dimanche 28 décembre 2014

Benjamin SHEPARD, L. M. BOGARD & Stephen DUNCOMBE/La broma infinita

REVERSO

La satirización del poder y el juego como forma de superación forman parte de todas las civilizaciones. En el siguiente trabajo los autores analizan tres casos que han sido pioneros en los logros del activismo callejero: ACT UP, GEE-ATE y Bike Liberation Clowns.


La broma infinita
Por Benjamin SHEPARD, L. M. BOGARD & Stephen DUNCOMBE*

La performance frente a lo insalvable: teatralidad, activismo y movimientos sociales

En los últimos años, los observadores han llegado a describir la protesta callejera y el activismo teatral como ineficaz e incluso contraproducente (Weissberg).

“Las protestas de la última semana en Nueva York fueron algo más que un desacertado y estúpido ejercicio de orgullo sin importancia. Fue una colosal pérdida de energía política”, escribió Matt Taibbi poco después de la Convención Nacional Republicana de 2004. Taibbi no era el único que pensaba así. “Sería sensato apreciar esta evidente falta de efecto y concluir que no vale de nada, que sería lo mismo quedarse en casa”, escribió Karen Loew tras la segunda toma de posesión de Bush, algunos meses más tarde. Otros sugerirían que los métodos usados por el activismo callejero implican múltiples significados que requieren de un examen más riguroso (Chvasta; Shepard, Queer, Play). No faltarían tampoco quienes sugerirían que dicha teatralidad requiere tanto de una aplicación táctica distinta (Bogad, “Tactical”, Electoral) como de una reevaluación crítica (Duncombe, Dream). Como observó Taibbi, la diversión que tiene lugar durante una manifestación ya no se considera una amenaza. Sin embargo, en lugar de preocuparse, los activistas de los movimientos actuales parecen estar obsesionados por el juego de la teatralidad callejera, las bromas y las manifestaciones.

El siguiente ensayo estudia los pros y los contras del uso del teatro callejero y de las bufonadas lúdicas en los movimientos sociales. Para muchos de los implicados, el juego es visto como un recurso con muchas aplicaciones para la actividad de los movimientos. Pero también es un área que requiere explicación. En su nivel más básico, el juego como performance política está relacionado con la liberación —de la mente y del cuerpo— de un gran número de fuerzas represivas, que van del Estado al super ego, ese policía que habita en la cabeza. El significado de juego para la performance de los movimientos sociales incluye innumerables dimensiones. En un nivel más práctico, el juego liberador es considerado por muchos activistas como un medio de eludir la represión.

Ayuda a los activistas a desarmar y a fortalecerse en lugar de a participar en la lucha callejera. También atrae al público. Frente a la coacción, la actividad de los movimientos sociales es quizás más útil al ayudar a los actores sociales a cultivar y a sostener comunidades de resistencia. En esto, las nuevas comunidades conforman, compensan y se enfrentan a sus a menudo insalvables oponentes políticos. No es un fenómeno nuevo. Tomemos como ejemplo a los diggers (cavadores) que ocuparon St. George’s Hill en 1649. Aunque no consiguieron conservar su zona autónoma, “lo que estos parias del Nuevo Ejército Modelo de Cromwell mantuvieron en alto fue la comunidad creada en su acto de resistencia; era un modelo a escala de la confraternidad que demandaban para el futuro”, escribe Steve Duncombe (Cultural 17). Los autores de este ensayo hemos tenido experiencias similares con el juego social y cultural y la creación de una comunidad.

Para dar sentido a estas experiencias, hemos adoptado un enfoque autoetnográfico para escribir este texto, integrando tanto la observación participativa como los desarrollos teóricos a fin de crear un entendimiento del juego y de la performance activista (Butters; Hume y Mulock; Juris; Lichterman; Tedlock).

Existen muchas formas de juego, como la famosa ocupación de tierra de los diggers, el disfraz de género o dragging, las llamadas de atención de ACT UP, el uso de comida y bandas de mariachi entre la comunidad latina de EE. UU., la dramaturgia bailada, el sabotaje cultural o cultura jamming, el carnaval y otras formas de actividades de construcción comunitaria creativa. Se trata de la estimulante sensación de placer, del gozo de crear un mundo más emancipador y solidario.

Existen muchas formas de pensar en el juego. Para Richard Schechner, jugar implica hacer algo que no es exactamente “real”. Se trata de algo “de doble filo, ambiguo, que se mueve en diversas direcciones simultáneamente”. Aunque hay muchas formas de conceptualizar el juego, la mayoría de los estudios empiezan por Homo Ludens: un estudio del elemento lúdico en la cultura de Johan Huizinga, una obra que ha inspirado a los actores de los movimientos sociales durante décadas. Su definición abarca muchos de los hilos establecidos en este debate inicial. Entre ellos la concepción del juego como “actividad libre que se sitúa de manera bastante consciente fuera de la vida ordinaria en tanto que no seria, pero que al mismo tiempo atrapa intensamente y por completo al jugador”. Prosigue con que el juego “promete la formación de agrupaciones sociales que tienden a rodearse a sí mismas en el secreto y subrayan su diferencia con el mundo común disfrazándose o mediante otros medios” . Se trata de un espacio para la actividad libre. De este modo, el juego es una respuesta ideal a la represión política.

El juego es útil para los movimientos sociales de numerosas maneras. A continuación se plantean cuatro formas en que el juego contribuye en las campañas.

(1) Ofrece una forma normalmente (aunque no siempre) no violenta de enfrentarse al poder, de jugar con el poder, en lugar de reproducir patrones de opresión o dinámicas de poder. Así, el juego permite a los actores sociales desarmar a los oponentes. El resultado son nuevas formas de relaciones sociales.

(2) Sirve como medio para la construcción de una comunidad. Para muchos, el objetivo de organizarse como movimiento es crear no solo una solución externa a los problemas, sino crear comunidades de apoyo y resistencia. Aquí, el juego cobra una dimensión prefigurativa de construcción comunitaria.

(3) Sostiene eficazmente un esfuerzo de organización coordinado. En su aspecto más necesario, el juego es enormemente útil como parte de un esfuerzo que incluye muchos componentes tradicionales de una campaña de organización. Sin dicha integración, el juego es menos útil; se convierte en una forma de desublimación represiva (Marcuse).

(4) Además, en su aspecto más necesario, el juego invita a la gente a participar. Entre su uso de la cultura y el placer, implica e intriga. A través de sus medios de umbral bajo, permite nuevos participantes en el juego del activismo social. Estos cuatro componentes se pueden integrar fácilmente en estrategias globales para los movimientos. A partir de aquí, el juego y la performance política se entienden como herramientas afectivas y dispositivos instructivos capaces de permitir a los activistas generar una imagen tanto de lo que va mal en el mundo como de a lo que se parecería un mundo mejor. Por ejemplo, Martin Luther King, Jr. utilizó de forma muy eficaz los medios de comunicación y la teatralidad callejera para manifestar lo que ocurría con el apartheid en EE. UU. El archivo de vídeo de las manifestaciones pro derechos civiles incluye imágenes tanto de la imperecedera violencia ejercida por el Estado como de gente bailando y cantando (McAdam; Payne). A lo largo de dichas campañas, los actores sociales se apoyaban entre sí enfrentándose a sus sobrecogedores oponentes y a la violenta represión a través de serias y en ocasiones ridículas interpretaciones de himnos eclesiásticos tradicionales, a veces con la letra sardónicamente actualizada para la lucha contemporánea (Reed). Quizás, antes que nada, el juego y la performance política crean espacios en los que los activistas se sienten llamados a desafiar a sus oponentes aparentemente insalvables.

Lo que viene a continuación se divide en dos partes: la primera establece los fundamentos filosóficos para el uso de la performance y la teatralidad en el proceso del activismo para el cambio social; la segunda parte incluye ejemplos de los movimientos contra el sida, la justicia universal y ecologistas que demuestran el uso eficaz del juego y la performance en el activismo social. Los casos descritos ilustran formas que los activistas toman prestadas de la política del juego para enfrentarse a lo insalvable una y otra vez.

Teóricamente hablando. Existen innumerables formas de pensar en las formas teatrales de protesta. A lo largo de la última década los debates sobre las implicaciones de la organización lúdica se han extendido exponencialmente. Incontables actores han participado en el debate sobre los significados, posibilidades y limitaciones relativos al activismo de tipo bromista y teatral (por ejemplo, Bogad, “Tactical,” Electoral; Duncombe, Dream; Ehrenreich; Shepard, “Play,” “Joy,” Play, Queer; Solnit).

Muchos de estos debates se basan en el trabajo entre académicos y activistas para crear espacio para las influencias culturales dentro de las prácticas de los movimientos (Darnovsky et al; Duncombe, Cultural; Reed). En este sentido, activistas y académicos se han organizado por igual para dar cabida a lugares en los que desarrollar una amplia variedad de afectos, que incluyan sentimientos de placer, libertad y una dinámica liberadora más ligera y bromista dentro de las prácticas y el academicismo de los movimientos. El juego y el proceso de actividad de los movimientos empezaron a ganar reconocimiento. Los medios y los fines ya no se consideraban términos que se excluyesen los unos a los otros.

Sin embargo, las preguntas sobre la eficacia política siempre surgían pronto en estos debates (Chvasta). Muchos se preguntaban qué había de válido en la frivolidad táctica de la organización de los movimientos. Algunos sugerían enfoques sobre el activismo que partían de la redistribución de los recursos que se interponían en la organización del mundo real (Weissberg). Al fin y al cabo, muchos de los nuevos enfoques basados en la cultura contrastaban marcadamente con los enfoques dominantes del academicismo sobre movimientos sociales, que hacían hincapié en las elecciones racionales, el comportamiento colectivo y la asignación de recursos (McAdam et al). Bien entrada la década de los sesenta, los estudios sobre movimientos tendían a centrarse en la dinámica de las multitudes, las muchedumbres y las revueltas (Le Bon). El frenesí de la vida colectiva de los humanos se veía normalmente como una forma de desviación. Aunque se podía encontrar significado en el comportamiento expresado durante las manifestaciones callejeras, lo que incluía aspectos de ritual, danza y frenesí dionisiaco (Ehrenreich), la mayoría de los teóricos de las multitudes argumentaban que tales actividades reflejaban una falta de pensamiento racional (Jasper).

En su lugar, la consideración crítica del significado de los actos irracionales quedaba en la providencia del psicoanálisis, que encontró su camino en la teoría social de la Escuela de Frankfurt (Marcuse). Y los académicos de los movimientos sociales vieron con recelo el comportamiento de las multitudes.

Por supuesto existe una razón para ello. Durante los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, fueron muchos los que estuvieron profundamente marcados por la idea de que las manifestaciones oscuras del comportamiento colectivo impulsaron el ascenso del Tercer Reich y de la Guerra Fría (Goodwin).

Los críticos aducirían que los enfoques más bromistas y teatrales sobre la práctica de los movimientos sociales son frívolos, ya que descartan la posibilidad de la transformación social y política (Ebert). Los críticos argumentarían que los enfoques sobre organización que incluyen elementos de espectáculo, placer, juego o teatro son realmente contraproducentes (Weissberg). Sin embargo, otros discreparían de este punto de vista.

Las limitaciones del punto de vista racionalista sobre los movimientos sociales son muchas. En primer lugar, los humanos no siempre se comportan de forma racional. “Todo juego tiene su parte excitante”, apunta el estudioso de los movimientos sociales Jasper. El goce de la protesta es lo que con frecuencia hace que la gente se implique. El enfoque racionalista no reconoce las motivaciones y el placer que muchos encuentran en la búsqueda de la creación de un mundo mejor. “Aquellos que reducirían los movimientos sociales a actores instrumentales implicados en luchas de poder en un campo de batalla denominado estructura de oportunidades políticas han elegido la vía ontológica”, sostienen Eyerman y Jamison. Estos teóricos han tomado la decisión de “ver el mundo en términos de estructuras y procesos que existen fuera del significado que los actores les adscriben. Para ellos el mundo se compone de conexiones causales entre variables dependientes e independientes, no de las luchas de los seres humanos reales”.

La crítica más constante del juego en la construcción de movimientos sociales es que la actividad lúdica es una forma de compromiso ligada a la clase; es algo de lo que puede disfrutar la juventud de clase media pudiente que tiene el tiempo libre para ello. Al parecer, podemos suponer que los pobres no quieren o no necesitan jugar. Andrew Boyd, el fundador de Billionaires for Bush, Steve
Duncombe, uno de los fundadores de la sección neoyorquina de Reclaim the Streets y yo (Shepard) tuvimos que enfrentarnos a diversas de estas cuestiones tras la presentación sobre performance, juego y fantasía del activismo durante una conferencia en otoño de 2006. En el tren de vuelta a Nueva York, reflexionamos sobre esta rama de la crítica.

Andrew Boyd recordó una historia del París del 68. La imaginación al poder era el grafiti que se pintaba en las calles de París en 1968. Durante aquel emocionante período muchos sugirieron que este punto de vista traicionaba la lucha de clase del movimiento. Los trabajadores al poder, insistía un radical especialmente preocupado por la clase. Boyd recordó la respuesta de Paul Virilio a esta miope acusación: “Camarada, ¿está insinuando que los trabajadores no tienen imaginación?”. Este tira y afloja no es nada nuevo. Sin embargo, incluso un vistazo superficial sobre la historia de los movimientos sociales indica que el juego no es precisamente una actividad ligada a la clase. Sin duda, los situacionistas, los yippies (Partido Internacional de la Juventud) y los movimientos de liberación gay son famosos por articular una praxis que incluía una teoría y una práctica del juego, usando humor, sexo, cultura y diversión para promover los objetivos de sus respectivos movimientos (Plant ; Shepard, Play, Queer). Además, esto no excluía de ningún modo los esfuerzos del movimiento. Las cartas de los trabajadores pro derechos civiles que participaron en el Verano de la Libertad de 1964 indican que el eros social, los bailes, el beber cerveza, las canciones, el ligoteo y el desenfrenado sentido de la conexión social entre los trabajadores solo eran parte del Freedom High de los años de protesta pro derechos civiles. La lucha por destruir barreras raciales, sociales, culturales y sexuales incluyó mucho de juego y de experimentación sexual. El Freedom High formaba parte del apresuramiento por reconocer que era realmente posible construir un camino hacia un marco más emancipatorio de las relaciones sociales (McAdam 72). Formaba parte del placer de alto voltaje que producía la construcción de un mundo mejor.

Para muchos de estos movimientos, el juego era parte de lo que sostenía el activismo. Mickey Melendez, de los Young Lords de Nueva York, un grupo de acción directa de liberación latina que se organizó en uno de los distritos legislativos más pobres de Estados Unidos, recuerda la música de los mítines, el baile y las actuaciones de Tito Puente para recaudar fondos con los que pagar a los abogados que sacaban a los activistas de la cárcel. Décadas más tarde, yo (Shepard) trabajé en un programa de intercambio de jeringuillas en la calle del Hospital Lincoln que en 1970 tomaron los Young Lords. Solo tres décadas después, entre aquellos vecinos estaban los mayores índices de gente sin hogar que lidiaban con el VIH y tenían dependencia química de la ciudad. Solíamos tocar los tambores y leer poesía durante nuestras reuniones de asesoramiento a los arrendatarios o el funeral de alguno de nuestros miembros que había muerto. Sabíamos que sobreviviríamos al momento de desesperación y pena si se insinuaba una risita o una sonrisa en el grupo. Y los miembros sabían que habían hecho frente a lo negativo, lo habían sobrepasado y habían salido al otro lado.

De esta forma, cumplíamos la tarea que Hegel puso como reto para la vida moderna hace ya más de dos siglos. Marshall Berman explica: “si podemos mirar de frente a lo negativo y vivir con ello, entonces podemos lograr un poder verdaderamente mágico” y “convertir lo negativo en ser”. El juego apoya a la gente incluso en las circunstancias más difíciles. En la niebla de una sangrienta guerra civil en El Salvador un grupo de mujeres organizó tres comités por campo de refugiados: uno para la educación, otro para la construcción/recogida de basuras y un tercero llamado el comité de alegría (Duncombe, Dream). El compromiso alegre tiene lugar en los lugares más improbables. Por ejemplo, durante las Guerras Médicas de Heródoto, los líderes idearon un enfoque innovador para sobrellevar la hambruna.

“El plan adoptado durante la hambruna fue participar en juegos un día de manera tan entregada como para no tener deseos de comer”, dice Heródoto, “y al día siguiente comer y abstenerse de los juegos. De este modo transcurrieron dieciocho años” (citado en Csikszentmihalyi IX). Estos juegos inventados por los griegos siguen haciéndolos en nuestros días. Aunque el relato es ficticio, el asunto es ilustrativo. La gente “se mete tan de lleno en el juego para olvidar el hambre y otros problemas”, afirma Csikszentmihalyi. “¿Qué poder tiene el juego como para hacer que los hombres renuncien por él a sus necesidades básicas?” (IX). El juego funciona como una sorprendente herramienta para la actividad de los movimientos. Sin embargo, hasta la fecha, no se ha llegado a ningún consenso. Al escribir sobre los grupos contemporáneos de performance lúdica como Billionaires for Bush y ¡Ya Basta!, el filósofo Simon Critchley explica: “Estas tácticas cómicas ocultan una seria intención política: ejemplifican la eficaz forja de cadenas de equivalencia o formación de voluntad colectiva entre grupos de protesta diversos y, por otro lado, conflictivos.

Desplegando una política de subversión, la práctica anarquista contemporánea ejerce una presión satírica en el Estado para mostrar que otras formas de vida son posibles. Al reflexionar sobre mis ideas del humor, es el carácter expuesto, consciente del ridículo y autodebilitador de estas formas de protesta lo que encontraba convincente en comparación con la sagrada seriedad de la mayoría de formas de nihilismo activo de vanguardia y otras formas de protesta contemporánea (no menciono nombres). Grupos como Pink Bloc o Billionaires for Bush están representando su impotencia frente al poder de una manera profundamente poderosa. Políticamente, el humor es un poder impotente que utiliza su posición de debilidad para desenmascarar a aquellos que están en el poder a través de formas de ridículo autoconsciente. De ahí que la estrategia de la guerra no violenta sea tan importante”.

Critchley no es el único en sugerir que la estética antiheroica de las prácticas activistas lúdicas o teatrales son verdaderamente atractivas para aquellos que se han aburrido de la retórica, utilizada en exceso, de la izquierda. El crítico social Douglas Crimp encontró que este aspecto de la cultura organizativa de ACT UP era tremendamente innovador. Le permitió comprometerse con el grupo durante más de cinco años, cuando la matanza del sida se extendía sin una cura a la vista (Shepard, Queer; Takemoto). Y desde luego, es justo este reconocimiento de la necesidad de apoyo emocional lo que elude el análisis de los críticos a la protesta lúdica (Weissberg). Por este motivo, se incluye en este ensayo un breve resumen de la eficacia de las políticas lúdicas de ACT UP. El primer caso trata justamente sobre esto.

Exposición del Caso Uno: ACT UP y su lucha contra lo insalvable.

Una crítica constante a la performance callejera radical bromista es que trivializa el problema. Sin embargo, existe una larga historia de satirización del poder que abarca todas las civilizaciones humanas. A veces es necesario tomar una situación lo suficientemente en serio como para hacer burla con ella. Sin embargo, no todo el mundo reconoce esta realidad. Weissman (2005), por ejemplo, sugiere que aunque la Coalición del sida para desatar el poder (AIDS Coalition to Unleash Power, ACT UP) hizo un buen trabajo, su uso de la dramaturgia estratégica, sus llamadas de atención a los medios de comunicación, sus alteraciones y políticas sexuales eran contraproducentes. Otros aducirían que las políticas sexuales formaban parte de lo que ayudaba al grupo a seguir siendo necesario (Shepard y Hayduck; Shepard, Queer, “Joy”; Takemoto). Al fin y al cabo, hacía dos décadas, las posibilidades de una esfera pública queer1 estaban profundamente restringidas. La crisis del sida parecía estar creciendo exponencialmente mientras a las personas queer y a otros marginados sociales se les dejaba apañárselas mientras disminuía la aceptación política por su mala situación. La decisión sobre la ley de sodomía del Tribunal Supremo de 1986 Bowers frente a Hardwick relegó aún más la sexualidad queer al dominio de lo proscrito. Para sostener su lucha contra el continuo ataque, las personas queer mirarían a la sociedad pública, a la esfera sexual pública creada durante los años de liberación gay.

La táctica del movimiento incluía la estética queer bromista que resaltaba la visibilidad (Berlant and Freeman).

“Al principio no era como si estuviéramos concluyendo nada”, afirma Mark Harrington, “pero a medida que nos volvimos cada vez más sofisticados con las tácticas, empezamos a tener un impacto”. El enfoque de grupo bromista de umbral bajo ayudó a los miembros sin experiencia política a encontrar un punto de entrada inequívocamente queer en una lucha política que de otro modo se habría sentido como insalvable. “Frente a la muerte, resultaba enormemente gozoso y una liberación sentir dicho amor con otros”, recuerda Harrington.

“La jocosidad era una parte extrema de ello”. Esta jocosidad tomaba innumerables formas: “Si la gente estaba enfadada, planeaban una llamada de atención, a veces incluso una llamada de atención no autorizada en la reunión, otras veces con otros. En otras ocasiones, iban travestidos en la toma de un organismo oficial”. En momentos difíciles, muchos activistas tomaban prestado y se apoyaban ellos mismos incorporando elementos lúdicos en sus performances y campañas. Mientras se apoyaba en el juego de ACT UP, Harrington trabajó con Jim Eigo y otros miembros del Comité de Tratamiento y Datos (T&D, según sus siglas en inglés) para contribuir en el avance de algunos de los mayores éxitos de ACT UP, como la revisión por parte de la Administración de Medicamentos y Alimentos (FDA) estadounidense de la aprobación de fármacos para aquellos en necesidad crítica (Epstein, 1996). El compañero del T&D de Harrington, Jim Eigo, fue una de las voces más elocuentes de la necesidad de vincular la defensa del sida y la política sexual (Shepard, Queer). El juego contribuyó plenamente en la creación de una comunidad de resistencia.

Durante muchos años, una política del juego ayudó a los que lidiaban con la crisis del sida primero a comprometerse y luego a seguir comprometidos con la lucha. En 1989, Tim Miller, un artista de la performance de Los Ángeles, encontró en la mezcla de indignación y energía sexual de ACT UP una potente combinación. Además, el grupo ofrecía una salida a pasiones que de otro modo habrían sentido que desperdiciaban. “¿Quién tenía tiempo de preocuparse por ese tío excéntrico cuando todo lo que tenía sentido era ACT UP?”, escribió, “estábamos concentrándonos en intentar detener el sida. También guardábamos un poquito de energía para actuar” (Miller 203). Para Miller, ACT UP parecía canalizar una energía queer que no se veía desde los tiempos de Harvey Milk: “Las ollas estaban hirviendo ya que una generación de buenos chicos y buenas chicas queer se estaban volviendo peligrosos”. La energía de ACT UP era una respuesta ideal al aislamiento y al pánico que habían caracterizado la primera respuesta a la epidemia.

“La movilización de ACT UP era exactamente lo que había estado esperando”, recuerda Miller. “Por fin, mi programa de izquierdas y mi erótica queer tenían un movimiento social en el que encajar”. Antes de ACT UP, el miedo al sida había sido paralizante. Pero con ACT UP, “de repente, aquellas preocupaciones siniestras de dentro no estaban solas. Aquellos sentimientos podían salir fuera, en relación con otra gente que también había sido destruida por esos mismos miedos”. El grupo ofrecía un conjunto de salidas alternativas para lo que de otra forma habría sido una situación horrenda, un medio de enfrentarse a lo insalvable. Miller escribe, “tras años de estar jodidamente asustado, estaba encantado de estar jodidamente cabreado”.

Todavía, durante muchos años, la lucha de ACT UP se sentía como una batalla contra un enemigo casi imbatible. “Desde luego, con todo activismo de acción directa estás luchando contra algo que realmente te va a vencer”, reflexionó la activista queer Mattilda (2007), que ha estado trabajando con diversos grupos de acción directa queer. En su lucha contra algunos de los más grandes objetivos del activismo de nuestra época (el sida, la brutalidad policial, la gentrificación), Mattilda ha seguido siendo una activista comprometida durante casi dos décadas. De muchas formas, el espectáculo carnavalesco de ACT UP y la tradición lúdica de la que forma parte invita a los actores sociales a desafiar lo insalvable (Schechter). “Esta cuestión insalvable es de donde procede el cinismo”, admite Jennifer Miller, fundadora de Circus Amok. “Es insalvable, tenemos que volvernos capitalistas”. Sin embargo, la otra cara de ese pensamiento sigue existiendo. La lógica del juego es que desafía la lógica convencional.

Invita a la gente a comprometerse con asuntos que son mucho más serios que los tratados de una manera formal. Algunos problemas son demasiado importantes como para que se traten con compostura. En su lugar, las bromas, el ridículo y el juego pueden ser las herramientas más potentes de las que disponen los activistas, en especial frente a obstáculos apabullantes. Dicho espíritu de desafío es a veces todo lo que uno puede hacer; a veces, es suficiente. “Abre el espacio del activismo”, afirma Miller. Hace que lo previsible no lo sea tanto durante un minuto. “Hace que el trabajo frente a lo insalvable sea una opción razonable [...] No es lo más eficiente que se puede hacer, pero es lo único que se puede hacer [...] Hay mucho de gozoso en poder gritar juntos nuestra indignación”. Aunque muchos de estos gritos colectivos a veces parecieron fútiles, el mundo sintió su impacto.

La opinión pública de las personas queer se transformó enormemente durante los años que transcurrieron entre la formación de ACT UP en 1987 y la segunda administración Bush. En 2003, por ejemplo, una mayoría del Tribunal Supremo de EE. UU. emitió un fallo contra los estatutos de sodomía con el veredicto Lawrence frente a Texas, anulando por tanto el veredicto de 1986 Bowers frente a Hardwick que tanto movilizó a los primeros activistas queer. Desde luego, el veredicto no fue perfecto. Los activistas queer no tardaron en reconocer que la ley solo respaldaba el comportamiento privado, no el público. No obstante, seguía siendo una importante victoria. Si alguna vez un caso demostraba la vitalidad del trabajo hecho por el movimiento social, era este. En 1986, un Tribunal Supremo mucho más progresista votaba a favor de la criminalización de actos homosexuales en espacios privados. Durante los veinte años sucesivos, el público estadounidense fue testigo, ola tras ola, del activismo y la visibilidad queer. A lo largo del camino, un mensaje contrahegemónico pasó de los márgenes al centro del debate público. La narrativa contrahegemónica, que la sexualidad queer es una parte saludable de la persecución de la felicidad en una democracia pluralista, se convirtió en un guión ganador. En su opinión, mayoritaria, del caso Lawrence, Anthony Kennedy, la persona designada por Reagan, simplemente dijo que conocía a homosexuales y que sentía que no podía dictaminar que lo que hicieran en su casa constituyese un acto delictivo. Todo sonaba muy razonable. Pero solo diecisiete años antes, un tribunal similar no fue capaz de concluir que esa era una posición legítima.

La diferencia está en que entre 1986 y 2003 ACT UP había usado todas las herramientas a su disposición, incluida la representación y el juego radicales, para promover una narrativa menos homofóbica y más inclusiva de la vida queer. Y no estuvieron solos; desde los grupos queer radicales como Queer Nation a las organizaciones democráticas liberales como National Gay and Lesbian Task Force, trabajaron en conjunto para cambiar la percepción sobre las personas gay. Para Mary Bernstein, el fallo Lawrence fue una victoria discursiva: tras casi dos décadas de desafío a las creencias públicas, el punto de vista de la sociedad había cambiado radicalmente de manera profunda e inesperada. “Los teóricos deben entender no solo el impacto político de un movimiento, sino su movilización y efectos culturales, que incluyen la creación de un discurso alternativo, la construcción de comunidades y también el empoderamiento”. A veces el cambio social va más allá de conseguir un objetivo político inmediato en un plazo de tiempo deseado. Como explica Bernstein, “las campañas políticas son a menudo tan importantes por su efecto sobre las comunidades, las organizaciones y las identidades como por las leyes que cambian”.

Limitaciones, malas interpretaciones y posibilidades.

Aún así, los defensores de las formas lúdicas o teatrales de protesta son terriblemente conscientes de las limitaciones de dichas tácticas. “La historia la escriben habitualmente personas con pistolas y porras y uno no puede esperar derrotarles con sátira burlona y tíos vestidos con plumas” (Critchley 124). En su nueva obra, Dancing in the Streets: A History of Collective Joy, Barbara Ehrenreich evaluaba de manera crítica las limitaciones de la alegría colectiva dentro de la actividad de los movimientos. No se puede confiar sistemáticamente en dicho juego para derrotar tiranos, como nos asegura Victor Turner, al menos no por sí solo. Y a veces libera simplemente un valor de presión, creando un espacio para el ocio, que permite al sistema seguir sin control (Bogad, Electoral).

Marcuse lo llamaría desublimación represiva. Aunque estas críticas resultan familiares, siguen siendo importantes. Para hacer el mejor uso de la protesta lúdica como herramienta, conviene entender las mejores aplicaciones prácticas de dicho trabajo. “Sean cuales sean sus fallos como medio para el cambio social, los movimientos de protesta siguen reinventado el carnaval” afirma Ehrenreich. “Casi toda manifestación a la que he ido a lo largo de los años (pacifista, feminista o en pro de la justicia económica) ha presentado algún elemento de lo carnavalesco: vestidos, música, bailes espontáneos o el acto de compartir comida y bebida”. Estas formas de juego y acción directa cívica son una parte fundamental para la construcción del movimiento, y los organizadores la reconocen como un complemento útil para una campaña continua. Sin ella, los movimientos a menudo están limitados. Ehrenreich afirma: “Los medios de comunicación a menudo ridiculizan el espíritu carnavalesco de dichas protestas, como si fueran una distracción autoindulgente del asunto político serio. Pero los organizadores veteranos saben que la gratificación no se puede aplazar hasta después de la revolución”. Así que los movimientos han pretendido colocar el derecho a la fiesta sobre la mesa. Dicha estrategia también aumenta los medios y la motivación para una participación a largo plazo. Se trata de un punto de vista que también mantiene el teórico cultural Stephen Duncombe (Dream). Si no participa alguna forma de placer en la organización, la gente deja simplemente de sentirse implicada a largo plazo. De 1998 a 2004, Duncombe ayudó a organizar el grupo Reclaim The Streets (RTS) de la ciudad de Nueva York, que celebraban fiestas callejeras como intervenciones políticas. Los partidos también solían comunicar mensajes políticos a través de un espectáculo ético. Con RTS, el objetivo de dichos actos de alegría colectiva era doble: sostener a las tropas y hablar a diversos públicos. “La gente debe encontrar, en su movimiento, la inmediata alegría de la solidaridad, aunque solo sea porque, frente al poder apabullante del Estado o de las empresas, la solidaridad es su única fuente de energía y fortaleza”, afirma Ehrenreich. Se trata de una cuestión que los críticos siguen ignorando.

Para Duncombe, la cuestión es sencilla: aquellos que sostienen que la acción cívica y la performance política son ineficaces muestran una impresionante ingenuidad en relación a cómo lo político, en específico, la política de una democracia, funciona realmente. Los políticos y legisladores toman decisiones y pasan a la acción simplemente porque gente razonable ha desplegado un caso lógico y racional antes que ellos. Muy a menudo actúan debido a la presión privada o pública, es decir, a las recompensas o castigos privados de los grupos de interés (por ejemplo, las contribuciones de campaña) o a las muestras públicas de apoyo o rechazo de los electores y los votantes (protestas públicas o datos de sondeo que muestran la opinión pública). Estas fuerzas externas, a su vez, no basan su apoyo o censura a una cuestión o a un individuo únicamente en un juicio de valor razonado, sino más bien en ideologías e intereses, pasiones y deseos. Para creer que las políticas eficaces tienen lugar fuera de la esfera de la performance y el espectáculo públicos, el deseo y la fantasía es, en sí, una fantasía. Los críticos de la performance política también revelan un sesgo antidemocrático: que los políticos y los legisladores deberían tomar sus decisiones sin verse influidos por el sentimiento y el apoyo populares. Hay una cierta honestidad en este argumento cuando lo manifiestan antidemócratas como Edmund Burke, el crítico de la Revolución francesa, que estaba atormentado por la idea de que los peluqueros franceses tomasen decisiones políticas (Burke 45), o el último Walter Lippmann, que llegó a caracterizar a la ciudadanía como un “rebaño desorientado” que era mejor relegar a meros “espectadores de la acción” (Lippmann 93).

Pero cuando dichas críticas a la acción civil proceden de pensadores que profesan creer en la democracia, entonces el argumento es, cuando menos, insincero. Más bien, lo político debe participar en el ámbito aparentemente más efímero del deseo y la fantasía, el espectáculo y la performance, si quieren cobrar significado para la gente. Una política sin significado es una política que no moviliza a nadie. Pero el significado político está vacío, sin cumplir, a menos que se exprese en normas y políticas con resultados materiales. Necesitamos creer en la performance política no solo como ajuste de cuentas con una realidad material, sino también como el avance que forma parte de un plan global para cambiar no solo la forma en que la gente piensa, sino la forma en que actúa, transformando en última instancia la forma de la realidad material en sí misma. El juego de la construcción del movimiento es más eficaz porque ayuda a movilizar dichos elementos de la imaginación. La importancia de la performance pública se remonta al menos a las ciudades-estado griegas y probablemente al origen de la sociedad humana. Una breve exploración de la Poética de Aristóteles ilustra esta cuestión.

Aristóteles escribió la Poética en actitud defensiva. Platón había advertido en su perfecta República de los peligros del teatro como sombra mimética y pervertida de la realidad (en sí misma una mera sombra de Lo Ideal). Aristóteles respondió, reivindicando el teatro como una terapia cívica, un regulador emocional que, a través de la identificación con el héroe trágico, y la catarsis resultante, serviría como purgante regulador y emocional para limpiar el cuerpo civil de actitudes y emociones agitadoras y antisociales. Aristóteles sagazmente prescribió la manipulación estéticoemocional para unificar a los individuos dispares con intereses en conflicto en una identidad masiva conformista con una ideología compartida y una matriz conductual delimitada. Los elementos clave de esta dramaturgia eran la idealización/identificación del noble con un error trágico (hamartia), el reconocimiento por parte de ese noble de su propio error como causa de su perdición (anagnarosis) y la resultante aceptación del público del Destino como algo determinado desde arriba. En nuestra época, Augusto Boal critica el drama aristotélico como coercitivo y afirma que gran parte de la televisión y del cine modernos (y yo añadiría, de la performance pública corporativa y del Estado) se basa en este antiguo modelo griego. Obviamente, el poder de la performance pública, de la narración y de la manipulación emocional han sido un tema continuo en la teoría democrática, tanto para los que desean usar estos elementos para preservar la jerarquía y el orden social como para aquellos que esperan deconstruirlos, o distorsionarlos como herramientas para fines más igualitarios y liberadores.

De ahí el interés de jugar con formas de la realidad, transformando los intereses públicos en un teatro público de la imaginación más democrático. El elemento subversivo del juego incluye su naturaleza espontánea y muy improvisada. Ciertamente, existe un gran salto del teatro tradicional a la performance de los movimientos sociales. El primero se produce en un espacio y un tiempo limitados y autorizados, con un público predispuesto y una trama cerrada; la segunda implica una acción creativa masiva que refuta el espacio público/privado, a menudo se produce en territorio hostil e interactúa tácticamente y de manera improvisada con oponentes, transeúntes y el tribunal de la opinión pública. Sin embargo, eso que llamamos dramaturgia de los movimientos sociales emplea muchos de los mismos planteamientos que el teatro formal en su trabajo informal, como caracteres persuasivos y/o escandalosos, argumentos confeccionados con un conflicto dramático claro e interesante y ritmo, ritmo, ritmo.

Uno de los argumentos centrales contra la performance callejera radical es que predica a los habituales. En primer lugar, este argumento ignora las incontables acciones creativas que, en mayor grado que el teatro tradicional, penetran en el espacio disputado y llegan a afectar, persuadir o a convertir a los opositores y a los no comprometidos/neutros. Y lo que es más importante, la discrepancia de la performance creativa hace un trabajo cultural valioso incluso entre los convertidos.

Este tipo de acción de grupo comprometida, corporal e incluso gozosa, puede crear redes más densas y comprometidas para futuras acciones. Permite a los activistas crear visiones del mundo que desean y no solo de aquello a lo que se oponen. Los movimientos sociales pueden necesitar agendas y visiones del mundo compartidas, pero se desarrollan en el folclore y las historias compartidas. Estos acontecimientos a menudo escandalosos tienen una finalidad dentro de los movimientos: crear una mayor cohesión del grupo a través de experiencias absurdas y riesgos compartidos, y el creciente reclutamiento de nuevos miembros que hacen el activismo gozoso, creativo y participativo.

La desobediencia civil creativa no violenta mezcla a Gandhi y Martin Luther King con Harpo y Groucho Marx. La bufonada tiene su papel en el carnaval. Incluso más allá de convertir en el sentido de crear estructuras de significados/quejas compartidas para la acción colectiva, existe un metanivel en el que la desobediencia civil puede funcionar, y es el nivel de modelar a la ciudadanía. A nivel no verbal, grupos como Yes Men, ACT UP y la Oil Enforcement Agency demuestran que ser ciudadano implica algo más que la producción, el consumo o incluso el voto… De hecho esta performance demuestra que puede ser gratificante, fortalecedor e incluso placentero tirar el cuerpo pintado de uno a las ruedas dentadas de una máquina de guerra o interrumpir el hegemonólogo de una corporación o un régimen (Bogad, “Place”, “Upstaging”). La cultura de la apatía se apoya en una cultura pasiva y paranoica del miedo: miedo al hombre, al castigo, a la multa, al encarcelamiento, a entrar en una lista e incluso –grito ahogado– al ridículo.

Estos miedos a veces están justificados y, para ser justos, algunas performance callejeras confirman esos miedos; para otros, ese miedo en sí mismo se ridiculiza a través de una resistencia visiblemente gozosa, creativa y perturbadora. Otro mundo es posible (en realidad, otro modo de ciudadanía es posible) y lo último hace a lo anterior posible. La performance masiva puede extender el rango de comportamiento imaginable en el espacio público. En un mundo en el que el espacio público de facto está cada vez más privatizado y regulado, esto es en sí un fin valioso. La performance callejera irónica, en la que los performers dicen una cosa y quieren decir otra, reivindica un profundo concepto democrático: el potencial de la polis de crear, en lugar de simplemente consumir. ¿Es realista? Los reaccionarios creen que las personas son, digamos, reactivas y fácilmente manipulables, como lo fue la muchedumbre durante la escena oratoria de Marco Antonio en el Julio César de Shakespeare. Sin embargo, la obra irónica hace un llamamiento a los desprevenidos transeúntes para descodificar, participar y pillar la broma y, quizás, incluso replicar, en lugar de simplemente consumir.

Exposición del Caso Dos: GEE-ATE.

Durante la reciente conferencia del G8 en Alemania, yo (Bogad) trabajé con Aaron Gach del Center for Tactical Magic en una performance sobre caos climático/calentamiento global. Instalamos un camión de los helados en el centro de Davis, California, y anunciamos que estábamos ofreciendo helado gratis.

Cuando los clientes se acercaban al camión, les explicaba, ataviado con mi disfraz/personaje de dependiente de empresa que éramos empleados de GEE-ATE (siglas en inglés de Experimentos Económicos Globales-Técnicas Avanzadas de Deshielo), y que estábamos ofreciendo helado hecho de “hielo de glaciar puro garantizado: ¡lléveselo mientras dure!”. Nuestros folletos suministraban información adicional sobre el calentamiento global y otros temas, pero también incluían nuestros eslóganes corporativos, “El cambio climático es dulce™” y “Sigue la corriente de los hielos flotantes™”, e imágenes de glaciares con marcas de mordiscos en ellos y el subtítulo “¡MMM!”. Llamé la atención de los clientes para que pensaran en el helado como ajustadores de actitud del calentamiento global, y que el hielo de glaciar que se derretía en sus bocas convertía sus propios cuerpos en un microcosmos de lo que sucedía en los casquetes polares en una especie de comunión climática. Aunque una mujer criticó con indignación nuestra distribución de grasa saturada como algo horrible, otros participaron en el acto, charlando animadamente con nosotros. Un hombre dijo: “¿Sabe qué? Me encanta pensar que esto tiene 50.000 años de antigüedad y me lo estoy tragando entero”. Otros dijeron a un periodista que la sátira era “deliciosa”, “interesante y entretenida” y que “te fuerza a observar la propaganda que la gente lanza”. Nuestro comentario favorito fue: “Creo que es una sátira brillante sobre el consumo moderno y el agotamiento de los recursos, y cómo la industria convierte en positivas cosas negativas como el calentamiento global” (citado en Burton 1).

Nuestro objetivo era provocar alegremente la conversación e ideas sobre el calentamiento global entre los transeúntes aleatorios del centro de Davis y lo hicimos con un buen número de personas y recibimos cobertura en el periódico local que detallaba suficientemente bien lo que hicimos de modo que los lectores pudieran pillar la broma y la cuestión. Una pequeña performance local involucraba a un público general. Invitaba a la gente a participar, permitiendo nuevos participantes en el juego del activismo social.

Este tipo de obra abierta (performance que abre el espacio público en lugar de simplemente ocuparlo) puede sorprender alegremente. Este elemento de sorpresa es clave en la performance de los movimientos sociales, por motivos tácticos y, en un plano más fundamental, en términos de conexión personal, de ruptura del estereotipo, la banalidad, el cliché y otros hábitos que entorpecen el pensamiento.

La imaginación debe estimularse e incentivarse para concebir mundos mejores, para romper paradigmas. Es una muestra de respeto por el transeúnte cuando el discurso de tu chanchullo no es obvio. El carnaval como táctica apela a la polis, o al menos en parte, a cocrear el acontecimiento, el significado compartido, la interpretación de “lo que está mal y lo que debe hacerse” (Bogad, “Tactical Carnival” 52-53).

Exposición del Caso Tres: Coches frente a bicicletas.

El antropólogo Jeff Ferrell sugiere que aunque el término hegemonía se utiliza a menudo en exceso, cuando uno habla de la influencia del automóvil en la economía política de EE. UU., de energía, y de política urbanística, dicha descripción no parece irrazonable. Los coches dominan el espacio público de innumerables maneras. A pesar de ello, el movimiento ecologista ha tratado de desafiar la propia noción del supuesto derecho de que los coches dominen las calles públicas. El caso final aquí presentado contempla las formas en que los activistas ecologistas han hecho uso de una política del juego y la teatralidad para implicar a otros en la lucha por el transporte no contaminante.

La exposición del caso resalta la cuestión de que la actividad lúdica ofrece normalmente (aunque no siempre) una forma no violenta de compromiso, de juego con el poder, en lugar de reproducir fuentes de opresión o de violencia.

Durante muchos años, los activistas de Nueva York pueden recordarlo, tuvieron lugar en la ciudad de Nueva York las marchas ciclistas de Critical Mass (Shepard y Moore). Sin embargo, en los meses posteriores a la Convención Nacional Republicana (RNC) de 2004, cuando un viernes, una procesión de miles de bicicletas pareció tomar por sorpresa la ciudad, el Departamento de Policía de Nueva York inició una amplia y generalizada campaña para ponerse duro con Critical Mass. Con cada marcha, las medidas represoras parecían pronunciarse más a medida que aumentaban las fuerzas policiales y los arrestos, y la participación de activistas mermaba en los meses de invierno (Karmazin; Shepard, “Community”). Las marchas y el juego del ratón y el gato entre policías y activistas, polis y tribunales continuaron durante más de un año, incluso después de que un juez declarase que las marchas podían continuar sin autorización (Associated Press, “Judge”).

En agosto de 2005, yo (Shepard) recibí la llamada telefónica de uno de los activistas que había estado implicado con las marchas preguntándome si estaría interesado en participar en un nuevo tipo de marcha organizada en torno al tema del clown y las payasadas. Me sentí inmediatamente entusiasmado y a la vez, de algún modo, asustado por el espectro de otro proyecto con payasos. El verano anterior, la sección en constante transformación de Reclaim the Streets de Nueva York había organizado una división de la organización Clandestine Insurgent Rebel Clown Army (Shepard, “Community”).

Uno de los organizadores del grupo, L. M. Bogad, había ayudado a formar el grupo en Londres el año anterior y utilizaría posteriormente a los payasos rebeldes durante el verano de 2005 en las protestas contra el G8 en Gleneagles, Escocia (Bogad,“Carnivals”). “Llevaría mucho trabajo y formación iniciar otra tropa de payasos”, observé. Tras una pausa mi amigo dijo: “La marcha está programada para este martes. Coge tu mejor peluca”.

El 20 de agosto de 2005, el grupo ecologista Time’s Up! Declaró el día 23 de agosto “Día de la Liberación del Carril Bici” en la ciudad de Nueva York. Ese martes, un grupo de ciclistas que llevaban disfraces de payaso iniciaron la marcha en bici en la iglesia de San Marcos del East Village y subieron por la Segunda Avenida. Al llegar al cruce de St. Mark’s Place con la Calle 7, los payasos se encontraron con su primer culpable, un camión de entrega de UPS. El conductor aceptó su multa con buen humor. La multa naranja colocada en los coches se parecía a una multa de aparcamiento real de NYC. Informaba a los propietarios de los vehículos aparcados ilegalmente que “esto podría ser una multa real” y enumeraba las normas de circulación para la ciudad de Nueva York que sostenían esta afirmación. “Sección 4-08(e): Está prohibido detenerse, pararse, aparcar o de otro modo obstruir los carriles bici. Sujeto a 115 $”. De ahí, los payasos siguieron su marcha por la ciudad, dando a los coches aparcados en los carriles bici falsas multas (Siegel,“Clowns”). Como el conductor de UPS, la mayoría de los conductores se reían y salían ahuyentados; otros establecían un diálogo sobre los coches en la ciudad y la necesidad de transporte no contaminante. Cuando unos pocos conductores gritaron, los payasos normalmente tocaron sus bocinas y siguieron adelante.

Al día siguiente, un fotógrafo activista publicó sus fotos de la acción en el sitio web de Indymedia (Askew). Las fotos motivaron un gran número de respuestas que trataban sobre el papel del juego en relación con la actividad de los movimientos sociales. El 24 de agosto de 2005, una persona que se identificaba como “ciclista” publicó la siguiente observación sobre los Bike Lane Liberation Clowns: “También soy un ciclista de NYC pero la cobertura de Indymedia de todo el asunto de las bicis, habiendo tanta mierda como hay en el mundo, suena a grupo de jóvenes ridículos y resulta totalmente irrelevante. Informe sobre, no sé, LAS GUERRAS, no sobre un grupo de veinteañeros tatuados fastidiando el tráfico. Tan pronto como se utilice una táctica de liberación ciclista real, estaré interesando en el asunto. Ridículo”. Lo que al ciclista se le escapaba era que muchos de los payasos en bici se tomaron el hecho de que se les llamara ridículos como un piropo. Otros respondieron que Indymedia está abierto a que cualquiera publique noticias. Otros incluso dijeron que les había encantado la marcha. “Branford and Chesterfield” escribieron que habían sentido que la marcha había sido “bonita, muy bonita, mucho más que bonita”. Sugirieron que “animasen a los payasos a nunca dejar de hacer payasadas”. Otra persona, llamada “g” empezó parafraseando a Emma Goldman: “Si la diversión no forma parte del movimiento, morirá. Si la carcajada no forma parte del movimiento, morirá. Si los payasos no forman parte del movimiento, yo no quiero formar parte de él”.

A partir de ahí, g recordó al ciclista que aquellos implicados en el activismo ciclista de Nueva York habían sido arrestados por cientos y habían sido demandados por el Departamento de Policía de Nueva York desde el Comité Nacional Republicano del año anterior. Por tanto, no había nada de malo en desahogarse un poco. Y explicaba: “Tus comentarios son válidos pero creo que tienes que relajarte un poco. Polis armados nos han perseguido con enormes vespas, helicópteros y un montón de inteligencia y vigilancia. Ha transcurrido un año y necesitábamos divertirnos. Sí, la brigada de payasos son jóvenes tatuados, pero casi la mitad de la marcha tenía más de 30 y no llevaban tatuajes.

La moral está un poquito más alta gracias a la brigada de payasos. Gracias por tu opinión pero únete a nosotros, por favor; puedes ayudar también a organizar este movimiento. Implícate y marcha en bici”. Estas invitaciones son una parte fundamental de la política del juego. Por supuesto la cuestión consiste en romper la barrera entre espectadores y actores sociales. La política del juego tiene como objetivo permitir a aquellos que hacen frente a momentos difíciles, como en el caso de la represión de Critical Mass, que sigan implicados. A la mañana siguiente, 25 de agosto, continuaba el debate sobre el post del ciclista. En un mensaje que empezaba por “Una gran lógica, ciclista”, otro participante, asdfasdf, añadía: “Imagino que deberíamos dejar de luchar contra el racismo porque la guerra está matando a más gente que los linchamientos, ¿no? A lo mejor las comidas de colegio para pobres no son importantes porque los efectos del calentamiento global afectan a más gente, ¿no?”. Asdfasdf continuaba haciendo una llamada al ciclista para que siguiese los valores del “Hágalo usted mismo” e “hiciese algo en lugar de permanecer sentado frente al ordenador siendo más radical que nadie”.

Asdfasdf sugería luego que el ciclista siempre podría unirse al contingente de Time’s Up! del juicio escuchando a los activistas en bicicleta que habían sido arrestados por su marcha pública del último año. Posteriormente ese día, un último defensor de los payasos respondía a las sugerencias del ciclista que los de la marcha se implicasen con algo serio como el activismo antibélico. Bent_rider afirmaba que “quizás se te olvida la relación entre las guerras y el uso del coche, que el movimiento (Critical Mass) tiene en cuenta. Todo está relacionado”. Y Bent_rider recordaba al ciclista los eslóganes de los activistas en bici: “¡No más guerra por petróleo! Utiliza la bici” y “Usar la bici: una declaración silenciosa contra las guerras por el petróleo”.

Por tanto, como esta cadena de posts sugiere, los payasos en bici son la expresión generadora de la política del juego. Por entonces, los carriles bici no estaban en la agenda de nadie. Durante los dos años siguientes, los miembros del Bike Lane Liberation Clown Block (Bloque de Payasos de Liberación del Carril Bici) de Time’s Up! probaron con montones de marchas. Cuando la ciudad se movió y convulsionó los Bike Lane Clowns hicieron comentarios sobre la situación. “Que salgan los payasos: la Clown Bicycle Brigade se prepara para una posible huelga de transporte quitando los coches de los carriles bici”, escribió Barbara, también conocida como Babbs la Payasa, en el sitio web de NYC Indymedia antes de la marcha de diciembre de 2005, prevista para la misma semana de la huelga de trasporte de NYC. “Nada puede producirle más vergüenza a un conductor que esté ocupando el carril bici que un puñado de payasos alegres [...] A todos los conductores que rechacen moverse se les multará por infringir la Sección 4-08(e), que prohíbe de manera explícita detenerse en los carriles bici”. Aquella noche de diciembre, los payasos encontraron un camión de FedEx aparcado en el carril bici de Broadway. Después de virar bruscamente hacia el camión tan mal aparcado en nuestro carril bici, nos burlamos del camión con la expresión “Estúpido camión, los carriles bicis son para las bicis”. Algunos de nosotros nos metimos dentro del vehículo aparcado en doble fila y jugamos burlonamente con las marchas, etc. Cuando volvió, al conductor del camión le divirtió realmente la broma. Los payasos le ayudaron a descargar las cajas del camión para que pudiese mover el vehículo. Gran parte de las políticas del juego conlleva cambiar el debate sobre quién juega, en qué términos, mediante qué reglas y en qué campo de juego (Schechner).

Para muchos de los que participaron en la larga confrontación entre policía y activistas de las bicis, los payasos de Bike Lane Liberation ayudaron a salvar el espacio entre la alegría de marchar libremente y las posibilidades del activismo ecológico sobre el espacio público. En compañía de una bici sonorizada que hacía sonar con estridencia a Freddie Mercury cantando I want to ride my bicycle (Quiero montar en mi bici) las bailonas marchas de la Bike Lane Liberation aportaron un renovado sentido de la diversión al activismo de las bicis. Con cada nueva marca, los payasos desarrollaban mejor su teatro en movimiento, invitando cada vez a más espectadores a su performance. Para la mayoría, los payasos actuaban con una actitud del tipo “consigues más con el azúcar que con la sal”. La mayoría de los coches estuvieron más que contentos de moverse.

Cuando los payasos, incluido este escritor, iniciaron las marchas, pocos en la ciudad parecían prestar atención a la necesidad de aumentar los carriles bici. Siempre dispuestos a interpretar a los maestros locos, los Bike Lane Clowns afirmaron que harían las marchas más sanas y seguras. La policía casi nunca acompañaba la marcha, aunque, esto no quiere decir que no hubiese algunos choques a lo largo del camino.

En enero de 2006, los payasos programaron otra marcha. En lugar de las habituales carreras, más ligeras, a lo largo de la marcha se manifestó una versión más oscura, al estilo de los títeres de cachiporra Punch y Judy. Una periodista de Village Voice nos acompañó a lo largo de la marcha. “La mayoría de la gente ni siquiera sabe que es ilegal aparcar en el carril bici”, me dijo la mencionada periodista. “Queremos informar a la gente de que es realmente peligroso para los ciclistas, que se ven forzados a meterse en el intenso tráfico. Pero nuestra filosofía es seguir siendo bromistas y humorísticos, por aquello de cazar más moscas con el azúcar que con la sal” (citado en Ferguson).

“Pero algunos conductores no encontraron en absoluto divertidas las payasadas”, escribió la autora en un editorial (Ferguson). Era cierto. Aunque los payasos habían hablado de hacer uso de la consigna huye rápido de los Monty Python, cuando se enfrentaban a la violencia o a coches gruñones, no siempre se hacía. En su lugar, la violencia vial se apoderaba tanto de los ciclistas como de los payasos. Subiendo la Octava Avenida, los payasos intentaron desplazar un coche que no se movía. Cuando el agitado conductor salió, los payasos se enfrentaron a él y le ofrecieron una multa. “¿Vais en serio?”, preguntó. Sí, explicamos. “Vale, soy un poli infiltrado. ¡Iros de una puta vez de aquí!”, gritó como respuesta. Impactados, algunos de nosotros siguieron con nuestra rutina de huida a lo Monty Python. Otros, tropezamos con el miedo.

En aquella primera marcha de enero de 2006, la mayor parte de ella se desarrolló según lo planeado y, sin embargo, la periodista de Village Voice que se nos había unido seguía escéptica. Tenía un largo historial como periodista curtida en cubrir cuestiones relacionadas con el activismo. Los payasos trabajaron en serio para representar una auténtica y atractiva imagen de Bike Lane Liberation Clowning. Multamos a unos pocos coches, persuadimos a otros para que se fueran. Se oían vítores por todos lados. Cuando la marcha viró bruscamente para bajar la Quinta Avenida, con Washington Square (nuestro destino) en vista, aparecieron los problemas.

Un cliente que había aparcado en doble fila fuera de Barnes & Noble no quiso moverse, tocando la bocina beligerantemente hasta que los payasos decidieron al final marcharse. “¡Te estoy dando de tu propia medicina!”, le citaba Village Voice dando gritos. Posteriormente, en la zona sur de la Quinta Avenida, los payasos se precipitaron de nuevo sobre otro coche aparcado fuera de una dirección más bien cara con una vista del arco de Washington Square. Impasible ante los payasos, el conductor argumentó que tenía el derecho a obstruir el carril bici porque estaba esperando a un amigo. Al final llegó el amigo y los payasos le rogaron que moviese de allí el coche. Su amigo había comprado al conductor una taza de café y una galleta. El conductor se sentó para tomarse su tiempo y disfrutar del café y la galleta, bromeando: “¡Habla con la bocina, cariño!”. Uno de los payasos replicó tocando su pequeña bocina de plástico en la ventanilla del conductor. El conductor agarró la bocina y la partió por la mitad. Con la nariz roja y un gorro que parecía el de Mac el Navaja de la Opera de cuatro cuartos, la violencia se palpaba en el aire cuando Mac el Payaso contraatacó mostrándole el puño.

Richard Schechner sugiere que juego oscuro es un tipo de expresión más dura. Dentro de esta forma de juego, los gestos que empiezan como formas de simple bravata, como la payasada radical, pueden pasar a una forma de teatro violenta cuando rompe sus propias reglas. Y esto fue exactamente lo que tuvo lugar en la zona baja de la Quinta Avenida. La periodista de Village Voice estaba presente para ver toda la escena. Escribió: “El conductor agarró la bocina y la rompió, y el payaso enfadado le golpeó en la cara [...]. Los demás payasos estaban horrorizados. “Se supone que somos payasos gnomos pacíficos y que conservamos nuestro sentido del humor”, se quejaba Monica Hunken, que había trabajado con Absurd Response to an Absurd War de Nueva York además de con Clandestine Rebel Clown Army, con el rostro dolido y un cono de señalización colocado sobre la cabeza. “Esto es totalmente antitético con el sentido de esta marcha. La próxima vez habrá sin duda reglas para los payasos en bici y quizás las difundamos desde nuestro camión audio parlante antes de salir” (citado en Ferguson).

La referencia de Hunken a los gnomos pacíficos estaba inspirada en su lectura de Electoral Guerrilla Theatre de L. M. Bogad, que se había publicado el otoño anterior. Muchos de nosotros habíamos asistido a la fiesta de presentación y lectura del libro de Bogad en la librería Bluestockings el otoño anterior. La obra incluía un caso práctico del grupo anarquista holandés de los años sesenta Provo, y de Kabouters, una ramificación del grupo que se formó en 1970, que tomó prestada la iconografía tierna de los gnomos en su carrera por los escaños vacantes del consejo municipal de Ámsterdam. Las bromas de los Provos han inspirado durante mucho tiempo a los activistas callejeros. Recordemos su broma de 1966 en la que un grupo de jóvenes radicales repartían panfletos a los viandantes de las calles de Ámsterdam sin autorización, a pesar de la ley holandesa que exige la existencia de una autorización de la policía para distribuir folletos políticos. Cuando la policía comenzó a confiscar el material, que resultaron ser trozos de papel en blanco, los sonrientes Provos gritaron: “¡Escribid vuestros propios manifiestos!” (Bogad, “Upstaging”).

Los activistas de la bicicleta recurrieron específicamente a la teatralidad de Provo y a su magistral travesura anticapitalista y antisistema; el resultado a menudo combinaba revuelta y risas.

Aunque el efecto inmediato de las bromas se consideró mínimo, el programa blanco para la bicicleta del grupo tenía como objetivo disminuir el tráfico de los coches en las calles de Ámsterdam a largo plazo ofreciendo bicicletas pintadas de blanco y gratuitas como alternativa de transporte. Estas bromas jocosas ofrecían a los estudiantes y a los activistas una visión de un modo alternativo de organizar la vida urbana, al tiempo que servían como recordatorio incómodo de los sueños idealistas del gobierno liberal. Para muchos, el objetivo de la organización de un movimiento es crear no solo la solución externa a los problemas sino crear un tipo diferente de comunidad de apoyo y resistencia. El juego respalda una dimensión de creación de comunidad prefigurativa en la que los activistas buscan personificar la imagen del mundo mejor que aspiran a crear. Inspirados por la inclinación de los Provos a proceder según su visión de la hipocresía política, una nueva ola de actores políticos extremadamente imaginativos entraron en la política con un apetito por la acción directa y una visión claramente inquieta de la hipocresía política. Las bromistas campañas políticas de Provo, que se presentaban a candidatos políticos por capricho, produjo un gran número de consecuencias para el movimiento, la más extraña de las cuales fue que algunos fueron realmente elegidos para el cargo. Una vez allí, algunos continuaron la travesura. Otros influyeron en el discurso político y en la política pública. El enfoque holandés de las disposiciones sobre el uso de drogas y la red de seguridad es uno de los más extendidos del mundo (Bogad, Electoral; History of the Netherlands).

Los Bike Lane Liberation Clowns de Nueva York tomaron prestado una disposición similar para imaginar una vida urbana en la que los coches dejasen sitio a medios de transporte no contaminantes, como las bicicletas. Y como los Provos, el grupo estaba dispuesto a usar la acción directa para proceder según esta visión, y la ciudad empezó a prestarle atención. La cobertura de los payasos era lenta, al principio solo uno o dos blogs durante la primavera. “Los payasos recobran los carriles bici”, escribió un periodista del Gothamist (Chung). “Los payasos liberan los carriles bici”, escribirá en su sitio web NY Turf. Más tarde ese agosto, una periodista de NYC stories avisó de un grupo de payasos que intentaba sacar un camión de un carril bici de la Séptima Avenida camino a su trabajo. “A pesar de lo mucho que empujaron, el camión era demasiado grande para que pudieran moverlo sin ayuda”, escribió más tarde en su blog (“Bicycle”). Como siempre con estas marchas, el espectáculo de payasos fue más eficaz cuando provocó un debate de las condiciones inseguras de montar en bici en las calles de Nueva York, algo que normalmente era cierto.

Sin embargo, en el otoño de 2006, la atención a los payasos y las bicicletas pasó de la blogosfera a los medios generales, y por extensión, al debate político. Ese otoño, aparecieron dos artículos sobre los carriles bici en el New York Times (Neuman; Schwartz). Un antiguo comisionado asistente del Departamento de Transporte de Nueva York lamentó no haber trabajado más para mantener en su sitio los carriles bici durante la década de los setenta en Nueva York (Schwartz). Y el New Yorker destacaría a Times Up! por su defensa del carril bici y el transporte no contaminante en un largo artículo sobre el aumento del movimiento pro bicicleta en la ciudad de Nueva York. “El movimiento espera salvar el planeta creando carriles bici y derrocando la tiranía de los coches”, (McGrath). A lo largo del otoño, el debate sobre los carriles bici también apareció en los periódicos del vecindario (Vega).

En abril de 2006, el ayuntamiento anunció sus planes de enriquecer y ampliar el carril bici de la Octava Avenida. La mayoría de las marchas de Bike Lane Liberation habían tenido lugar a lo largo de la Octava Avenida, así que los payasos se mostraron claramente optimistas. Las noticias fueron aún mejor cuando el Departamento de Salud de NYC emitió un comunicado de prensa el 12 de septiembre de 2006 declarando que “EL AYUNTAMIENTO ANUNCIA MEJORAS SIN PRECEDENTES PARA LA BICICLETA EN TODA LA CIUDAD”. El anuncio vinculaba en concreto las fatalidades de la bici con la falta de seguridad, incluido el espacio de la calzada para las bicis. El Ayuntamiento también emitió un informe, Bicycle Fatalities and Serious Injuries in New York City 1996-2005 [Fatalidades y lesiones graves relacionadas con la bicicleta en la Ciudad de Nueva York 1996-2005]. En él, el Ayuntamiento anunciaba planes para añadir 200 millas de carriles bici en la ciudad. El 13 de septiembre de 2006, el NewYork Times informaba “El Ayuntamiento promete un importante aumento de los carriles bici en las calles” (Neuman).

Con los meses, las marchas aportaron un tono más claro a Times Up!, el grupo en el que los payasos habían encontrado su base. En los momentos difíciles, muchos activistas habían tomado prestado y se habían apoyado en ellos mismos incorporando elementos lúdicos en sus performances y campañas. Las marchas de payasos ayudaron a levantar la moral del grupo en mitad de una larga lucha legal. Esto fue profundamente importante en los meses anteriores a que el Ayuntamiento retirara la demanda contra miembros individuales de Times Up! en marzo de 2007. “La Ciudad de Nueva York admite su derrota y retira la demanda contra Times Up!”, anunciaba el grupo en un comunicado de prensa en primavera de 2007; incluso Village Voice cambiaría su opinión sobre las marchas de payasos. “A pesar de estar encabezada por payasos, la marcha pro liberación de la bicicleta del jueves por la tarde tuvo un increíble éxito”, anunciaba un periodista de Voice en mayo de 2007. “El grupo, de una docena o así de ciclistas, animó, persuadió y bromeó con los conductores de camiones, taxis, limusinas y coches privados fuera de los carriles bici dedicados del centro de la ciudad”, (citado en Conaway).

El 20 de septiembre de 2007, el Departamento de Transporte de NYC anunció planes para “el primer carril bici físicamente separado de la Ciudad de Nueva York” en la Novena Avenida entre las calles Dieciséis y Veintitrés. Al día siguiente, los Bike Lane Liberation Clowns participaron en una marcha durante las horas puntas matutinas de tráfico del viernes. Sin embargo, a diferencia de otras marchas, esta vez no había coches aparcados en los carriles bici. Los Bike Lane Liberation Clowns celebraron el nuevo carril bici de la Novena Avenida en su marcha final de 2007, reclamando al Ayuntamiento que llevase a cabo totalmente sus planes de más carriles bici: “Monta en bici con los Bicycle Clown Brigade mientras limpiamos el carril bici de vehículos motorizados aparcados ilegalmente en nuestros carriles”.

La historia de los payasos subraya las formas en que el juego puede apoyar eficazmente una campaña coordinada, como esas de Transportation Alternatives y Times Up! que hicieron uso de una estrategia dentro-fuera para forzar al Ayuntamiento a reconocer la necesidad del transporte no contaminante. Con el precio del gas subiendo a tarifas astronómicas, el transporte no contaminante es claramente una idea cuya hora ha llegado. Se trata de un tema que el Ayuntamiento reconoce cada vez más.

Conclusión.

El escenario del activismo es un flujo constante. Como demuestra el ejemplo de los movimientos pro derechos civiles, el movimiento anarquista, el movimiento queer/sida y los movimientos ecologistas, los activistas perspicaces han utilizado elementos del juego y la performance política para debatir e influir en las dimensiones tragicómicas de la vida moderna. Estos actores urbanos han tomado prestadas diversas influencias para crear un modelo de compromiso político que ha cambiado profundamente tanto la política como el discurso públicos.

Para ello, estos actores han seguido reforzando la noción de que la protesta política y la teatralidad callejera continúan siendo ingredientes necesarios para una organización eficaz de las campañas. No obstante, dichas formas de protesta política deben constantemente reinventarse para que reflejen, debatan e influyan de manera eficaz y rápida, cambiando las geografías urbanas. En los momentos difíciles, muchos activistas han tomado prestado y se han apoyado en ellos mismos incorporando elementos lúdicos en sus performances y campañas. Como respuesta a la represión, el juego es útil de cuatro maneras distintas.

Los ejemplos de Bike Lane Clowns y ACT UP resaltaban las formas en que el juego sirve de encarnación de una forma alternativa de estar en el mundo, y una forma de crear espacio y energía, ayudando por tanto a los activistas a seguir comprometidos. La exposición sobre ACT UP y Provos subraya la forma en que el juego ofrece una vía, normalmente no violenta, de atraer al poder, de jugar con el poder, en lugar de repetir las fuentes de opresión o violencia. Una y otra vez, la payasada lúdica confunde categorías fortalecidas para promover nuevas percepciones y desafiar formas recalcitrantes de pensamiento. Para muchos, el objetivo de la organización de los movimientos es crear no solo una solución externa a los problemas, sino crear un tipo diferente de comunidad de apoyo y resistencia. La historia de Bike Lane Clown también resalta las formas en que el juego sirve como halago eficaz a una campaña coordinada. Como recalcan Clowns y GEEATE, algo muy importante, el juego invita a la gente a participar. Entre su uso de la cultura y el placer, hace participar e intriga. A través de sus medios de umbral bajo, permite nuevos participantes en el juego del activismo social.

En este ensayo, hemos intentado explorar la relación entre lo lúdico y lo político. Sin embargo, el material de casos y el debate teórico indican algo, sugieren que en caso de que esté surgiendo una nueva praxis de la performance, el juego y la elaboración democrática del mundo, esta se encuentra en su primera fase.

*Liminalities: A Journal of Performance Studies, vol. 4, n.º 3, octubre de 2008. ISSN: 1557-2935 (online) http://liminalities.net/4-3/insurmountable.pdf

Benjamin Shepard es profesor adjunto de Servicios Humanos en la City Tech-City University de Nueva York. Es autor-editor de cinco libros, entre los que se encuentran White Nights and Ascending Shadows: An Oral History of the San Francisco AIDS Epidemic (Cassell, 1997) y From ACT UP to the WTO: Urban Protest and Community Building in the Era of Globalization (Verso, 2002), así como Queer Political Performance and Protest (Routledge, 2009), de reciente aparición. L. M. Bogad es profesor asociado de Estudios de Performance en la Universidad de California en Davis. Es autor de Electoral Guerrilla Theatre: Radical Ridicule and Social Movements (Routledge, 2005) y cofundador de la organización Clandestine Insurgent Rebel Clown Army (www.clownarmy.org). Véase también www.lmbogad.com/.

Stephen Duncombe es profesor asociado de Medios de Comunicación y Estudios Culturales en la New York University. Es autor de Notes from Underground: Zines and the Politics of Alternative Culture (Verso, 1997/Microcosm, 2008), Dream: Re-Imagining Progressive Politics in an Age of Fantasy (New Press, 2007), y editor de Cultural Resistance Reader (Verso, 2002).

Traducción del inglés de Álvaro Llamas


Articulo: www.elboomeran.com 18/11/2014