lundi 4 août 2014

Wilson ALVES-BEZERRA/ Nelson RODRIGUES, el trágico del futbol brasileño

Nelson RODRIGUES, el trágico del futbol brasileño
Por Wilson ALVES-BEZERRA

El prestigioso crítico Richard Williams publicó un artículo en el periódico inglés The Guardian, en el que hablaba acerca de los principales autores de libros sobre futbol en Brasil.

Su texto es una buena introducción a las relaciones entre literatura y futbol en nuestras letras. Sin embargo, para él, “El Pelé del futbol no es brasileño sino uruguayo. […] Su nombre es Eduardo Galeano, quien hace casi 20 años escribió un libro maravilloso llamado Futbol a sol y sombra, lleno de calor, humor y una mirada a la dimensión humana de grandes futbolistas”.

Ciertamente, el libro de Galeano tiene bellas reminiscencias de todos los mundiales y crónicas de algunos partidos memorables, como el maracanazo de 1950, cuando la celeste uruguaya le ganó a Brasil en la final del Mundial con un imprevisible 2 a 1 —tras haber empezado el partido con el marcador negativo—, delante de miles de brasileños: “Cuando llegó el gol de Ghiggia, estalló el silencio en Maracaná, el más estrepitoso silencio de la historia del futbol, y Ary Barroso, el músico autor de Aquarela do Brasil, que estaba transmitiendo el partido a todo el país, decidió abandonar para siempre el oficio de relator de futbol. Después del pitazo final, los comentaristas definieron la derrota como la peor tragedia de la historia de Brasil”.

El consistente artículo de Williams sigue con una serie de buenas obras contemporáneas sobre el tema, pero no menciona en ningún momento al brasileño Nelson Rodrigues (1912-1980), quien sin duda fue el más importante cronista de futbol brasileño. El silencio de Williams en relación a Rodrigues —o Nelson, como aún lo llaman íntimamente los brasileños— se debe al pequeño alcance internacional de la lengua portuguesa y a las pocas traducciones del autor, lo que lo convierte en un gran desconocido a nivel mundial.

Nelson Rodrigues es el más importante autor de teatro brasileño de cualquier época, pues afrontó al público habituado al teatro costumbrista con obras contundentes: primero revolucionó con la moderna Vestido de novia (1943), en la que alterna los planes del presente, memoria y alucinación para hablar de una chica que el público no sabe si está moribunda, traumada o muerta; llevó a escena tragedias como en su relectura de Electra (Señora de los ahogados, 1947) y en una discusión brutal acerca del prejuicio étnico de los negros hacia sí mismos (El ángel negro, 1947); produjo una serie de tragedias cariocas en las que el periodismo, el futbol y el modo de vivir de una sociedad conservadora producen monstruos, como se ve en La fallecida (1953), Viuda, pero honesta (1957), Perdóname porque me has traicionado (1957), entre otras. También escribió novelas eróticas bajo pseudónimos femeninos y cuentos de amor y muerte de enorme éxito popular, que recién empiezan a traducirse al castellano (La vida tal cual es, en dos tomos publicados por la editorial argentina Adriana Hidalgo).

Las crónicas de futbol de Nelson se hallan fueran de concurso en su obra, por lo que tienen de singular y universal. La particularidad de sus textos futbolísticos es que Rodrigues no los concebía como el simple relato de un partido o como una discusión sobre técnica y táctica, sino como una pequeña pieza literaria, en la que subraya aspectos de trascendencia del futbol. Sus crónicas son autorales y la escritura es, muchas veces, la del autor trágico, que entiende el futbol como fenómeno a la vez colectivo y subjetivo. Muchas de las sabrosas expresiones aparecidas en estos textos circulan hasta hoy en el habla cotidiana brasileña, con su mezcla de literatura, psicoanálisis, sociología y picardía: “el brasileño tiene complejo de perro callejero”, “el futbol es la patria de botines”, “el videotape es torpe” y otras por el estilo.

Nelson Rodrigues se dedicó a la crónica deportiva principalmente desde los años cincuenta hasta su muerte, en 1980. Publicaba en periódicos de gran circulación como los cariocas O Globo y Última Hora, y también en publicaciones deportivas como Manchete Esportiva y Jornal dos Sports. Son textos de no más de una página en los que comenta los partidos del fin de semana, discute la condición de la selección brasileña, elige “el personaje de la semana” o se dedica a alguna divagación lírica. Si la obra teatral de Nelson Rodrigues nunca ha dejado de escenificarse en teatros y adaptarse al cine desde los años sesenta, su obra lírico-deportiva conoció el olvido masivo en su tierra natal a partir de la muerte del autor y sólo empezó a rescatarse gracias al periodista Ruy Castro, quien en 1992 publicó El ángel pornográfico. La vida de Nelson Rodrigues, el más importante estudio biográfico acerca del escritor.

El futbol le importa al cronista como un fenómeno misterioso que clama por una interpretación. Rodrigues era radical a punto de afirmar, en una crónica de O Globo —mientras compara la producción literaria de países europeos con la brasileña—: “He aquí la verdad: en Brasil, el futbol ocupa el papel de la ficción”. Esta es la noción que llevó al límite en sus crónicas, en las que tomaba como antagonistas a los periodistas, a quienes llamaba “los idiotas de la objetividad”. Un buen ejemplo es la crónica sobre Mané Garrincha quien, debido a la lesión de Pelé, había sido el protagonista del Mundial de Chile 62 y, cuatro años después, ya con problemas de alcoholismo, era considerado por la crítica deportiva como un jugador retirado. Nelson Rodrigues describe su resurrección con colores fuertes:

“En la primera pelota que recibió [Garrincha], la gente empezó a reírse. Ahí tenemos el milagro. Se reía adivinando que Garrincha iba a hacer su gran aria, como en la ópera. Como se sabe, sólo el jugador mediocre hace futbol de primera. El crack, el virtuoso, el estilista, prende la pelota. Sí, él la cuida como a una orquídea de lujo. Fue una de las jugadas más histriónicas de la vida de Mané. Primero, saltó por encima de la pelota. Dio a entender que seguiría, pero no siguió. Salto para allá, para acá, con la delirante agilidad del 58. Allí estaba la pelota, inmóvil, impasible, sumisa al genio. Y a Garrincha lo único que le faltó fue apoyarse en las manos y hacer la vertical. […] Sin embargo, lo importante es que la multitud, neurótica como toda multitud, se reía, finalmente se reía. Y el sonido de 150 mil carcajadas se salía del Maracaná e invadía toda la ciudad. Era otra resurrección de Mané.”

La apoteosis o el fracaso del jugador de futbol, eso era lo que le interesaba al cronista; la vida que se exhibe en la cancha, lo que ocurre de singular y humano a lo largo de los noventa minutos. También por eso creía fundamental en el futbol la figura de un personaje que se ocupara del mundo anímico de los futbolistas. En una crónica en la que alude al carácter traumático de la derrota de 1950 se lee:

“De hecho, el futbol lo tiene todo, excepto su psicoanalista. Al jugador se le cuida la integridad de sus piernas, pero nadie se acuerda de cuidarle la salud interior, su delicadísimo equilibrio emocional. Sin embargo, consideremos: ya ha llegado el tiempo de atribuirle al crack un alma, que quizás sea precaria, quizás perecedera, pero que es incontestable. Los hinchas, los medios y la radio se importan con nimios y miserables accidentes. Por ejemplo: una simple distensión muscular produce titulares. Pero ningún periódico o locutor jamás se ocuparía de un dolor de cuernos que acometiera a un jugador y lo incapacitara hasta para hacer un saque de banda. […] El que gana o pierde los partidos es el alma. […] Y aquí pregunto: —Qué entiende del alma un técnico de futbol? No es psicólogo, no es psicoanalista, no es siquiera un cura. Por ejemplo, en el partido Brasil-Uruguay entiendo que un Freud sería mucho más eficiente a la salida del túnel que un Flávio Costa, un Zezé Moreira, un Martim Francisco”.

Rodrigues empieza su producción sobre futbol en una época contemporánea a la llegada de la televisión a Brasil. Su texto funciona como un mediador importante entre el partido de futbol y el lector. En muchos casos, hay que decirlo, ni siquiera el miope cronista había visto el partido, como en el Mundial del 50, en el que las noticias llegaban por vía radiofónica. Así, era su mirada o su imaginación la que producía en el lector la experiencia de la asistencia al espectáculo. Se puede decir que no hay hecho memorable de la época de oro del futbol brasileño que haya escapado a la mirada sagaz del cronista o, quizás más precisamente, no hay hecho futbolístico que no se haya convertido en memorable a partir de su escritura.

Además de su papel de mediador y creador, Nelson Rodrigues dio todavía otra contribución más. Se dio cuenta de que había algo en el deporte que tenía que ver con el sentimiento de nacionalidad de cada brasileño: hablar de futbol era hablar de Brasil como nación y de su autoimagen. Cuando la selección de 1958 embarcó en Suecia, periodistas e hinchas eran unánimes en la creencia de un fracaso inminente. Nelson Rodrigues, que años después habría de decir que “toda unanimidad es torpe”, escribió una crónica en la que no sólo hablaba de su optimismo ante la selección, sino también arriesgaba un diagnóstico sobre el estado de ánimo nacional: el brasileño tiene “complejo de perro callejero” y “le falta fe en sí mismo”. Para él, el trauma del año 50 estaba todavía activo y presente:

“Esta es la verdad, amigos: desde el 50 nuestro futbol tiene pudor de creer en sí mismo. La derrota frente a los uruguayos en la última batalla aún hace sufrir en la cara y en el alma a los brasileños. Fue una humillación nacional que nada, absolutamente nada, puede curar. […] Y hoy, si renegamos de la selección del 58, no lo dudemos: es porque la frustración del 50 aún está viva. Tal vez nos gustaría creer en la selección, pero lo que nos detiene es lo siguiente: el pánico de una nueva e irremediable desilusión”.

En la secuencia de su análisis, concluye que el problema del equipo brasileño no es técnico sino psíquico, y plantea el problema en términos freudianos, con el complejo del perro callejero: “la inferioridad en la que el brasileño se coloca, voluntariamente, frente al resto del mundo. Esto en todos los sectores y, sobre todo, en el futbol”. Finalmente, cierra el artículo con el conflicto al cual la selección brasileña se enfrenta, como si fuera un Hamlet angustiado.

Como se sabe, Brasil fue campeón en aquel Mundial de 58 y lo ha sido en cuatro más. La voz de Nelson Rodrigues estuvo presente en los tres triunfos inaugurales. Su gran mérito literario fue haber transformado en escritura tanto el movimiento de la pelota en la cancha como el alma del público. Para resumir, se dio cuenta de que lo que estaba en juego en un partido de futbol era mucho menos la búsqueda de la aniquilación del adversario que una pulsión colectiva, solitaria y compartida, irracional tanto en la victoria como en la derrota.