lundi 4 août 2014

Sergio KIERNAN/ El coronel no quiere que lo escriban

El coronel no quiere que lo escriban
Por Sergio KIERNAN

Escritor esquivo con los medios y que vive recluido en Idaho, Denis Johnson es considerado un autor de culto, vanguardista y cool en los Estados Unidos. Lo que no quita su genio literario ni que se haya pasado más de diez años empollando un libro tan insólito en el contexto de su propia obra como magistral: Arbol de humo es uno de los mejores libros que se hayan escrito sobre la guerra de Vietnam, centrado en la figura de un coronel de la CIA que resume lo racional y lo más oscuro y primitivo de la conciencia humana en una situación límite.

La culpa tal vez sea, para variar, del bueno de Hemingway, que prácticamente inventó eso del escritor que iba a lograr La Gran Novela Americana. La idea venía en parte del agrande de un país que ya tenía Moby Dick, en parte del achique de no tener una Guerra y paz, y en buena parte por la desmesura personal de “Papa” Hemingway, que heredó el otro aficionado al whisky, el boxeo y las novelas enormes, Norman Mailer. Ni los años sesenta se pudieron cargar este mandato, apenas agregaron el de ser novelista cool, moderno, vanguardista. Denis Johnson hizo toda su carrera en el campo cool, con buenos libros divertidos, muy bien escritos y muy reventados pero sin la quilla pesada de la obra maestra. Lo que nadie sabía era que mientras publicaba esos libros estaba escribiendo Arbol de humo.

El tema es la guerra de Vietnam, la guerra imposible de entender, la guerra que perdieron los norteamericanos después de casi veinte años de meterse en casa ajena, tratar de salvar la colonia francesa y detener al fantasma comunista. En el pasaje de armar a los franceses a perder decenas de miles de tropas propias en la selva, hubo algo que no varió y que Johnson define brillantemente: ¿Cómo es esa guerra? pregunta un personaje a un recién llegado “de la selva”, y la respuesta es que uno camina perdido, les dispara a los árboles y los árboles devuelven el fuego.

Como la confusión es el único hilo conductor de la experiencia de Vietnam, Arbol de humo es un libro polifónico, presentado en paquetes discretos, año por año, de 1963 a 1970, con un epílogo en 1983. Nadie, ni remotamente, intenta explicar la guerra en su totalidad y el efecto de la novela es acumulativo, sedimentario. El elenco de personajes es enorme, pero Johnson mantiene el control del paquete con una elegancia completa, mostrando que es un gran escritor y explicando por qué le tomó una década terminar el libro. Es también un ejemplo de mesura de parte de un poeta publicado que escribe una prosa lírica y apasionada, a veces exagerada y siempre muy rica, pero que supo secarse y controlarse en las seiscientas páginas largas de este libro. La inmensa tristeza de esta obra poblada de melancólicos, de perdidos y extraviados, de víctimas, se transmite con un lenguaje parco y muy hermoso. Johnson es un maestro de la atmósfera, del realismo de la observación, y logra que uno sienta hasta el calor de estos trópicos en guerra: “Caminó con cautela, pensando en serpientes y tratando de no hacer ruido porque si había jabalíes quería oírlos antes de que ellos fueran hacia él. Era consciente de estar magníficamente tenso. Por todos lados lo rodeaban los diez mil sonidos de la selva, así como los chillidos de las gaviotas y de la espuma lejana, y si se quedaba quieto del todo y escuchaba un momento, también podía oír la risita sofocada del pulso en el calor de su carne y el crujido del sudor en sus oídos”.

En el centro de la historia está un idiota arquetípico, el coronel Francis X. Sands –un nombre inmensamente católico, irlandés de Boston, que se traduce como Francisco Javier Arenas–, una suerte de Rambo de carrera. El coronel es un héroe de la Segunda Guerra Mundial, un guerrero que combatió a los japoneses desde antes de Pearl Harbor y se transformó en un experto en lucha antiguerrillera en la selva de Birmania. Socio fundador de la CIA, Sands tiene la impunidad de hacer lo que quiera y lo hace, experimentando en las Filipinas con un megaarchivo de inteligencia que busca ser un Aleph de papel de la insurgencia filipina, los Huks. El coronel es de esas personas genuinamente seductoras porque ya se olvidaron de cómo ser personas y son todo el tiempo personajes, en rol, pensando y sintiendo como “grandes hombres”. Sands es petiso, medio patizambo y de tórax exagerado, pero siempre les parece a todos el más grande, el más alto, porque siempre es el centro.

Johnson proyecta esto con un truco estructural muy inteligente, el de hacer del coronel el único personaje sin discurso interior. Los personajes centrales y muchos incidentales piensan, sienten, reaccionan ante el lector, pero Sands es sólo visto y escuchado por otros. Opaco, mítico, el coronel-espía discursea sobre el patriotismo, sobre cómo la bandera lo hace llorar, sobre cómo extraña “las caras sucias y honestas” de los soldados de la Segunda Guerra Mundial, tan diferentes de las de la generación vietnamita. Su anticomunismo es más que una caricatura o un dogma, es una nueva fe que reemplaza al catolicismo perdido, es una metafísica existencial que provee un enemigo y una misión, y de paso un guión completo para el personaje. Seguir a gente así, la que cree entender todo sin entender nada, es lo que enterró a Estados Unidos en Vietnam y los tiene enterrados en Irak y Afganistán.

Como contraparte de este gigante está su sobrino Skip, un pibe sensible, erudito, políglota y pasivo que se ofreció de voluntario a la agencia y fue aceptado por portación de apellido. Este segundo Sands es un huérfano hambriento de reconocimiento y cariño, de pertenecer, una figura trágica que va a recibir de las manos de Johnson una parábola completa: de agente de inteligencia a traficante de armas internacional, operando desde el Triángulo de Oro con la red que construyó para detener al Vietcong. La voz de Skip es la dominante en la historia, él es la ventana por la que vemos la jungla, sentimos el alivio del aire acondicionado, escuchamos las interminables charlas de borrachos, vivimos el enorme aburrimiento de los intervalos del combate.

También están los hermanos Houston, Bill y James, respectivamente marinero y soldado, de clase bajísima, basura blanca de Arizona que es de las peores que hay. Los hermanos entran a la Armada y al Ejército medio que porque sí, viven experiencias enormes y luego vuelven a casa sin haber aprendido nada, excepto un gusto por las putas asiáticas. Lo que les espera es la vida que podrían haber tenido sin enrolarse, la de trabajos mal pagos y sucios, la del proletariado invisible, con lo que no sorprende que terminen de criminales desangelados y menores, perdedores del tipo que Johnson crea con una naturalidad muy propia. De uniforme, los hermanos representan la carne de cañón con que juegan los que deciden y James es quien cuenta la única escena de combate de toda la obra, nada casualmente un desastre causado por una operación del coronel.

El quinto personaje principal es más elusivo y complejo: Kathy Jones, viuda de uno de esos misioneros protestantes que uno no sabe si admirar o internar, muerto en un atentado en las Filipinas. Kathy insiste en atender huérfanos, abre una misión en Vietnam del Sur, casi muere más de una vez, tiene un triste amorío con Skip y el privilegio de cerrar el libro con un posible atisbo de redención humana. La tristeza de la misionera es peculiar y compleja, la de una persona que insiste en creer contra toda evidencia y vive lo suficiente como para ver, por ejemplo, a una de sus huerfanitas transformada en una norteamericana banal, medio putita y frívola, una persona con un presente de perfecta intrascendencia.

Como Johnson es un novelista que se define como cristiano, una sorpresa para los que lo tienen como entendido en revientes varios, el hilo moral de Arbol de humo es de particular relevancia. Ninguno de los personajes, excepto el misionero muerto, tiene ya fe alguna o la tiene en tonterías. Los hermanos Houston se conforman con estar vivos, Skip con que su tío lo trate como a un hijo, el coronel con que siga la Guerra Fría, Kathy con la esperanza de que todavía exista la redención por el sufrimiento. En este libro erudito y voraz, este plano significa discutir la doctrina de la predestinación de Calvino, el uso como herramienta psicológica de los mitos de vampiros y la dificultad de comportarse con un mínimo de decencia en una situación de extrema violencia que a la vez no tiene el menor sentido. De hecho, James demuestra lo tenue de estos límites en una noche en la jungla en la que participa de una violación, “interroga” a la violada con un puñal, la termina cortando hasta matarla y de yapa les tira una granada a los odiados boinas verdes, por alguna razón culpados por lo que pasa esa noche.

Todo esto, tantos años después de tantos libros de guerra y de My Lai, es relatado de un modo muy peculiar. Los episodios de crueldad, los asesinatos por cuestiones de Inteligencia, las traiciones, no son el centro moral de nada, no son tragedias públicas y sólo se hablan en privado entre militares y espías que saben que nunca jamás serán reveladas. Pero Arbol de humo tiene las suficientes páginas y el suficiente aliento para llevar estas cosas al rango de pecado, hasta mostrarlas como el nudo venenoso que hace que la muerte sea algo bienvenido y justo. Skip, en una prisión malaya, se alegra de ser condenado a ser azotado y colgado hasta morir y sólo tiene el pudor de no revelar su nombre verdadero: va a morir como el traficante Benet y no como el sobrino del coronel.

Este ángulo hace que la historia que cuenta Johnson no sólo funcione sino que vuele hasta poder explicarnos, si no la guerra de Vietnam, lo que esa guerra les hizo a tantos. Los que perdieron la vida, los que perdieron el alma, los que nunca entendieron qué perdieron. Cerrar el libro, al final, es quedarse con los ojos llenos de imágenes de perros flacos, de mujeres diminutas, de campos defoliados, de belleza arruinada, de soldados bestializados o infantilizados, de gente con cortes de pelo doble cero. El registro visual es amplio pero deja afuera, con toda deliberación y alevosía, la gran batalla, el gran angular. Este Vietnam es una colección interminable de pequeños episodios personales, de pasos hacia la oscuridad, de maneras de perderse. Es como un Apocalipse Now compuesto únicamente de la subida por el río, una que nunca llega a Kurz.

En esta fábula moral hay lugar hasta para los vietnamitas, el “otro” por definición del tema y la barrera generalmente insuperable de estos libros. Hasta en las obras más dedicadas a entender qué paso allá los locales son una utilería de fondo, figurantes en una obra sobre americanos extraviados. Johnson rompe la regla, o lo intenta al menos, creando personas como el coronel Aguinaldo, contacto filipino del coronel, y los vietnamitas Hao y Trung. Venales, morales o hundidos en la duda, estos personajes son parte integral del relato, parte de la trama en igualdad con sus ocupantes. La gran diferencia es que la guerra interminable se come su hogar, un lugar que para ellos no tiene nada de exótico o extraño. Casi al comienzo del libro, Hao contempla un valle cercano a Saigón que él sabe será deforestado con agente naranja y piensa con dolor en la necesidad de la guerra y en la belleza que va a perderse.

Ambicioso, complejo, denso, este empacho de novela resulta conmovedor y es de lejos la mejor obra de Johnson. Tal vez no logre explicar la guerra de Vietnam, lo que sería mucho esperar de un libro, pero ciertamente plantea preguntas de inmensa relevancia. Arbol de humo ayuda a pensar en este pasado, como ayuda a pensar en Bagdad y Kabul, en Gaza y Libia, en todos los lugares donde los coroneles Sands de hoy andan haciendo de las suyas. Por algo es un cuento que empieza con un soldadito entre los árboles con un rifle calibre 22 que le dispara a un monito porque sí. El pibe corre, lo alza, lo sacude y entonces ve que el monito está llorando.


Articulo: http://www.pagina12.com.ar 03/08/2014

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