo Danilo Kiš, “y el pueblo forja las leyendas. Los escritores fantasean. Solo la muerte es indiscutible”.

Velibor Colic, escritor bosnio residente en Francia, es autor deSarajevo Omnibus (Gallimard), sobre el asesinato del archiduque. En España, Periférica ha publicado su libro Los bosnios.

Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.

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CRÍTICA / LIBROS
Cincuenta y cuatro meses de esclavitud
Por Luis Fernando MORENO CLAROS 

'Cuadernos de guerra' inauguró el interés editorial por los testimonios privados de combatientes

Para el modesto tonelero francés Louis Barthas (1879-1952), el estallido de la I Guerra Mundial fue una catástrofe. Tenía 35 años y dos hijos cuando fue movilizado en agosto de 1914. Como militante sindicalista, nada quedaba más lejos de sus convicciones que abandonar su pueblo para ir a destripar alemanes por Francia o a que lo destriparan a él. Desde el primer día consideró aquella guerra “el más terrible cataclismo que haya afligido a la humanidad desde el diluvio universal”. Permaneció en activo durante los cuatro años que duró. “¡Cincuenta y cuatro meses de esclavitud!”, escribió. Salvo una breve estancia en un hospital, Barthas pasó la contienda en las trincheras (Verdún, Somme, Champagne) con el grado de cabo de infantería, como un “peludo” (poilu); así se denominaba en el Ejército francés a los infantes: hombres bigotudos, barbados, campesinos y obreros, poco amigos de los gendarmes y los oficiales.

En aquella guerra de desgaste, en la que la pala era tan importante como el fusil, los “peludos” tenían que sobrevivir en trincheras plagadas de ratas y piojos; chapoteando en el barro, ateridos de frío en invierno o asfixiados de calor en verano. Aun así, Barthas llevó un diario en el que registraba los hechos cotidianos y “la verdad” de aquella vida de sumisión e infortunio. La guerra agudizó su antibelicismo y su sentimiento de fraternidad para con los obreros de las naciones en conflicto, obligados a luchar entre sí por despiadados gerifaltes con galones y generales, “esos hombres que envían a otros a la muerte”.

En su minucioso relato, Barthas descarga su amargura y su fastidio, antes que con el enemigo alemán, con los oficiales franceses que se empeñaban en amargar la vida a los “peludos”. Los soldados, incapaces de rebelarse en aquel ambiente de brutal represión (“pena de muerte” por la más ínfima infracción), luchaban sin ardor; un ataque a las líneas enemigas —aquellos temibles asaltos a la bayoneta contra las ametralladoras alemanas— era un suicidio: nadie aspiraba a “la gloria” mediante semejante hazaña. Cuando Barthas falleció, su diario permaneció en un cajón. Gracias al historiador Rémy Cazals vio la luz en forma de libro en 1978. Su éxito en Francia fue fulminante. El libro inauguró el interés editorial por los testimonios privados de los combatientes de la Gran Guerra.

El diario de Barthas es esclarecedor por lo fidedigno. El cineasta Jean-Pierre Jeunet invitó a sus actores a que lo leyeran a fin de que se inspirasen para representar las escenas de guerra de su bella película Largo domingo de noviazgo (2004). Los soldados incrustados en los agujeros cavados en la tierra, la lluvia y el cieno por doquier, la muerte que ronda en campos devastados, la inflexibilidad de los mandos militares con las sospechas de “deserción” o “confraternización con el enemigo” (Barthas elogió esta actitud), todo ello quedó descrito con soberbia sencillez en este diario; sin olvidar el miedo que atenazaba a los combatientes, simples peones inmersos en la locura y el sinsentido de una guerra perdida de antemano. El escritor argentino Eduardo Berti capta bien en su traducción la fuerza emocional de aquella vida en el filo del absurdo que con tanto empeño describió Barthas con la ingenua idea de que su testimonio sirviese para prevenir contra guerras futuras.

Cuadernos de guerra. Louis Barthas. Prólogo de Rémy Cazals. Traducción de Eduardo Berti. Páginas de Espuma. Madrid, 2014. 646 páginas. 25 euros 


Articulo: http://cultura.elpais.com 18/07/2014

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