lundi 4 août 2014

Intemperie/ Efraín HUERTA: cien años del poeta del alba

Efraín HUERTA: cien años del poeta del alba
Por Intemperie

Desde México, Osvaldo Rocha presenta una semblanza de una de las voces más originales y representativas de la poesía mexicana, al cumplirse cien años de su nacimiento

En junio de este año se cumplieron cien años del natalicio del poeta mexicano Efraín Huerta, autor de versos labrados con una aguda inteligencia, una crítica desafiante y un erotismo ilimitado, quien se fue de este mundo el 3 de febrero de 1982 dejando una obra que abarca más de 50 años. Se cumplen también los 70 años de Los hombres del alba, considerada de forma unánime como su principal colección de poesía.

En este trabajo, el autor buscaba claramente retrata la realidad social, o dicho de otro modo, la soledad del hombre frente a la injusticia social, que de esto parece estar hecha la ciudad y el mundo. Título que, si bien fue publicado cuando tenía 30 años de edad, comenzó a escribirse desde 1935, cuando tenía 21 años. Poseedor de una vigorosa personalidad, según lo describía el también poeta Rafael Solana en el prólogo a la primera edición, la obra en cuestión también ha llegado a ser visto como una primera asimilación mexicana del surrealismo en lengua española, según el investigador literario Emiliano Delgadillo.

En esta y otras obras el poeta hace suya la ciudad de México con todos sus salvajes contrastes, la misma que Luis Buñuel presentaría al mundo a través de su cinta Los olvidados seis años después de la publicación de Los hombres del alba. El poeta muestra poco prejuicio al abordar la vida de los hijos del odio y del insomnio, los mendigos, las muchachas ebrias y bandidos con barba crecida; por el contrario, exhibe su ánimo y predilección por esta raza de seres de la calle que “están caídos de sueño y esperanzas”, pues aquellos son “los hombres más abandonados, más locos, más valientes: los más puros”.

Originario de Silao, Guanajuato, Efraín Huerta estudió Derecho en las ciudades de León, Querétaro y México, pero cambió de oficio como otros tantos. Colaboró activamente en numerosas publicaciones y formó parte también de la revista Taller—que daría nombre a una generación de figuras como Octavio Paz, Neftalí Beltrán y Álvaro Quintero Álvarez—, donde se intentaba aplicar el arte a los problemas sociales del mundo en los años 30 y principios de los 40.

Esta generación de Paz y Huerta, heredera de los Contemporáneos, veía a la poesía como una experiencia vital, y se sintió especialmente invadida de un deseo de justicia durante la lucha de los republicanos en la Guerra Civil Española. Leían a los místicos españoles, a los surrealistas, a los románticos alemanes, a poetas contemporáneos como Luis Cernuda, Pablo Neruda, Vicente Aleixandre, Federico García Lorca, Rafael Alberti y muchos otros.

El hombre conocido como el “poeta de la ciudad” o el “poeta del alba” fue formando su estilo literario, innovador e irreverente, a la sombra de las grandes nubes, pegado al suelo y lo concreto. En 1949 Huerta sería responsable de poner en marcha el movimiento literario llamado “Cocodrilismo” y por él recibiría el sobrenombre de “El gran cocodrilo”. Fundada junto con Simón Otaola, Otto Raúl González, Margarita Paz Paredes e incluso el gobernador del estado de Guanajuato, esta escuela lírica y social era una “extraordinaria escuela de optimismo y alegría”, según describía el propio Huerta con respecto a la vitalidad de la poesía.

El poeta cocodrilo dedicó su vida a dar cuenta de la problemática realidad que lo rodeaba con una ferocidad que rompía los moldes del lenguaje que los poetas habían utilizado hasta entonces. Un rebelde y un antipoeta, un disidente de las formas convencionales, Huerta ocupa en la poesía latinoamericana un lugar cercano a la antipoesía del chileno Nicanor Parra. El genio de su ironía tiene su ejemplo más evidente en sus así llamados “poemínimos”, textos brevísimos similares a los epigramas que centellean cáusticamente al lector avispado, pues “no hay peor poesía que la que no se hace”.

Su obra poética más representativa quedó incluida en Absoluto amor (1935), Los hombres del alba (1944), La rosa primitiva (1950), El Tajín (1963), Poemas prohibidos y de amor (1973), Circuito interior (1977) y Estampida de poemínimos (1980). Recibió igualmente numerosos premios literarios, como las Palmas Académicas del gobierno de Francia, el Xavier Villaurrutia, el Nacional de Poesía, el Nacional de Periodismo, la Medalla de la Universidad Autónoma de Chiapas y el Quetzalcóatl de Plata del entonces Departamento del Distrito Federal (DDF).

A pesar de ser opacado un poco quizá por la celebridad de su laureado colega Octavio Paz, quien también vino al mundo en el año de 1914 y recibió una gran campaña laudatoria, su centenario ha contado también con numerosas muestras de afecto y reconocimiento en México. Y es que Huerta es visto por muchos como un poeta cercano al pueblo, colmado del humor y las pasiones de su tierra, hábil constructor de ideas a través del lenguaje cotidiano, la anécdota y la argucia picante propias del mexicano. Para muestra su poemínimo El Joven: me voy / de aquí / en busca / de / mujeres / horizontes.

Por todo ello conserva, a cien años de su nacimiento, un lugar seguro dentro de las voces más originales y representativas del siglo XX en la poesía mexicana, y su aniversario obliga a una nueva y esmerada lectura. En esta tarea será de gran ayuda, por supuesto, la nueva edición facsimilar de Los hombres del alba, puesta en circulación este año por el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes de México.

Osvaldo Rocha (Guadalajara, 1984), es poeta, traductor y ensayista.


Articulo: http://www.revistaintemperie.cl 03/08/2014