lundi 4 août 2014

Nadia VILLAFUERTE/ Gallinas y pavorreales

Gallinas y pavorreales
Por Nadia VILLAFUERTE

¿Qué tienen en común para mí los bordes de la llanura del Banat evocados en los relatos de Herta Müller, el hermetismo meridional de Ontario descrito por Alice Munro y los escenarios salvajes en las historias de las narradoras norteamericanas Eudora Welty, Carson McCullers y Flannery O’Connor, que evocan miedos tan profundos como los ríos del sur americano?

Que la geografía para sus personajes, y para ellas mismas como artistas, determinó su destino. Que el primer horizonte donde crecieron las cercó y las obligó a huir, esto es, a escribir. Y ese horizonte pertenecía, valga la coincidencia, al South Side de sus respectivos países. Y ese sur, con su violencia tiñendo el cielo con el color púrpura de los mataderos, se convirtiera en el entorno donde sus personajes fueron acechados por la belleza geográfica, sólo para ser devorados después por su crueldad. Por supuesto que todas estas coordenadas las fragüé caprichosamente en mi cabeza y constituían conjeturas que buscaban reconciliarme con mi propio territorio, un sur profundo sin las canciones de la cultura esclavista, pero lleno de hermosos árboles donde se colgaban cadáveres, igual a como lo describe la canción Strange Fruit; de ríos lavando la sangre de una pelea entre hermanos; de gente para la cual vivir era ya una costumbre tan arraigada, que había dejado de concebir alguna otra como la de soñar, por ejemplo.

No se soñaba en el sur donde crecí. Un día mi abuela, en su infancia, fue al circo con su hermana menor, a quien llevaba sobre los hombros. Ambas admiraron las astucias del domador, regresaron, y fue de vuelta a casa cuando mi abuela descubrió que la niña no se movía. Mi abuela atribuyó el hecho a un encanto, pues pensó en los ojos del hombre aquel: eran verdes, y si estos eran capaces de domar a un tigre, ¿no habían podido adormecer a una criatura cualquiera? No era realismo mágico, esa demencia fabuladora tan latinoamericana, sino simple lógica infantil: mi abuela veía sólo una niña dormida ahí donde había ya un tibio cadáver. Su padre, sin explicarle por qué, sólo le enseñó el castigo: la espalda en carne viva por los cintarazos, el cuerpo atado a un tronco y una noche durmiendo en la intemperie. La oscuridad la rodeó con su vacío, y los ruidos nocturnos se mezclaron con los latidos de su garganta, porque mi abuela aguantó callada, dejando que el momento del pavor inmotivado calara en lo más hondo. A la mañana siguiente hubo funeral y a la otra mi abuela siguió dándole de comer a la gallina, a las que desnucarían después para comerla en caldo, y de esa manera se sucedieron las horas, sin tregua para restaurar el trauma, arrebatada la infancia de súbito por el conocimiento desnudo de la muerte, la de una niña y la de una gallina por igual, desprovistos los actos de reflexiones, quiero decir, desprovistos de palabras, ahí donde las palabras no tienen nada qué adornar o acotar, y si existen son como vagones de carga, traqueteando, atropellándose, deslizándose con un chirrido hasta detenerse de golpe, bruscamente, porque la vía subjetiva que abre el lenguaje se cancela cuando la realidad se impone con crudeza.

Miraba a mi propia familia como una horda de seres que apenas conocían la perplejidad, la ternura y la compasión, que se miraban unos a otros con indolencia, si no es que con desconfianza porque sabían, muy en el fondo, que cada persona era un misterio ambulante, un bulto de cosas prohibidas que a veces se rompía y por el cual no había nada que hacer, dando por obvios los hechos ya fueran estos sutiles o descabellados, dando por sentado que el bien y el mal, el blanco cegador o el negro impenetrable, ningún tono medio entre uno y otro, eran mandatos de la naturaleza y de Dios. Y el paisaje estaba ahí, a veces indiferente a cuanto le ocurría a las personas, y otras veces cómplice, cuando las personas utilizaban el follaje (la luz de un cielo de color rosa intenso arrojando una luz cruda sobre las cosas, cada brizna de hierba creciendo entre la grava como un nervio vivo con hambre) para ocultar sus bajezas y sus pequeñas hazañas, para imponer una distancia con tal de que la gente no pudiera comprender las implicaciones de vileza o la dignidad ni las consecuencias de sus actos.

El entorno destroza el ojo, lo desquicia hasta ponerlo en contra del sentido común, y yo sentía pena por todas aquellas imágenes que presencié en silencio (desde violencia doméstica, ya se sabe, la cara de alguien hecha una pupa por los cristales rotos de una ventana, a las catástrofes naturales poniendo al descubierto nuestra nula posibilidad para impedir la destrucción, pasando por el contacto cercano con las míticas historias bíblicas, tu primo Abel mató a Caín, todo eso), hasta que los libros de estas autoras se convirtieron en un armisticio y me permitieron entender mi propio pasado, al menos desde el punto de vista de la complicidad.

“Cuando creas que no aguantas más, ponte a organizar el armario”, le aconsejaba a Herta Müller su propio padre, que se paseaba por casa borracho como una cuba. “En ese mundo, el miedo era corriente, al menos para las mujeres. Podías tener miedo a las serpientes, a las tormentas, a las aguas profundas, al toro y al camino solitario a través de la ciénaga, y no por eso los demás se formaban peor imagen de ti”, dice el personaje de un cuento en La vista desde Castle Rock, de Alice Munro. “El niño era hijo de ella pero resulta que era feo y ella no lo quería. El niño tenía a Jesús y la mujer no tenía más que su belleza y a un hombre con el que vivía en pecado. Ella se sacaba de encima al niño y el niño volvía otra vez, y cada vez que se lo sacaba de encima, el niño volvía a donde ella y el hombre ése vivían en pecado. Lo estrangularon con una media de seda y lo colgaron en la chimenea. A partir de ahí, ella no tuvo paz”, se relata en un cuento que fue reescrito y usado después en Sangre sabia, novela de Flannery O’Connor.

No es que hallara mecanismos de compasión a distancia a través de la literatura, ni que ésta representara un bálsamo. Pero la ficción me hizo ver al arte como una de las muchas expresiones que adopta la vida para seguir adelante, para insistir, para cambiar la forma de percibirnos mediante nuestra distorsionada representación. Y que finalmente no estamos unidos por la sangre ni por la historia ni por el lugar (sea real o ficticio) sino por una moral parecida que nos cose y nos descose por dentro: pues si bien hay un entorno que destroza emocionalmente al ojo (la fisura estética, esa herida haciéndonos mirar de cierto modo las cosas), hay también una restauración ética cuando al ser arrastrados hacia el fondo, como quizá tememos y deseamos a la vez, decidimos tener aversión o, en su revés, empatía, con la mal ponderada y sobrevalorada “humanidad”. Esto es: cuando hacemos que esa humanidad fracase o triunfe, y esto es un motivo más de bochorno o alarde.

Leí los Cuentos completos de Flannery O’Connor mientras estaba de visita en mi tierra natal, esa depresión rodeada de montañas donde siempre me había sentido como algunos personajes descritos por la escritora nacida en Georgia, Estados Unidos: “Doblas a la derecha y hay una pared. Doblas a la izquierda y hay una pared. Miras hacia arriba y está el techo. Miras abajo y está el suelo [...] Hay algunos que pueden vivir toda su vida sin preguntarse por qué, y otros que tienen que saber el por qué, mientras el viento afuera se mueve entre los árboles como una larga inspiración satisfecha”.

Quienes desean saber el por qué de alguna manera se salvan, me dije, pensando que ya estaba muy lejos de esas tardes que parecían un incendio extendido, tardes cuyo sosiego era el opuesto a la turbulencia interior de quienes las miraban arder en la distancia. Conforme fui avanzando en la lectura, descubrí que no: yo era como el protagonista del relato “Geranios”, que sale de su pueblo y visita a su hija que vive en la ciudad, sólo para darse cuenta de la inutilidad del movimiento, pues comprueba que es él quien traslada su desprecio al lugar al que va, como la Ítaca maldita de la que habla Cavafis, o como la vocativa de Ovidio: “Huyo de lo que me sigue, voy detrás de lo que huye de mí”. Y me hallaba identificada también con esa mujer del cuento “La cosecha”, que aun preguntándose el por qué termina dándose de topes con los muros: “Vaya tontería que una tienda de ultramarinos pudiese deprimirte [...] ¿Dónde había allí ocasión para expresarse, para crear? A su alrededor todo era lo mismo: aceras llenas de gente que se afanaba de un lado a otro, con las manos cargadas de paquetitos y las mentes llenas de paquetitos”.

Es cierto que en Flannery O’Connor el paisaje del sur profundo no es tan protagónico. Y sin embargo nunca deja de ser recurrente: el prado, los árboles, flores como chicos enfermos, la disposición de la luz empozando los sentimientos de la gente, no son escenografía sino un territorio en el que se encarnan los presagios de las historias. “El aire estaba tan quieto que él pudo escuchar los rayos rotos del sol golpeando el agua”.

En mi Dixie Land una no podía reconciliarse con el entorno: una se quemaba en él, como cuando teníamos que atravesar el humo de un incendio forestal en carretera. La gente agarraba lumbre bajo los cuarenta grados y en el delirio se ponía a vociferar “Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos”. Esa era la noción del infierno, la de la tierra indómita sumida en la explotación y la nada. Y en ese infierno lleno de católicos colonizados, la gente creía en conceptos como “salvación”, “culpa”, “redención”, “condena” y enloquecía lo mismo por sus pulsiones individuales que arrastrada por esa herencia colectiva en la que el mal era la forma de conocimiento más próxima y un mandato propio de los atavismos del sur: ese error, ese horror histórico, donde el conocimiento del horror tiene que ver menos con una decisión ética, que con el hecho de que ahí los seres humanos están terriblemente solos, dejados de una noción básica de justicia, acostumbrados, se diría, a que no haya cabida para la esperanza. Con qué naturalidad recuerdo ahora anécdotas contadas por mi parentela, en las que hombres y mujeres trastornados eran capaces de sacarse la carne, despegarla de sus respectivos huesos, para colgarla después en las sillas como si la carne humana fuera una prenda de seda, cayendo en la cuenta de los daños cuando estos eran ya imposibles de reparar. Gente buena de campo, parafraseando el título de O’Connor, que se perseguía entre sí para comerse, que mataba a los pájaros con piedras preciosas y a los caballos le arrancaba el pellejo con los dientes.

En el sur de Flannery O’Connor, lo mismo un asesino en los campos de Georgia, que un viejo humillado porque un negro le da palmadas en la espalda, o un vendedor de biblias seduciendo a una mujer con una pierna artificial, parecen ser devorados por ese fermento interior de quienes son acechados por sus contradicciones: por eso oran pidiendo una ayuda que nunca llegará, y por eso estallan violentamente al final, sin poder contenerse. “Le di un susto de muerte a esa mujer. Lo pensé y lo pensé. Hasta recé y todo. Rezaba: Jesús, enséñame la manera de salir de aquí sin tener que matarla y acabar en la cárcel”, dice uno de ellos en un cuento, mientras un hombre ciego lo escucha y lanza una de esas risas que vienen de algo encerrado y atado a su interior.

Imposible no prever conexiones entre el Hijo de Dios, de Cormac McCarthy y el cuento “Un hombre bueno es difícil de encontrar”, cuya escritura, a la manera de una cámara objetiva, no explica ni justifica ni interviene en las acciones de seres que a pesar de creer en Dios, viven en un mundo que no tiene sentido, pues sienten, aunque experimenten culpa por pensarlo, que es justamente ese Dios caprichoso y ausente el verdadero responsable de que se rompa el equilibrio. Imposible pasar por A sangre fría, de Truman Capote, sin hallar coincidencias con el mundo de Flannery O’Connor, en el que la vileza flota alrededor como un perfume tan próximo que parece tener su origen en el propio aliento de quienes lo habitan.

A la pregunta de si es posible que la gente de antaño quizá fue más miserable que la de ahora, O’Connor, una ferviente católica en un cinturón protestante, por cierto, habría dicho que sí: que el ser humano sigue siendo el mismo desde que Dios hizo al primero. Pero no necesariamente porque fuera desesperanzada. Ni realista. Ni gótica, como se etiquetó a los autores sureños que abrevaron de la literatura grotesca norteamericana del siglo XIX. Lo que la epifanía significó en los cuentos de Joyce, lo que la revelación interna implicó en los personajes construidos por Chéjov, en los cuentos de Flannery O’Connor el momento de reconocimiento aristotélico se llama gracia, y ocurre cuando a pesar de todo el egoísmo y la perversidad de la que sus personajes puedan ser capaces, tienen frente a sí un instante de libertad súbita por el cual vale la pena rendirse al libre albedrío y a sus consecuencias: perder el alma para conocerse y salvarse, como se lee en los Evangelios, o en palabras de la autora, algo así como “saber que el mal no es un problema que hay que resolver, sino un misterio que hay que sobrellevar”.

La prosa de Flanney O’Connor, a diferencia de la densidad estilística faulkneriana, está mucho más anclada en la simpleza. Es enérgica y a la vez exacta. No busca el retrato triste sino la complejidad de la vida tal como la vida es. Nada de adornos ni de expectativas. Y es justo en esa simpleza donde se potencia la impiedad con la que trató al blanco y al negro, al rico y al pobre, al hombre y a la mujer tal como le parecían: nadie es inocente en su universo, la estupidez y la violencia vienen de sus propios deseos o impulsos, pero de esa misma forma cierta belleza es capaz de redimirlos: una belleza mística o platónica, quiero decir, de quienes experimentan una sacudida que los hace salir de sí mismos, que los arranca de la conformidad.

Ignoro qué tipo de vidas conocen quienes consideran que los personajes de O’Connor son rostros grotescos atentando contra la armonía, seres que más que poner en duda la perfectibilidad de la naturaleza humana, nos inquietan justamente porque nos impiden olvidarnos del hecho de que compartimos su condición. ¿De veras hay gente que aun estando en casa, el sitio en el que no podemos pretender ser más de lo que sabemos que somos, no echa de vez en cuando un vistazo sobre su imaginación moral y ver lo que puede descubrir ahí? Alguna vez una lectora le escribió a O’Connor para recriminarle el “pesimismo y la negrura” en su ficción, a lo que la escritora respondió que de haber estado en el sitio correcto, quizá su corazón se habría elevado de otro modo. Ignoro, insisto, qué tipo de vidas conocen quienes confunden dureza con honestidad, retorcimiento con relieve. Además, “cuanto más se mira algo, más mundo se ve en él”, dijo la autora que, habiendo viajado primero a Iowa para estudiar y después a Nueva York en una estancia corta, volvió a su natal Georgia: tenía lupus y se dedicó a escribir y a cuidar pavorreales.

“Si estás llorando por ese pavorreal y su soledad, mejor que lo dejes. Eso se llama Falacia Poética. Lo único que un pavorreal sabe de emociones son dos cosas: dónde consigo lo siguiente para meterlo en el buche y dónde me puedo esconder de algo que quiere matarme hasta que encuentre algo que quiero matar”. La frase pudo haberla dicha la madre de mi abuela a mi abuela, cuando ésta tenía diez años y había visto morir a su hermana la noche anterior y era desatada por fin del tronco en el patio donde se había consumado el castigo, para dirigirse después a las labores domésticas: aquellas manos en el cogote palpitante de la gallina, y luego el matorral, un montón de bronce alborotado, con la cabeza roja de la gallina en el suelo.