dimanche 28 décembre 2014

Alberto GONZALEZ PASCUAL/ Imperialismo digital: la fantasía política de nuestro tiempo

Imperialismo digital: la fantasía política de nuestro tiempo
Por Alberto GONZALEZ PASCUAL

La actual crisis del capitalismo se está intentando subsanar con viejas fórmulas hegelianas que regeneren la idea de imperio. En este caso, mediante una alegoría sobre el poder de cambio de Internet.

“Aquí en Grecia, un país que ha visto la realidad de las consecuencias humanas de la crisis. Un país que tiene mucho que ganar si nos convertimos en un continente competitivo conectado. (…) Hoy día, Internet ha transformado ya gran parte de nuestro mundo. No obstante, aún se puede mirar hacia los que serán los cambios del mañana, la forma de Internet en el futuro. No es solo una nueva plataforma, sino un trampolín para el crecimiento económico, en Grecia y en toda Europa. Caminando en la escena son cuatro los personajes principales. La nube, los datos, el Internet de las cosas, y las redes ultrarrápidas. (…) La nube por sí sola podría generar casi un trillón de euros en 2020. (…) Nunca olvidemos lo que este cambio puede significar para nuestra economía. Nunca olvidemos lo que este cambio puede significar para los pueblos de Europa, para todos los europeos”.

Neelie Kroes1.


PROMESAS DEL SUBLIME DIGITAL

Una de las ideas contemporáneas que más ha logrado profundizar en la mentalidad de nuestra época, insertándose probablemente en la larga duración2 que conceptualizó el historiador francés March Bloch, es la que expone a Internet como la tecnología más rápida y eficaz de todos los tiempos para comunicar y multiplicar los conocimientos de todos los seres humanos que habitan nuestro planeta. Pero se trata, bajo mi punto de vista, más de una promesa política mal entendida e inacabada que de un proceso histórico con auténtica capacidad emancipadora. La creencia de que los usos que billones de personas hacen de la red digital es virtuosa y necesariamente los transformará en un público más consciente y mejor informado, necesita ser revisada si se aspira a entrar en una fase de evolución histórica donde abunde la creatividad asociada a un proyecto distributivo de prosperidad universal, tanto material como moral.

Para realizar una crítica sobre el estado de esta cuestión resulta pertinente partir de la clasificación que ha realizado Robert W. McChesney3 basado en dos grupos de pensadores y expertos tecnólogos con tesis contrapuestas. Por un lado, los optimistas utópicos (celebrants). Y por otro, los realistas escépticos (skeptics).

Si revisamos los preceptos de los primeros, los celebrants4, nos encontramos con un discurso colmado de creencias que asocian múltiples valores sociales con connotaciones trascendentales, casi místicas, al potencial que posee Internet para hacer evolucionar la conciencia humana y la organización social. De entre todas las consideraciones que manejan, he sintetizado las siguientes expectativas:

Las generaciones de los más jóvenes, especialmente desde los Millennials5 en adelante, serán capaces de gestionar los medios digitales y la diversidad de herramientas de las Tecnologías de la Información para consumir, producir y compartir todos los modos de producción cultural de un modo más libre, crítico y creativo que sus antepasados. Esa gestión, al tener componente social muy enraizado, provocará que tengan acceso a una plusvalía de conocimientos sin precedentes, donde el modo colaborativo (consistente en sumar experiencias y habilidades de una multitud de individuos culturalmente diferentes bajo una lógica de enriquecimiento colectivo no necesariamente material, sino con una dimensión ética muy marcada) traerá cambios multilaterales y mejoras pluridisciplinares más rápidas y profundas que en épocas históricas anteriores.

En el campo de la ciencia aplicada, como efecto del nuevo umbral de conectividad tecnológica a escala global fruto del desarrollo de plataformas digitales colaborativas y la reducción drástica de sus costos, es esperable una creciente aceleración en los descubrimientos, abriéndose una ruta nueva para la democratización en la participación e interacción consciente entre los miembros de la esfera científica y el conjunto de la opinión pública.

En el trabajo, las aptitudes y actitudes de las personas para trabajar en equipo y ejecutar estrategias sociales derivadas de conductas como la cooperación, el altruismo y la solidaridad, se verán facilitadas e incentivadas por la propia inercia del funcionamiento y uso de las herramientas sociales de Internet, junto a la distribución equitativa de conocimientos y el prestigio social que estas posibilitan. Quedando progresivamente aisladas y corregidas las conductas inmorales, egoístas y tramposas.

El potencial de Internet para producir crecimiento económico a través de la innovación está únicamente en su fase inicial. Una vez más, de la combinatoria de los modos de interacción social, la escala de participación mundializada y la acumulación de saberes, surgirán oleadas incesantes de nuevos bienes y servicios que permitirán que el ritmo del progreso sea continuo y ultrarrápido.

Dicho progreso, económico y tecnológico, permitirá cerrar las distancias materiales entre las economías más ricas y las más pobres, igualando a toda la humanidad con un grado de prosperidad relativa.

Como dividendo de todos los factores anteriores, la participación política y la diseminación de los valores democráticos sufrirán una explosión de tal dimensión en su asimilación cultural que conllevará una transformación correctiva de las instituciones sociales y las estructuras políticas de representación. Así, tendrá lugar una creciente apertura y transparencia funcional e informativa de la esfera política y financiera, lo que permitirá un seguimiento por parte de la ciudadanía de las prácticas ejercidas por sus líderes, siendo cada vez menos posible manipular el pensamiento del pueblo, mantener a salvo los regímenes totalitarios, ocultar delitos, no detectar prácticas corruptas y perpetuar privilegios para las élites.

Las comunidades sociales se convertirán en foros alternativos de influencia sobre la opinión pública, sirviendo de contrapeso a la concentración de los medios de comunicación y al control institucional practicado por el statu quo. El resultado de todas estas relaciones será una tipología de sociedad más justa y cohesionada. En la orilla opuesta a estas expectativas de reafirmación del modelo de democracia liberal, surgen los escépticos6. Realistas en su aproximación a las posibilidades de reforma social, política y económica que Internet puede traer a la historia. Alejados de la ingenuidad de no contemplar las contrapartidas de la evolución tecnológica, e incrédulos ante los discursos bienintencionados que confían en que la economía política capitalista se verá definitivamente reconducida hacia unas posiciones de sostenibilidad civilizatoria.

Sus argumentos los he resumido del siguiente modo: Los usos populares de Internet y las Tecnologías de la Información y su relación con el consumo de masas, pese al acceso a millones de recursos para el aprendizaje y el desarrollo, no estarían construyendo una sociedad más culta y bien informada, sino desencadenando un flujo de desalfabetización cultural en determinas clases sociales. De manera que la ignorancia y el abandono o desuso de ciertos tipos de conocimiento, desvalorizados por la lógica del mercado y su hegemonía sociocultural, se estarían contagiando como si fueran virus biológicos. Los más jóvenes serían los más afectados por los virus, desacreditando la creencia propagada de que serán las generaciones más inteligentes y con más oportunidades de autorrealización gracias a su condición mítica de “nativos digitales”.

El modo cognitivo mediante el cual Internet se está asentando en la mente del individuo, determinado por el uso compulsivo de buscadores y ranking de resultados adaptados a nuestras preferencias ex-ante, puede provocar que el mundo de referencia para nuestra conciencia termine estando preconcebido mayoritariamente por los gustos de otros, generando un ciclo de retroalimentación cada vez más implosivo, centrifugando millones de opciones por no formar parte de las tendencias más consumidas, que a su vez son las que se nos venden camufladas como “nuestros auténticos deseos particulares y únicos”. La creatividad, el ingenio y la experimentación pueden sufrir una seria contracción provocada por el hábito de hacerse demasiado dependientes de la conectividad integral a toda la producción de conocimiento, eliminando de la lógica científica los descubrimientos inesperados o casuales que surgen por llevar a cabo una experimentación ciega. Al mismo tiempo, esta hipertrofia de conectividad suscita un debilitamiento tanto de nuestra memoria como de la disciplina de aprendizaje, ya que Internet puede convertirse en una memoria transactiva tan potente y cómoda como incitadora a la pereza.

La democracia y la fantasía libertaria tienen hoy día más amenazas que nunca, dado lo fácil que es, mediante las tecnologías digitales, vigilar y manipular las conductas, los pensamientos y el resto de factores que forman parte de la intimidad de las personas. Del mismo modo, la digitalización de determinados procesos económicos y financieros está permitiendo que Internet sea una de las herramientas más eficaces y rápidas para lograr fines particulares, especulativos y opacos por parte de algunos tipos de gobernantes, entidades y corporaciones. La alucinación colectiva de ceder a la tecnología un poder curativo potencialmente ilimitado sobre todos los problemas políticos, sociales y económicos que afectan al mundo y a nuestras vidas, se convierte en un código cultural aceptado por las mayorías. Despreciándose los efectos destructivos que puede provocar la sobre exposición a Internet en la existencia de cientos de millones de personas, en el sentido de fomentar el aislamiento físico, facilitar la opción de prescindir de ciertas modalidades de relaciones humanas reales, transformando la sexualidad, debilitando las habilidades neurolingüísticas o potenciando las conductas psicóticas. En definitiva, Internet ensalza el culto a lo tecnológico, que ocupa y distorsiona el espacio de lo trascendente perdido por las diferentes religiones.

La innovación tecnológica basada en la evolución de Internet y aplicada a los procesos productivos, el auge de las plataformas digitales de trabajo deslocalizado y la disminución de los costos de información (procesamiento, almacenamiento y transmisión) hasta aproximarse a cero, aunque están permitiendo un aumento progresivo de la productividad, también están fomentando la destrucción masiva de ciertas tipologías de puestos de trabajo, y previsiblemente avivará los conflictos por las condiciones laborales de los trabajadores, ya que la mano de obra cualificada y notablemente más barata situada en países emergentes ya está pudiendo ser contratada y asimilada mediante herramientas digitales, participando en la realización de proyectos transnacionales donde prima el capital basado en conocimiento. Si confrontamos ambas posiciones, la cuestión central se ajusta en la nomenclatura de la economía política. Me refiero a que las posturas más utópicas asumen la creencia de que la evolución tecnológica, llegada a un punto de crecimiento determinado, será capaz de obliterar las desigualdades y contradicciones inherentes históricamente al modelo de producción capitalista.

Su fe es tan robusta que confían en que se puede producir, en no demasiado tiempo y sin necesidad de ninguna revolución violenta, un cambio radical que afectará al funcionamiento de las estructuras institucionales, a la forma en las que las empresas se organizan, al modo de pactar las relaciones laborales y a la práctica moral de la psique colectiva. Modificaciones que alcanzarán a la mentalidad de la época, con la convicción de que tendrá lugar un redescubrimiento antropológico acerca de las ventajas que aporta proteger determinados bienes bajo un tipo de propiedad colectivizada. Esta concepción, en cuanto a sus posibilidades históricas de realización y su rigor analítico, no la voy a despreciar ni minusvalorar, ya que en sus aproximaciones suele ser consciente del peso decisivo de las esferas política y económica para que su visión realmente suceda. Lo que ocurre es que su límite programático y su trasfondo intelectual no es más que la habitual posición liberal del capital, por consiguiente, la acomodación de inquietudes científicas y sentimentales bajo la lógica política que hace funcionar el mundo tal y como es hoy.

Mi postura, con un enfoque marxiólogo, es más agnóstica que la de los celebrants, aunque comparta su deseo utópico. Adelantando que me esforzaré en el futuro por proporcionar alternativas, a continuación, me concentraré en hacer crítica de la que denomino como la manifestación de la teoría de los sentimientos morales de Internet7.

LA MENTALIDAD DEL IMPERIO

La crítica que pretendo desarrollar tiene su epicentro en el modo en el que considera que funciona la sociedad el punto de vista liberal. Por lo tanto, su posición parte de que es posible una interpretación del mundo objetiva y neutral, libre de virus ideológicos, negando el sesgo de la clase social y despreciando el antagonismo del trabajo frente al capital. Al no ser aceptado el fundamento de clase del conocimiento, se facilita que el sublime digital8 pueda formar parte del discurso hegemónico y adquiera ciertos hábitos que relaciono con un firme etnocentrismo que pasa a desplegarse por nuestra psicología para permitir que la idea de un imperio virtuoso rejuvenezca ante nuestros sentidos.

El historiador canadiense Harold Innis9 sostuvo que los medios y las tecnologías de comunicación usados para expresar pensamientos han determinado en gran medida la configuración de nuestra conciencia (en términos de tiempo y espacio) en cada periodo de la historia. Y a partir de la estructura cognitiva resultante, la ideología, coordinada con la forma dominante de producción económica, terminaba de perfilar el territorio activo de nuestra psique.

Otro de los problemas que identificó Innis fue la relación entre la evolución de la economía y los monopolios de conocimiento. Estando convencido de que la salida que han tenido muchas civilizaciones para evitar su derrumbe siempre ha venido motivada porque sus integrantes más influyentes fueron capaces de apreciar las limitaciones de sus conocimientos, recursos materiales e instituciones políticas.

En consecuencia, las innovaciones en el terreno de las comunicaciones han sido invariablemente utilizadas por el statu quo para que los imperios lograran perdurar, es decir, las comunicaciones siempre han sido el eje fundamental para que la organización social y los gobiernos fueran cada vez más eficaces a la hora de reproducir las condiciones para la acumulación de poder a través del orden social dominante y propagar su influencia desde el centro hacia el exterior, lo que en determinados intervalos de crisis ha impulsado a que los límites del sistema fueran empujados “más hacia el Oeste”, aumentando así sus posibilidades de supervivencia al generar una nueva expansión espacial. Del mismo modo, las innovaciones en comunicación han permitido que movimientos divergentes con la hegemonía política y cultural pudieran alcanzar una posición singular en el plano social, lo que también ha sido causa para precipitar leves cambios internos en las estructuras de poder.

Para alcanzar rápidamente una síntesis con respecto a todo lo expuesto anteriormente, creo pertinente traer a colación Principios de la filosofía del derecho de Hegel. Al analizar las contradicciones de la sociedad capitalista, especialmente en lo relativo a la alarmante concentración de la riqueza en unos pocos y la generación de masas de pobres, la solución práctica que aportó Hegel fue abiertamente “imperialista”10: la dialéctica interna de la sociedad burguesa la obliga a salir de sus límites interiores y buscar nuevos mercados exteriores. Esta salida sería la forma más eficaz para aliviar la lucha de clases ya que, al ser “inviable” una transformación interna del funcionamiento social, resulta inevitable optar por una transformación externa. Ahora, la expansión espacial o geográfica tiene lugar de un modo diferente: a través de la superestructura digital. Para observar una manifestación actual de cómo se intenta subsanar la dialéctica interna del sistema apelando al sublime digital, basta con analizar el pensamiento institucional de la Comisión Europea en cuanto al modo de configurar una mentalidad afín a la idea de imperio, por ejemplo, a través de los discursos de Kroes Want to build tomorrow’s Internet? y Building a connected continent for the next generation11: “Con bajos costos, bajas barreras de entrada, y sin límite a la creatividad, Internet es un gran lugar para que los innovadores existan. Y el hogar natural para cualquiera con una mentalidad empresarial. Para las personas que no solo piensan: ‘¡Yo podría comprar este gadget!’, sino: ‘¡Yo podría hacerlo mejor!’. Las personas que no se limitan a identificar todos los problemas, sino que captan las oportunidades, e innovan para realizarlas. Los que no sueñan con una bonita estabilidad de ‘9 a 5’, sino que desean tomar un riesgo y salir por su cuenta. (…) Una vez lideramos el mundo en materia de TIC: ¿Por qué nunca más? ¿Por qué nuestra gente no debe tener esperanza en un futuro digital? ¿Por qué no debe ser Europa el hogar de una cultura digital vibrante, con empresas digitales fuertes, y una creatividad digital sin límites? ¿Por qué no debería ser europeo el próximo Facebook, el próximo Google, el siguiente Kickstarter?”.

EL INCONSCIENTE POLÍTICO DEL SUBLIME DIGITAL

El trasfondo ideológico de la Agenda Digital europea (extrapolada de la estadounidense) consiste en implantar en la psicología colectiva12 unas semillas de significado que mecánicamente renueven con trascendencia y legitimidad al conjunto de “razones” de la economía política establecida, desviando la dialéctica interna del proyecto europeo hacia nuevos espacios exteriores para que el capital pueda seguir circulando y reproduciéndose con normalidad –mitigando la crisis– a la vez que el malestar de la sociedad se amortigua –con la creación de puestos de trabajo.

Este proceso tiene lugar del siguiente modo: la conciencia individual se modela por la interiorización de los datos tomados desde fuera, de la sociedad, pues, en línea con Durkheim, la vida psicológica es efecto de la vida social. Pero coordinada con el análisis de Marx, la conciencia es el producto de cómo son las relaciones sociales con el modo de producción económica. Las ideas y valores surgen a partir de esas mismas relaciones, y si estas cambian, lo demás también cambia, como un producto histórico transitorio. Considero que en los discursos programáticos del Imperialismo Digital, apelando a propiedades mágicas y sublimes, las superestructuras13 conectan con las fuerzas de producción a través de una fantasía política que, mediante procesos psicológicos que pasan de lo colectivo a lo individual, logra articular de manera contradictoria las relaciones de clase social. El sublime digital se convierte así en un producto cultural cuya lógica, puramente económica, se asienta en el inconsciente político14 de nuestra época. Es decir, la creencia en lo que representa y promete va pasando desde la vida social colectiva a la conciencia individual, y de esta vuelve al mundo como verdadera, pese a no haberse resuelto las contradicciones inherentes al sistema y, en especial, lo referido a las relaciones de clase.

Aplicando una ley fundamental de la física, el capitalismo posee la tendencia natural de acercarse a un estado caótico, evolucionando como crisis permanente. El Imperialismo Digital es un modo de generar entropía negativa y resolverle obstáculos para que pueda seguir avanzando, retardando el caos. Como investigó Marc Bloch, un milagro existe a partir del momento en que uno puede creer en él. Declina y acaba por desaparecer desde el momento en que ya no se puede creer más en él. Los programas de incentivos a la economía digital y la apología de las startups tecnológicas con sus ventas millonarias a grandes empresas, como la reciente de Whats-App, tienen como misión mantener vivo el milagro.

ENSAYO

1 N. Kroes es vicepresidenta de la Comisión Europea y responsable de la Agenda Digital. El extracto se corresponde con su discurso Want to build tomorrow’s Internet? durante la Future Internet Assembly. En Atenas, el 18 de marzo de 2014.
2 M. Bloch consideró que la mentalidad de toda una época histórica es de “larga duración” cuando esta se asienta sobre estructuras sociales que cambian lentamente, hilándose un discurso que se mantiene por debajo de las coyunturas a corto y medio plazo.
3 R. W. McChesney. ‘Digital disconnected. How capitalism is turning the Internet against democracy’. The New Press, 2013.
4 Entre los que se agruparían, entre otros, Clay Shirky, Michael Nielsen, Henry Jenkins, Yochai Benkler, Cass Sunstein y Jeff Jarvis.
5 Conocidos también como “Generación Y”. Aunque no hay todavía un consenso para definir el intervalo temporal exacto, el criterio más aceptado es considerar a las personas nacidas entre 1982 y el 2000 como integrantes de esta generación.
6 Un grupo heterogéneo, con posiciones entre liberales moderadas y conservadoras, formado por Jaron Lanier, Eli Pariser, Mark Bauerlein, Shaheed Nick Mohamed, Evgeny Mozorov, Clifford Stoll, Sherry Turkle y Nicholas Carr. Independientemente de estos, hay que diferenciar una línea de crítica política e institucional formada por DanSchiller, Jeff Chester y Robert McChesney. Y el enfoque marxista desarrollado por Vincent Mosco y David Harvey.
7 Me refiero al relato que asocia determinadas conductas morales y hechos sociales que han ocurrido en el mundo a través de herramientas y plataformas digitales, con la demostración de que Internet es una palanca concreta para facilitar que el modo de producción capitalista funcione de un modo eficiente a la vez que con rasgos éticos. Esta “creencia”, cercana a ciertas hipótesis desarrolladas por Adam Smith en su obra Teoría de los sentimientos morales (1759), considera que Internet puede servir para limitar el egoísmo y que la vida en comunidad tenga más estabilidad y no se convierta en una guerra de clases. Así, el componente social de lo digital permitiría extender la empatía y el altruismo recíproco, comportamientos incentivados por la necesidad del sujeto de ser aprobado por el grupo y obtener prestigio y reputación, alejándose del puro utilitarismo.
8 El sublime digital es una forma de alegoría que utilizo para designar un tipo de ideología que considera como un fenómeno objetivo al conjunto de capacidades transformadoras, tanto materiales como trascendentes, que las tecnologías de la información e Internet son capaces de desencadenar para perfeccionar la economía, la cultura, la organización social y modificar las conciencias colectiva e individual. Ver la obra de V. Mosco The Digital sublime: myth power and cyberspace. The MIT Press, 2005.
9 H. Innis. Empire and communications. Rowman & Littlefield, 2007.
10 Hegel, tras observar cómo la sobreproducción, el subconsumo y el empobrecimiento de grandes capas de población daban lugar a una profunda inestabilidad social y a la guerra entre clases, consideró urgente reaccionar haciendo uso del imperialismo y el colonialismo para proporcionar una nueva demanda de consumo y generar campos de acción para la industria.
11 El extracto se corresponde con el discurso realizado por Neelie Kroes durante el FT–Telefónica Millennials Summit. En Bruselas, el 19 de septiembre de 2013.
12 La psicología colectiva es la ciencia de los fenómenos psíquicos dependientes de una comunidad de individuos. La conciencia individual está llena de aportaciones colectivas. En consecuencia, la vida individual nace de la colectiva, siendo el desafío establecer un inventario de todo lo que en la conciencia del individuo no viene de ella misma, sino de la colectividad. Ver Oswald Külpe ‘Outlines of psychology, based upon the results of experimental investigation’. Hard Press Publishing, 2013.
13 Las superestructuras, en el análisis marxista del capitalismo, englobarían a la cultura, la ideología, el sistema legal, las instituciones de representación política y resto del aparato del Estado.
14 El inconsciente político se convierte en el campo de batalla histórico donde el individuo, que busca un proyecto de salvación meramente psicológico, confronta su conciencia, derivada de la psique colectiva, con la manera y los medios dominantes de generar y distribuir la riqueza a escala social. Ver la obra de Fredric Jameson. La estética geopolítica. Cine y espacio en el sistema mundial. Paidós, 1995. Según Erwin Schrödinger “La entropía, expresada con signo negativo, es una medida de orden. Luego, el mecanismo por el cual un organismo se mantiene a sí mismo a un nivel elevado de orden consiste en absorber orden de su medio ambiente”.

Alberto González Pascual es Doctor cum laude en Ciencias de la Información por la UCM. Profesor asociado del departamento de comunicación de la Universidad Rey Juan Carlos. Colaborador del Huffington Post y Diario de Sevilla. Autor de El progreso de Internet en los países emergentes.


Articulo: www.elboomeran.com 03/11/2014