samedi 23 août 2014

Pablo De SANTIS/ El nacimiento de la fantasía heroica

El nacimiento de la fantasía heroica
Por Pablo De SANTIS

En Inglaterra el género apareció mezclado con las novelas para niños. Sus historias transcurren en mundos autónomos 

Game of Thrones (Juego de tronos) pertenece a ese género llamado fantasía heroica, que en ocasiones recibe también el nombre de "Espada y brujería". En Inglaterra nació mezclado con las novelas para niños y en Estados Unidos con los cuentos publicados en revistas como la extravagante Weird Tales. Lo que distingue al género es que sus historias transcurren en un mundo completamente autónomo, con vagos ecos de la Edad Media o de la antigüedad remota, pero sin un marco histórico o una geografía que podamos reconocer. Su lógica corresponde al dominio de lo maravilloso; es decir: la magia funciona y nadie se sorprende.

Tal vez el origen de esta tradición esté en las novelas de caballerías, cuyas hazañas enloquecieron al pobre Alonso Quijano. Después de una siesta de siglos, el género renació. No sólo sobrevivieron los bosques y castillos arquetípicos sino también la figura del mago Merlín, hechicero y sabio, que volvió bajo nombres diversos, como el Gandalf de Tolkien.

Aventuramos dos posibilidades para este renacimiento. La primera hipótesis es de orden histórico: las dos guerras mundiales. Al descubrimiento de la guerra inhumana, en la que se mata a distancia y anónimamente, con gases, obuses o, más adelante, bombardeos, se le opone, en la ficción, la idea de una guerra noble. Lanzas, escudos, espadas y rivales que se miran a los ojos.

La segunda hipótesis es que este renovado interés en asuntos de caballería estuvo motivado por el alejamiento de la novela contemporánea de toda forma de épica. El héroe quedó abandonado a la inmovilidad, la melancolía y la desesperación. En el siglo XIX los lectores podían jugar con la idea de ser Sandokán, que recorría incansable los mares, o Phileas Fogg, que daba la vuelta al mundo en ochenta días. Pero ya entrado el siglo XX, ningún lector soñaba con ser el Bloom de Joyce, la señora Dalloway de Virginia Woolf o Gregorio Samsa.

En su búsqueda de héroes, el género bebió en cuatro fuentes muy reconocibles: el caballero irlandés Lord Dunsany(1878-1957), el tejano Robert E. Howard (1906-1936), y los amigos J. R. R. Tolkien (1892-1973) y C. S. Lewis (1898-1963), ambos profesores en Oxford.

Dunsany fue autor de cuentos fantásticos muy admirados por Borges (en especial "Carcasona", que anticipa las esperas de Kafka y El desierto de los tártaros de Dino Buzzati). También escribió una novela de fantasía, La hija del rey de los elfos (1924), inspirada en el mismo folklore nórdico que luego visitaría Tolkien. En Dunsany ya aparece ese severo problema de salud que aqueja a los elfos: la inmortalidad.

Robert E. Howard, musculoso como sus personajes, es el autor de los cuentos protagonizados por Conan el cimerio, que transcurren en tiempos remotos y abundan en hechizos y bestias fabulosas: arañas y serpientes gigantes, un mono-momia, un dios con cara de elefante. Tenía poco más de veinte años cuando empezó a publicar sus relatos en la famosa revista Weird Tales: así surgieron sus personajes Solomon Kane, Kull de Atlantis y Conan. Todos sus relatos hacen convivir la aventura con el horror, y por eso entusiasmaron a Lovecraft, que lo sumó al vasto elenco de sus corresponsales. Howard tenía un vínculo demasiado estrecho con su madre; y cuando ella entró en un coma irreversible, el escritor no lo pudo soportar. Se sentó en su auto y se disparó. Tenía treinta años.

Tolkien le dio al género un acabado sentido de humanidad. Sus héroes son los hobbits, pequeños y menos poderosos que sus compañeros de ruta; si logran vencer no es por su fuerza, sino por su empeño y buena voluntad. Para Tolkien imaginar no es sólo contar historias, sino también convertirse en cartógrafo, en historiador, en antropólogo de su continente imaginario. Y también en un dios encargado de poner las cosas en orden: no podía tolerar la heterogeneidad imaginativa de su amigo C. S. Lewis. A partir de El león, la bruja y el ropero, Lewis pobló su Narnia con seres de tradiciones diferentes: animales parlantes de las fábulas y faunos y sirenas de la mitología grecolatina, junto a Santa Claus y Aslan (un león que es un Jesucristo apenas disimulado). Lewis incorporó una novedad: ese mundo no está completamente alejado del nuestro, sino que hay un umbral por el que se puede acceder a él. Ese umbral es un ropero lleno de viejos abrigos con olor a naftalina. En los años siguientes, muchos otros autores siguieron ese esquema de los mundos paralelos. Pero sin el ropero: un mueble siempre difícil de mudar.

En los años sesenta el género tuvo un nuevo boom, cuando se reeditaron en Estados Unidos las obras de Tolkien en ediciones de bolsillo. Las aventuras de Frodo encajaron a la perfección con la sensibilidad hippie, y eso se nota en muchos discos de la época. Pronto se agregaron las delicadas fantasías de Thomas Burnett Swann (El día del minotauro, 1966), Ursula K. Le Guin (Un mago de Terramar, 1968) y Peter Beagle (El último unicornio, 1968). De los dos primeros hay ediciones argentinas de Cuásar y Minotauro.

Aunque la literatura argentina prefirió el cuento fantástico al género maravilloso, algunos autores se animaron a construir sus propios reinos. El ejemplo más notable fue la saga iniciada con Los días del venado, de Liliana Bodoc, quien dio a su épica sutiles ecos sudamericanos. En los últimos años, varios jóvenes narradores escribieron sus propias fantasías: Victoria Bayona (autora de Camino a Aletheia), Pablo Nieto (La fortaleza oscura) y Clara Levin (Los siete nombres).

La fantasía heroica sedujo más a sus lectores en los momentos en que la ciencia ficción perdía su poder sobre el imaginario popular: sobre todo en la segunda mitad de los años sesenta (con la carrera por la conquista de la luna) y desde los años noventa a esta parte, con el dominio de las nuevas tecnologías. Frente al avance real de la ciencia, cede la ciencia su lugar en la ficción. Por eso los niños nacidos en tiempos de computadoras ya no leyeron historias de un futuro cibernético, sino de un pasado legendario.

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Placeres diversos
Por Dolores GRAÑA

Frente a la espectacularidad de su versión televisiva, las novelas de Canción de hielo y fuego proponen un minucioso tapiz narrativo

Aunque suene extraño, los placeres que engendran Canción de hielo y fuego (los libros de G. R. R. Martin) y Game of Thrones (la serie televisiva basada en ellos) son de naturaleza bastante distinta. Mientras que la serie es un espectáculo gigantesco, que nos deslumbra con sus magnéticos personajes, su retrato adulto de la naturaleza del poder y una narración que combina la épica de las batallas y duelos con los susurros de las intrigas palaciegas, las novelas son un trabajo minucioso y privado, un tapiz bordado con el cuidado y el tiempo requerido para construir una imagen compleja a través de millones de puntos.

Más allá de que sería imposible llevar a la pantalla chica todo lo que se cuenta en las novelas (y esta dificultad ha hecho que sus creadores deban optar por suprimir personajes y subtramas enteras y crear otras para apropiarse televisivamente de la historia), Canción de hielo y fuego atrapa por la posibilidad de sumergirnos por completo y durante días en un mundo tan violento y complejo como el nuestro -pese a la atmósfera feudal, los dragones y la capacidad de "secuestrar" el cuerpo de otras criaturas-. Esa inmersión es potenciada por el mejor recurso estilístico que esgrime su autor: la narración en primera persona. Cada uno de los capítulos de los libros está contado desde un punto de vista particular, casi cinematográfico, como si la cámara acompañara a un personaje individual y lo separara de la multitud. En algunos casos son los más conocidos, como Daenerys Targaryen, Arya Stark o Jon Snow, pero en otros toma la voz cantante un humilde criado que pierde la vida poco después por equivocarse en el orden en que debe servir la mesa. Y a veces, ni siquiera sabemos a través de los ojos de quién estamos viendo los acontecimientos (o qué estamos viendo en realidad, si quien ve no comprende lo que ocurre), misterio que se suma a los muchos con los que los lectores conviven felizmente a lo largo de los años.

Esa perspectiva, impregnada de subjetividad, del relato y el consiguiente trabajo de quien lee para intentar armonizar los testimonios conflictivos en un todo coherente y significativo, nos hace jueces y parte y -claro- fanáticos.

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Doble fenómeno
Game of Thrones: la fascinación del poder
Por Graciela MELGAREJO

Con tan sólo cinco libros publicados (más otros dos en camino, que por ahora no son más que una tentadora promesa) y cuatro temporadas por la televisión de cable premium, la historia de las guerras entre reyes de fantasía del escritor norteamericano George R. R. Martin ha logrado subyugar a lectores de todo el mundo y a una platea global, siempre a la búsqueda de encontrar, fuera del cambiante mundo tecnológico que todo lo invade, una respuesta a preguntas más permanentes.

La historia creada por Martin, Canción de hielo y fuego, fue bautizada como Game of Thrones (Juego de tronos) para la TV -el nombre del primero de los cinco libros- y su última temporada ya tiene diecinueve nominaciones a los premios Emmy 2014 (que se conocerán el lunes próximo), lo cual habla de un fenómeno arrollador, por lo menos desde el punto de vista de la gran industria; pero los infinitos puntos de encuentro y comunidades en Internet creados a la sombra de una vasta y omnipresente ficción muestran también otra cara de esta realidad: la necesidad de creer en algo, aunque ese algo esté hecho únicamente a base de palabras o de imágenes.

No es tarea sencilla resumir un relato que abarca varias generaciones de hombres y mujeres, guerras y escaramuzas en distintas ciudades de Norte a Sur, y alrededor de 4000 páginas en la edición en papel (a las que se agregarán, seguramente, otras 2000 como mínimo, cuando The Winds of Winter y A Dream of Spring sean publicados). En muchas de las infinitas reseñas críticas escritas a raíz de cada publicación en diferentes idiomas se relacionó la guerra entre las casas de los Siete Reinos por el Trono de Hierro con la Guerra de las Dos Rosas, la guerra civil medieval en la que las casas de Lancaster y de York se disputaron el trono de Inglaterra, entre 1455 y 1485, y de la que William Shakespeare tomó tema para varios de sus dramas.

Pero toda comparación que se haga entre esta larga, compleja y complicada historia con otras obras de la literatura universal será siempre injustamente parcial. Martin ha sido comparado, sucesivamente, sí, con Shakespeare y con Tolkien ("El Tolkien americano", lo saludó The New York Times), pero es hombre y escritor de esta época, y vale la pena estudiar el fenómeno en sí mismo.

UN AMABLE FARMER

Martin (1948, Nueva Jersey) no es en absoluto un parvenu de las letras. Se licenció, según rezan las solapas de sus libros, en periodismo en 1970, y publicó su primera novela Muerte de la luz (Dying of the Light) en 1977. Ganador de varios Hugo y Nebula (dos de los más importantes premios para obras de ciencia ficción y fantasía de los Estados Unidos), en los años ochenta se dedicó a escribir guiones de varias series de televisión -entre otras, La dimensión desconocida (The Twilight Zone), 1986, y The Beauty and the Beast, 1987-, al tiempo que seguía escribiendo cuentos cortos, una serie de antologías de historia sobre la Segunda Guerra Mundial y también una colección de relatos de ciencia ficción, Los viajes de Tuf (Tuf Voyaging, 1986).

En 1996 hubo dos cambios de vida muy importantes: Martin dejó Hollywood, se fue a vivir a Santa Fe (Nuevo México) y regresó al mundo de la literatura ese mismo año con la novela Juego de tronos, la que dio comienzo al ciclo de novelas Canción de hielo y fuego (Song of Ice and Fire).

A quien lo vea en fotos o en entrevistas (hay varias en YouTube, y en distintas universidades), siempre vestido de negro y con tiradores de coloridos estampados para las ocasiones especiales, puede llegar a recordarle esos cuáqueros silenciosos e impredecibles de Nathaniel Hawthorne o simplemente el personaje del cómic de Al Capp, Lil'Abner ("El chiquito Abner"), pero más envejecido y con sobrepeso. No hay que dejarse engañar; detrás de esa fachada de bonhomía y naturalidad, está un creador de mundos y personajes poderosos, que ha sabido mezclar con habilidad y técnica singulares la historia del poder y la política de los hombres con la literatura fantástica de dragones y caminantes que vienen del Más Allá (así, con mayúsculas).

En los agradecimientos a colaboradores y amigos de Juego de tronos (una práctica que se repite, de maneras distintas, en todos los libros de la serie), Martin advierte con ironía que "dicen que en los detalles está el demonio. Un libro tan largo como éste tiene muchísimos demonios, y hay que estar alerta para no caer en sus garras. Por suerte, yo conozco a muchísimos ángeles". He aquí develada también una de las claves de su escritura: compensar la multiplicidad de detalles y de situaciones terribles y crueles con contadísimas escenas de esperanza.

Como Homero en la Ilíada, Martin necesita sembrar su historia de "ayuda memorias" literarios: no será la inmortal Aurora de dedos rosados, pero sí algunos lemas, como éste que ya se está haciendo famoso fuera de la ficción, "Winter is coming", y que va a escandir todo el larguísimo relato:

Aquellas palabras le provocaron un escalofrío, como siempre. Eran el lema de los Stark. Todas las familias nobles tenían un lema. Y aquellas consignas familiares, piedras de toque, aquella especie de plegarias, eran alardes de honor y gloria, promesas de lealtad y sinceridad, juramentos de valor y fidelidad... Todos menos el de los Stark. El lema de los Stark era «Se acerca el invierno».

No es el único importante, por supuesto. También "Porque oscura es la noche y llena de terrores" -una verdad de a puño, como podrán comprobar los seguidores de Canción de hielo y fuego-, frase que deberá repetirse en voz baja y susurrante al oído, instala una lucha más: entre los antiguos dioses y el nuevo dios, el Señor de la Luz, tan impiadoso como los anteriores, pero que exige sacrificios y sangre fresca cada vez que su ayuda es invocada. La magia negra y la magia blanca entablan así su guerra personal en este campo de batalla.

DRAMATIS PERSONAE

La trama es tan compleja, transcurre al mismo tiempo en tantos lugares diferentes, que ha obligado a los sucesivos editores a ir agregando mapas al comienzo de cada libro -también hay símbolos heráldicos­- y socorridos apéndices con listas de los personajes intervinientes y de sus casas dinásticas (algo que recuerda, salvando las distancias, a listas semejantes, aunque pequeñas, de las novelas de Agatha Christie).

Los personajes de este conjunto de historias que se bifurcan una y otra vez son la piedra sobre la que Martin levantará su edificio interminable. De la casa de los Targaryen, los señores de los dragones y dueños del Trono de Hierro, queda como única heredera viva la khaleesi Daenerys, madre de tres dragones y decidida a recuperar lo que perteneció a su familia. De los tres hermanos Baratheon, sólo sobrevive Stannis, que llevará su guerra hasta el Muro -el que separa al mundo conocido del desconocido-, con el corazón ardiente del Señor de la Luz en su estandarte. En la casa de los Lannister se destacan Cersei, madre de reyes; su hermano mellizo Jamie, y su hermano pequeño ("little brother" no sólo de nombre), el enano Tyrion. Por fin están los Stark, Ned Stark, su esposa Catelyn, sus tres hijos y dos hijas -amén de un hijo bastardo, Jon Snow, importantísimo para la trama­-, una familia cruelmente despojada de la felicidad, cuyo emblema es un lobo gigantesco y alrededor de la cual se van desarrollando los hechos principales.

Como dice la periodista Dolores Graña en el recuadro que acompaña esta nota [ver], "las novelas son un trabajo minucioso y privado, un tapiz bordado con el cuidado y el tiempo requerido para construir una imagen compleja a través de millones de puntos", una acertada descripción de cómo estos personajes, que son decenas y decenas, van componiendo un verdadero e intrincado gobelino. Parafraseando al Borges de "El jardín de senderos que se bifurcan", esta obra puede ser también, y por momentos lo es, una infinita serie "de tiempos, en una red creciente y vertiginosa de tiempos divergentes, convergentes y paralelos", con un autor que, a su manera, pretende abarcar todas las posibilidades.

Por algo, en abril de 2011, Martin escribía la siguiente "Aclaración sobre la cronología" para el último libro publicado, Danza de dragones (A Dance with Dragons):

Ha pasado mucho tiempo entre libro y libro, ya lo sé, así que quizá se imponga recordar unas cuantas cosas. El libro que tenéis entre manos es el quinto volumen de Canción de hielo y fuego. El cuarto fue Festín de cuervos, pero este libro no es una continuación en el sentido tradicional, ya que la acción es simultánea. Tanto Danza... como Festín... retoman la trama inmediatamente después de los acontecimientos narrados en Tormenta de espadas, el tercer volumen de la serie. [Danza... y Festín...] son dos libros paralelos, no consecutivos, que no se dividen por la cronología, sino por la geografía. Aunque sólo hasta cierto punto.

EN OTRO MUNDO

Traducir para la televisión esta serie infinita de acciones, personajes y dilemas morales acompañados lindamente de oportunas muertes a granel, parricidios, incesto, esclavitud, descuartizamientos y torturas sin distinción de sexos ni edades, y dragones, zombis y otros seres fantásticos, no ha sido fácil, pero sí fecundo. La llegada de Game of Thrones a las pantallas (la de la TV común y las digitales) ha inaugurado usos y costumbres nuevos, y ha reforzado los ya existentes. Por ejemplo, las fanpages de Facebook (reemplazo desde todo punto de vista más gratificante que el de los tradicionales clubes de admiradores), desde las que los participantes no sólo comparten preferencias y odios, sino que también hacen propuestas al autor con respecto a lo que vendrá. El mismo Martin acepta que no están mal rumbeados los que proponen una pareja entre Daenerys y Jon Snow, basados simplemente en la interpretación de las pistas que el autor ha ido dejando, como las migas de Hansel y Gretel, a lo largo de sus hasta ahora cinco libros.

Twitter, tan parecido a la trama de la serie por su multiplicación infinita en el mundo virtual, es también un elemento fundamental de difusión (casi valdría la pena llamarlo "polinización"). Basta que uno se decida a retuitear una quote (cita) de @GoThrones_BOT, para que, por ejemplo, @ThroneQuotes la retuitee a su vez, en un juego de espejos del que nunca se sabrá el final.

Porque los seguidores (y fanáticos) de esta creación de Martin están rezando para que el viejo y querido George deje a un lado todo lo que no sea escribir y les permita arribar al final de este largo folletín (antes lo hubiéramos llamado "folletín") en el que se ha permitido algunas transgresiones literarias interesantes, la menor de las cuales es matar a personajes principales sin ningún remordimiento por la sensibilidad de sus lectores.

Entre los seguidores de la serie habrá que diferenciar, por supuesto, a los que leyeron los libros y vieron las cuatro temporadas de HBO y los que no los leyeron y sí vieron la serie de TV. De los segundos, un testimonio tomado al azar, pero que resume bien qué es lo que puede encontrar un joven televidente en esta Canción. Dice Clara (porteña, 25 años, estudiante de Ciencias Económicas en la UBA):

Me gusta porque es una serie que transcurre en una era medieval pero también tiene fantasía. Lo que llama la atención es que a pesar de eso, la trama no gira en torno a la magia sino a las relaciones de poder. Es una lucha por el poder, por ser rey o estar en la cúspide social, y como consecuencia, otros personajes tienen que librar su propia lucha por sobrevivir (literalmente). La acción de uno genera una reacción en otro y una consecuencia en la vida de un tercero que ni siquiera conoce al primero. ¡Parece que todos están unidos por un hilo invisible, y eso es genial! También me gusta que no gire sólo en torno a un personaje central o a una familia: hay tantos personajes diferentes que uno se siente más identificado con algunos en especial, pero no hay garantía de que no los maten. Cualquiera puede morir? Y también me gusta que la serie use vocabulario acorde al estrato social del personaje y al estado de ánimo. No hay censura. Y es bueno que los personajes femeninos no sean todas damiselas en peligro; por lo general, son fuertes.

Ahora, para los que de una manera u otra, voluntaria o involuntariamente, nos hemos acercado a Canción de hielo y fuego sólo queda aguardar la publicación de The Winds of Winter. Contamos por lo menos con la promesa de Martin: "Espero que volvamos a temblar de frío todos juntos".


Articulo: www.lanacion.com.ar 17/08/2014

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