lundi 4 août 2014

Luz GÓMEZ GARCÍA/ Y las mujeres salieron del harén

Y las mujeres salieron del harén
Por Luz GÓMEZ GARCÍA

Generaciones de escritoras de países islámicos cuentan un mundo marcado por la desigualdad

Hace décadas que las mujeres del llamado “mundo islámico” salieron del harén en el que el imaginario occidental las hacía presas. La lucha por la independencia y la construcción de los nuevos Estados-nación necesitó de su participación, si bien casi siempre fue manipulada en el intento de perpetuar un régimen patriarcal milenario. Sin embargo, una vez puesto el pie en la tribuna, ya no había marcha atrás.

El mundo poscolonial de la segunda mitad del siglo XX acentuó el contraste entre la renqueante marcha política y económica y los rápidos cambios sociales y culturales del enorme arco de países que va de Marruecos a Indonesia. La urbanización galopante, la elevación general del nivel educativo y el aumento de la esperanza de vida dieron forma a una transición demográfica sentida en muchas ocasiones como dramática. El espacio de la religión en la vida pública y los roles de género se convirtieron en los temas por excelencia para el debate intelectual y la radicalización de posiciones, tanto entre religiosos y seculares en el interior de las sociedades musulmanas como en el discurso sobre éstas desde fuera. Traducido todo ello en los términos posmodernos de búsqueda de una supuesta identidad islámica, la “cuestión de la mujer” devino piedra de toque de lo islámico. Poco importa que el verdadero islam, como ha explicado el filósofo iraní Abdolkarim Soroush, sea incognoscible y, por lo tanto, inevitable la pluralidad en sus interpretaciones. O lo que es lo mismo para este caso: que haya tantas mujeres en el islam como islames sobre la mujer. El 11-S y la “guerra contra el terrorismo” han incidido aún más en lo que podríamos denominar la sobredeterminación del islam por la cuestión femenina. Es un asunto que ha estudiado bien la antropóloga palestino-estadounidense Lila Abu-Lughod, muy crítica con la cruzada moral que ha emprendido el mundo para salvar a las mujeres musulmanas (Do muslim women need saving?, Harvard University Press, 2013).

Hay tantas mujeres en el islam como islames sobre la mujer

La construcción del mito de Sherezade a partir de la adaptación burguesa de Las mil y una noches es el mejor ejemplo del viaje de las ideas en esta materia. Pero la realidad, como siempre, lo matiza todo. Por un lado, es cierto que existe una innegable desigualdad de género que caracteriza de forma general al conjunto de las sociedades musulmanas. Por otro, la imagen popular de las mujeres oprimidas víctimas del islam choca con la conciencia compleja que ellas tienen del contraste entre lo propio y lo ajeno, y las decisiones que toman al respecto.

Las literaturas árabe, persa o turca modernas —culturas todas ellas fuertemente impregnadas por el islam, pero no solo— han producido un sinfín de obras, sobre todo de narrativa, en que las escritoras dan cuenta de esta experiencia.

Más de un siglo de literatura escrita (y publicada) por mujeres da para un largo recorrido en el que, por encima de la evolución cronológica, destaca la sobreposición de planteamientos. Los folletines y los best sellers sensacionalistas son demasiado habituales, pero abren a la vez el camino comercial a otras obras literariamente más sofisticadas. La insatisfacción vital, la rebeldía social o la desilusión política marcan buena parte de la creación literaria más actual de sirias, iraníes o marroquíes, pues por encima de barreras nacionales, lingüísticas o religiosas, su geografía compartida es la de la pobreza, el autoritarismo y, con frecuencia, el exilio. En esta línea se mueve la libanesa de ascendencia cristiana Joumana Haddad, que ha hecho de la provocación en torno a la sexualidad razón de ser de su escritura. El título de su último libro lo expresa bien: Supermán es árabe.

Acerca de Dios, el matrimonio, los machos y otros inventos desastrosos (Vaso Roto, 2014).

El espacio de la religión en la vida pública y los roles de género se convirtieron en los temas por excelencia

Con todo, muchas autoras insisten en rebajar la importancia de las cuestiones de género. Confían, además, en la universalidad de sus referentes literarios, y contraponen su conocimiento sin traumas de la literatura occidental a la fascinación o el miedo con que se acercaban a ella las generaciones anteriores. Así lo manifiestan, entre otras, Miral al Tahawi, Saher al Mugi y May Tilmisani, tres narradoras egipcias de la generación posmahfuzí, o la iraní Azar Nafisi, autora del muy conocido Leer Lolita en Teherán (Quinteto, 2010). Otra iraní, Parinoush Saniee, da por superadas en El libro de mi destino cuestiones metaliterarias para trazar un fresco de la convulsa historia de Irán en los últimos cuarenta años. La ambición de Saniee no se centra en el retrato de un mundo de mujeres, sino que se lanza a la crítica de toda la sociedad, que no sale muy bien parada: la hipocresía del Irán posrevolucionario lo impregna todo.

Pero incluso desde finales del siglo XIX, cuando todavía la mayoría de las escritoras estaban en el harén, la literatura de las mujeres musulmanas ha puesto en entredicho la asunción posilustrada de que visibilidad y voz públicas son marcadores indiscutibles de la subjetividad. Es más, sus autobiografías y memorias relativizan la noción misma de subjetividad como elemento constitutivo de la emancipación y de la creatividad. En este sentido, la india Ismat Chughtai, la autora en urdu más destacada del siglo XX, cuenta en su autobiografía (recientemente traducida al inglés: A life in words,Penguin Modern Classics, 2013) cómo la empatía, la oralidad y la polifonía de las sesiones familiares de cuentacuentos, todo ello lejos del “cuarto propio” de Virginia Woolf tan eurocéntricamente paradigmático, condicionaron por encima de lo demás su experiencia narrativa. Es algo también característico de numerosas autoras actuales, lo cual les ha servido para emprender experimentos expresivos personales. La egipcia Salwa Bakr en El carro dorado(Txalaparta, 2011) o la libanesa Huda Barakat en El labrador de las aguas (Belacqva, 2007) permiten hacerse una buena idea en español de estas otras formas de contar.

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ENTREVISTA
“Soy cruel porque la realidad es cruel”
Por Berna GONZÁLEZ HARBOUR 

Digamos primero lo que no es esta novela: no es una innovación de estilo, no juega con tiempos ni personajes, no salta hacia la complejidad narrativa ni esperen de ella que inaugure una vanguardia literaria, no. Leer a Parinoush Saniee es como leer una plácida novela británica de hace un siglo —de toda la vida, en fin— sin adornos, sin recargos, sin trucos ni sobresaltos trepidantes, más allá de las magulladuras que te van contagiando los personajes heridos. Que son grandes.

Eso nos lleva a lo que sí es esta novela: es un retrato rotundo y descarnado de un país, y qué país. De la mano de una pequeña que solo aspiraba a estudiar —y a ver otra vez más en el camino al colegio el rostro chispeante del joven Said—, el lector se da de bruces con el Irán de los sahs, de la revolución y de la guerra, y de paso con un mundo adulto donde quien te ama, te puede matar. El libro de mi destino (Salamandra) recorre un universo de orgullos y tradiciones, de guerras y exilios, de rebelión y rendición, de machismo de hombre y de machismo de mujer. Y de supervivencia obligada y dura entre las tragedias de un pueblo que es rico en cultura y en recursos pero, sobre todo, en traumas.
Y hay otra cosa que también es: es el descubrimiento de una autora iraní que, harta de contar realidades en estudios sociológicos que nadie leía, se pasó a la novela. Proceso curioso. Saniee, socióloga y psicóloga de 64 años, obsesa de la estadística y de los perfiles humanos, desarrolló primero su propio estudio, encuesta a encuesta, para construir una base científica sobre la que luego edificar un mundo. Y para demostrar a los censores que todo era real. Después, creó.

El libro de mi destino logró sortear la censura y convertirse en best seller antes de sucumbir de nuevo, bajo Ahmadineyad

Cuando los censores no autorizaron su publicación, les preguntó:
—¿Cuál es el problema? —relata aún con rabia.
—Que provocará que la gente se haga preguntas —respondieron los guías del pueblo, según su reconstrucción.

—Pero está basado en historias reales, no hay nada falso ni equivocado, es resultado de estadísticas —replicó.
—Cierto.

—¿Y entonces qué hay de malo?
—Que es amarga. Demasiado amarga.

—Entonces decidme algo dulce y bueno que haya pasado aquí en los últimos 35 años y lo escribiré.
La conversación terminó ahí.

Y es que aquí hay dos historias: la que cuenta la novela y la del propio libro. Luego volveremos.
Saniee recibe a Babelia en un barrio de clase media alta de Heidelberg, en esta Alemania que ha acogido a sus dos hijos, una informática y un ingeniero electrónico que ponen rostro a las generaciones de jóvenes que huyeron de Irán y que también pinta en su libro. El dúplex blanco, moderno, y el sol radiante nos hacen olvidar el mundo de ahí fuera, donde los adoquinados, los castillos en las colinas cercanas y la universidad más antigua de Alemania conservan aromas de viejas guerras de religión, de filosofía y hasta de un nazismo fuerte que los aliados no castigaron. Heidelberg no fue bombardeada y —paradojas del destino— el general Patton murió por accidente en 1945 aquí.

Pero de esa Alemania aquí dentro solo queda el aire, y en el piso de la hija de Saniee lo que brillan son las frutas, los dulces (de Mars y Cadbury, no de Irán), la cocina americana y las terrazas blancas con las cortinas al viento. Hace calor. Podría ser Barcelona, Santorini o Qom. Territorio de jóvenes inmigrantes con ingresos, sin nostalgias, adaptados.

Se sirven zumos, aguas, cafés. La traductora de persa es otra iraní occidentalizada —todas visten tirantes o manga corta, aquí no hay rastro de chador o hiyab— simpática y eficaz, salvo los sustos que nos da en alguno de esos momentos tipo El gran dictador de Charles Chaplin, ¿recuerdan?, cuando Hynkel-Hitler soltaba parrafadas que la mecanógrafa resumía en pocos toques y palabras sueltas que nunca terminaba de teclear. Así ocurre alguna vez en las dos horas y media de conversación, pero la mirada de Saniee, que también entiende inglés, es tranquilizadora. Debemos confiar.

PREGUNTA. Parece que se propuso contar la historia de una familia y contó la historia de un país. ¿Qué quería exactamente?
RESPUESTA. Yo no soy escritora sino investigadora, toda la vida he trabajado como socióloga, como psicóloga y como terapeuta familiar, y me di cuenta de que hay una generación de mujeres que no tuvieron oportunidades y que, sin embargo, lo dieron todo, cargaron con demasiadas responsabilidades: mantener a la familia en medio de la revolución, trabajar fuera cuando faltaba el hombre, perder a sus hijos en la guerra o el exilio. Dieron tanto de sí mismas, sacrificaron tanto, que se olvidaron de ellas. Y me sentí obligada. La mayoría se habían casado entre los 14 y 18 años, sin conocer a los maridos elegidos y cuando su corazón estaba en algún otro lugar, en algún chico del camino al colegio.

P. ¿Y por qué la “no escritora” eligió la novela para contarlo?
R. Durante muchos años redacté papeles, estudios, libros que se imprimían pero que no se vendían. Eran investigaciones para el Gobierno y ya sabías que, si las conclusiones eran positivas, se apoyaban. Si eran negativas, se ignoraban. Y estaba harta de escribir sobre estadísticas. Así que lo hice por mí: tenía los datos, se trataba de escribir sobre el desarrollo emocional de todo eso que había estudiado, se trataba de saber qué pasó con las mujeres y se trataba de llegar a la gran audiencia: por eso elegí una novela.

Saniee, empeñada así en reflejar su ciencia en una ficción, comenzó en 2003 sin decir nada a nadie, casi a escondidas, viviendo un secreto que hoy recuerda risueña, hasta que un día su marido, alerta ante tanta actividad en el teclado, la sorprendió. “¡Estás escribiendo una novela!”. Y esa ilusión íntima de creadora de incógnito, aún insegura al abordar una empresa nueva a los 54 años, se contagió.

“Él se convirtió entonces en mi mayor impulsor, fue él quien más luchó contra la censura para lograr la publicación”, recuerda.

El libro de mi destino logró sortear la censura y convertirse en best seller antes de sucumbir de nuevo, bajo Ahmadineyad. Lo cuenta con un nudo en la garganta porque perdió a su marido de forma repentina hace cinco años, pero también con la satisfacción de que él no se ajustaba a la estadística cruel que maneja en su libro: la de los hombres dueños de sus mujeres.

P. Usted juega en su historia con algo terrible: el que te quiere te puede matar. ¿Es la familia en Irán un apoyo o una soga al cuello?
R. En Irán la familia te puede matar con su amor. La familia tradicional iraní es durísima con las niñas. Los hermanos son guardianes de tu dignidad. Ahora ya ha cambiado algo. En Teherán, aparte de la obligación de ir cubiertas, las mujeres tienen más libertad, no hay tanta imposición. Las mujeres son ahora mismo la gran fuerza del futuro de Irán.

Él se convirtió entonces en mi mayor impulsor, fue él quien más luchó contra la censura para lograr la publicación Saniee recuerda a su marido
P. Pero tener que ir cubiertas no es una cosa menor…
R. No es una cosa menor, no.

Esta vez, respuesta corta, en persa y en inglés. Saniee calla y se le oscurecen los ojos como si la hubieran tapado de repente. No va a omitir respuesta alguna, pero su cautela se mide en la escasa longitud de alguna de ellas. Treinta y cinco años de régimen islámico no le han robado valor, pero cuesta imaginar esa piel morena, el rostro maduro y los ojos maquillados cubiertos con hiyab en Irán, donde vive, tras pasearse libre y descubierta por todos los países a los que ha llegado su libro.
P. ¿Se siente libre?
R. No me siento completamente libre. Cada vez que tengo una entrevista pienso en ello, alguien la está leyendo en Irán.

Y vuelve a callar un largo rato. Su tercer y último libro lleva siete años esperando autorización. Muchos le han recomendado publicarlo fuera, pero ella vive en Irán y quiere publicar allí.
P. Un personaje dice en su libro que no basta con el hiyab:“Si una muchacha es mala, puede hacer mil cosas bajo su chador que mancillen el honor de su padre”. ¿Hay vida debajo del chador?
R. ¡Hay mucha vida debajo del chador! Siempre que ves a una mujer cubierta te debes preguntar: “¿Qué individuo está ahí?”. Esa es la pregunta importante. Un dato: el 67% de las estudiantes de educación superior hoy son mujeres.

P. Su libro recorre el drama de todas las épocas. ¿No hay buenos tiempos en Irán?
R. Hemos vivido tiempos extremadamente difíciles, pero hemos crecido con ello y hacemos lo mejor posible. Por eso tantos jóvenes se van. Los iraníes siempre viajaban, pero regresaban. Ahora el máximo objetivo es dejar el país.
En la novela de Saniee, estudiar es el mayor objetivo de la protagonista, Masumeh. Lucha por ello y va logrando avanzar a duras penas a lo largo de muchos años. Tener hijos, llevar una casa y la propia revolución complican los estudios. Y cuando finalmente puede alcanzar la meta (¡lo siguiente es spoiler, pero no es vital!), ella renuncia.

P. ¿Por qué se rinde Masumeh? ¿Se ha rendido Saniee?
R. Quería mostrar que la educación es lo más importante y que muchos han intentado mejorar su vida a través de la educación. Pero, después de la revolución, los que tomaron el poder eran acomplejados sin estudios que lograron de repente títulos sin merecerlo. Masumeh es consciente de ello y por eso pierde el interés. Si esa gente es capaz de conseguir tan fácilmente títulos que a ella le cuestan tantos años, ya no le importa. Por eso renuncia.

P. Su libro es un pulso entre rebelión y rendición. Se rebela la protagonista contra su familia. Se rebela su marido contra el Gobierno. Se rebelan sus hijos. Y, sin embargo, los mismos hijos por los que ella ha luchado (¡segundo y último spoiler!)también la someten al final, al impedirle casarse por amor. ¿Por qué se rinde Masumeh? ¿Y por qué usted ha sido tan cruel?
R. Yo quería un desenlace feliz, pero mi estadística estaba en contra. Así que soy cruel porque la realidad es cruel. Le puedo asegurar que el 70% de las viudas no se casarían en contra de la opinión de sus hijos. Es decepcionante, sí. Es un problema cultural y el libro ha servido para que algunos empiecen a hacerse preguntas. Después de leerlo, hay lectores que me han contado que les ha servido para tomar la decisión correcta.

Saniee es firme y pausada al hablar, pero a ratos se ilumina con entusiasmo, por ejemplo al recordar esta anécdota: un joven estudiante de un pueblo remoto le escribió una carta con el mismo reproche: ¿por qué eligió este final? ¿Por qué la mujer se somete a la voluntad de sus hijos y renuncia a su amor? Ella no suele contestar, pero le gustó el reto y le respondió: “Me alegro de que me apoyes. Eso significa que si tu madre está en esa situación tú también la apoyarás”. Pero esta historia no acabó bien. El joven encontró el teléfono del editor y, enfadado, le hizo llegar el mensaje: “¿Cómo puede atreverse a hablar de mi madre de esta manera?”.
Y Saniee ríe.
P. En su libro todos pueden ser los enemigos, también los hijos.
R. Las madres dan tanto que se pierden a sí mismas. Y los hijos son los enemigos más queridos. Ése es el drama.

P. ¿Y cuál es el mayor enemigo de la mujer en Irán? ¿La familia, la religión?
R. La ley.

P. ¿No hay esperanza en Irán?
R. Digamos que siempre hay que tener fe, porque si no mueres. Pero el cambio será en el futuro y mi generación no lo verá.

Su libro inédito, Los que se fueron y los que se quedaron, aborda el exilio, la marcha de todos esos jóvenes que Irán ha visto partir.
P. ¿Qué se pierde Irán con ellos?
R. Gradualmente nos convertimos en extraños. Los que se fueron han recibido educación, son intelectuales que en Irán no tienen oportunidades. Cuando un día queramos reconstruir el país les necesitaremos porque el poder del intelecto es el mayor capital del país.

P. Como socióloga, ¿cuál es el mayor problema social del país?
R. El conflicto entre la gente y el Gobierno. Hay una desconfianza y la gente siente que no es su Gobierno.

Las madres dan tanto que se pierden a sí mismas. Y  los hijos son los enemigos más queridos. Ése es el drama
P. Después de Ahmadineyad, ¿han mejorado las cosas con el nuevo presidente, Rohani?
R. Comparado con Ahmadineyad, sí. Si alguien se está ahogando y puede asomarse un momento a respirar disfrutará de ese oxígeno aunque luego vuelva a sumergirse. Y la realidad es que los iraníes están deprimidos. Llevamos 35 años así. Cada oportunidad que tengamos de respirar por un momento, la aprovecharemos.

P. ¿Cuál es el modelo en el que se miran los iraníes de hoy? ¿La América con la que rompieron o un nuevo Irán?
R. El gran esfuerzo del Gobierno ha sido el islam como modelo, la religión, pero el modelo de la gente sigue siendo América, Occidente.

P. ¿Es el exilio el que ha favorecido esa imagen de Occidente?
R. No necesitamos que vuelvan los exiliados y nos cuenten lo que han visto para saber. Los iraníes están conectados con Occidente por Internet. No necesitamos que nos lo cuenten.

Saniee vivió la revolución aplastada de 2009 en su país “asustada”. La de Egipto, un año después, le recordó la de Irán de 1979 y pensó: “¿Cómo no han aprendido nada de nosotros?”.
P. Masumeh no quiere que sus hijos se involucren en la lucha política. ¿Y usted, cree en la lucha política?
R. No hay madre que quiera ver a sus hijos en peligro.

P. ¿Y cree en ella?
R. Estoy en una edad de cansancio de la lucha política. Creo en la negociación pacífica y en el compromiso.

Y cree en la novela. Cuando investigar no basta y a pesar de los censores, tiene razones para seguir creyendo.

El libro de mi destino. Parinoush Saniee. Traducción del inglés de Gemma Rovira Ortega. Salamandra. Barcelona, 2014. 444 páginas. 20 euros.

***
El Libro de mi Destino
De Parinoush SANIEE
(Traducción del inglés de Gemma ROVIRA ORTEGA)

1

Sin tener en cuenta el honor y la reputación de su padre, mi amiga Parvaneh hacía cosas sorprendentes. Hablaba en voz alta por la calle y miraba los escaparates, incluso a veces se paraba y me señalaba los artículos expuestos. Daba igual que le repitiera: «Vámonos, es de mala educación»; no me hacía caso. En una ocasión, hasta me gritó desde la acera de enfrente y, por si fuera poco, me llamó por mi nombre de pila. Sentí tanta vergüenza que rogué que se me tragara la tierra. Gracias a Dios, no había por allí cerca ningún hermano mío, porque no sé qué habría pasado si me hubieran visto.

Cuando nos marchamos de Qum, mi padre permitió que siguiera asistiendo a la escuela. Más tarde, al explicarle que en Teherán las niñas no llevaban chador en clase y que sería el hazmerreír de mis compañeras, accedió a que me pusiera sólo un hiyab, un pañuelo de cabeza, pero hube de prometerle que iría con cuidado y que no me estropearía ni corrompería, para que él no tuviera que avergonzarse de mí. Yo no entendía que una niña pudiera estropearse, como la comida; pero sí sabía qué hacer para no avergonzar a mi padre, aunque no llevara chador ni hiyab. Una vez oí que mi tío Abbas le decía:

«Hermano, una muchacha tiene que ser buena por dentro. No se trata de que lleve un hiyab adecuado. Si es mala, puede hacer mil cosas bajo su chador que mancillen el honor de su padre. Ahora que te has instalado en Teherán, tendréis que vivir como teheranís. Los tiempos en que se encerraba a las chicas en casa pasaron a la historia. Déjala ir a la escuela y vestirse como las otras niñas, o sólo conseguirás que destaque aún más.»

El tío Abbas era muy sensato y prudente, yo lo adoraba.

Entonces él ya llevaba casi diez años viviendo en Teherán; sólo regresaba a Qum cuando moría algún familiar. Mi abuela paterna, que en paz descanse, siempre le decía: «Abbas, ¿por qué no vienes a verme más a menudo?» Y el tío Abbas soltaba una carcajada y respondía: «Qué quieres que haga. Diles a nuestros parientes que se mueran más a menudo.» Mi abuela le daba un cachete y le pellizcaba la mejilla, tan fuerte que le quedaba la marca un buen rato.

La mujer de mi tío Abbas era de Teherán. Siempre usaba chador cuando venía a Qum, pero todos sabían que en la capital prescindía hasta del hiyab. Sus hijas no observaban esas normas de conducta y tampoco llevaban hiyab en la escuela. Cuando murió mi abuela, sus hijos vendieron la casa familiar donde vivíamos y repartieron las ganancias. El tío Abbas le dijo a mi padre:
—Hermano, éste ya no es un buen sitio para vivir. Haz las maletas y ven a Teherán. Uniremos nuestras partes y compraremos una tienda. Te alquilaré una casa cerca de la mía y trabajaremos juntos. Ven; empieza a construir tu propia vida. El único sitio donde puedes ganar dinero es en la capital.

Al principio, mi hermano mayor, Mahmud, se opuso.
—En Teherán, la fe y la religión son algo secundario —decía.
Pero mi hermano Ahmad estaba contento.
—Sí, tenemos que ir —insistía—. Al fin y al cabo, debemos labrarnos un futuro.
—Pero pensad en las niñas —les advirtió madre—. En Teherán no encontrarán un marido decente, allí no conocemos a nadie.

Todos nuestros amigos y parientes viven aquí. Masumeh tiene su certificado de primaria desde el año pasado y ya ha estudiado un año más de la cuenta. Va siendo hora de casarla. Y Fati debe empezar la escuela este año. Sólo Dios sabe qué sería de ella en Teherán.

Todos dicen que las niñas criadas allí se estropean.
—No se atreverá —dijo Alí, que cursaba cuarto grado—. ¿Acaso no estoy yo aquí? La vigilaré como un halcón y no dejaré que se desvíe. —Y le propinó una patada a Fati, que jugaba sentada en el suelo. Mi hermana se echó a llorar, pero nadie le hizo caso.
—Eso son tonterías —repuse yo, yendo a abrazarla—. ¿Insinúas que todas las niñas de Teherán son malas?
Mi hermano Ahmad, que adoraba Teherán, le gritó a Fati:
—¡Cállate! —Entonces se volvió hacia los demás y añadió—:
El problema es Masumeh. La casaremos aquí y nos iremos a Teherán. Así nos quitamos un problema de encima. Y Alí se encargará de vigilar a Fati. —Dio unas palmaditas en el hombro a Alí y, orgulloso, dijo que su hermano pequeño era honesto y actuaría responsablemente.

Me sentí frustrada. Ahmad siempre se había opuesto a que yo fuera a la escuela. Como él era muy mal estudiante, suspendía un curso tras otro y había tenido que dejar los estudios; no quería que fuera más culta que él. A mi abuela, que en paz descanse, tampoco le gustaba que yo siguiera en el colegio, y siempre le estaba diciendo a mi madre: «Tu hija no tiene aptitudes. Cuando la cases, te la devolverán al cabo de un mes.» Y a mi padre: «¿Por qué sigues gastando dinero en esa niña? Las niñas son inútiles. Pertenecen a otro. Trabajas mucho, gastas mucho en ella, y al final tendrás que pagar mucho más para entregársela a otro hombre.»

Ahmad estaba a punto de cumplir los veinte, pero todavía no tenía empleo fijo. Aunque trabajaba de recadero en la tienda del bazar del tío Asadolá, siempre andaba deambulando por las calles. No se parecía a Mahmud, que, pese a ser sólo dos años mayor que él, era serio, responsable y tan devoto que jamás olvidaba sus oraciones ni se saltaba los ayunos. Todos creían que Mahmud le llevaba diez años a Ahmad.

Madre quería que Mahmud se casara con mi prima materna, Ehteram-Sadat, y decía que ésta era una sayyida, una descendiente del Profeta. Pero yo sabía que a mi hermano le gustaba Mabubeh, mi prima paterna. Cada vez que venía a nuestra casa, Mahmud se ruborizaba y empezaba a tartamudear. Se quedaba en un rincón, desde el cual observaba a Mabubeh, sobre todo cuando le resbalaba el chador de la cabeza. Y ella, bendita sea, era tan alocada y traviesa que olvidaba cubrirse debidamente. Cuando mi abuela la regañaba por no ser más recatada delante de un hombre que no era pariente directo suyo, le contestaba riendo: «¡Tranquila, abuela!, es como si fueran mis hermanos.»

Yo me había fijado en que, nada más marcharse Mabubeh, Mahmud se sentaba a rezar durante dos horas, y luego no paraba de repetir: «¡Que Dios se apiade de mi alma!» Supongo que creía que había pecado, pero eso sólo Dios lo sabe. Durante un tiempo, antes de irnos a vivir a Teherán, hubo peleas y discusiones frecuentes en casa. Sólo había acuerdo unánime en que tenían que casarme y librarse de mí. Parecía que toda la población de Teherán estuviera aguardando mi llegada para corromperme.

Yo iba a diario al santuario de la santa Masumeh y le suplicaba que intercediese para que mi familia me llevara consigo y me dejara ir a la escuela. Lloraba y me lamentaba de no ser un chico, y soñaba con enfermar y morir, como Zari. Zari era tres años mayor que yo, pero contrajo difteria y murió a los ocho. Gracias a Dios, mis oraciones fueron escuchadas, y nadie llamó a nuestra puerta para pedir mi mano. Cuando llegó el momento, mi padre arregló sus asuntos y el tío Abbas nos alquiló una casa cerca de la calle Gorgan. Todos estaban pendientes de lo que la vida me depararía. Cada vez que mi madre se encontraba en compañía de personas a quienes consideraba importantes, comentaba:
«Ya va siendo hora de casar a Masumeh», mientras yo me ruborizaba de rabia y humillación.

Pero la santa Masumeh estaba de mi parte y nadie apareció. Al final, mi familia habló con un antiguo pretendiente que ya se había casado y divorciado, para proponerle que me ofreciera matrimonio. Era acomodado y relativamente joven, pero no se sabía por qué se había divorciado apenas unos meses después de casarse. Me pareció feo y antipático. Cuando descubrí los horrores que me esperaban, dejé a un lado el recato y las ceremonias, me arrojé a los pies de mi padre y lloré desconsoladamente hasta que accedió a llevarme con ellos a Teherán. Mi padre tenía buen corazón y me quería aunque fuera una niña.

Según mi madre, después de la muerte de Zari, él se había preocupado mucho por mí; yo era muy delgada y mi padre temía que muriera también. Siempre creyó que, como se había mostrado desagradecido cuando nació Zari, Dios lo había castigado y se la había llevado. Quién sabe, quizá también había sido desagradecido en el momento de mi nacimiento. Pero yo lo quería mucho. Era la única persona en casa que me entendía. Todos los días, cuando mi padre volvía del trabajo, yo cogía una toalla y esperaba junto a la fuente. Él se apoyaba en mi hombro y metía los pies en el agua varias veces. Luego se lavaba las manos y la cara. Le tendía la toalla y, mientras se secaba, me miraba con sus ojos castaños claro, y entonces yo confirmaba que me quería y que estaba orgulloso de mí. Me daban ganas de besarlo, pero no estaba bien visto que una niña ya mayor besara a un hombre, aunque fuera su padre. Por el motivo que fuese, se compadeció de mí y le juré que no me echaría a perder ni le daría motivos para avergonzarse de su hija.

Aunque había conseguido que me llevaran a Teherán, que me dejaran ir a la escuela iba a ser más difícil. Ahmad y Mahmud se oponían a que yo continuara estudiando, y mi madre creía que era más importante que me apuntara a clases de costura. Pero con mis ruegos, súplicas y lágrimas incontenibles conseguí convencer a mi padre para que les plantara cara, y al final me matriculó en el octavo curso de la escuela secundaria.

Ahmad se enfadó tanto que, de haber podido, me habría estrangulado, y aprovechaba cualquier excusa para pegarme. Pero yo sabía qué era lo que en el fondo lo fastidiaba, y por eso me callaba. Mi escuela no estaba muy lejos de casa; sólo tardaba quince o veinte minutos a pie. Al principio, Ahmad me seguía a hurtadillas, pero yo me ceñía bien el chador procurando no darle ningún pretexto. Mahmud, por su parte, dejó de hablarme y me ignoraba por completo.

Mis dos hermanos mayores encontraron trabajo. Mahmud en una tienda del bazar, propiedad del hermano del señor Mozaffari, y Ahmad como aprendiz en un taller de carpintería del barrio de Shemiran. Según Mozaffari, Mahmud no salía de la tienda y era digno de confianza, y mi padre siempre decía: «En realidad, es Mahmud quien lleva el negocio del señor Mozaffari.» Ahmad enseguida hizo amigos y empezó a llegar tarde a casa por las noches.

Al final, todos nos dimos cuenta de que el pestazo que desprendía era de alcohol, arak para ser exactos, pero nadie decía nada. Padre agachaba la cabeza y no le devolvía el saludo; Mahmud le daba la espalda y murmuraba: «Que Dios tenga piedad, que Dios tenga piedad», y madre corría a recalentarle la cena y decía: «Mi hijo tiene dolor de muelas y se ha puesto alcohol para aliviarse.» No estaba claro qué clase de dolor de muelas era aquél, un dolor que jamás se curaba, pero ella acostumbraba encubrir a Ahmad. Al fin y al cabo, era su predilecto.

Mi hermano Ahmad había encontrado otro pasatiempo: vigilar la casa de nuestra vecina desde una ventana del piso de arriba. La señora Parvin se pasaba la vida arreglando cosas en su patio delantero, y a veces se le resbalaba el chador. Ahmad no se movía de la ventana de la sala de estar. Una vez, incluso vi que se comunicaban mediante signos y gestos.

El caso es que Ahmad estaba tan entretenido que se olvidó de mí por completo. Cuando mi padre me dio permiso para ir a la escuela con un pañuelo de cabeza en vez del chador, sólo tuve que soportar un día de gritos y peleas. Ahmad no lo olvidó, pero dejó de regañarme y ni siquiera me dirigía la palabra. Para él, yo era la personificación del pecado. Ni me miraba.

Sin embargo, no me importaba. Iba a la escuela, sacaba buenas notas y tenía muchas amigas. ¿Qué más podía pedirle a la vida? Era realmente feliz, y lo fui aún más cuando Parvaneh se convirtió en mi mejor amiga y prometimos no tener secretos entre nosotras. Parvaneh Ahmadi era una chica muy alegre. Se le daba bien el voleibol y jugaba en el equipo del colegio, pero en los estudios no iba muy bien. Yo estaba convencida de que no era mala chica, aunque no respetara las normas. Me refiero a que no distinguía el bien del mal ni lo correcto de lo incorrecto, y nunca pensaba en el buen nombre ni el honor de su padre. Tenía hermanos, pero no los temía. A veces hasta se peleaba con ellos y, si le pegaban, devolvía los golpes. Parvaneh lo encontraba todo gracioso y reía dondequiera que estuviese, incluso en la calle. También parecía que no le hubieran enseñado que cuando una chica ríe no deben vérsele los dientes y nadie debe oírla. Se extrañaba mucho si yo le decía que reír así era indecoroso y que no debía hacerlo. Entonces me miraba sorprendida y me preguntaba: «¿Por qué?» A veces se quedaba mirándome como si yo fuera de otro planeta.  (¿Y acaso no tenía razón?) Por ejemplo: ella conocía los nombres de todos los coches y quería que su padre se comprara un Chevrolet negro.

Yo ignoraba qué tipo de coche era un Chevrolet, pero no quería admitirlo para no hacer el ridículo. Un día señalé un coche muy bonito que parecía nuevo y pregunté:
—Parvaneh, ¿ése es el Chevrolet que te gusta?

Ella miró el coche, luego a mí, soltó una carcajada y dijo casi a gritos:
—¡Qué risa! ¡Cree que un Fiat es un Chevrolet!

Me ruboricé, muerta de vergüenza por sus carcajadas y por mi estupidez al haber revelado, finalmente, mi ignorancia.

La familia de Parvaneh tenía una radio y un televisor. Yo había visto un televisor en casa del tío Abbas, pero en la mía sólo teníamos una radio grande. En vida de mi abuela, y cuando mi hermano Mahmud estaba en casa, nunca escuchábamos música, porque era pecado, sobre todo si el cantante era mujer y la canción, ligera. Nuestros padres eran muy religiosos y sabían que escuchar música era inmoral, pero no eran tan estrictos como Mahmud y les gustaban las canciones. Cuando mi hermano mayor no estaba, mi madre encendía la radio. Ponía el volumen bajo, por supuesto, para que no la oyeran los vecinos. Incluso se sabía la letra de algunas canciones, sobre todo las de Puran Shahpuri, y solía cantarlas en voz baja en la cocina.
—Madre, sabes muchas canciones de Puran —le dije un día.

Ella dio un respingo.
—¡Cállate! —me espetó—. ¿Qué pretendes? ¡Que tu hermano nunca te oiga decir esas cosas!

Cuando mi padre llegaba a la hora de comer, encendía la radio para escuchar las noticias de las dos y luego se le olvidaba apagarla. Entonces empezaba el programa de música «Golha» y, sin darse cuenta, movía la cabeza al compás de la música. No me importa lo que dijeran: estoy convencida de que le encantaba la voz de Marzieh.

Cuando ponían sus canciones, mi padre nunca decía «¡Que Dios tenga piedad de nosotros! ¡Apaga eso!» Pero, si cantaba Vighen, de pronto se acordaba de su fe y devoción y gritaba: «¡Ya vuelve a cantar ese armenio! ¡Apaga la radio!» Sin embargo, a mí me gustaba la voz de Vighen. No sé por qué, pero me recordaba al tío Hamid. Que yo recuerde, Hamid era un hombre apuesto. No se parecía a sus hermanos ni a sus hermanas. Olía a colonia, algo nada habitual en mi familia. Cuando era pequeña, me cogía en brazos y le decía a mi madre:
—¡Te felicito, hermana! ¡Qué niña tan preciosa! Gracias a Dios, no se parece a sus hermanos. Si no, tendrías que buscar un gran tonel y encurtirla en vinagre para aclararle la piel.
—Pero ¡qué dices! —exclamaba mi madre—. ¿Acaso mis hijos son feos? Son muy guapos, lo que pasa es que tienen la piel un poco aceitunada, pero eso no es malo. Los hombres no deben ser guapos.
¡Siempre se ha dicho que los hombres han de ser desgarbados, feos y antipáticos!

Y lo repetía como una cantinela, mientras su hermano reía a carcajadas. Yo me parecía a mi padre y a su hermana. La gente solía tomarnos a mi prima Mabubeh y a mí por hermanas. Pero ella era más guapa. Yo era delgada y ella, llenita; yo tenía un pelo lacio que, hiciera lo que hiciese, no conseguía rizar, mientras que la densa cabellera de mi prima estaba repleta de tirabuzones. Pero ambas teníamos los ojos verde oscuro y la piel clara, y al reír nos salían hoyuelos en las mejillas. Mabubeh tenía los dientes un poco torcidos, y siempre me decía: «Tienes mucha suerte. Qué dientes tan blancos y rectos.»

Mi madre y el resto de la familia eran diferentes. De piel aceitunada, ojos negros y pelo rizado, estaban un poco gordos, aunque ninguno era tan corpulento como la hermana de mi madre, la tía Gamar. No eran feos, desde luego, y mi madre aún menos. Cuando se depilaba las cejas y el vello facial, era clavada al retrato de Miss Sunshine de nuestros platos y bandejas. Mi madre tenía un lunar junto al labio, y siempre decía: «El día que vuestro padre vino a pedir mi mano, se enamoró de mí nada más reparar en mi lunar.»

Yo tenía siete u ocho años cuando el tío Hamid se marchó. Al venir a despedirse, me cogió en brazos, miró a mi madre y le dijo: «Te lo ruego por Dios, hermana: no cases a esta flor antes de tiempo. Déjala estudiar y convertirse en una dama.»

El tío Hamid fue el primer miembro de la familia que viajó a Occidente. Yo no tenía ninguna imagen de ningún país extranjero. Creía que el extranjero era un lugar como Teherán, sólo que más lejano. De vez en cuando, nos enviaba una carta y fotografías para la abuelita Aziz. Eran unas fotos preciosas. No sé por qué, pero siempre aparecía de pie en un jardín, rodeado de plantas, árboles y flores. Más adelante envió una donde se lo veía con una mujer rubia que no llevaba hiyab. Nunca olvidaré ese día. Al atardecer, la abuelita Aziz vino para que mi padre le leyera la carta. Mi padre estaba sentado al lado de su madre, mi otra abuela, en los cojines del suelo. Primero leyó la carta en silencio, y de pronto exclamó: «¡Maravilloso! ¡Felicidades! Hamid Aga se ha casado y nos envía una fotografía de su esposa.»

La abuelita Aziz se desmayó, y mi abuela paterna, que nunca se había llevado bien con ella, se tapó la boca con el chador y rió. Mi madre se daba palmadas en la cabeza, sin saber si desmayarse o reanimar a su madre. Al final, cuando la abuelita Aziz recobró el conocimiento, y tras beber abundante agua caliente con azúcar, preguntó:
—Pero, esa gente, ¿no son pecadores?
—¡No, no lo son! —exclamó mi padre con despreocupación—.

Al fin y al cabo, son cultos. Armenios.
La abuelita Aziz empezó a darse palmadas en la cabeza, pero mi madre le sujetó las manos y dijo:
—Basta, por el amor de Dios. No es tan grave. La ha convertido al islam. Puedes ir y preguntar a cualquier varón. Un musulmán puede casarse con una no musulmana y convertirla. Y además así gana una recompensa de Dios.
—Sí, lo sé —repuso la abuelita, lanzándole una mirada lánguida—.

Algunos de nuestros profetas e imanes tomaron esposas no musulmanas.
—Esto es una bendición —aseguró mi padre, jovial—. ¿Cuándo vamos a celebrarlo? Una esposa extranjera merece una gran fiesta.

Mi abuela paterna frunció el ceño y dijo:
—¡Dios nos libre! Todas las nueras son malas, pero ésta, para colmo, es extranjera, ignorante, y no sabe nada de la pureza y la impureza en nuestra fe. La abuelita Aziz, que parecía haber recobrado las fuerzas, se recompuso y, cuando se levantó para marcharse, declaró:
—Una novia es una bendición. Nosotros no somos como otros, que no valoran a sus nueras y creen que lo que se han llevado a su casa es una sirvienta. Nosotros queremos a nuestras nueras y estamos orgullosos de ellas, ¡y más si se trata de una occidental! Mi abuela, que no podía tolerar que su consuegra presumiera, comentó con malicia:
—Sí, ya vi lo orgullosa que estabas de la esposa de Asadolá Jan. —Y añadió—: Y a saber si será cierto que se ha convertido al islam. Quizá haya convertido a Hamid Aga en un pecador. De hecho, Hamid Aga nunca ha practicado la fe como es debido. De lo contrario, no se habría ido a vivir al país del pecado.
—¿Has visto, Mostafá Jan? —saltó la abuelita Aziz—. ¿Has oído lo que me ha dicho?

Al final, mi padre intervino y zanjó la discusión. La abuelita Aziz organizó una gran fiesta y alardeó ante todos de su nuera occidental. Enmarcó la fotografía, la puso en una repisa y se la enseñó a las mujeres. Pero hasta el día de su muerte siguió preguntándole a mi madre: «¿La esposa de Hamid se volvió musulmana? ¿Y si Hamid se hubiera convertido en armenio?»

Tras morir la abuelita Aziz, las noticias que recibíamos del tío Hamid cada vez escaseaban más. Una vez llevé sus fotografías a la escuela y se las mostré a mis amigas. A Parvaneh le gustaron mucho. «Es guapísimo —dijo—. Qué suerte tuvo marchándose a Occidente. A mí me encantaría ir.»

Parvaneh conocía muchas canciones. Era una gran admiradora de Delkash. En la escuela, la mitad de las niñas adoraban a Delkash, y la otra mitad a Marzieh. Yo tuve que hacerme admiradora de Delkash. Si no, Parvaneh habría dejado de ser mi amiga. Hasta conocía a cantantes occidentales. En su casa tenían un gramófono y ponían discos. Un día me lo enseñó. Parecía una maleta pequeña con la tapa roja; me explicó que se trataba de un gramófono portátil.

El curso escolar todavía no había terminado, pero yo ya había aprendido mucho. Parvaneh siempre me pedía prestadas las libretas y los apuntes y a veces estudiábamos juntas. A ella no le importaba venir a casa. Era muy simpática y se conformaba con todo, y no se fijaba en lo que nosotros teníamos o no.

Nuestra casa era relativamente pequeña. En el portal había tres escalones que daban al patio delantero, con un estanque rectangular en el centro. En un lado habíamos puesto una gran cama de madera y en el otro había un arriate de flores alargado, paralelo al estanque. La cocina, que siempre estaba a oscuras, se encontraba al final del patio, separada de la casa. Al lado estaba el cuarto de baño. Fuera había un lavamanos, de modo que no teníamos que utilizar la bomba del estanque para lavarnos la cara y las manos.

Dentro de la casa, a la izquierda de la puerta principal, cuatro escalones conducían a un pequeño rellano al que daban las dos habitaciones de la planta baja. Una escalera llevaba al piso superior, donde había otras dos habitaciones comunicadas. La de la parte delantera, con dos ventanas, era la sala de estar: desde un lado se veía el patio y parte de la calle, y desde el otro, la casa de la señora Parvin. Las ventanas de la otra habitación, donde dormían Ahmad y Mahmud, daban al patio trasero, desde donde se divisaba el patio de la casa que había detrás de la nuestra.

Siempre que venía Parvaneh, íbamos al piso de arriba, a sentarnos en la sala de estar. No había gran cosa, sólo una gran alfombra roja, una mesa redonda y seis sillas de madera alabeada, una gran estufa en el rincón y al lado varios cojines de suelo y respaldos. La única decoración en la pared era una alfombra enmarcada con el sura Van Yakad del Corán. También había una repisa, que mi madre había tapado con un bordado sobre el que había dispuesto el espejo y los candelabros de la ceremonia de su boda.

Parvaneh y yo nos sentábamos en los cojines del suelo y hablábamos en voz baja, reíamos y estudiábamos. Yo tenía prohibido ir a su casa.
—Ni se te ocurra pisar la casa de esa chica —gruñía Ahmad—.

Para empezar, su hermano es un zopenco, y ella es descarada y caprichosa. Al infierno con ella, hasta su madre se pasea por ahí sin hiyab.
—¿Y quién lleva hiyab en esta ciudad? —replicaba yo. Como es lógico, sólo lo murmuraba.

Un día en que Parvaneh quiso enseñarme sus revistas Woman’s Day, fui a su casa a escondidas, sólo cinco minutos. Estaba muy limpia, era muy bonita y había muchos objetos preciosos. De todas las paredes colgaban cuadros de paisajes y retratos de mujeres. En la sala había unos grandes sofás azul marino con faldones de borlas. Las cortinas de las ventanas que daban al patio eran de terciopelo a juego con los sofás. El comedor estaba en el lado opuesto, separado de la sala de estar por otras cortinas. En el salón había un televisor y unas cuantas butacas y sofás. Desde allí se accedía a la cocina, el cuarto de baño y el retrete. No tenían que cruzar continuamente el patio delantero, soportando el frío en invierno y el calor en verano. Los dormitorios estaban en el piso de arriba. Parvaneh y su hermana pequeña, Farzaneh, compartían habitación.

¡Qué suerte! Nosotros no disponíamos de tanto espacio. Aunque en teoría teníamos cuatro habitaciones, en realidad vivíamos todos en la gran sala de la planta baja, donde comíamos y cenábamos; en invierno montábamos el korsi, y Fati, Alí y yo dormíamos allí. Mis padres dormían en la habitación de al lado, donde había una gran cama de madera y un armario para la ropa y los trastos.
Cada uno tenía un estante para sus libros, pero, como yo tenía más que nadie, ocupaba dos.

A mi madre le gustaba mirar las fotografías de Woman’s Day, pero escondíamos las revistas para que no las vieran mi padre y Mahmud. Yo leía el consultorio sentimental y las novelas por entregas, y luego se lo contaba a mi madre. Exageraba tanto los detalles que casi la hacía llorar, y yo también lagrimeaba. Parvaneh y yo habíamos decidido que todas las semanas, cuando su madre y ella hubieran terminado de leer el nuevo ejemplar, nos lo regalarían. Le conté a Parvaneh que mis hermanos no me dejaban ir a su casa.
—¿Por qué? —me preguntó, sorprendida.
—Porque tienes un hermano mayor.
—¿Dariush? ¿Hermano mayor? Pero ¡si tiene un año menos que nosotras!
—Pero ya no es un crío, y aseguran que no es correcto.
—No entiendo vuestras costumbres, la verdad —repuso ella encogiéndose de hombros. Pero no volvió a pedirme que fuera a su casa.

En los exámenes de evaluación obtuve unas notas excelentes y las maestras me elogiaron mucho. En cambio, en mi casa nadie reaccionó. Mi madre no entendió lo que le conté.
—¿Y qué? ¿Qué crees que has conseguido? —me espetó mi hermano Mahmud.
—Y entonces, ¿por qué no eres la mejor alumna de tu clase?—me preguntó padre.

Cuando llegó el verano, Parvaneh y yo dejamos de vernos. Los primeros días, ella aún venía a mi casa cuando no estaban mis hermanos. Nos quedábamos hablando en el portal, pero mi madre no paraba de quejarse. Ya no se acordaba de que en Qum se pasaba las tardes charlando y comiendo semillas de sandía con las mujeres del barrio hasta que mi padre volvía. En Teherán no tenía amigas ni conocidas, y las mujeres del barrio la miraban por encima del hombro. Más de una vez se habían reído de ella, para gran disgusto de mi madre. Con el tiempo, se le olvidó aquella costumbre de pasar la tarde de cháchara, y por eso a mí no me dejaba hablar con mis amigas.

En general, mi madre no se alegraba de que nos hubiéramos ido a vivir a Teherán.
—Nosotros no estamos hechos para esta ciudad —decía—.

Todos nuestros amigos y parientes viven en Qum. Aquí me encuentro muy sola. Si ni la esposa de tu tío, esa que se da tantos aires, nos hace ningún caso, ¿qué podemos esperar de los desconocidos? Rezongó y protestó hasta que convenció a mi padre para que nos enviara a Qum, a casa de su hermana, a pasar el verano.
—Aquí todo el mundo se va a veranear a su casa de campo, y tú quieres que nos vayamos a Qum —bromeé.
—Qué rápido has olvidado de dónde vienes, ¿eh? —replicó mi madre, fulminándome con la mirada—. Antes vivíamos en Qum todo el año y nunca te quejabas. ¡Y ahora la señorita quiere ir de veraneo! Hace un año que no veo a mi pobre hermana, no sé nada de mi hermano, no he visitado las tumbas de mis parientes... Con que sólo nos quedemos una semana en casa de cada pariente, no nos daremos ni cuenta y el verano habrá pasado.

Mahmud accedió a dejarnos ir a Qum, pero quería que nos quedáramos con la hermana de padre, porque de ese modo, cuando fuera a visitarnos los fines de semana, sólo tendría que ver a Mabubeh y a nuestra tía.
—Quedaos en casa de la tía —propuso—. No hay ninguna necesidad de que os hospedéis en tantas casas distintas. Si lo hacéis, habréis abierto las puertas a todos para que vengan a Teherán a visitarnos, lo que sólo nos traerá complicaciones.

Así de hospitalario era mi hermano.
—¡Muy bonito! —replicó madre, enojada—. Te parece bien que vayamos a casa de tu tía y que ellas vengan aquí, pero no quieres ni oír hablar de que mi pobre hermana venga de visita.

Me entraron ganas de decirle: «¡Dale una colleja! ¡Dale un pescozón y ponlo en su sitio!»
Nos fuimos a Qum. No protesté mucho, porque Parvaneh y su familia pasarían el verano en la finca de su abuelo, en Golab-Darreh. Regresamos a Teherán a mediados de agosto. Alí había suspendido varias asignaturas y tenía que repetir los exámenes finales.

No sé por qué mis hermanos eran tan vagos para los estudios. Mi pobre padre tenía grandes sueños para sus hijos; quería verlos convertidos en médicos e ingenieros. En realidad, me alegré de volver a casa. No soportaba que viviéramos como vagabundos, de una casa a otra, de tía materna a tío paterno y de tía paterna a tío materno... Lo que menos me gustó fue la estancia en casa de la hermana de mi madre. Parecía una mezquita, mi tía no paraba de preguntarnos si habíamos rezado nuestras oraciones y se quejaba de que no lo hacíamos correctamente. Se pasaba el día jactándose de lo piadosa que era y de los parientes de su marido, que eran todos mulás.

Un par de semanas después, Parvaneh y su familia regresaron también a Teherán. Y cuando empezó el nuevo curso escolar, mi vida volvió a colmarse de alegría. Estaba muy contenta de ver a mis amigas y mis maestras. A diferencia del año anterior, ya no era una recién llegada ni una novata; ya no me sorprendía por todo, no hacía comentarios estúpidos, las redacciones que escribía tenían más calidad literaria, era tan espabilada como las niñas de Teherán y sabía expresar mis opiniones. Y por todo eso le estaba agradecida a Parvaneh, que había sido mi primera y mejor maestra. Aquel año también descubrí el placer de leer otros libros que no fueran los de texto. Intercambiábamos novelas románticas, las leíamos con muchos suspiros y lágrimas y pasábamos horas comentándolas.

Parvaneh hizo un bonito «Álbum de opiniones». Su prima, que tenía muy buena letra, escribía los títulos en cada página, y mi amiga pegaba una fotografía adecuada. Todas las niñas de clase, sus parientas y algunas amigas de su familia escribían respuestas a cada pregunta. Las contestaciones a cuestiones como «¿Cuál es tu color favorito?» o «¿Cuál es tu libro preferido?» no eran muy interesantes.

Pero las respuestas a «¿Qué opinas del amor?», «¿Alguna vez has estado enamorada?» y «¿Qué requisitos debe cumplir el marido ideal?» resultaban fascinantes. Había quienes escribían con toda franqueza, sin plantearse lo que pasaría si el álbum acababa en manos de la directora del colegio. Yo hice un álbum de poesía, en el que escribía mis poemas favoritos con pulcra caligrafía. A veces hacía algún dibujo al lado o pegaba una fotografía que Parvaneh recortaba para mí de sus revistas extranjeras.

Una luminosa tarde de otoño, cuando volvíamos andando de la escuela, Parvaneh me pidió que la acompañara a la farmacia a comprar un vendaje adhesivo. La farmacia estaba a mitad de camino entre el colegio y mi casa. El doctor Atai, el farmacéutico, era un anciano muy circunspecto al que todo el mundo conocía y respetaba. Cuando entramos, no había nadie tras el mostrador. Parvaneh llamó al doctor y se puso de puntillas para ver más allá del mostrador. Un joven con bata blanca estaba arrodillado ordenando las cajas de medicinas de los estantes inferiores. Se levantó y preguntó:
—¿En qué puedo ayudarlas?
—Necesito un vendaje adhesivo —contestó Parvaneh.
—Muy bien. Ahora mismo se lo traigo.
—¿Quién es? ¡Es guapísimo! —susurró mi amiga, propinándome un codazo.

El joven le dio el vendaje, y entonces ella se acuclilló para sacar el dinero de su mochila y volvió a susurrarme:
—¡Eh! Míralo. Es guapo de verdad.

Alcé la vista y nuestras miradas se encontraron un instante.
Experimenté una extraña sensación en todo el cuerpo; noté que me ruborizaba y rápidamente agaché la cabeza. Era la primera vez que sentía una emoción tan rara. Miré a Parvaneh y le dije:
—Vámonos. —Y salí a toda prisa de la farmacia.
—¿Qué te pasa? —me preguntó mi amiga, siguiéndome—.¿Es la primera vez que ves a un chico?
—Me ha dado vergüenza.
—¿Vergüenza?
—De las cosas que dices de un hombre al que no conoces.
—¿Y qué?
—¿Cómo que y qué? Es muy indecoroso. Me parece que te ha oído.
—No, no me ha oído. No ha oído nada. Además, ¿qué he dicho que sea tan horrible?
—Que es guapo y que...
—¡Por favor! —exclamó Parvaneh—. Aunque me haya oído, seguramente se habrá sentido halagado. Pero, entre tú y yo, después de mirarlo bien me he fijado en que no es tan guapo. Tengo que decirle a mi madre que el doctor Atai ha contratado un dependiente.

Al día siguiente salimos rumbo al colegio un poco tarde, pero cuando pasamos por la farmacia advertí que el joven nos miraba. De regreso, nos asomamos al escaparate. El chico estaba ocupado, pero me pareció que nos veía. A partir de ese día, según un acuerdo tácito, nos veíamos todas las mañanas y tardes. Y Parvaneh y yo encontramos un nuevo y emocionante tema de conversación. Al poco tiempo, la noticia se había extendido por la escuela: todas las niñas hablaban del apuesto joven que habían contratado en la farmacia y buscaban cualquier excusa para ir a verlo.

Parvaneh y yo nos acostumbramos a verlo a diario, y creo que él también esperaba vernos pasar. No nos poníamos de acuerdo sobre a qué actor se parecía más, aunque al final decidimos que a Steve McQueen. Yo había aprendido mucho y ahora conocía los nombres de numerosos actores extranjeros famosos. Un día obligué a mi madre a llevarme al cine, y le encantó. A partir de entonces, una vez a la semana, y sin que se enterara Mahmud, íbamos al cine de la esquina. Solían pasar películas indias que nos hacían llorar a lágrima viva.

Parvaneh no tardó en obtener información sobre el empleado farmacéutico. El doctor Atai, que era amigo de su padre, había comentado: «Said estudia farmacia en la universidad. Es buen chico. Es de Rezaieh.»

A partir de entonces, intercambiábamos miradas con más naturalidad, y Parvaneh le puso un apodo: Don Angustias.
—Siempre parece preocupado y expectante, como si buscara a alguien —explicó.

Aquél fue el mejor año de mi vida. Todo me salía bien. Estudiaba mucho, mi amistad con Parvaneh se fortalecía día a día y poco a poco nos convertimos en almas gemelas. Lo único que ensombrecía mi felicidad era el horror que me producían los susurros en mi casa, cada vez más frecuentes a medida que se acercaba el final de curso, y la amenaza de que pusieran fin a mi educación.
—No puede ser —dijo Parvaneh—. No serían capaces de hacerte eso.
—Es que no lo entiendes. No les importa si los estudios me van bien o no. Dicen que todo lo que pase de los tres primeros años de secundaria no puede beneficiar a ninguna niña.
—¿Los tres primeros años? —exclamó Parvaneh, sorprendida—.

Hoy en día, ni siquiera el graduado escolar es suficiente. En mi familia, todas las chicas han ido a la universidad. Bueno, sólo las que aprobaron los exámenes de ingreso. Y tú seguro que apruebas. Eres más inteligente que ellas.
—¡La universidad! Me contentaría con que me dejaran acabar la secundaria.
—Pues tienes que plantarles cara.

¡Qué cosas decía Parvaneh! No tenía ni idea de mis circunstancias.

Podía hacerle frente a mi madre, contestarle y defenderme, pero no podía hablar con franqueza con mis hermanos. Cuando hicimos los exámenes finales, fui la segunda mejor alumna de mi curso. La profesora de Literatura, que me tenía mucho cariño, al entregarme el boletín de notas me dijo:
—¡Enhorabuena! Tienes mucho talento. ¿Qué quieres estudiar?
—Mi sueño es estudiar Literatura —contesté.
—Cuánto me alegro. De hecho, iba a proponértelo.
—Pero es que no puedo, señorita. Mi familia se opone. Dicen que tres años de educación secundaria ya bastan para una chica.

La señorita Bahrami frunció el ceño, negó con la cabeza y entró en la secretaría. Al cabo de unos minutos salió con la directora, que cogiendo mi boletín de notas dijo:
—Sadegui, dile a tu padre que venga a la escuela mañana. Me gustaría hablar con él. Y dile que, si no viene, no te entregaré las notas. ¡No te olvides!

Esa noche, cuando le conté a mi padre que la directora de la escuela quería verlo, se sorprendió.
—¿Qué has hecho? —me preguntó.
—Nada, te lo prometo.
—Mujer, ve a la escuela a ver qué quieren —dijo entonces, dirigiéndose a mi madre.
—No, padre, eso no servirá —intervine—. Quieren hablar contigo.
—¿Qué quieres decir? ¡No pienso entrar en una escuela de niñas!
—¿Por qué? Los otros padres sí van. Dicen que, si no te presentas, no me entregarán el boletín de notas.

Mi padre puso ceño. Le serví el té e intenté engatusarlo un poco.
—Padre, ¿te duele la cabeza? ¿Quieres que te traiga las pastillas?
—Le puse un cojín en la espalda y le llevé un vaso de agua. Al final, accedió a ir a la escuela conmigo al día siguiente.

Cuando entramos en el despacho de la directora, ésta se levantó, saludó afectuosamente a mi padre y le ofreció asiento.
—Lo felicito, tiene una hija excelente —dijo—.

Saca muy buenas notas, es muy educada y muy buena. —Yo, que me había quedado de pie en el umbral, agaché la cabeza y no pude evitar sonreír. La directora me miró y dijo—: Querida Masumeh, espera fuera, por favor. Quiero hablar con el señor Sadegui.

No sé qué le dijo, pero, cuando mi padre salió del despacho, estaba sonrojado, le brillaban los ojos y me miró con orgullo y bondad.
—Vamos al despacho de la supervisora ahora mismo a matricularte para el año que viene. No tengo tiempo para volver más tarde —anunció.

Me puse tan contenta que creí que iba a desmayarme.
—Gracias, padre. Te quiero. Te prometo que seré la mejor alumna de la clase. Haré todo lo que me pidas. Ojalá Dios me deje dar la vida por ti —añadí, caminando tras él.
—¡No digas esas cosas! —exclamó mi padre riendo—. Lo único que lamento es que tus indolentes hermanos no se parezcan un poco más a ti.

Parvaneh me esperaba fuera. La pobre estaba tan preocupada que no había pegado ojo en toda la noche. Me preguntó por señas:
«¿Qué ha pasado?» Puse cara triste, negué con la cabeza y me encogí de hombros. Mi amiga debía de estar conteniendo las lágrimas, porque de pronto empezaron a resbalarle por la cara.
—¡No, tonta! —exclamé, corriendo hacia ella y abrazándola—.
¡Es mentira! Todo ha ido bien. Me he matriculado para el año que viene.

Nos pusimos a saltar en el patio, riendo como locas y enjugándonos las lágrimas de felicidad.

La decisión de mi padre provocó un gran revuelo en casa. No obstante, se mantuvo firme.
—La directora de la escuela asegura que tiene mucho talento y que llegará a ser alguien importante —declaró.

Y a mí, loca de alegría, no me importó lo que dijeran los demás. Ni siquiera las miradas de odio de Ahmad lograban asustarme. Llegó de nuevo el verano, y aunque eso implicaba que Parvaneh y yo volveríamos a separarnos, estaba contenta porque sabía que el curso siguiente estaríamos juntas otra vez. Como sólo pasamos una semana en Qum, todas las semanas Parvaneh encontraba alguna excusa para venir a Teherán con su padre y visitarme. Estaba empeñada en que fuera a pasar unos días con ellos a Golab-Darreh. A mí me habría encantado, pero sabía que mis hermanos no me dejarían, así que ni siquiera saqué el tema. Parvaneh aseguraba que, si su padre hablaba con el mío, lo convencería para que me diera permiso. Pero yo no quería causarle más quebraderos de cabeza a mi padre. Sabía que rechazar la invitación del señor Ahmadi le sería difícil, como lo era controlar las discusiones y peleas que había en mi casa. En cambio, para ganarme el favor de mi madre accedí a tomar clases de costura, y así tener al menos alguna habilidad cuando me fuera a vivir al hogar de mi marido.

Casualmente, la escuela de costura estaba en la calle contigua a la farmacia. Said enseguida reparó en mi nuevo horario de clases, de tal modo que siempre salía a la puerta a tiempo. Una manzana antes de llegar a la farmacia, el corazón empezaba a latirme con fuerza y se me aceleraba la respiración. En vano trataba de no mirar hacia la farmacia ni ruborizarme. Cada vez que nuestras miradas se cruzaban, enrojecía hasta la raíz del pelo. Resultaba muy violento.

Y él, con timidez y mirándome expectante, me saludaba con una inclinación de cabeza. Un día, al doblar la esquina, me topé con él. Me aturullé tanto que se me cayó la regla de costura. Él se agachó, la recogió y, cabizbajo, dijo:
—Perdóneme por haberla asustado.
—No pasa nada —repuse. Cogí la regla y me escabullí.
Tardé mucho en recuperarme. Cada vez que recordaba aquel momento, me ruborizaba y notaba un agradable estremecimiento en el corazón. No sabía por qué, pero estaba segura de que él experimentaba lo mismo.



Articulo: http://cultura.elpais.com 01/08/2014

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