dimanche 12 octobre 2014

José María ESPINASA/La poesía de Tomás SEGOVIA

LA GACETA
La poesía de Tomás SEGOVIA
Por José María ESPINASA

Con motivo de la reciente edición de la poesía completa de Tomás Segovia, la revista La Gaceta publica, en este artículo del nº525, la introducción del libro Cuaderno del nómada a cargo del editor José María Espinasa. Segovia nació en España pero a sus treces años ya era huérfano y vivía en México exiliado. Si bien no hizo del exilio un tema primordial en su obra, sí estuvo integrado en el grupo de exiliados hispanomexicanos. Esta recopilación de su poesía lleva por nombre el título de uno de sus libros Cuaderno del nómada porque simboliza la poética del autor, marca el tránsito de su condición de exiliado a la de nómada, no como "el que no tiene patria sino el que la tiene donde monta sus tiendas", principalmente marcado por dos épocas o ciudades: México y Madrid.

Tomás Segovia encarnó algunos de los mejores rasgos de las personas para las que —y gracias a las que— trabaja el Fondo: exiliado tras la Guerra Civil española, tradujo para nosotros a autores como Yates, Le Clézio, Febvre, Brading y Jakobson, y con el sello del FCE aparecieron estudios críticos del calibre de Poética y profética; hoy publicamos su poesía reunida, cuyo texto introductorio presentamos aquí


Tomás Segovia escribió poesía a lo largo de más de 70 años con una constancia realmente sorprendente. Fue ella la columna vertebral de su escritura desde que a los 15 años, allá en la década de 1940, descubrió su camino de escritor.

Él lo contó en repetidas ocasiones: fue en la escuela — la Academia Hispano-Mexicana, creada por el exilio español en 1940— cuando el elogio de un profesor a las composiciones presentadas a un concurso lo hizo entrar en esa vocación — nunca la llamaría carrera —. La anécdota, poco o nada excepcional, encierra sin embargo uno de los rasgos importantes de Segovia: escribir es siempre escribir para el otro.

Tomás Segovia nació en 1927 en Valencia, España, un poco por casualidad, pues su familia vivía en Madrid, y pronto se vio enfrentado a los sinsabores de la vida. Huérfano, fue tomado como un hijo por su tío, el doctor Jacinto Segovia, con cuya familia (claramente la suya en el sentido profundo) vive la guerra, sale al exilio, primero a Francia y después a Marruecos, en donde embarcará rumbo a México. Llegar a un nuevo país a la edad de 13 o 14 años caracterizó la manera de vivir el exilio de su generación, la llamada "hispanomexicana" (ésa es la designación que la crítica usa para referirse al grupo formado por Manuel Durán, Ramón Xirau, Nuria Parés, Tomás Segovia, Jomí García Ascot, Luis Rius, Gerardo Deniz, César Rodríguez Chicharro, José Manuel Pascual Buxo, Francisca Perujo, Angelina Muñiz Huberman y Federico Patán, todos ellos poetas, a los que habría que sumar algunos narradores — como Arturo Souto Alabarce y José de la Colina — y al crítico Blanco Aguinaga, en medio de la cual Segovia representa un caso aparte.

Si bien el escritor no hizo del exilio ni un tema ni una bandera, y más bien se empezó a ocupar del asunto con más constancia en las dos últimas décadas de su vida, también es cierto que a fi nales de 1940 y 1950 vive ese exilio, se podría decir que de manera típica, junto al grupo: los mismos temas, las mismas preocupaciones, las mismas lecturas, incluso se diría que las mismas vivencias. Participa en las primeras revistas del grupo y frecuenta algunas de las figuras tutelares del exilio en ese tiempo, en especial al pintor Ramón Gaya y al poeta Emilio Prados, a quien dedica sus primeros poemas y quien deja una huella notable en su sensibilidad y lo encamina a la lectura de un poeta central del siglo xx: Juan Ramón Jiménez.

Fue precisamente el autor de Espacio el que hizo que la poesía mexicana de entonces y la de los poetas españoles exiliados que llegaron ya formados, y sobre todo los que se forman aquí y se vuelven escritores en estos parajes, dialogaran intensamente, diálogo no exento, sin embargo, de conflictos entre las dos tradiciones. Pero fue tal vez Tomás Segovia el que más rápidamente mostró en la práctica que no eran dos sino una, la misma, y que los poetas del 27 y los Contemporáneos, los vanguardistas chilenos o peruanos, Borges o León de Greiff, formaban parte del mismo viaje. Y fue eso también lo que le permitió mirar a la literatura de otras lenguas: la francesa, la italiana, la inglesa.

Sabemos por varios de sus ensayos, y sobre todo por El tiempo en los brazos, su “cuaderno de trabajo”, que todo ello lo llevó a una refl exión intensa y rigurosa sobre las fuentes de la modernidad, una modernidad — hay que decirlo — distinta de la que habían puesto de moda las vanguardias, en especial el surrealismo.

Y ese sentido distinto lo encontró en la lectura del romanticismo. Segovia escribió en el prólogo a las Cartas a Clementina de Gilberto Owen que el poeta sinaloense escribió todo lo que escribió, incluso sus cartas adolescentes, con la conciencia de ser poeta, y que esa conciencia había que pedírsela a todo escritor que aspirara a serlo. Sin duda él en ese texto también se describía a sí mismo y a su conciencia de escritor. Uno de los detalles en que se manifiesta esto es su concepción del libro como conjunto y no como suma de poemas. Por eso es él mismo la principal guía para leerlo en el ordenamiento de su obra. En 1982 el Fondo de Cultura Económica publicó el volumen Poesía (1943-1976), primera recopilación de su obra poética. En ella incluyó prácticamente todo lo que había publicado, más varios libros de sus inicios que se habían conservado inéditos.

La forma escueta de titular el volumen, Poesía, acompañado de los años que acotaban el lapso en que fue escrito es significativa. No tanto que aceptara convencionalmente que la suma de cada libro se constituye en obra sólo gracias a la unidad que le dan el tiempo y el autor, sino que eso, el tiempo, era un elemento esencial de la literatura. En muchas ocasiones, aunque nunca escribió un ensayo sobre él, reflexionó sobre la obra de Marcel Proust y el ya mencionado cuaderno de trabajo, del cual entonces apenas se conocían algunos fragmentos publicados en revistas, se llama justamente El tiempo en los brazos.

La Poesía (1943-1997) publicada veinte años después, también por el fce, y de la que se parte para esta edición, reitera ese sentido. Si bien la idea y la vivencia del tiempo en la poesía de Segovia son particularmente densas y complejas, son sin embargo claramente cronológicas, lineales, no presentan complejidades estructurales ni saltos en su ordenamiento. De hecho el propio poeta, sin hacerlo evidente, marcó esa línea editorial, tanto en sus poesías reunidas (distinto es el caso de sus ensayos y narraciones) como en los libros sucesivos posteriores a ellas. De tal manera que el ordenamiento de sus poesías reunidas no presenta dificultad. Él hizo la organización del primer volumen mencionado, y del segundo, que amplía el rango cronológico hasta 1997.

Mientras el primero fue editado por el fce México el segundo lo fue por el fce España (aunque luego se reeditó en México). A ese volumen habría que sumar cronológicamente los libros que fue publicando en las editoriales Pre-textos (en España) y Ediciones Sin Nombre (en México).

La primera elección de esta edición fue, en cierta manera, en contra de lo que Segovia había hecho, dar un título a la edición. Quien repase los títulos de sus libros, desde aquellos de finales de 1940 hasta el último, Rastreos y otros poemas, encontrará en ellos a la vez un aire de familia y una voluntad de matiz, incluso algunos títulos muy parecidos. Lo dilatado de su obra hace que en efecto exista cierta diferencia entre los títulos más intelectuales, como Anagnórisis, Terceto, Cantata a solas o Partición, muchos de ellos con connotaciones formales, y los más bien descriptivos de un paisaje o un estado de ánimo — Noticia natural, Otro invierno, Misma juventud—, pero aun así conservan una clara unidad en su intención. El último de los títulos citados señala esa imposible condición que el poeta Segovia busca, pues no se escribe igual a los 20 años que a los 80, incluso si se escribe sobre lo mismo y se piensa de manera bastante similar.

Si bien Segovia apuesta por esa condición cronológica del tiempo, no la propone de manera causal: su linealidad está impregnada de azar, la línea recta, como en la geometría fractal, es todo menos recta.

Así, al preparar esta edición de su poesía reunida, que no tiene ni un carácter fi lológico o crítico ni la seguridad de llamarse “completa”, me permití escoger para su conjunto el título de uno de los más breves — si bien extraordinario — libros que publicó:

Cuaderno del nómada. No es un capricho, el libro simboliza perfectamente la poética del autor y su edición — un hermoso libro artesanal debido a las prensas del Taller Martín Pescador y a la sabiduría tipográfica de Juan Pascoe — de la manera en que fue leído. Creo que muy pocas veces un libro con un tiraje casi mínimo — Martín Pescador hace ediciones de 100 o 150 ejemplares — tuvo tanta influencia y fue tan comentado.

Por otro lado, la idea de “cuaderno” fue muy importante en su escritura, como lo muestra El tiempo en los brazos. La practicó cotidianamente en cafés y cuadernos que ahora conforman su archivo depositado en El Colegio de México. Escribía a mano en cafés sobre cuadernos que elegía con cuidado y atención, y su necesidad de escribir “en medio del bullicio del mundo” explica el porqué de esa vocación por el café. Una tercera y definitiva razón es que la fi gura del nómada, no el que no tiene patria sino el que la tiene donde monta sus tiendas, es sin duda central en su obra.

Tomás Segovia vivió en distintos países y ciudades del mundo, muchas veces por razones profesionales, otras por razones vitales — Montevideo, París, los Estados Unidos, Ría, Murcia, Culiacán — pero fueron la Ciudad de México y Madrid las que marcaron los extremos de su péndulo. Y de alguna manera la división en dos volúmenes está marcada por ellas, el primero México, el segundo España. Su vida en Madrid no representa un regreso a España, pues nunca se fue de México (aquí siguió publicando, aquí vivían sus hijos y, además, fue esa “distancia física pero no emocional” la que hizo que escribiera con inteligencia y penetración sobre la realidad mexicana en su columna “Cartas cabales”, primero en La Jornada, después en algunos otros diarios y al final en su blog).

No obstante, esa condición de nomadismo asumido marca dos épocas en su poesía. Creo que es muy importante el tránsito de la condición del exiliado a la de nómada, porque la condición elegida — nómada — le otorga al poeta una tranquilidad respecto a ese asunto y a esa vivencia. Me parece que es ilustrativo que ello le permitiera hablar sobre el exilio, asunto al que se resistió durante mucho tiempo, y que se le fuera volviendo algo más presente. Cuaderno del nómada extiende desde su primera edición en 1978, en una plaquette de menos de 60 páginas, su manto cobertor para volverse el título de la poesía reunida de más de 1500 páginas.

El primer tomo de la poesía reunida abarca desde sus primeros poemas hasta la publicación de Partición — que reúne tres libros —, y el segundo desde la publicación de Noticia natural hasta la publicación de tres poemas en un folleto editado por el ya mencionado Taller Martín Pescador, aparecido póstumamente unas semanas después de su muerte. El libro Rastreos y otros poemas, también aparecido de manera póstuma, fue entregado a Pre-Textos y Ediciones Sin Nombre antes de su fallecimiento.

La escritura de poemas fue para Segovia una constante en las dos últimas décadas de su vida. Sus libros ganaron en transparencia y dejaron atrás la elaboración arquitectónica de volúmenes como Anagnórisis o Cantata a solas (los dos libros corales de su bibliografía). La condición unitaria del libro, con un sentido propio y un signifi cado trabajado como tal — no una pura acumulación de poemas sino un organismo vivo — se mantuvo, pero ganó en sobriedad y sencillez, resultado también de que su dicción se volvió más transparente. El poema se volvió en cierta forma página de un diario. Las caminatas contemplativas, el acontecer cotidiano transformado en imagen del mundo, fue sustituyendo a las condiciones míticas del poeta con mayúscula y adquiriendo una mayor condición humana. Es evidente que en una obra tan dilatado el poeta pasa por distintas etapas, tonos, estilos. Y sin embargo, de los primeros  poemas escritos en la década de 1940 hasta los finales de 2011 hay una coherencia asombrosa.

Esto explica que la ordenación y recopilación de  su Poesía reunida no tenga gran difi cultad. La parábola que va de los primeros poemas que viven el paisaje a Rastreos, su libro final, pasando por Anagnórisis, considerado por la crítica si no su obra mayor, en todo caso sí la más ambiciosa formalmente, dibuja una elipse de una notable nitidez. Otro será el momento de detallar los cambios de tono, las variaciones de ritmo y léxico, el uso de la metáfora y la concepción particular de cada libro. Sin embargo, vale la pena señalar que si bien el dictado romántico del libro como unidad es extensivo a la totalidad de la Obra, entendida ahora con mayúscula, la situación en este caso no es tan sencilla.

Hay escritores a los que la vida y el mundo editorial les han permitido mal que bien planear sus Obras. El caso más signifi cativo entre nosotros es el de Octavio Paz. En parte también el de Alfonso Reyes, que más o menos diseñó la estructura a la que debería responder y contó con discípulos y estudiosos notables que pudieron llevarla a cabo hasta el final, incluyendo los Diarios actualmente en proceso de edición. Hay otros escritores cuyas obras reunidas son fruto del trabajo de comentaristas y editores con mayor o menor fortuna.

En el caso de Segovia creo que esa idea totalizadora de la obra si bien estaba muy presente en cada una de sus páginas como preocupación vital, no lo estaba como hecho concreto editorial. En sus Ensayos, reunidos en tres tomos en 1990, se limitó a publicar los dos primeros libros en el volumen inicial — Contracorrientes y Actitudes—, y a sumar en los dos siguientes los textos dispersos con una coherencia temática.

Para las dos ediciones de su Poesía ordenó cronológicamente lo publicado, que responde casi sin variantes a la cronología de la escritura. En esta ocasión, en la que se le agrega el calificativo de reunida, se ha hecho lo mismo. El de completa nos parece aún prematuro, habrá que esperar a los trabajos que se realicen sobre su archivo, depositado en El Colegio de México, y a las investigaciones hemerográfi cas sobre poemas sueltos publicados en revistas y no recopilados en libros.

Son necesarios, sin embargo, dos señalamientos. El primero tiene que ver con unas vertientes de su poesía a la que él llamó Bisutería, para sugerir su condición de joyas de abalorio, que pueden ser muy vistosas y llamativas, pero sin un valor real. Allí reunió recados en verso, pastiches, imitaciones, bromas literarias, acrósticos, abanicos, epigramas, bromas y todo tipo de poemas de circunstancia. Siempre tuvo reticencia de incluirlo en su Poesía (no lo hizo en la primera recopilación y sí lo hizo en la segunda).

El volumen que reúne esa Bisutería es de una extensión considerable. Cuando apareció la edición de 1998 los comentaristas señalaron que encontraban en esa bisutería algunos de los mejores poemas de Segovia y un tono que les atraía particularmente. Creo que tienen razón. Segovia se volvió, o lo fue desde un principio, un consumado conocedor de la métrica castellana y algo conocía de la italiana, la francesa e inglesa. Eso le permitía esos juegos formales realmente llamativos. Por ello se incluye al final de este libro.

También merece una explicación una licencia tal vez menos justificada: la inclusión en su Poesía reunida de Zamora bajo los astros, obra de teatro en verso. No se trata de un texto prescindible. Para Segovia el teatro siempre fue un polo de atracción muy fuerte. Escribió sobre teatro, tradujo mucho para el escenario y al menos dos de sus libros — Anagnórisis y Canta ta a solas— son perfectamente representables, si no con personajes sí con voces. Zamora bajo los astros fue su única obra dramática, con la particularidad además de que está escrita en verso. En sus ensayos y en sus clases y seminarios reflexionó sobre la importancia que tiene para el español el verso de Calderón y de Lope de Vega. Para el poeta fue muy importante ese libro, mismo que tuvo al final de su vida una reedición y se representó en España. Pienso que lo fue sobre todo para su poesía y para la concepción que desarrolló del verso como recurso, y que su lugar pertenece a este volumen.

Tomás Segovia murió pocos días después de retornar a la Ciudad de México, después de un homenaje que había incluido lecturas en Monterrey, Morelia, Aguascalientes, San Luis Potosí y el D. F. Si hizo de la lucidez uno de sus puntos cardinales, ésta le correspondió hasta el último momento. En los homenajes se le veía, más allá de los achaques de la enfermedad, contento con su público y sus lectores, y parecía sobreponerse a las dolencias al decir sus poemas. Fue un ejemplo encarnado de la vitalidad de su poesía.

Después de su fallecimiento apareció Rastreos y otros poemas, el libro con el que concluía su obra. Cuando lo escribió tenía plena conciencia de que sería casi con entera seguridad su último libro. Pero su tono es absolutamente novedoso. Que un poeta se pueda reinventar en tono y atmósfera a los 84 años es asombroso. A la vez Rastreos es un libro final, no un testamento pero sí un testimonio. Fue también un resultado natural de una poesía cada vez más decantada y transparente.

El poeta sigue el rastro de ese otro que fue y nunca dejó de ser él mismo. Y son a la vez todos sus lectores, sus lecturas, sus textos. El rastro (¿el rostro?) no tiene pasado ni futuro, adelante o atrás, es siempre un “por venir”.

Todavía alcanzó a empezar otro poemario del cual pasó en limpio tres poemas que se incluyen aquí como posdata de toda su poesía. Con ellos se cierra de manera particularmente luminosa este libro habitado por la luz.


José María Espinasa es ensayista, poeta y editor; tuvo a su cargo la edición de la poesía reunida de Tomás Segovia, de próxima aparición.


Articulo: http://www.elboomeran.com 07/10/2014