dimanche 12 octobre 2014

Danubio TORRES FIERRO/ Juan Carlos ONETTI

CLAVES DE RAZÓN PRÁCTICA
Juan Carlos ONETTI
Por Danubio TORRES FIERRO

Coincidiendo con los 10 años de la muerte de Juan Carlos Onetti, Danubio Torres Fierro rescata, para publicarla en la revista Claves de razón práctica nº 236, una entrevista que le hizo en el año 1974. Las respuestas son breves, el contexto de la entrevista no permitía más detalles, Onetti estaba cansado, delgado y ojeroso, recién llegado de Madrid, donde luego se exiliaría.


Esta entrevista fue hecha hace 40 años, cuando un Onetti quejoso por su vuelta  acababa de regresar de un viaje a España.

A nosotros, los mortales, inconsecuentes como somos, nada nos desconcierta más que la aparición de un espíritu consecuente. He ahí el rasgo fuerte de su persona que nos legó Juan Carlos Onetti (1909-2004): con la clausura y la seguridad en sí mismo de quien tiene raíces y se sabe asegurado por ellas, vivió una vida imperturbable como lo hacían aquellos que pertenecían a la estirpe acaso extinguida de los antiguos. Fue, de entre los numerosos escritores de la lengua que levantaron el mapa de una literatura, con la sola compañía de José Lezama Lima y de Juan Rulfo, y desde luego la de su paisano Felisberto Hernández, un apartado voluntario y hasta voluntarioso. Y su trayecto trazó un zigzag hecho de malentendidos reiterados que postergaron su difusión y le negaron hasta ya muy tarde el reconocimiento. Sólo en su exilio español, que ocurrió desde mediados de los setenta del siglo pasado en adelante, alcanzó el respeto –y el afecto– que merecía. Hasta el actual gobierno uruguayo, tan aplaudido por una prensa que reparte alegremente bendiciones y condenas, continuó fomentando los caprichos del (mal)trato que se le otorgó en vida al escritor: olvidó (¿deliberadamente, porque a Onetti no le gustaba comulgar con dogmas?) que en este 2014 se cumplen diez años de su muerte.

En un paso más en esta historia, las leyendas hablaban de un Onetti hosco y parco de palabras, que se encerraba en su casa, no recibía visitas y padecía periodos de angustia. Esa versión podía desdoblarse y fraguar otra, no menos válida que la anterior, que hacía puntualmente suyos los contrarios. Así, en una entrevista con un periodista chileno, éste le dijo que “a través de su obra se puede conformar una figura ideal de Onetti: amargo, burlón, escéptico, solitario, evasivo, gótico”, y el comentario inmediato fue: “Los seis adjetivos me parecen exactos; pero los seis antónimos respectivos también funcionan”.
Esta entrevista que aquí se rescata tiene una mínima historia propia. Fue hecha hace la friolera de cuarenta años, cuando un Onetti quejoso por su vuelta entonces inevitable acababa de regresar de un viaje a España que sería la llave de su futuro próximo, cuando el Uruguay se arrastraba hacia una época fúnebre y cuando este cronista preparaba lo que se convertiría en un exilio extendido. No podía haber circunstancia más deprimente. Onetti, aterido por el frío húmedo del invierno, delgado y ojeroso, me pidió que la entrevista fuera por escrito y breve. En un rincón de su oficina de la dirección del Departamento de Artes y Letras de la Intendencia de Montevideo, garabateé a las prisas unas preguntas que nacieron sobre todo inspiradas por un ejemplar de La vida breve que llevaba conmigo. La entrevista fue publicada el 4 de enero de 1974 en el suplemento “Diorama de la Cultura” del diario mexicano Excélsior, y allí quedó enterrada –antes de la llegada del internet y la globalización– hasta ahora. Es, creo, la única entrevista que aquel clima inhóspito que la vio nacer nos podía entregar.

Danubio Torres Fierro: Pongámonos al día. Aguilar publicó en México sus obras completas, se edita La muerte y la niña en Buenos Aires, se reedita El pozo en Montevideo y el sello Corregidor anuncia la próxima aparición de sus cuentos reunidos. Estos datos pueden serle indiferentes o pueden enorgullecerlo, pero lo que me importa ahora es recordar el camino que llega hasta aquí. ¿Cuál es, por ejemplo, la prehistoria y cuál la historia de Onetti, aclarando que la primera se extendería hasta 1939, fecha en la que se da a conocer El pozo?
Juan Carlos Onetti: Puntualmente contesto: hice periodismo, trabajé en un taller mecánico, traté de vender máquinas, soporté oficinas, soporté –y sigo– personas. En 1933 publiqué un cuento en un concurso (La Prensa, Baires). En 1935 escribí El pozo, editado después y por casualidad. Se acabó la paleolítica.

D. T. F.: En el capítulo V de La vida breve hay un pasaje que dice así: “Sobre el escritorio, la fotografía estaba entre el tintero y el calendario; las cabezas de los tres repugnantes sobrinos de la Queca esforzaban sus sonrisas a la espera del momento en que el hombre que me había alquilado la mitad de la oficina –se llamaba Onetti, no sonreía, usaba anteojos, dejaba adivinar que solo podía ser simpático a mujeres fantasiosas o amigos íntimos– se abandonara alguna vez, en el hambre del mediodía o de la tarde, a la estupidez que yo le imaginaba y aceptara el deber de interesarse por ellos.
Pero el hombre de cara aburrida no llegó a preguntar por el origen ni por el futuro de los niños fotografiados. […] No hubo preguntas, ningún síntoma del deseo de intimar; Onetti me saludaba con monosílabos a los que infundía una imprecisa vibración de cariño, una burla impersonal. Me saludaba a las diez, pedía un café a las once, atendía visitas y el teléfono, revisaba papeles, fumaba sin ansiedad, conversaba con voz grave, invariable y perezosa”. ¿Este hombre es verdaderamente Juan Carlos Onetti y sus singularidades, cuando han pasado veintitrés años, permanecen las mismas?
J. C. O.: La descripción es obra de un compañero de redacción. Se parece mucho (¿y quién se conoce?) al original. Hubo alguna alteración en los años pero lo fundamental continúa válido.

D. T. F.: Me acuerdo de que, cierta vez, usted me dijo que consideraba ¡Absalón, Absalón! como la obra maestra de William Faulkner. Yo diría lo mismo de El astillero en lo que respecta a Onetti. ¿Coincidiría o no?
J. C. O.: Coincidimos ambas veces. Pero La vida breve es más importante. Allí nació Santa María.

D. T. F.: ¿Qué haría Juan Carlos Onetti en Santa María, además de ejercer el papel de antipático ocasional?
J. C. O.: Estoy allí y firmo pasaportes.

D. T. F.: Proust, Joyce y Faulkner han sido señalados como imprescindibles por Onetti. ¿Por qué y qué de cada uno de ellos?
J. C. O.: No tenemos tiempo para que te escriba tres ensayos literarios.

D. T. F.: Otros tres nombres: Cortázar, García Márquez, Vargas Llosa. ¿Qué piensa Onetti de ellos?
J. C. O.: No entro en corral de ramas.

D. T. F.: En 1969 vi sentados a una misma mesa a Juan Rulfo y a Juan Carlos Onetti y me dije que no tendrían necesidad de hablar para comunicarse y conocerse porque, de seguro, moraban en un mismo mundo. ¿Me equivoqué? Y en ese mundo, para Onetti al menos, qué lugar ocupan el hombre, la soledad, el amor, la muerte, Dios?
J. C. O.: Absolutamente cierto. Los lagares varían según el clima, la salud, el amor, y las líneas que escribí ayer.

D. T. F.: Acaba de regresar de Madrid. ¿Cómo fue la experiencia? 
J. C. O.: Deprimente al volver. Es posible que acabe por allá, según ofertas corruptoras.

Danubio Torres Fierro es escritor.


Articulo: http://www.elboomeran.com 22/09/2014