lundi 4 août 2014

Justo NAVARRO/ El último cigarrillo de Italo SVEVO

LIBROS 
El último cigarrillo de Italo SVEVO
Por Justo NAVARRO

'Ensayos' son una peculiar autobiografía en la que el autor pasa a ser un gran personaje

Lo cuenta su hija, Letizia Svevo Fonda Savio: agonizaba en el hospital Italo Svevo, después de estrellar el coche contra un árbol un día de septiembre de 1928. "No llores, morir no es nada", dijo. Pidió un cigarro, que le negaron, y prometió: "Éste será de verdad el último". Fumador de sesenta cigarrillos diarios, en su gran novela,La conciencia de Zeno, había meditado sobre el rito del último cigarrillo, eucaristía o extremaunción, y en torno a la superación del tabaquismo nació la relación amorosa con su sobrina segunda Livia Veneziani, que se convertiría en su mujer.

Svevo parece una ficción. Dicen que en el fondo del Leopold Bloom de Joyce está Svevo, y en el nombre de Anna Livia Plurabelle, la heroína de Finnegans Wake, no sólo resuena el dublinés río Liffey. En febrero de 1924, Joyce le escribía a su amigo Ettore Schmitz: "Le he dado el nombre de la Señora a la protagonista del libro que estoy escribiendo". La Señora era Livia Veneziani. Svevo no se llamaba Svevo, sino Ettore Aron Schmitz, empleado de banca, comerciante, socio de la fábrica de pintura para barcos de sus suegros. Había conocido a Joyce en 1907. El irlandés, 20 años más joven que su alumno, enseñaba en la Berlitz School, donde el hombre de negocios Ettore Schmitz aprendía inglés por necesidades prácticas.

El escenario era Trieste, ciudad más fantástica que real, rica, portuaria, austrohúngara hasta 1919. Schmitz, nacido en 1861 en la religión judía y bautizado católico en 1897 para complacer a su esposa, hijo de madre italiana y de padre de origen alemán, adoptó para la literatura la máscara de Italo Svevo, Italo el Suevo, el italiano germánico. Su cultura era alemana, pero su imaginación quería ser italiana como Dante. Colaboraba en el periódico del irredentismo italianista L’Indipendente. Compartía en sociedad el patriotismo italiano de la burguesía triestina, contra Austria y sus impuestos, y en privado se sentía socialista, un partido considerado filoaustriaco.

¿Qué queda en su literatura de esos desdoblamientos? Un instinto de distancia, de ausencia observadora, una incomodidad o inseguridad. Pero la sensación de extrañeza no es triste, sino todo lo contrario, ocasión de risa, de cordialidad. Acertó quien emparentó con Charlot y Buster Keaton a las criaturas de Svevo, un grafómano que no podía dejar de escribir, para los periódicos o para el cajón de su mesa. SusEnsayos, un modo de autobiografía, convierten al autor en personaje.

Joyce y los franceses iban a consagrar a Svevo como pieza clave de la novela europea contemporánea, en Italia su prestigio literario era nulo Publicó a sus expensas dos novelas,Una vida (1892) y Senilidad (1898). Cosechó silencio. “Un futbolista derrotado merece respeto, pero un literato fracasado es ridículo”, dijo, y dejó de escribir en público. "Me había casado, había tenido una hija y había que ponerse serio". Los artículos para L’Indipendente se acabaron en 1890. El último se llamaba Fumar. Son un muestrario de los gustos de la época y de la clase social de Schmitz: Wagner, narradores franceses y rusos, Schopenhauer y Darwin, voluntad y lucha por la vida, es decir, falta de voluntad y pocas ganas de lucha. No volvió a los periódicos hasta 1919, cuando, en La Nazione, después de dedicarle cinco entregas al tranvía que solía tomar en Trieste, ejerció de cronista de las huelgas de los mineros ingleses y de la vida cotidiana en la Londres de posguerra, donde los Veneziani tenían una fábrica. También especuló sobre las malas costumbres de los triestinos, sobre Joyce, o sobre los automóviles que acabarían matándolo. Había descubierto a Freud hacia 1908, el Freud que estudia los chistes y la psicopatología de la vida cotidiana.

En 1923, después de un silencio novelístico de veinticinco años, publicó La conciencia de Zeno. "Yo me río cuando mis críticos, por benevolencia, al no poder concederme el placer de proclamarme un gran escritor, me dicen que soy un gran experto en finanzas y un gran empresario". Joyce y los franceses iban a consagrar a Svevo como pieza clave de la novela europea contemporánea cuando en Italia su prestigio literario era nulo. "Svevo habría podido escribir bien en alemán, prefirió escribir mal en italiano", apuntó Umberto Saba: su italiano parecía una traducción del dialecto véneto que se hablaba en Trieste. “Mentimos con cada palabra que decimos en toscano”, contestaba el narrador de La conciencia de Zeno. Eugenio Montale defendió el coraje de escribir mal de Svevo.

Es meritorio el trabajo del traductor de estos Ensayos, Cuqui Weller,a pesar de errores o descuidos ocasionales. Las notas a la edición a veces desconciertan: se fecha en 1914 una reflexión sobre la Sociedad de Naciones (en esta traducción "Liga de las Naciones"), organización fundada en 1919, o se nos dice dos veces, en páginas distintas, quiénes eran Heine y los jesuitas Escobar y Sánchez, o se nos informa de que Carl Maria von Weber —a quien en la página 77 no se le añade nota, pero sí en la 147— compuso una ópera. ¿No fueron más?

Ensayos. Italo Svevo. Traducción y edición de Cuqui Weller. Páginas de Espuma. Madrid, 2014. 392 páginas. 25 euros.

***
SHYLOCK

Ese renegado de Heine, como no sabía combinar de otra manera su entusiasmo por Shakespeare con la veneración que le había quedado por las creencias de sus abuelos, intentó, y quizás con buen resultado, no solamente justificar, sino, incluso mejor, aprobar el contenido de El mercader de Venecia. Se podría decir que era una tarea imposible, pero a Heine no le pareció así1.

Las razones de los que aprueban ese trabajo son sutiles, pero no abstrusas. Yo lo razono así: se trata de saber si Shakespeare odiaba o no a los israelitas. El genio superior de Shakespeare hace suponer que no, pero su época y El mercader de Venecia dicen que sí. Al menos para restituir a la cuestión su equilibrio y para poner en la balanza la duda de igual manera por ambas partes es necesario probar que El mercader de Venecia no exprese ninguna opinión personal. Veamos.

Para nosotros, en el presente, la opinión de un autor la encontramos en el final más o menos feliz de un personaje1. Heinrich Heine (1797-1856), poeta romántico alemán, nació en el seno de una familia judía, aunque terminó convirtiéndose al Cristianismo, de ahí que Svevo lo llame «renegado» y hable de «las creencias de sus abuelos». Asimismo, escribió un libro sobre las figuras femeninas en Shakespeare, donde dedica un ensayo a la hija de Shylock: Shakespeares Mädchen und Frauen (1839).

y en el desenlace del drama, en el que encontramos personificadas las ideas que se quieren aprobar o combatir. Para nosotros (al menos en el teatro) el bien debe triunfar y el mal sucumbir. Pero ¿es cierto, es justo este axioma? Y, lo que era peor en aquella época, ¿qué bases podía tener? ¿Y cómo podía aceptarlo Shakespeare, profundo observador, trágico seguidor del verismo? ¿Y cómo podía aceptarlo él como espectador de continuas injusticias, después de haber visto caer la cabeza de una reina porque se mantuvo firme en su derecho o después de haber visto que una nación entera cambiaba hasta tres veces de religión, quizás después de haber tenido que cambiar él mismo de religión también?

Ahora si un espectador desapasionado asiste a la representación de El mercader de Venecia no con la única intención de divertirse sino con la de estudiar y pensar, poco a poco desaparece el velo que el efecto escénico y el espíritu de la época han puesto ahí, y sale pura y limpia en toda su verdad una figura colosal, admirable, humana. La del judío Shylock. Mírenlo bien. Es rico, pero no por ello feliz; toda la falsedad de su propia posición está clara para él; se siente hombre y no se le trata como tal, se le insulta y el insulto le rompe el corazón, lo mata todo sentimiento, sólo le queda el de la venganza. Pero esta no es la forma de hacer parecer odioso a un personaje. Es la lógica de todos los tiempos y de todos los linajes. Antiguamente: ojo por ojo, diente por diente. Hoy día: al contraataque.

Y Shylock sacrifica intereses, sentimientos, ventajas, todo, para conseguir esta venganza. Pero no pudo disfrutarla el pobre judío. Con un miserable juego de palabras lo engañan, lo decepcionan. Las desgracias lo golpean, en la familia y fuera de ella. Encorvado, solo, abandonado por el único ser que tenía además del deber de no despreciarlo, también el de amarlo; pero ¿quién se reiría de esta figura? «¡Oh!, mi viejo William, «¿no es quizás falsa la idea de que puedas haberte querido reír de esta figura?».

Si el razonamiento es demasiado rebuscado, consideraciones bastante más cercanas pueden hacer que se le perdonen a Shakespeare sus injusticias, si es que las cometió. Nosotros, que queremos saborear todo lo que es bello (y El mercader de Venecia no deja por supuesto nada que desear en este sentido), estaremos dispuestos a sufrir para disfrutar de la belleza de ese trabajo. Si las supersticiones y el egoísmo del tiempo empujaron la mano del gran inglés, esta noche nos reiremos de las supersticiones y del egoísmo shakespeariano como nos hemos reído durante la dificilísima y complicada mezcla que hicieron las brujas de Macbeth. Y aquí acabo. Un apretón de manos al redactor si ha impreso esta parrafada mía, a mis lectores si los he tenido, a Ernesto Rossi si se deja aplaudir como de costumbre. Nos vemos en el teatro.

E. S.


Articulo: http://cultura.elpais.com 01/08/2014