dimanche 28 décembre 2014

Alberto ÚBEDA PORTUGUÉS/Woody ALLEN, maestría en el tiempo: 1994-2014

Woody ALLEN, maestría en el tiempo: 1994-2014
Por Alberto ÚBEDA PORTUGUÉS

Tras la aclamada ‘Blue Jasmine’, pronto veremos en España su nuevo filme, ‘Magic in the Moonlight’. Allen nos psicoanaliza todos los años y es un placer.

La inagotable fertilidad creadora de este gran cineasta norteamericano nacido en diciembre de 1935 en Brooklyn, Nueva York, ha continuado con la misma fuerza e intensidad en las dos últimas décadas, repletas de magníficas películas y de propuestas de felicidad sin parangón en el cine moderno. Como en el periodo anterior de 1969 a 1993 ya comentado en otro artículo, nos ha brindado sus habituales y peculiares comedias románticas que nunca están exentas de acidez e intencionalidad política, pero también dramas que nos acongojan y al mismo tiempo nos protegen contra esa rueda de la fortuna o de la fatalidad sin fin que es la vida. En todas estas películas, de Balas sobre Broadway (Bullets Over Broadway, 1994) a Blue Jasmine (2013), pasando por Desmontando a Harry (Deconstructing Harry, 1997) o Match Point (2005), Allen corta con idéntica calidad y precisión trajes de ensueño para personajes femeninos o masculinos. A todos ellos les entendemos y los hacemos nuestros, seres a los que les preocupa el amor, la pasión, la vida.

Después de la desternillante parodia policiaca Misterioso asesinato en Manhattan, Allen acometió uno de sus más logrados esfuerzos de reconstrucción de una época, los años veinte del siglo pasado, de toda su filmografía. Balas sobre Broadway tiene el encanto del Hollywood clásico filtrado por el tamiz intelectual de este fabulador incansable. El sentido de “película pequeña” que parece ajustarse como anillo al dedo a la gran mayoría de sus obras está alejado de este fresco sobre el mundo del teatro, la mafia y el precio del éxito. Un éxito en cierta manera renuente para Balas... porque, pese a sus siete nominaciones a los Oscar (dirección y guion, incluidas) y las llamadas de atención de críticos internacionales señalándola como la mejor película del año, solo obtuvo de la Academia de Los Ángeles el reconocimiento a Dianne Wiest (actriz de reparto), en un papel inolvidable de una diva en horas bajas que únicamente es capaz de vivir la realidad de las piezas que interpreta, poseída por las inmortales trágicas de la escena universal. Pero no menos genial era el gánster que encarnaba Chazz Palminteri, con alma de dramaturgo pero sin encontrar al fin el puente en el que confluyan sus acreditadas facultades como guardaespaldas con su recién descubierto talento para poner la verdad en boca de las criaturas que imagina. Casi podríamos decir las mismas bondades de los otros personajes que Allen nos ofrenda en esta simbiosis de teatro y cine que es el filme.

Sorprendió una vez más, tras estrenar un gracioso vodevil (Poderosa Afrodita; Mighty Aphrodite, 1995), a los que creen que pueden encasillarle en un determinado tipo de filmes con un musical de pleno derecho como Todos dicen I Love You (Everybody Says I Love You, 1996). En él, Allen engarza cada canción, cada escena de baile en un todo con las secuencias dialogadas, olvidando por completo la separación entre la factura convencional de la cinta y las magníficas coreografías. Un divertimento que quizá a algunos puristas del género pudo molestar o resultar insignificante. Nada mejor, entonces, que despejar las posibles incógnitas planteadas por esta veleidad heterodoxa con una obra maestra como es Desmontando a Harry, una película cáustica, desbordante, que nos presenta a un Allen quizá más sincero que nunca, audaz estilísticamente (cual Godard recuperado para el cine de esencias pseudoclásicas), transgresor sexualmente, incorrecto políticamente hasta la náusea y amargo y divertido a la vez. Tiene tal caudal de creatividad que no sabemos qué admirar más, si los episodios en los que es factible al mismo tiempo reír y ponernos en guardia ante la perversión moral que nos sugiere o dejarse llevar por un Allen protagonista que efectivamente ya no cree en nada. Vemos con espanto esa realidad del personaje en los ojos de su exmujer que incorpora brevemente Mariel Hemingway, la deliciosa Tracy adolescente y madura de Manhattan (1979). El pasado romántico ha dejado su sitio a la satisfacción del deseo inmediato y urgente. Sin embargo, al final tendrá que enfrentarse a ese punto de aniquilamiento interior al que ha llegado para redimirse o para justificar ante la sociedad biempensante su obsceno comportamiento.

El alocado cine en blanco y negro de Celebrity (1998, la sexta y hasta la fecha última película en este formato), el retrato de la época de la Gran Depresión en el drama Acordes y desacuerdos (Sweet and Lowdown, 1999), la crítica mordaz al mundo del cine en Un final made in Hollywood (Hollywood Endings, 2002) y a la sociedad inmersa en la violencia de Todo lo demás (Anything Else, 2003) se encargaron de mantener intacto el prestigio de Allen en el cambio de milenio. Pero quizá los filmes más entrañables de esta etapa fueron Granujas de medio pelo (Small Time Crooks, 2000) y La maldición del escorpión de jade (The Curse of the Jade Scorpion, 2001). El primero rendía tributo a Rufufú (Mario Monicelli, 1958), una gema de la comedia neorrealista italiana, mostrando a un grupo de desastrosos ladrones que intentan infructuosamente dar el golpe de su vida y conseguir esas grandes cosas que proporciona el dinero y que en realidad están lejos de saber cuáles son hasta que la fortuna les llega de una forma legal y aburrida situándoles en la misma esfera de la gente importante, la que ha olvidado cómo se comporta uno con naturalidad sin el recurso barato de sus prejuicios de clase. Igualmente divertida y, en este caso, lenitiva fue La maldición del escorpión de jade, estrenada en España a las pocas semanas de la catástrofe del 11-S. Aunque como es lógico se rodara antes de esa fatídica fecha, el Nueva York de Woody Allen –una ciudad que recrea e inventa según sus necesidades– nos emociona especialmente en un filme ambientado en los años cuarenta en el que nos sentimos muy neoyorquinos, latiendo sus calles para nosotros, siendo una vez más la metáfora suprema de la metrópoli moderna en la que se funde lo maravilloso y lo terrorífico, en la que todo está en perpetuo movimiento y ebullición. Allen encarna a un mísero detective de seguros que se enamora de su enemiga en la empresa para la que trabaja después de ser víctima de un sortilegio hipnótico que le obliga a robar las joyas de los clientes que ha asegurado.

La nostalgia que impregnaba la película venía a reconfortarnos del amenazante comienzo del siglo XXI, con un presidente estadounidense que ponía bajo sospecha a todos los que no estuvieran con él en su fatwa contra el Eje del Mal de países directa o indirectamente causantes del 11-S.

La búsqueda de financiación a la que los creadores están permanentemente sujetos motivó que se despidiera temporalmente de Nueva York como plató insustituible de sus historias en Melinda y Melinda (Melinda & Melinda, 2004), que contaba con uno de los mejores álter ego (Will Ferrell, actor cómico de cintas como Más extraño que la ficción; Stranger Than Fiction; Marc Forster, 2005) de los filmes que no ha protagonizado. Entrelazaba con encanto y saber renoiriano las relaciones de una serie de personajes que ansían un poco de felicidad sin importarles que queden al aire sus sentimientos cuando llegan las decepciones que acarrea el juego peligroso de la atracción y el amor.

VIAJE A EUROPA

Inició en Londres su nueva etapa de películas en el Viejo Continente, del que en muchos aspectos culturales (no solo el cine de Bergman, De Sica o Fellini, sino también los bodegones y paisajes de Cézanne y Van Gogh y la belleza arquitéctonica de ciudades como París o Venecia) y sentimentales se siente más próximo que a su propio país. Además, aparcó momentáneamente los aires y modos de la comedia para sumergirse en el cine negro, género que siempre le ha fascinado: las tragedias de ambición y amor y muerte de Perdición (Double Indemnity; Billy Wilder, 1944) o Deseos humanos (Human Desires; Fritz Lang, 1953) de las que había reminiscencias en su celebrada Delitos y faltas (Crimes and Misdemeanors, 1989). Match Point bebe de esas fuentes manteniendo al espectador tenso en su butaca, haciéndole partícipe y cómplice de un doble asesinato. Pervirtiendo o relajando su sentido ético al perdonar con toda facilidad los crímenes, deseando que sean olvidados los hechos o que pague otro por el delito, y que alguien (el joven protagonista, Jonathan Rhys Meyers), aunque con la conciencia inundada de culpa, cumpla el sueño de una vida convencional con amante y fiel esposa e hijos que heredarán una gran fortuna. Es cuestión de suerte, viene a decirnos Woody Allen, que la bola pase la red y ganemos el match point, la felicidad o la desgracia. Ese es el resultado de una inquietante película que analiza minuciosamente la psicología de unos privilegiados que trenzan, tejen y deshacen, cual Penélope esperando o dudando de la llegada de Ulises, su salvación y su condena alrededor de la familia y sus casi infinitos recursos para hacer placentera e insoportable a la vez la vida de una persona.

También de aliento policiaco, y con elementos fantásticos, Scoop (2006) es una comedia disparatada en la que Allen compartía los focos con Scarlett Johansson; lo que hacía suponer, después de protagonizar la actriz Match Point, que iba a ser una relación profesional duradera y tan intensa como las que sostuvo con Diane Keaton o Mia Farrow. Se trataba de descubrir a un asesino en serie londinense que, lógicamente (dado su lugar de honor en el imaginario popular), guardaba ciertas similitudes con Jack El Destripador. El filme es un cuento moral en el que dos personajes del montón, los de Johansson y Allen, consiguen con una graciosa ayuda sobrenatural desenmascarar a un aristócrata (Hugh Jackman) que concilia armoniosamente su charm que seduce a las damas con su lado salvaje y secreto de exterminador de mujeres de clase baja, pícaras o románticas que dejan de respirar en sus musculosos brazos. Cambiando radicalmente de registro, Cassandra’s Dream (2007) es una de las películas más dramáticas e incomprendidas de su carrera. Solo posiblemente en Interiores (Interiors, 1978) y September (1987) ha llegado a los límites de desesperación o de tristeza que están presentes aquí donde aborda las dudas que corroen a dos hermanos perdedores (Ewan McGregor y Colin Farrell) que deben asesinar a alguien importante para que un pariente mafioso (Tom Wilkinson) acceda a darles el dinero que solvente una cuantiosa deuda de juego. Si en Match Point había un prurito de perfección en la manera de llevar a cabo los crímenes, en Cassandra’s Dream el asesinato es un episodio patético que persigue implacablemente a los autores.

Vicky Cristina Barcelona (2008) se filmó en la Ciudad Condal y Asturias. De nuevo con Scarlett Johansson encabezando el reparto, pero también dando la alternativa a Penélope Cruz y Javier Bardem, sumándose así ambas estrellas a la amplia nómina de grandes intérpretes que han intervenido en su filmografía. Proponía la película una aventura amorosa entre españoles y norteamericanas
(los mencionados y Rebecca Hall) apoyada en un fondo musical de aires flamencos y tradicional que a algunos les pareció un recurso muy cursi y tópico pero que formaba parte del hechizo glamouroso que Allen quería provocar. Aun en el supuesto de que suscribamos estas críticas, tiene Vicky... la gran cualidad de disfrutarse con la sonrisa en los labios, como si degustaramos un buen vino encantados de conocer a ese pintor bohemio de Javier Bardem, las distintas reacciones ante el amor de los personajes de Johansson y Hall y la magia y la desinhibición en dos idiomas que compuso Penélope Cruz, valiéndole un Oscar a la mejor actriz secundaria.

Ideó Allen, para Si la cosa funciona (Whatever Works, 2009), puntual regreso a su ciudad faro, un trepidante enredo al servicio de Larry David, actor neoyorquino que, vinculado a la televisión, nunca antes tuvo la oportunidad de ser el protagonista de un filme de uno de los grandes cineastas mundiales. Interpreta a un hombre maduro en guerra con la sociedad que sin quererlo realmente acoge en su casa a una joven sureña fascinada con Manhattan. Pero además llegan la madre de la chica (la siempre excelente Patricia Clarkson, que también estaba en el reparto de Vicky Cristina Barcelona), en trance de despojarse de todo el conservadurismo que arrastra, y su exmarido que descubre, lejos de las oraciones del domingo en la iglesia y la moral de Mississippi, su verdadero yo gay en el depravado o, según como se mire, simplemente liberal Nueva York. Esta sucesión de relaciones insospechadas trastocan la rutina y los valores, la percepción de la vida de cada uno de ellos; y aunque las nuevas parejas que se establecen son a cual más excéntrica Allen quiso dejar el mensaje de que lo importante es que lo que tengamos para dar sentido a nuestros días, por extraño o “anormal” que parezca, funcione, que estemos de acuerdo con ello, que nos haga felices o promueva una cierta armonía en nuestro entorno.

Josh Brolin, Naomi Watts, Anthony Hopkins y Antonio Banderas –con un papel de hombre mundano y sexy– encabezaban el elenco de Encontrarás al hombre de tus sueños (You Will Meet a Tall Dark Stranger, 2010), una historia triste de seres que cometen todo tipo de actos inconsecuentes para ver si alcanzan una ansiada plenitud que es como un espejismo en sus vidas. Aunque hay secuencias jocosas, Encontrarás... es un drama que nos impresiona porque no podemos evitar sentirnos partícipes de él. Los atribulados personajes que desfilan por la pantalla no se sienten comprendidos por los que comparten su existencia, con los que han firmado un convencional acuerdo de amor basado en la monotonía, ajeno a la pasión o al arrebato que puede provocarnos la persona amada. No están donde quieren estar, desean ser el de enfrente, más joven, más guapo, más ágil, más templado, dotado de sentimientos profundos. Al menos, más profundos que los suyos.

El esplendoroso marco de la capital de Francia fue el perfecto decorado para Midnight in Paris (2011), la película de mayor éxito comercial en toda su carrera y Oscar al mejor guion, el cuarto después de los conseguidos por Annie Hall (1977), dirección y guion; y Hannah y sus hermanas (Hannah and her Daughters, 1986), guion. Una comedia fantástica sobre un escritor (Owen Wilson) que, buscando inspiración por las calles del Barrio Latino a la hora de las brujas, retrocede misteriosamente a un pasado artístico sin igual en el que coincidían en ese escenario parisino Picasso, Hemingway, Buñuel, Scott Fitzgerald, Dalí o Man Ray, entre otros. Reivindica Allen, como tantas otras veces, el triunfo del arte, la belleza y la poesía. Un rato con estos genios de la pintura, la literatura o el cine, acoger en nuestros brazos a la mujer que olvidó el artista en uno de sus raptos creativos es inobjetablemente mejor que una realidad burguesa, esnob y superficial a la que estaba abocado el personaje de Wilson. Allen fusiona sus irrenunciables intereses estéticos con su fe ciega en la necesidad de amar, en ese éxtasis supremo de razón y deslumbramiento ante lo maravilloso, de adoración incondicional y búsqueda incansable de las verdades personales.

La agradable A Roma con amor (To Rome With Love, 2012) se detiene voluptuosamente en los secretos románticos que esconden los rincones del Trastevere y otras rutas de esa ciudad báquica en la que es fácil caer en las redes de Cupido y sus bienhadados mensajeros. Cuando éramos jóvenes y una botella de vino de Chianti era el pasaporte a una noche de encanto y de besos en las escalinatas de la plaza de España. Porque quizá, especula Allen, una de las condiciones para que las relaciones sean apasionadas o serenas y posean un punto de fascinación es ese desvarío que incita a que una pareja (Penélope Cruz –en su segunda película con el cineasta– y un inexperto joven provinciano) se escabulla entre naranjos del mundanal ruido y ponga en práctica el arte amatorio de Ovidio; porque el azar, pese a que pensemos que nuestro corazón tiene un candado, siempre quiere saber de la aventura oculta de unos ojos, de la espléndida promesa de un cuerpo. Sin embargo, Allen introduce también elementos absurdos (sobre todo en el papel de Roberto Benigni, una de las mejores bazas del filme) que rompen esa ilusión de encantamiento entre personas locas de pasión y deseo. Un hombre vulgar al que de pronto persigue la fama.

Los medios le preguntan qué ha desayunado o cómo se afeita, y es lo más interesante del mundo; u otro hombre vulgar, dueño de una tienda de pompas fúnebres y excepcional cantante de ópera en la ducha al que el personaje encarnado por Allen quiere convertir en el nuevo Luciano Pavarotti, aunque para ello tenga que ducharse todo el tiempo en el escenario. Como un mal presagio que nos precipita a la desgracia, como un vaso de agua que se rompe en nuestras manos provocándonos feos cortes y sangre que no para de brotar, llegó a nuestras pantallas Blue Jasmine, un drama de enorme fuerza apoyado en la presencia magnética de la actriz australiana Cate Blanchett. Una nueva disquisición sobre el éxito y el fracaso, la frivolidad y el amor, el tenue pasillo que hay entre la locura y la estabilidad emocional. Este filme nos recuerda que Allen tiene una oscura faz bergmaniana en la que nos enfrentamos a solas con nuestros peores temores, el enemigo íntimo dentro de nosotros mismos, ese ser al que no podemos renunciar y al que de vez en cuando no reconocemos. De esas entrañas está hecha la cinta y nos deja turbados, al encontrarnos con una obra que explora, a la manera de Shakespeare, los impulsos homicidas o irracionales que nos agitan y pugnan por salir, consiguiendo provocar la catarsis que nos renueva y recubre de energía. Woody Allen se ha acercado a la verdad, aunque esa verdad nos ponga a temblar, como tiembla Blanchett al final de la película, interrogándose a sí misma en un banco público de San Francisco si ha sido ella quien ha causado su ruina y la muerte de otros.

Permitamos a Woody Allen que vaya concibiendo el futuro, nuestro futuro. Resulta que ver una película suya es vivir la vida que soñamos: plena, llena de proyectos y sentimientos que a menudo nos complacen. Hasta la próxima, maestro.

Alberto Úbeda-Portugués es escritor y periodista. Miembro de la Academia de Cine de España.


Articulo: www.elboomeran.com 20/10/2014