dimanche 28 décembre 2014

Carlos GARCIA GUAL/De Dioniso y ‘lo dionisiaco’

De Dioniso y ‘lo dionisiaco’
Por Carlos GARCIA GUAL

El mito de Dioniso se injerta en las sucesivas perspectivas que lo albergan y que ofrecen su descifrado en muy variados registros filosóficos, psicológicos y antropológicos.

Diego Mariño Sánchez. Injertando a Dioniso. Las interpretaciones del dios, de nuestros días a la Antigüedad. Madrid, Siglo XXI , 2014.

El dios griego de la máscara y del teatro, del entusiasmo y del éxtasis, del vino y las fiestas orgiásticas, es ciertamente una figura muy singular dentro del panteón olímpico. Lo era ya para los griegos, pero mucho más para los modernos que han reinterpretado desde perspectivas varias el mito y culto del dios del ditirambo y buscado a fondo los significados de “lo dionisiaco”. Que resulta ser una categoría descubierta por la modernidad, como bien señala Diego Mariño. Desde la representación del dios en la imaginación de poetas y filósofos de la Alemania romántica a su debatida configuración en la historiografía moderna (tomando “historiografía” en muy amplio sentido) hay un largo trecho de complicada hermenéutica, en el que han intervenido no solo filólogos clásicos e historiadores de la religión, sino también destacados psicólogos y filósofos. La nómina de estudiosos del dionisismo es ciertamente larga y la bibliografía que aquí se recoge y comenta muy amplia.

Advirtamos que el estudio de tan vibrante recorrido hermenéutico se presenta como un trabajo académico, riguroso, erudito y bien programado, pero no se detiene en las noticias y el resumen de textos y autores, sino que ofrece además una interpretación crítica de esas variaciones situándolas en el correspondiente contexto histórico y atendiendo a las ideas e ideologías que condicionan las lecturas de esos intérpretes. Basta con citar los nombres de los más destacados, para señalar el enorme interés de las interpretaciones del mito: aquí están, en un orden más o menos cronológico y muy significativo, Schelling, Creuzer, Nietzsche, Rohde, Harrison, Otto, Kerényi, Dodds, Jeanmaire, Vernant, Segal, Privitera, Daraki, Detienne y alguno más. (Hasta el libro de R. Seaford, Dionysos, de 2006). Las interpretaciones son en gran medida divergentes, de modo que la trayectoria hermenéutica, como Mariño señala citando a Gadamer, no nos conduce directamente a descubrir “el Dioniso originario, el verdadero Dioniso”, sino a advertir cómo la figura del dios va cobrando significado diverso en la mirada de cada comentarista, y cómo se configura según el entronque de esas lecturas en el horizonte hermenéutico presente de cada época. De ahí el título del libro: el mito de Dioniso se “injerta” en las perspectivas sucesivas que lo albergan, y que ofrecen su descifrado en muy variados registros filosóficos, psicológicos y antropológicos.

Es muy significativa, a mi parecer, la división del libro en tres partes. La inicial se titula ‘Nietzsche y el nacimiento de lo dionisiaco’; la segunda ‘De Nietzsche a nuestros días’; la tercera “Los otros Dionisos. De la Antigüedad al siglo XVIII’. Parece acertado comenzar el recorrido con Nietzsche y su Origen de la tragedia, porque fue ese libro heterodoxo y entusiasta el que inaugura la perspectiva moderna y contemporánea sobre Dioniso y las discusiones sobre el “dionisismo”, en gran parte invención, o intuición que inaugura nuevas perspectivas, del heterodoxo y joven filólogo de Basilea. Aunque El origen de la tragedia contiene puntuales errores de detalle –como vio ya el severo Wilamowitz– y es, en mi opinión, muy claramente injusto con el viejo Eurípides, su visión de la oposición y la dialéctica entre lo apolíneo y lo dionisiaco en el arte griego supone una nueva clave y una aportación de gran estilo a la interpretación del mundo trágico y abre nuevos caminos a la visión moderna del imaginario clásico. Es cierto, como Mariño señala muy bien, que la lectura de Nietzsche tiene precedentes en otros pensadores alemanes, como Schelling y Schlegel; pero no cabe duda de que ese discutido libro fue el detonante, algo escandaloso, para las propuestas de nuevos enfoques y discusiones.

Desde luego ahora sabemos más que hace un siglo sobre el origen del dios. Gracias a un par de tablillas micénicas sabemos que Dioniso no era una divinidad importada de la bárbara Tracia, sino un dios griego o pregriego, pero en todo caso un dios mediterráneo, asentado ya en Creta desde el siglo XV a.C., cuyo culto persistió hasta dos mil años después. Lo que Nietzsche sabía de las bacantes se basaba ante todo en la tragedia de Eurípides, donde el coro de ménades viene de Asia pregonando como evangelio alegre el culto del nuevo dios. Ahora sabemos que ese Dioniso (hijo de Zeus y de madre tebana) no era extranjero, sino un dios al que le gusta aparecer como Extraño, dios de lo Otro, enmascarado y perturbador. Es el festivo Baco que en el entusiasmo y la orgía enloquece a sus fieles, liberador y santo, que invita a las danzas nocturnas y altera el orden cívico. En fin, un dios distinto de sus parientes olímpicos, más serenos y distantes. No voy a resumir aquí las sucesivas reinterpretaciones, que este libro comenta con precisión en los matices. Me parecen excelentes, entre otras, las páginas que dedica a Dodds y su interpretación psicológica del ritual, y la atención a cómo Vernant trata del dios del teatro y su trasfondo cívico, cómo Detienne relaciona dionisismo y orfismo, o cómo Maria Daraki lo relaciona con la sexualidad y otros cultos de la diosa de la tierra.

Es significativo, desde luego, que Mariño haya dejado para el final, en la tercera parte, los estudios e interpretaciones de los sabios antiguos. Cito su propia explicación: “¿Por qué retroceder en el tiempo ahora que habíamos llegado, con no pocas penalidades, al siglo XXI? ¿Por qué no seguir el orden temporal “normal», comenzando la andadura en los albores presocráticos y siguiendo, como apoyados en una pasamanos imaginario, hasta Detienne? Pues bien, precisamente porque el tiempo es parte del juego: lo que quiero hacer ahora es una historia de contraste, y no una historia de continuidad, con el objeto de hacer consciente el carácter histórico de nuestro Dioniso”. (Las cursivas son del propio texto).

Esa tercera parte (‘Interpretaciones de Dioniso en la Antigüedad, la Edad Media y la Moderna’) interesante y curiosa, carece de la profundidad hermenéutica de las lecturas de la modernidad. Desde algunos sofistas y Platón hasta los ilustrados del XVIII, pasando por algunos comentaristas cristianos la figura de Dioniso es objeto de glosas alegoristas y evemeristas. Desde luego que Plutarco, Didodoro, Plotino, Proclo y otros dejan algunos comentarios interesantes, como también los órficos, atraídos por la figura extraña de ese dios del vino y el entusiasmo; y los cristianos, como Agustín y Fírmico Materno trataron de verlo como un lejano personaje histórico. Ya al final del mundo antiguo el último épico griego, Nonno de Panópolis, en el siglo V d.C., toma las gestas míticas de Dioniso como tema central de su extensísimo poema, las Dionisiacas.

Como bien resume Mariño (pág. 388): Dioniso “tiene muy escaso protagonismo en los primeros mitólogos griegos, interesados por las divinidades protagonistas de la Ilíada y la Odisea. Tampoco recibe mucha atención, en general, en las obras mitográficas medievales, y prácticamente ninguna en la tradición hermética renacentista debido, seguramente, a que no es una divinidad astrológica...”. En conjunto, el contraste con el afán de la interpretación simbólica que domina los debates de los modernos es, como dije, muy significativo. En efecto, la noción de los dionisiacos es configurada por Nietzsche en El origen de la tragedia y las lecturas a fondo de los modernos parten de ese enfoque (con algunos precedentes en pensadores románticos).

Está claro que las interpretaciones modernas del dionisismo han superado, desde luego, los márgenes del mundillo filológico y académico. Algunos de las más originales, siempre en la estela nietzscheana, pero con perspectivas simbolistas nuevas y sugerentes, en libros bien conocidos del público español. Bien editados, en traducción castellana, están los libros de W. Otto, Dioniso. Mito y culto ( Siruela ), de K. Kerényi, Dionisos. Raíz de vida indestructible (Herder) , de E. R. Dodds, Los griegos y lo irracional (Revista de Occidente, 1955, y Alianza), los varios ensayos de J. P. Vernant y M. Detienne, y, finalmente, el estudio de Maria Daraki (Dioniso y la diosa Tierra, Abada, 2005).

Me permito recomendar el último citado, menos difundido, creo, que los anteriores, porque recoge varias líneas interpretativas sobre el culto, los ritos y los símbolos del dios, de manera muy sugerente y un tanto ecléctica. Puede resultar excesiva la frase de Nietzsche que esta investigadora antepone como lema a su prólogo: “Mientras no tengamos respuesta a la pregunta: ‘¿Qué es lo dionisiaco?’, los griegos seguirán siendo para nosotros totalmente desconocidos e irrepresentables”. Pero no cabe duda que, como Mariño señala, la noción de lo dionisiaco ofrece un enorme potencial para penetrar en el mundo mítico antiguo. Ciertamente “lo dionisiaco” no descubre una clave simbólica que pertenezca “al lenguaje o la visión del mundo de los griegos antiguos”, pero no es una fantasía sin más; es un instrumento al servicio de nuestras lecturas en profundidad. Como Mariño apunta, “el análisis desarrollado en este libro relativiza, en cierto modo, las concepciones contemporáneas del dios” y nos muestra cómo esas interpretaciones modernas varían y divergen entre sí. Pero no cabe duda de que las interpretaciones, no como dogmas, sino como apuestas dotadas de sentido, en un marco psicológico y antropológico, sirven a nuestra comprensión y empatía con el mundo antiguo, y, de modo admirable, van reflejando las sugerentes caras de una divinidad tan extraña como fascinante.

La lectura nos evoca un mundo imaginario, acaso no del todo ajeno. Lo dionisiaco renace bajo otros disfraces, como sugería J. Brun hace años. Dioniso, enigmático, danza y vuelve, en sus fiestas, símbolos y máscaras, entusiasta y extraño. Si, como ya se advertía desde un comienzo, citando a Gadamer y en línea con ideas y trabajos de J.C. Bermejo, “el presente determina la comprensión histórica del pasado”, en cuanto que nuestro horizonte mental condiciona la reconstrucción histórica, y mucho más tratando de temas mitológicos, la presentación crítica de esas diversas interpretaciones (y sus contextos históricos e ideológicos) no propicia el escepticismo, sino que estimula la reflexión sobre su riqueza polisémica.

La conclusión del libro, reflexiva y cauta, apunta que de algún modo las lecturas nos implican, a nosotros mismos, en ese recorrido histórico del “desciframiento” del mito. Lo “dionisiaco”, una categoría de la visión moderna, no se define ciertamente de manera unívoca, pero aún así resulta un concepto inolvidable, incluso en su ambigüedad, para penetrar en ese fascinante mundo mítico.

Carlos García Gual es escritor y crítico literario. Autor de La antigüedad novelada, Apología de la novela histórica y Enigmático Edipo.


Articulo: www.elboomeran.com 01/12/2014

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