dimanche 28 décembre 2014

Robert DARNTON/Censores trabajando

Censores trabajando
Por Robert DARNTON

En muy diversas maneras y medidas, la censura ha sido una práctica consustancial a la difusión de las ideas en todos los sistemas de poder. La investigación que ponemos a circular en español estos días — intrigante y novelesca por su propia naturaleza — pone en claro por qué la historia del control de los libros es a la vez la historia de las ideologías y de los sistemas políticos que buscan ejercerlo. Aquí un atisbo a sus páginas iniciales

La historia de los intentos del Estado por controlar la comunicación nos puede dar una visión más amplia de la situación actual. El propósito de Censores trabajando es mostrar cómo se dieron dichos intentos — no todo el tiempo y tampoco en todas partes, pero sí en determinados momentos y lugares que pueden ser investigados con detalle —. Se trata de una historia de trastienda, puesto que sigue el hilo de la investigación en los cuartos traseros y las misiones secretas donde agentes del Estado vigilaban el uso de la palabra, permitiendo o prohibiendo su impresión y reprimiéndola por razones de Estado una vez que empezaba a circular en forma de libro.

La historia de los libros y los intentos por mantenerlos bajo control no habrá de brindarnos conclusiones que podamos aplicar directamente a las políticas que rigen la comunicación digital. Su importancia obedece a otras razones. Al adentrarnos en el trabajo de los censores observamos la forma de pensar, en su momento, de los legisladores; cómo calibró el Estado las amenazas a su monopolio del poder, y cómo intentó hacer frente a ellas. El poder de la palabra impresa podía ser tan amenazador como una guerra cibernética. ¿Cómo lo entendían los agentes del Estado y cómo sus pensamientos determinaron el curso de las acciones? Ningún historiador puede meterse en las cabezas de los muertos o, para el caso, en las de los vivos, aun si a éstos se los puede entrevistar para estudios de historia contemporánea. Sin embargo, con suficientes documentos podemos detectar patrones de pensamiento y acción. Muy rara vez contamos con archivos adecuados, dado que la censura se llevó a cabo en secreto y los secretos generalmente permanecieron ocultos o fueron destruidos. Aun así, con un caudal suficientemente vasto de evidencia podemos dilucidar los supuestos subyacentes y las actividades encubiertas de los funcionarios encargados de vigilar la palabra impresa. Sólo entonces los archivos nos dan pistas. Podemos seguir a los censores conforme revisaban los textos, a menudo línea por línea, e ir tras las huellas de la policía mientras rastreaban libros prohibidos, ejerciendo los límites entre lo legal y lo ilegal. Es necesario hacer un mapa de los mismos límites, ya que éstos frecuentemente eran inciertos y cambiaban de forma constante. ¿Dónde se puede establecer el límite entre una narración de Krishna jugueteando con las ordeñadoras y un grado de erotismo inaceptable en la literatura bengalí, o entre el realismo socialista y la narración “tardío-burguesa” en la literatura de la Alemania Oriental comunista? Los mapas conceptuales son interesantes en sí mismos e importantes en tanto dieron forma a conductas reales. La represión de libros (es decir, sanciones de todo tipo que caen bajo la firma de “censura pospublicación”) muestra cómo el Estado se enfrentó a la literatura en el espacio social cotidiano a través de incidentes que se hilvanan con las vidas de personajes, ya sea atrevidos o de mala reputación, que operaban más allá de los márgenes de la ley.

Aquí la investigación da paso al puro placer de la cacería, porque la policía o su equivalente, dependiendo de la naturaleza del gobierno, se topaba una y otra vez con un tipo de humanos que rara vez aparece en los libros de historia: juglares vagabundos, arteros vendedores ambulantes, misioneros sediciosos, mercaderes aventureros, autores de toda pinta (desde los famosos hasta los desconocidos, incluyendo un falso Swami y una camarera dispuesta a difundir escándalos), e incluso la misma policía, que a veces se unía a las filas de sus víctimas. Éstas son las personas que pululan por las siguientes páginas junto con censores de todas formas y tamaños. Y creo que este aspecto de la comedia humana merece ser narrado por derecho propio. Empero, contando sus historias de la manera más precisa posible, sin exagerar o distanciarme de las pruebas, espero lograr algo más: una historia de la censura en una nueva clave, una que sea tanto comparativa como etnográfica.

Con la excepción de maestros como Marc Bloch, los historiadores gustan de predicar la historia comparada muchas más veces de las que la practican. Se trata de un género exigente no sólo porque requiere maestría en diferentes campos de estudio en distintos idiomas, sino también por los problemas inherentes al acto de hacer comparaciones. Será fácil distinguir entre peras y manzanas, pero ¿cómo puede uno estudiar instituciones que parecen similares o llevan los mismos nombres y sin embargo funcionan de manera distinta? Una persona entendida como censor puede comportarse según reglas del juego que resultan incompatibles con aquellas bajo las cuales opera alguien más considerado un censor en otro sistema. Los juegos en sí son diferentes. La noción misma de literatura tiene un peso en ciertas sociedades que difícilmente puede ser imaginado en otras. En la Rusia soviética, según Aleksandr Solzhenitsyn, la literatura fue tan poderosa que “aceleró la historia”, mientras que a la mayor parte de los estadunidenses les importa menos que los deportes profesionales. No obstante, las actitudes de los estadunidenses han variado enormemente a través del tiempo. La literatura les pesaba mucho hace 300 años, cuando la Biblia (especialmente las ediciones de Ginebra, derivadas en gran parte de las vigorosas traducciones de William Tyndale) contribuyó enormemente a su forma de vida. De hecho, puede resultar anacrónico hablar de “literatura” entre los puritanos, ya que el término no se hizo de uso común sino hasta el siglo XVIII. Los términos religión o divinidad quizá sean más adecuados, y esto también es válido para muchas culturas antiguas como la de la India, donde la historia literaria no puede distinguirse claramente de la mitología religiosa. Empero, más que centrarme en cuestiones de terminología, espero poder capturar el idioma mismo, es decir, entender el tono subyacente de un sistema cultural y la manera en que sus actitudes tácitas y sus valores implícitos influyeron sobre sus actos.

Creo que las comparaciones funcionan mejor a nivel sistémico; por lo tanto, he intentado reconstruir la operación de la censura a lo largo de tres sistemas autoritarios: la monarquía borbónica en la Francia del siglo XVIII, el Raj británico en la India del siglo XIX, y la dictadura comunista en la Alemania Oriental del siglo XX. Cada caso es digno de un estudio propio. Cuando se toman en conjunto y se los compara es posible repensar la historia de la censura en general. Lo mejor sería comenzar con una pregunta: ¿qué es la censura? Cuando pido a mis alumnos que me den ejemplos, sus respuestas han incluido las siguientes (al margen de los casos obvios de represión bajo los regímenes de Hilter y Stalin):
• otorgar calificaciones;
• llamar a un profesor “profesor”;
• la corrección política;
• la evaluación por homólogos;
• las críticas evaluadoras de cualquier tipo;
• la edición y la publicación;
• la proscripción de armas de asalto;
• jurar lealtad a la bandera o también rehusarse a hacerlo;
• solicitar o expedir una licencia de manejo;
• la vigilancia por parte de la Agencia de Seguridad Nacional;
• el sistema de clasificación de películas de la Asociación Cinematográfica de América;
• la Ley de Protección de la Privacidad Infantil en Internet;
• las cámaras de vigilancia de velocidad;
• obedecer el límite de velocidad;
• restringir información para proteger la seguridad nacional;
• la restricción de cualquier cosa;
• la clasificación algorítmica del grado de relevancia en internet;
• el uso de “ella” en vez de “él” como el pronombre estándar;
• usar o no corbata;
• la cortesía, y
• el silencio.

La lista podría extenderse indefinidamente y cubrir sanciones legales y no legales, filtros psicológicos y tecnológicos, así como cualquier tipo de comportamiento por parte de autoridades estatales, instituciones privadas, grupos de homólogos o individuos que escudriñan los secretos internos del alma. Independientemente de la validez de los ejemplos, éstos sugieren que una definición amplia de censura podría abarcar casi cualquier cosa. Se puede decir que la censura existe en todas partes, pero si está en todo entonces no está en nada; una definición que encapsulara todo borraría cualquier distinción y no tendría, por lo tanto, sentido alguno. Identificar la censura con restricciones de todo tipo significa trivializarla.

Fragmento de la introducción de Censores trabajando, de próxima aparición bajo el sello del FCE.

CENSORES TRABAJANDO - De cómo los Estados dieron forma a la literatura – ROBERT DARNTON – Historia – Traducción de Mariana Ortega - 1ªed., 2014; 248 pp. 978 968 16 2347 8


Articulo: www.elboomeran.com 09/11/2014