dimanche 12 octobre 2014

Rodrigo HASBÚN/ Rodolfo WALSH, ese hombre

Perfil
Rodolfo WALSH, ese hombre
Por Rodrigo HASBÚN

El escritor Rodrigo Hasbún recorre en este artículo de la Revista Dossier 24 la vida del periodista y escritor argentino Rodolfo Walsh. Desde sus últimos minutos de vida antes de desaparecer a manos de los militares en 1977, rememorando su infancia en internados, sus largos períodos de silencio, su compromiso con la sociedad y los países en conflicto, como Chile, Cuba, Palestina, sus crónicas sociales, su obra más importanteOperación Masacre, y otros detalles que van armando pieza por pieza el genio y figura de Rodolfo Walsh.


«No te olvides de regar las lechugas», le dijo ella –Lilia, su cuarta esposa– desde el otro lado de la calle. Él levantó la mano, sonriendo, antes de perderse entre el gentío.

Era viernes y era marzo y era 1977 y la dictadura de Videla venía diezmando salvajemente a los compañeros de lucha. En un repliegue necesario, los dos vivían hacía meses en una casita que habían comprado en San Vicente, cincuenta y tantos kilómetros al sur de Buenos Aires. Ahí, lejos, él se disfrazaría de profesor jubilado. Ahí, después de tanto, volvería a escribir cuentos –incluso ya había comenzado alguno– y también, ojalá, un libro de memorias o la novela tanto tiempo postergada. Pero ese día había sido convocado y no quiso negarse. Ignoraba que la cita estaba entregada.

En el trayecto despachó a distintos medios algunas copias de su carta a la Junta Militar («La censura de prensa, la persecución a intelectuales, el allanamiento de mi casa, el asesinato de amigos queridos y la pérdida de una hija que murió combatiéndolos, son algunos de los hechos que me obligan a esta forma de expresión clandestina»), que el día anterior había celebrado su primer aniversario. Todo parece tan ajustado como en sus mejores textos y no cuesta tanto pensarlo a él mismo como su personaje más entrañable.

Era viernes y era marzo y era 1977 y estaban a punto de desaparecer a Rodolfo Walsh. Hay varias definiciones posibles de ese hombre. Las más extendidas son la del escritor, periodista y militante de izquierda que llevó su compromiso hasta las últimas consecuencias, y la de autor de Operación Masacre (1957), un maravilloso experimento donde se entremezclan la investigación rigurosa y las técnicas narrativas más sofisticadas, para muchos el primer libro de periodismo literario no solo en nuestro idioma sino en cualquiera (Capote recién publicaría A sangre fría nueve años después). Definiciones alternativas deberían señalarlo como uno de los mejores cuentistas argentinos del siglo XX, como audaz traductor y practicante del género policial, como diarista implacable y como intelectual inquieto que ocupó posiciones encontradas a lo largo de su vida.

Existe la costumbre de leerlo bajo la luz única de los setenta y es difícil, desde ahí, llegar a todo lo que fue Walsh: las partes no siempre cuadran, algunas de sus definiciones terminan anulándose entre sí. Estos apuntes son un intento de acercar al hombre que matiza o contradice la figura heroica y un poco plana que se ha construido en su nombre. Son también una breve aproximación a lo que escribió.

Descendiente de irlandeses, había nacido cincuenta años antes de su última caminata (en Choele-Choel, «que quiere decir “corazón de palo”. Me ha sido reprochado por varias mujeres », escribe él; en Lamarque, corrige el biógrafo
Eduardo Jozami). Su padre, mayordomo de una finca y jugador de cartas contumaz, había decidido independizarse en el peor momento posible y la crisis de los años treinta acercó la desgracia a la familia. Rodolfo y uno de sus hermanos fueron enviados a un internado de monjas donde se iniciaron en el largo y duro aprendizaje de las jerarquías y la autoridad.

En «El 37», un texto precioso sobre ese tiempo, su padre los visita un domingo. «Nos dejaron salir a la quinta contigua, sentarnos en el pasto. Abrió un paquete, sacó pan y un salame, comió con nosotros. Sospeché que tenía hambre, y no de ese día», escribe Walsh, y añade hacia el final: «Hubo otras mudanzas, buenas y malas. La felicidad no estaba perdida para siempre: solo había que tomarla con cautela, sin quejarse cuando se esfumaba de golpe. Empezaba a probar el sabor de mi época, y eso era una suerte.» Me gusta pensar que en esas líneas aparece cifrada una de las claves de su vida y obra: las intermitencias de la felicidad propia –que se pierde y se recupera y se vuelve a perder sin mayores avisos– no están desligadas de las intermitencias de la época, son zonas que a menudo se condicionan y atraviesan. Esa trama de afectos seduce al niño sin casa (al hombre que lo recuerda y escribe sobre él), al hijo de diez años que se enfrenta al desamparo de su padre, al futuro escritor que, aun sin saberlo, empieza a prestar atención no solo a lo que tiene dentro suyo sino también alrededor. Tres años después lo enviaron a un internado más brutal, esta vez de curas. Sobre ese tiempo escribiría luego algunos de sus cuentos más hermosos.

Pero volvamos a la escena inicial.
Walsh llevaba meses divergiendo por escrito con la conducción de Montoneros, organización armada a la que pertenecía desde 1973. Los instaba a aceptar la derrota militar para dar paso a la resistencia y a la lucha por otros medios, ya no los de la violencia. Eran llamados a la sensatez, llamados urgentes que la conducción ignoró.

Ese día de marzo de 1977 acudía a la cita por razones personales: quien lo convocaba era la viuda de uno de los chicos caídos junto a su hija Vicki. Esto es más difícil de ver, pero el militante que caminaba hacia su muerte era también el magistral narrador y cronista que no escribía hacía diez años. Esa última caminata resulta aun más trágica porque justo entonces estaba logrando desentenderse al fin del más largo de sus silencios.

Había habido otros. Había habido también un borramiento paulatino de la frontera entre la escritura y la vida. Cuenta Walsh: «La idea más perturbadora de mi adolescencia fue ese chiste idiota de Rilke: Si usted piensa que puede vivir sin escribir, no debe escribir. Mi noviazgo con una muchacha que escribía incomparablemente mejor que yo me redujo a silencio durante cinco años. Mi primer libro fueron tres novelas cortas en el género policial, del que hoy abomino. Lo hice en un mes, sin pensar en la literatura, aunque sí en la diversión y el dinero. Me callé durante cuatro años más, porque no me consideraba a la altura de nadie. Operación Masacre cambió mi vida. Haciéndola, comprendí que, además de mis perplejidades íntimas, existía un amenazante mundo exterior. Me fui a Cuba, asistí al nacimiento de un orden nuevo, contradictorio, a veces épico, a veces fastidioso. Volví, completé un nuevo silencio de seis años. En 1964 decidí que, de todos mis oficios terrestres, el violento oficio de escritor era el que más me convenía. Pero no veo en eso una determinación mística. En realidad, he sido traído y llevado por los tiempos; podría haber sido cualquier cosa. (…) Pienso que la literatura es, entre otras cosas, un avance laborioso a través de la propia estupidez».

Eso, entonces: una vida signada por el silencio, mientras el hombre callado confronta su propia estupidez. Eso: la mirada fría, de una precisión quirúrgica, que ese mismo hombre logra conservar cuando mira hacia sí mismo.

La época en la que escribió ese texto, a punto de cumplir cuarenta, fue la más productiva en términos literarios. Al volver de La Habana, donde había ayudado a fundar y dirigir la agencia de noticias Prensa Latina, se aisló en una casita en el Tigre, a orillas del río Carapachay. Por entonces lo acompañaba su tercera esposa, Pirí Lugones, nieta del poeta, hija del torturador, mejor amiga de Poupée, su segunda esposa, que había sucedido a Elina, madre de sus dos hijas. Aislado, a mediados de los sesenta, Walsh escribió las obras de teatro La granada y La batalla –sátiras de la vida militar, una anticipación absurda del infierno que se avecinaba– y los libros Los oficios terrestres y Un kilo de oro, que suman diez cuentos en total.

Varios de ellos («Nota al pie», «Fotos», «Esa mujer», «Irlandeses detrás de un gato», «Los oficios terrestres») sin duda merecen la mejor compañía en la cuentística argentina y latinoamericana, digamos la de Borges y Cortázar, o la de Ribeyro, Lispector y Rulfo. Ahí están el rigor en cada frase y el privilegio de una voz propia que, sin embargo, sabe atenuarse para dejar oír la de otros, la exploración de la vida en la provincia y la de algunos rincones ocultos de la urbe, la empatía por los personajes desposeídos, la rabia y la contención, el lirismo, la intensidad.

Cuando Walsh abandonaba su silencio, eso es lo que invariablemente había, escribiera lo que escribiera. Y mientras anoto esto me doy cuenta de que nunca tuve un libro de Walsh. Nunca tuve un libro de Walsh, anoto, y la frase me resulta un poco desoladora. Los he leído todos, algunos más de una vez, pero siempre sacados de alguna biblioteca.

¿Es cierto que ya no circulan sus libros, al menos fuera de la Argentina? ¿Se está volviendo, se ha vuelto ya, un autor de archivo, un espécimen raro en el museo latinoamericano del horror? ¿Alguien del que más o menos todos saben algo pero al que pocos han leído? ¿La obra terminó diluyéndose en la vida? ¿Es la última consecuencia del borramiento que practicó Walsh, el reverso inevitable de ese borramiento? Diez años antes de aislarse en el Tigre, una noche de diciembre de 1956, le dijeron en un bar de La Plata que había un fusilado que vivía. Esa frase, tan resonante en los oídos de alguien que supiera oírla, lo estremeció. Tres días después entrevistó a Juan Carlos Livraga, el fusilado, y dio inicio a la investigación de las operaciones con las que el gobierno de la autodenominada Revolución Libertadora –dictadura cívico-militar que en 1955 derrocó a Juan Domingo Perón– habría buscado aplacar un intento de levantamiento.

La estupenda (y walshiana) cronista Leila Guerriero narra así lo que sucedió entonces: «El hombre, que hasta diciembre había sido periodista cultural y traductor, fue, de pronto, esto: alguien que, para seguir con esa investigación, cambió de identidad, consiguió cédula falsa y un revólver, se fue de su casa. A lo largo de semanas, de meses, Walsh buscó, rastreó, averiguó y encontró a dos, a cuatro, a siete sobrevivientes. Publicó la historia, primero, bajo la forma de artículos, y no en las refinadas paginas de Leoplán o Vea y Lea, sino en los únicos medios que se atrevieron a hacerlo: semanarios y hojas gremiales, a veces peronistas, a veces de derecha, en las antípodas de su propio pensamiento (Walsh no era, por entonces, peronista) pero poco le importaba porque lo que Walsh quería era decir: que se supiera».

Operación Masacre demostraría que los fusilados eran en realidad inocentes. Demostraría además que era posible hacer un periodismo que ambicionara tanto como la mejor literatura y que usara todos sus recursos sin necesidad de pedirle permiso a nadie. Juntando una historia inaudita, el manejo de la intriga del escritor de cuentos policiales, la investigación a fondo del periodista experimentado, la sensibilidad del estilista que confía en las palabras y el talento enorme de alguien que sabía oír y mirar, de un hombre que se atrevía, el resultado fue ese libro vertiginoso, que insertaría a Walsh en el presente y lo forzaría a intervenir. Lo hacía bajo los mandatos de una fuerte vocación cívica, siguiendo la figura del periodista justiciero que confronta el discurso del poder, apuntando hacia los culpables y exigiendo un castigo. El Walsh que publica esos artículos, y el que luego arma un libro a partir de ellos, todavía cree que algo va a lograr.

Aparte de la transformación personal y del descubrimiento de una nueva forma de escritura –que vuelve a practicar poco después en otra investigación, El caso Satanowsky–, no logra nada de nada. Lo dice él mismo en el epílogo de la segunda edición de Operación Masacre: «Los muertos, bien muertos; y los asesinos, probados, pero sueltos». Ante eso, claro, sobrevendrían el desencanto y un nuevo silencio.

Solo años después retomaría el oficio perdido de la crónica. Recopiladas luego en El violento oficio de escribir, varias de las suyas podrían contarse fácilmente entre las mejores que se hayan escrito en el idioma. De una agilidad y una hondura notables, no solo obedecen al viejo imperativo de hacer visible lo invisible, sino además al de cuestionar los motivos de la invisibilidad y, de nuevo, al de confrontar a los responsables, aunque ahora desde un registro más cotidiano.

Walsh, el Walsh de estas crónicas escritas entre 1966 y 1968, es el cronista que se pregunta por el origen de las cosas y que las investiga a fondo, hasta desentrañar su procedencia. De dónde viene este pedazo de carne, se pregunta por ejemplo antes de internarse durante semanas en un matadero municipal, donde convive de cerca con los matarifes. De dónde viene la luz de mi casa, se pregunta antes de instalarse en una generadora eléctrica para acercarse a las dificultades que enfrentan a diario los técnicos a cargo de iluminar la ciudad. En todos los casos, su manera de llegar al corazón de esos fenómenos es atendiendo a las personas involucradas, los hombres y las mujeres que permiten que el mundo siga funcionando.

Walsh, el Walsh de esta serie, es el cronista que recorre las ciudades debajo de la ciudad, el que descubre los países enterrados en la imagen arbitraria y superficial de un país. Por sobre todo, durante esos viajes se dedica a oír a los otros, a entender el lugar desde donde hablan. Las crónicas de esos años, tan adelantadas a su tiempo y tan inquietantes aún ahora, están llenas de gente: leprosos recluidos («La isla de los resucitados»), agricultores caídos en desgracia («La Argentina ya no toma mate», «Viaje al fondo de los fantasmas»), los que frecuentaron en Misiones a Horacio Quiroga («El país de Quiroga»). Están llenas también de datos siempre contundentes y de una poesía incómoda, difícil, ejemplar.

A esa escritura de lo social, al mismo tiempo, le antepone otra más secreta, que sucede en las orillas de una tradición opuesta a la de la crónica. Dice Blanchot que los diarios son el lugar donde los escritores escriben sobre lo que no escriben. Dice Canetti a su vez que «los escritores felices» son aquellos que siempre tienen algo que decir. El diario que Walsh empezó a escribir a sus treinta y tantos revela al escritor infeliz que a partir de cierto momento solo tiene mucho que decir sobre aquello que no puede decir. Intenta explicárselo una y otra vez, pero al final solo hay un hombre hablando a solas, un hombre rumiando en silencio sobre su silencio, intentando convencerse de que en verdad ha dejado de interesarle escribir más cuentos o crónicas o esa novela que tanto se espera de él y por la que ya le han pagado una suma cuantiosa.

En el diario nos acercamos al convencido que duda, al hombre severo que cae en falta, al que también intenta oírse a sí mismo. Walsh se humaniza en esas páginas, cobra espesor: cuando va de putas («Tenía el vientre abultado. Hay pensamientos de placer en la maldad, coger a una niña embarazada de 16 años, empujar hasta el fondo y sentirse un maldito, que se joda, jodámonos todos»), cuando alguna crítica a su trabajo lo atormenta durante semanas («Me molestó lo que dijo Raimundo, que yo escribía para los burgueses.

Pero me molestó porque yo sé que tiene razón, o que puede tenerla»), cuando busca ser distinto («Que alguien me enseñe a cantar y a bailar. Que alguien me desate la lengua. Que yo pueda hablar con la gente, entonces podré hablar de la gente. Que alguien me cauterice esta costra de incomunicación y estupidez»), cuando acepta su vulnerabilidad mientras le escribe a su hija Vicky («Nosotros morimos perseguidos, en la oscuridad. El verdadero cementerio es la memoria.

Ahí te guardo, te acuno, te celebro y quizás te envidio, querida mía»), cuando indaga con una impotencia enorme sobre la rabiosa confluencia de la literatura y la política, y sobre el lugar de la escritura en una vida de militancia como la que ahora lleva. Su hija Patricia resume lindo el cuestionamiento incesante que para su padre surge en ese cruce: «… cómo se escribe, se escribe igual o se escribe distinto, para quién se escribe, cómo se escribe, cuándo se escribe y finalmente, ¿se escribe?, porque si uno tiene que estar haciendo tantas otras cosas, habría que ver si se escribe, y si se escribe habría que ver si se puede escribir».

La búsqueda de justicia, la lenta transformación ideológica, la suma de desencantos, un nuevo llamado al silencio y el azar coincidieron para que desde 1968 su vida fuera otra cosa y para que Walsh, además de escritor que no escribía, pasara en los próximos diez años a ser creador y director del semanario sindical CGT de la Confederación General del Trabajo de los Argentinos (donde publica una tercera y última investigación, ¿Quién mató a Rosendo?), militante de las Fuerzas Armadas Peronistas y más delante de Montoneros (donde organiza el Departamento de Inteligencia, del que se hace cargo), creador del diario Noticias, de la Agencia Clandestina de Noticias, de una escuela de periodismo en villas miseria y de la Cadena Informativa, que involucra a la sociedad civil en la difusión noticiosa.

Walsh se desentiende por completo de la institución literaria, de su superficialidad, de sus mezquindades, de su elitismo. Quiere llegar a la mayor cantidad de gente posible y estas son iniciativas de gran alcance popular. Mientras tanto, todo va ensombreciéndose alrededor. Los últimos son años de clandestinidad y de una pérdida tras otra, hasta llegar a lo del principio: la divergencia con la conducción de Montoneros, el repliegue personal a una casita en San Vicente, algún cuento empezado después de tanto, y esa última caminata por la ciudad.

«No te olvides de regar las lechugas», le dijo ella –Lilia, su cuarta esposa– desde el otro lado de la calle. Él levantó la mano, sonriendo, antes de perderse entre el gentío. Anota en su diario, en agosto del 69: «Tengo que recrear los hábitos, las circunstancias materiales. Un lugar agradable para trabajar, una división armoniosa entre lo que debo a los demás, y lo que a mí mismo me debo». Anota en diciembre del 70: «No quiero decir que dentro de poco voy a tener 44 años. Pirí se dio cuenta antes que yo: “Has dejado de ser un escritor” dijo la última vez. Era un elogio, eso la emocionaba. ¿He dejado? ». Anota en febrero del 71: «Nos vinimos a la quinta donde fantaseaba con escribir al sol, terminar los trabajos empezados, desatarme un poco de las cosas que me traban. Pero en realidad lo más importante que he hecho es dormir y jugar al póker. (…) Si digo que no pude terminar la traducción, proseguir el cuento, escribir algunos artículos, averiguar ciertas cosas, planear mi futuro, ni siquiera mantener una apariencia decente de trabajo, estoy dando una medida de la extensión de mi crisis. Pero no toda la medida».

Hay otros Walsh. El que viaja a Palestina y escribe extensos reportajes en contra de la represión ejercida por el Estado israelí. El que también reportea desde Chile o Bolivia. El que se enseña a descifrar mensajes secretos y lo hace al final de su estadía en Cuba, detectando antes que nadie los planes de la invasión de Bahía Cochinos. El que publica una crónica al respecto, sin notificarlo antes al régimen cubano, y se mete en problemas que aceleran su salida del país. Hay, también, el Walsh más personal, el mujeriego, el jodón. El que al volver de Cuba pone un mapa de La Habana en una pared de su casa y un mapa de París, donde nunca ha estado, en otra. El que vende antigüedades, el que intenta aprender japonés. El que llora un día entero al enterarse de la emboscada a su amigo Urondo, según cuenta su amigo Gelman. El que les escribe cartas a los muertos. El que admira a Borges y, más adelante, el que lo desprecia. El dormilón, el que nunca tiene un peso. El que ama el río y la pesca.

Estas son algunas de las cosas que quería ese hombre (lo anota en su diario en marzo de 1972): «Lilia mis hijas el trabajo oscuro que hago los compañeros el futuro los que no obedecen los que no se rinden los que piensan y forjan y planean los que actúan el análisis claro la revelación de lo escondido el método cotidiano la furia fría los títulos brillantes de mañana la alegría de todos la alegría general que ha de venir un día la gente abrazándose la pareja en su amor la esperanza insobornable la sumersión en los otros».

Eso, entonces: Walsh o la literatura (y la vida) como un ejercicio de sumersión en los otros pero también, no olvidarlo, como un avance laborioso a través de la propia estupidez. En esa conjunción inusual es quizá donde sea posible encontrar su mejor definición. Todo parece indicar que fueron una misma cosa para él.

El escritor boliviano Rodrigo Hasbún ha publicado los libros de cuentos Cinco y Los días más felices, y la novela El lugar del cuerpo.


Articulo: http://www.elboomeran.com 12/09/2014

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