dimanche 28 décembre 2014

Andrés HOYOS/PIKETTY o el cambio de paradigma

PIKETTY o el cambio de paradigma
Por Andrés HOYOS

En una de las primeras notas en nuestra lengua sobre el libro de Piketty, Andrés Hoyos confesó “No sé quién adquirió los derechos en español, pero da envidia”. Resolvimos, amistosamente, darle el objeto visible a su ciega emoción, y lo invitamos a desahogarla con este artículo especial para La Gaceta, con el que, de pasada, incluimos a Colombia en nuestra brevísima muestra de voces latinoamericanas en torno a la obra

Thomas Piketty, el brillante hijo de dos soixante-huitards de los que poco le gusta hablar, tuvo la suerte de encontrar una amplia y fértil zona oscura en el corazón mismo de la disciplina de su predilección, la economía. Sin embargo, Piketty también es uno de esos intelectuales forzados por la vida a escoger su propio camino, hasta el punto de que su ya célebre El capital en el siglo XXI no sería lo que es sin esa fortaleza de criterio, quizá la virtud más sobresaliente de este libro que está marcando la época, no sólo en materia de economía, sino del resto de las ciencias sociales.

Echemos un vistazo al estado de cosas hacia 2007. La economía era un reino muy exclusivo, una suerte de falansterio presidido por un consejo de sabios sobre todo estadunidenses, dotados muchos de ellos del premio Nobel. Predominaba en el lugar la teoría neoclásica con sus variantes. En macroeconomía se hacían análisis comparativos detallados entre países y situaciones diversas y se discutía una multitud de temas de política pública, pero la que mandaba era la microeconomía y los modelos matemáticos derivados de ella. Los leitmotivs eran la competencia perfecta, la mano invisible, la teoría de juegos y la tendencia natural al equilibrio entre la participación del capital y el trabajo en la distribución de la riqueza. Aunque debatían y a veces tenían fuertes discrepancias, en una cosa sí parecían estar de acuerdo: que era preferible sustraer a la economía de las garras del tiempo para poder sacar conclusiones estables de aplicación general sobre su funcionamiento, conclusiones que no se vieran afectadas por la perspectiva histórica, considerada la gran limitación de los precursores de la época de la economía política, en particular, de Marx. Un corolario destacable era la poca importancia que atribuían a los cambios poblacionales, los cuales dejaban más que todo en manos de demógrafos y actuarios, pues consideraban que la población es una variable subsidiaria que, a lo sumo, afectará los costos de operar la economía en el futuro.

Por fuera del falansterio había, por supuesto, miles de heterodoxos, los cuales tenían la mala costumbre de saltarse el aspecto econométrico de los problemas, es decir, que no aplicaban a sus propuestas unas matemáticas rigurosas. De ahí que para los habitantes del falansterio fuera fácil descartar la mayoría de lo que se salía de su recetario. Conminados a explicar por qué algo no se debía hacer — por ejemplo, aplicar impuestos al patrimonio — decían que porque no era lo “técnico” y, si uno preguntaba más, le daban explicaciones técnicas.

El propio Piketty lo describe en forma lapidaria: “la disciplina económica aún no ha salido de su pasión infantil por las matemáticas y las especulaciones puramente teóricas, y a menudo muy ideológicas, en detrimento de la investigación histórica y del cotejo con las demás ciencias sociales”.

Todo era felicidad, si no fraternidad, en el falansterio, hasta que un primer evento puso en crisis su arrogante seguridad: la llamada Gran Recesión que se desató en diciembre de 2007. Aunque con medidas, por lo demás heterodoxas, derivadas de las teorías de Keynes se pudo evitar la catástrofe, el daño que aun así se produjo fue colosal. Lo peor era que una crisis en esa escala y de esas características no estaba prevista en los anales del falansterio, hasta el punto de que ninguno de los grandes gurús que lo habitaban, con premio Nobel y todo, la vio venir. Mientras ellos pensaban que la economía podía existir por fuera del tiempo, vino el tiempo con su vendaval y volteó todo patas arriba, minando la confianza en el corazón mismo de la profesión.

Ya estaban reparando el daño de la Gran Recesión, cuando llegó la traducción del libro de Piketty a perturbar la calma y a poner en desorden los viejos paradigmas. Los gurús neoclásicos no pueden descartar de tajo los análisis del francés con la disculpa de que no son técnicos, pues de tiempo atrás Piketty ha demostrado ser un técnico extremadamente competente.

Thomas incluso fue un joven profesor en mí pese a que luego se devolvió a Francia desilusionado con lo que había encontrado allí. Y así, con cuentas muy claras, exhaustivas y hasta sencillas, este libro terminó por poner en suspensión gran parte del corpus ortodoxo. No quiere esto decir que la técnica o las explicaciones técnicas sean irrelevantes, sino que hay que revisar la base sobre la cual su relevancia se construye. Aparte de contar con casi 700 páginas en la edición inglesa, El capital en el siglo XXI es un libro ambicioso: su cometido es reubicar a la economía como una ciencia social e histórica, no exacta y afectada por las decisiones políticas; es decir, revivir la descartada noción de “economía política”. La idea central del economista francés fue muy clara: investigar con la perspectiva de tiempo más amplia que fuera posible la evolución de la riqueza, la renta y la desigualdad en el mundo para ver si se pueden sacar conclusiones pertinentes, se ajusten o no a los modelos preconcebidos.

Dicho y hecho, Piketty alargó los plazos, revisó a fondo la información de veinte países sobre pago de impuestos, entre muchas otras variables, y al analizar los resultados, muchas viejas certidumbres se vinieron abajo. Aunque es fácil decirlo ahora, este enfoque no se intentaba como un todo desde que Marx escribió El capital en el siglo XIX. Claro que había centenares, quizá miles, de libros pertinentes sobre la evolución de la riqueza y la desigualdad, pero se había perdido la visión panorámica, justamente por la obsesión con el close-up. Con ser obvio, hay que afirmarlo: nunca ha existido una economía que no se halle inscrita en el tiempo, de suerte que al sacarla de allí para sistematizarla, los teóricos muchas veces la deformaban, vaya a saberse si con intenciones ideológicas o no.

No voy aquí a hacer un catálogo de las conclusiones sorprendentes que la perspectiva histórica le permite sacar a Piketty, las cuales argumenta con una apabullante cantidad de detalles, incluidos en unos extensos apéndices disponibles en línea. Basta con citar la principal de todas: que la disminución de la desigualdad que se vio en el siglo XX en los países hoy desarrollados fue excepcional y se debió a la irrepetible combinación de unas tasas de crecimiento económico y de población muy altas, combinadas con una inmensa destrucción de riqueza, causada por las dos guerras mundiales y por la gran depresión de 1929, pero que es muy poco probable que estos factores se reproduzcan en el futuro. De hecho, se esperan tasas de crecimiento de la economía y de la población bajas en los países desarrollados. Por ende, si el capital mantiene, como es muy probable, una rentabilidad del 4-5% y el crecimiento económico y de población promedio no llegan al 2%, habrá una inmensa acumulación de riqueza cada vez en menos manos. Este regreso paulatino al capitalismo patrimonial ya lleva treinta años. La riqueza se está privatizando aceleradamente en los países ricos, al tiempo que el Estado es hoy y ha sido por bastante tiempo, pobre, al punto de que hoy varios deben más de lo que tienen. La tendencia actual favorece al famoso 1% más rico de la población que fi gura en los debates de la política americana, y aún más al 0.1%. Una forma de sintetizar lo que Piketty ve venir es, en sus palabras, que “el pasado devora al porvenir”.

Así pues, El capital en el siglo XXI abrió la caja de Pandora que durante años el establishment gringo había mantenido celosamente cerrada. Supimos, por ejemplo, que la tendencia hacia el equilibrio en la distribución de la riqueza nunca existió; fue mero wishful thinking. ¿Se trató de una construcción intelectual interesada? El libro no aborda este espinoso asunto. De más está decir que Piketty, al debilitar la ortodoxia, también levanta la veda a las soluciones heterodoxas en materia de política pública, muy en particular en materia fiscal. Su énfasis: hay que gravar la riqueza, además de los ingresos y las ganancias, una opción considerada antitécnica hasta la aparición del libro. Piketty no es enemigo de la globalización ni de la libertad de comercio, pero sí dice que se verían fuertemente afectadas y que podrían colapsar si no corren parejas con un sistema impositivo progresivo diseñado para reducir el daño que afecta a los más débiles. Él entiende que lo que está proponiendo no es fácil y presenta así su principal idea: “Un impuesto global al capital es una idea utópica”.

La creencia neoliberal en un Estado mínimo no tiene ningún sentido para Piketty, aunque el prejuicio inverso tampoco resulta cierto. Según los datos del libro, el Estado en los países desarrollados a lo largo del XX no disminuyó, sino que creció, muchas veces con base en endeudamiento; apenas se dio una estabilización del tamaño relativo a partir de 1980. Dicho esto, tiene que ser función del Estado atender por vía fiscal y del consecuente gasto público la desigualdad que en general avanza rauda en las sociedades sin grandes catástrofes y con bajo crecimiento per cápita.

Piketty propone estas políticas tributarias porque, sin que profundice mucho en ello, le parece que la alta desigualdad es muy indigesta para la democracia. ¿Cuál es en últimas el problema con acumular billonarios (en dólares) por miles? Que no saben comer callados y, sobre todo, que no se contentan con lo que tienen y siempre quieren más. Estados Unidos es en esto el gran campo experimental y muestra que los más ricos han ido logrando en forma paulatina que la estructura tributaria los favorezca, a expensas de los más pobres. Al mismo tiempo, las clases medias prósperas, que fueron el gran invento sociológico del siglo XX con el que fue posible combatir el ideal comunista, han venido sufriendo: sus hijos ya no pueden ingresar a las grandes universidades y en general no tienen las mismas posibilidades de movilidad social que tuvieron antes.

Un aparte muy interesante del libro es el análisis del rendimiento de los endowments (¿dotaciones financieras?) de las grandes universidades estadunidenses, que supera con mucho el 4-5% que le sirve de referencia a Piketty para formular las perspectivas de su ya célebre ecuación “r > g”, puesto que llega a un promedio impresionante del 8.2% sostenido por décadas después de todos los costos. Los de Harvard, Yale y Princeton son todavía más rentables y han promediado más del 10% sostenido. En contraste, los fondos de reserva petrolera de los Estados, para no hablar de las reservas internacionales, tienen rentabilidades en extremo bajas. ¿Por qué? ¿Estamos ante otra de esas explicaciones técnicas que hay que mandar a recoger?

El capital se concentra: eso está en su naturaleza; el trabajo se concentra menos: ha habido movimientos sindicales exitosos, numerosas asociaciones profesionales, aunque nada a gran escala. Claro, hubo un intento mucho más radical de concentrar el trabajo en gran escala, el comunismo, que no funcionó y fue archivado. La única manera de evitar que la concentración del capital haga un gran daño es política y tendrá que ser decidida democráticamente. Queda dicho que el libro de Piketty es utópico y ambicioso al mismo tiempo. Su larga perspectiva no es sólo hacia el pasado, sino hacia el futuro. Él sabe muy bien que cualquier viraje de gran magnitud que se quiera dar al inmenso trasatlántico de la economía mundial tomará décadas. Claro, todo ha de comenzar por el diagnóstico correcto, sin el cual es imposible formular un tratamiento adecuado.

El libro de Piketty llega en un momento álgido. De un lado, el Tea Party, entre otros movimientos de extrema derecha, ha tenido un intenso protagonismo basado en su odio visceral a los impuestos; de otro, la crisis de 2007 y los pingües beneficios obtenidos luego por los banqueros que la causaron han desatado una reacción visceral de sentido contrario. Pese a que el libro tiene setecientas páginas, el territorio cubierto es muy extenso y por ende hay temas que piden profundización. No encontré, por ejemplo, una explicación cabal del fenómeno de las monedas de reserva, en particular del dólar, que permiten a un país recibir créditos gratis del mundo al emitir unos billetes cuyo valor los demás aceptan de entrada. Tampoco vi una explicación concluyente de una idea que el libro sí formula, según la cual el crecimiento es más rápido en los periodos de superación del atraso, como el que ahora viven China y, en medida más moderada, los países de América Latina.

Por último, el libro de Piketty es una lectura obligada para la izquierda contemporánea, porque en sus páginas están en forma seminal o genérica las ideas y las explicaciones de los factores que podrían servir para atacar la desigualdad sin tener que acabar con la economía de mercado. La solución fiscal hace a un lado los viejos reproches morales vinculados a la riqueza. Los ricos no son malos per se; mientras el billonario pague lo justo — y lo que se debate es cuánto es lo justo —, puede hacer lo que quiera. Para la izquierda Piketty es una salida al eterno neomarxismo, esa suerte de refrito mohoso que no llevaba a ninguna parte. El francés ofrece un cambio de baraja. ¿Qué pasará cuando ciertos dogmáticos ilustrados lean este libro heterodoxo? No sé, pero quiero saberlo.

Andrés Hoyos es uno de los fundadores de la prestigiada revista colombiana El Malpensante.


Articulo: www.elboomeran.com 02/11/2014