lundi 4 août 2014

Gabriela CANO/ Rosario Castellanos y el feminismo de la nueva ola

Rosario Castellanos y el feminismo de la nueva ola
Por Gabriela CANO

Rosario Castellanos comprendió cabalmente la relevancia de la protesta feminista de la nueva ola que se manifestó estrepitosamente en centros urbanos de Estados Unidos desde finales de los años sesenta, en forma casi paralela al movimiento estudiantil y al calor de la contracultura juvenil.

Fue una de las primeras plumas que abordó el tema con conocimiento de causa en la prensa mexicana. No sólo informó a la opinión pública sobre la “liberación de la mujer”, como se nombró a las movilizaciones de aquellas jóvenes que no se conformaban con tener los mismos derechos ciudadanos que los hombres, sino que exigían poner fin a la jerarquía masculina y ansiaban convertirse en sujetos autónomos, capaces de decidir sobre todos los aspectos de su vida, de disfrutar su cuerpo y determinar su maternidad, sino que Castellanos hizo suyas algunas propuestas del nuevo feminismo para incorporarlas a su diagnóstico de la situación de las mujeres mexicanas y al proyecto emancipatorio que se derivaba de éste.

No causa sorpresa que el nuevo feminismo figurara entre los principales intereses intelectuales y políticos de la escritora. La preocupación sobre las desventajas sociales y prejuicios que limitaban a las mujeres estuvo presente en el conjunto de obra. Su narrativa, su poesía, sus ensayos y su vasta obra periodística tratan, ya sea en el primer plano o en el trasfondo, asuntos relacionados con las condiciones sociales de las mujeres. En uno de sus escritos tempranos Castellanos manifestó el interés que le despertaban las rebeldes, “aquellas que se habían separado del rebaño e invadieron un terreno prohibido”. Le intrigaba comprender “¿cómo lograron introducir su contrabando en fronteras tan celosamente vigiladas [como son las del mundo de la creación intelectual]. Pero, sobre todo, ¿qué fue lo que las impulsó de un modo tan irresistible a arriesgarse a ser contrabandistas? Porque lo cierto es que la mayor parte de las mujeres están muy tranquilas en sus casas y en sus límites, sin organizar bandas para burlar la ley. Aceptan la ley, la acatan, la respetan. La consideran adecuada…”

La escritora se interesó por el feminismo desde su etapa de estudiante universitaria. Años después, cuando ya era una escritora madura y reconocida, dedicó al tema de la emancipación feminista varias de las colaboraciones de prensa enviadas desde Israel, donde se desempeñó como embajadora de México en los últimos años de su vida, entre 1970 y 1974. En Medio Oriente fue testigo de una guerra como la que hoy nos tiene en vilo. Una pequeña selección de esos textos periodísticos fue reunida por José Emilio Pacheco y publicada en el volumen El uso de la palabra en 1975, a un año de su prematuro fallecimiento. Posteriormente, Andrea Reyes recopiló de manera exhaustiva los escritos periodísticos de la autora, aparecidos entre 1963 y 1974, en los volúmenes Mujer de palabra (Conaculta, 2003-2007).

Si en Sobre cultura femenina, ensayo filosófico de juventud (publicado por el Fondo de Cultura Económica en 2009), Castellanos reflexionó sobre la marginación de las mujeres en el ámbito de la cultura, la ciencia y arte, con el paso del tiempo aprovechó sus conocimientos del pensamiento existencialista para convirtirse en una aventajada lectora de Simone de Beauvoir. Quizá fue la primera conocedora mexicana de El segundo sexo, influyente obra en donde la francesa establece que las mujeres no nacen, sino se hacen. Es decir, que ser mujer y tener una posición subordinada en la sociedad no es un destino ineludible ni un hecho de la biología o una esencia, sino que es una situación social, susceptible de transformarse.

Para 1968, el emblemático año del movimiento estudiantil mexicano, del Mayo francés y de la revuelta juvenil en tantos lugares del mundo, Rosario Castellanos, que ya era una escritora madura y con amplio reconocimiento, tituló una colaboración en la prensa con una pregunta que para muchos en ese entonces era una interrogante legítima, aunque la autora la planteara en forma retórica: “¿La mujer, ser inferior?” En la respuesta, recurrió a De Beauvoir para recalcar que, lejos de ser un destino ineludible, ser mujer o ser hombre era una configuración social como también era un hecho social la jerarquía que colocaba en una posición subordinada a las mujeres.

La revuelta feminista contra “el sexismo” fue otro de los asuntos que entusiasmó a Rosario Castellanos. Haciendo eco del término racismo, utilizado para la denunciar discriminación hacia la población afroamericana, la palabra sexismo, que en ese entonces era un neologismo, se volvió moneda corriente: con ella se aludía a la amplia gama de actos con los que “se perpetúa la iniquidad en el trato entre los hombres y las mujeres. Iniquidad en la paga, las clases de trabajo y, más sutilmente, en la expresión propia”. Castellanos coincidió en la crítica feminista a la utilización del cuerpo femenino como espectáculo con fines comerciales o publicitarios. Juzgó con dureza el sometimiento a “dietas, tratamientos embellecedores” y al “molde despiadado de las fajas”, así como al uso de tacones altos a los que consideraba “instrumentos de tortura cotidiana”. Los concursos de belleza y el ideal femenino que en estos eventos se enarbolaba fueron blanco de protestas feministas de los setenta tanto en Estados Unidos como en México.

En agosto de 1970 se conmemoró el cincuentenario de la proclamación del derecho al voto femenino en Estados Unidos. La efeméride fue ocasión para que las adeptas al movimiento de liberación de la mujer salieran a las plazas y calles de distintas ciudades del país del norte para expresar su desencanto “con la imagen seductora que de la feminidad se ha elaborado en nuestra época”.

A Castellanos le impresionó lo nutrido de las manifestaciones callejeras y el hecho de que se tratara de una movilización aparentemente espontánea, “sin líderes y sin nombres” según reportó la escritora, quien recogió algunos datos que se divulgaron a propósito de la convocatoria feminista y que le causaron honda impresión. Por ejemplo, el reducidísimo porcentaje de mujeres activas en profesiones socialmente caracterizadas como masculinas —ingeniería, leyes y medicina—, la enorme brecha salarial entre hombres y mujeres con capacitación laboral equivalente y el decreciente número de mujeres en puestos de elección en el Congreso estadounidense, entre otros.

Pero quizás lo que más impactó a Castellanos fue que la protesta feminista se acompañó de una huelga de trabajos domésticos, esos “trabajos tan sui generis, tan peculiares que sólo se notan cuando no se hacen, esos trabajos fuera de todas las leyes económicas, que no se retribuyen con una tarifa determinada o que se retribuyen con el simple alojamiento, alimentación y vestido de quien los cumple; esos trabajos que como ciertas torturas refinadísimas que se aplican en cárceles infames, se destruyen apenas han concluido de realizarse”.

Observaba que, en México, el conflicto en el matrimonio frente a los quehaceres domésticos se paliaba debido a la disponibilidad de empleadas del hogar dedicadas a tareas de limpieza, preparación de alimentos y cuidado a los niños y enfermos. Advertía, sin embargo, que con la modernización del país y la incorporación de la fuerza de trabajo femenina a la industria y a los servicios “nos llegará la lumbre a los aparejos. Cuando aparezca la última criada, el colchoncito en que ahora reposa nuestra conformidad, aparecerá la primera rebelde furibunda”.

Inspirada por lo que sucedía con el feminismo estadounidense y armada con las herramientas del existencialismo de Simone de Beauvoir, Castellanos preparó en 1971 el discurso “La abnegación, una virtud loca”, que pronunció ante el presidente de la república, Luis Echeverría Álvarez. Sin miramientos, la escritora caracterizó a la abnegación como “una de las virtudes más alabadas de las mujeres mexicanas” cuyo efecto contravenía de cualquier aspiración de equidad o justicia para el sexo femenino.

Señalaba las abismales diferencias educativas y laborales especialmente agudas a principios de los setenta en la enseñanza superior, donde el 85% de los estudiantes eran varones. Y respecto a las poquísimas mujeres que tenían título universitario Castellanos se preguntaba cuántas ejercían la profesión para la que se habían preparado aprovechando una cuantiosa inversión pública que se habría malgastado en los casos en que prefirieran dedicarse al hogar en forma exclusiva.

“No es equitativo, y por lo tanto tampoco es legítimo que uno tenga la oportunidad de formarse intelectualmente y que al otro no le quede más alternativa que la de permanecer sumido en la ignorancia [...] que uno encuentre en el trabajo no sólo una fuente de riqueza sino también la alegría de sentirse útil, partícipe de la vida comunitaria, realizado a través de una obra, mientras que otro cumple con una labor que no amerita remuneración y que apenas atenúa la vivencia de superficialidad y aislamiento […] que uno tenga toda la libertad de movimiento mientras el otro está reducido a la pasarela […] que uno sea dueño de su cuerpo y disponga de él como se le de la real gana, mientras que el otro se reserva su cuerpo, no para sus propios fines, sino para que en él se cumplan procesos ajenos a su voluntad…”

La letanía de denuncias se extendía por muchas páginas. El que Castellanos condenara las injusticias que pesaban sobre las mujeres mexicanas en presencia de Echeverría Álvarez fue trascendente. Contribuyó al encumbramiento de Castellanos como escritora reconocida, al tiempo que fue preparando el ambiente para que México llegara a ser sede de la Conferencia del Año Internacional de la Mujer y de la Tribuna de la Mujer auspiciada por la Organización de las Naciones Unidas en el año de 1975. Si es innegable que el principal móvil de la Conferencia fue la preocupación por el crecimiento poblacional, también se debe reconocer que en el discurso del gobierno mexicano empezaba a sentirse un clima favorable a los derechos de las mujeres.

La debilidad del feminismo inquietaba a la autora de Balún Canán. Si en otros países el feminismo “ha tenido sus mártires y sus muy respetadas teóricas, en México no ha pasado de una actitud larvaria y vergonzante”. Hasta donde se sabe, la escritora no modificó su visión sobre la debilidad del feminismo mexicano ni llegó a saber del despunte feminista de los setenta. Es improbable que tuviera noticia de la pequeña manifestación pública “en contra del mito de la madre”, convocada en la capital al mes siguiente de su salida del país para cumplir con su encomienda diplomática. La muerte prematura alcanzó a Rosario Castellanos el año anterior a la reunión de la ONU, en la que la diplomática seguramente habría tenido una intervención destacada. Tampoco vivió para saber de las jóvenes feministas, adeptas al marxismo y a la revolución cubana que protestaron lo mismo contra la Conferencia del Año Internacional de la Mujer que contra el concurso de belleza de Miss Universo y contra los estereotipos de la feminidad que creaban imágenes falsas de las mujeres. No supo de los indudables efectos de la revolución feminista de la segunda mitad del siglo XX mexicano. Sus agudos ensayos y obras narrativas, sin embargo, fueron iluminadores y permitieron que los reclamos del feminismo de la nueva ola se arraigaran en la sociedad y en la cultura mexicana.


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