dimanche 28 décembre 2014

Francisco MARTINEZ HOYOS/César VALLELJO, el peregrino rojo

César VALLEJO, el peregrino rojo
Por Francisco MARTINEZ HOYOS

En ‘Rusia en 1931’, Vallejo, el poeta incomparable, deja pasar sin crítica la doctrina oficial sobre el realismo socialista.

En 1948, durante el debate de la Declaración de Derechos Humanos, el representante soviético, Bogomolov, planteó una objeción de principio a la misma. En su país, la colectividad tenía siempre prioridad sobre el individuo: “La delegación de la URSS no reconoce el principio de que un hombre posee derechos humanos independientemente de su condición de ciudadano de un Estado”.

Bogomolov reflejaba la deriva dictatorial de una revolución, la rusa, en la que el ser humano concreto contaba menos que la humanidad en abstracto. Desde la caída de 1917, la patria del socialismo suscita ardientes esperanzas o profundos terrores, en función de los intereses de cada observador. Proliferaba por entonces la literatura de viajes, en la que autores de todas las ideologías ofrecían sus impresiones acerca del coloso de la hoz y el martillo. Uno de ellos fue el poeta peruano, de ideología comunista, César Vallejo.

Con Rusia en 19311, Vallejo se propuso transmitir en un reportaje la auténtica realidad de un Estado que había visitado dos veces, en 1928 y 1929. Al desconocer el idioma, tuvo que valerse de una intérprete. Al contrario que otros intelectuales, invitados oficialmente, sufragó su desplazamiento de su propio bolsillo. De ahí que no tuviera que retribuir ningún favor. Su intención, según sus propias declaraciones, era ser objetivo, más allá de lo que él estima deformaciones de la propaganda burguesa. Sin embargo, en su libro nada hay parecido a la ecuanimidad. Encontramos, más bien, el éxtasis del creyente durante su peregrinación por el Lourdes rojo. De vez en cuando, hace alguna pregunta incisiva a sus interlocutores, pero al final acepta sin crítica cuantos estos le dicen.

Como si temiera que a la realidad se le ocurriera vencer sus esquemas ideológicos. En ningún momento deja de percibir, aquí y allá, profundas limitaciones. Rusia, un país pobre, no puede ofrecer confort a los trabajadores. Pero Vallejo racionaliza los inconvenientes atribuyendo los problemas a la herencia del zarismo. En tan poco tiempo, la revolución aún no ha podido dar la vuelta a todas las injusticias, a todas las explotaciones. Sin embargo, el verdadero consuelo del poeta es de orden religioso. No es el presente, con todas sus carencias, lo que importa, sino la promesa del futuro.

Al precio, eso sí, de sacrificar el pájaro en la mano a los ciento volando, desde unas premisas que en el fondo constituyen una versión laica de la mística cristiana. El sufrimiento tiene sentido porque nos acerca al paraíso, en este caso terrenal, pero paraíso a fin de cuentas. Que todas las privaciones, a la larga, sean inútiles, es algo que ni entra en la imaginación. Aquí, por mucho que se niegue a reconocerlo, el autor habla como hombre de fe. De fe en una religión política, el marxismoleninismo, capaz de conseguir el milagro de esculpir un hombre nuevo, ese obrero que trabaja siempre por placer y no gasta su tiempo de ocio si no es en alguna ocupación útil.

Por una curiosa paradoja, este canto a la patria proletaria, leído sin anteojeras ideológicas, supone un formidable testimonio de cargo contra aquello que defiende. No en vano, refleja un ambiente muy próximo al 1984 de Orwell, con un Estado totalitario donde el colectivo lo significa todo y el individuo nada. Y decimos “totalitario”, no simplemente autoritario, porque nos hallamos ante un régimen con la potestad de inmiscuirse hasta en aspectos íntimos del individuo. Hay una ideología oficial, el bolchevismo, a la que se asocian todo tipo de connotaciones positivas. Sirve de punto de referencia para juzgar lo que es y lo que no es revolucionario. Quienes disienten de los valores dominantes, aunque sea en aspectos no directamente políticos, se arriesgan a verse arrojados a la marginalidad. Tal sucede con los vegetarianos, una “secta retrógrada” a ojos de los comunistas.

Las intromisiones en temas privados se suceden. Así, en un tema como la elección de profesión, el interesado no posee la última palabra. La decisión debe tomarla de acuerdo con el Estado para evitar errores que no le afectarían solo a él, también a la colectividad. La razón está por encima, se afirma. Lo que no se dice es que se trata de una razón profundamente pervertida. Moscú se propone como modelo porque representa una apuesta por la igualdad social, pero a lo largo del libro encontramos múltiples razones para creer que detrás de la supuesta libertad solo se esconde una opresión aún más terrible que la capitalista, porque no solo afecta a los cuerpos, también a las mentes. Lo que el lector contempla nada tiene que ver con la apoteosis de la libertad, sino más bien con el lavado de cerebro. El que se aplica a sí mismo el poeta peruano para armonizar lo incompatible. Uno de sus interlocutores, por ejemplo, admite que en su país procuran “hacer lo más automático posible el trabajo, el cual debe ser ejecutado con el mínimum de raciocinio”2. Sin embargo, eso no significa, según Vallejo, una deshumanización radical. Todo lo contrario. Liberado de la fatiga espiritual propia de las empresas capitalistas, el obrero puede dedicar sus energías espirituales al mundo del espíritu.

Por momentos, el candor de nuestro reportero alcanza cotas insuperables. No puede dejar de ver que se cometen abusos, algunos graves, pero tranquiliza su conciencia atribuyéndolos a funcionarios subalternos, con lo que su confianza en los dirigentes soviéticos queda salvo. En el fondo, su actitud no es muy diferente a la de aquellos súbditos del Antiguo Régimen que culpaban de los desastres a los ministros, dejando a salvo la figura del rey. Si este cometía algún error, no se debía a mala fe sino a la información defectuosa proporcionada por colaboradores malintencionados. Es más, el peruano incurre en la curiosa contradicción de pedir la emancipación de los desheredados y, al mismo tiempo, justificar la represión en nombre de la libertad. Libertad, en este contexto, quiere decir libertad de la clase obrera. No libertad individual, que ha de limitarse en beneficio de la comunidad en un primer momento hasta que las circunstancias permitan ensancharla. Curiosamente, Vallejo, el izquierdista, el defensor de los humildes, no tiene empacho en proclamar que “en el régimen proletario, la mejor manera de ser libre es obedeciendo”. ¡Curioso espíritu el suyo! Contestatario en los países democráticos, sumiso en la Unión Soviética. Como si fuera un fascista cualquiera, compara en tono elogioso al partido único con un cuartel… El Estado, pese a la retórica emancipatoria, se muestra inflexible con los inadaptados. En el caso de los mendigos, su remedio es simple y drástico: eliminar a los que no sean capaces de reintegrarse a la vida laboral.

Cualquier barbaridad halla su justificación en una apelación a la ciencia, que no esconde sino la fe del carbonero. Tan imbuido se halla el autor de su verdad que procura dejar en evidencia a cualquier testigo que se pronuncie en sentido contrario al suyo, atreviéndose a expresar dudas sobre los ventajas del sistema soviético. Cierto que se preocupa de buscar opiniones distintas a las oficiales, consciente de que son pocos los que se atreven a criticar a cara descubierta al régimen, esa “dictadura franca e implacable”, en palabras del propio Vallejo. Por desgracia, nada hay en esta actitud de apertura al otro. Los que piensan de otra manera se ven reducidos a la condición de insectos curiosos, a los que se mira desde una pretendida superioridad moral. A fin de cuentas, no son otra cosa que “gente reaccionaria”. Demasiado obtusos como para darse cuenta de que la dictadura del proletariado, la que ejercen los productores sobre los parásitos, resulta mil veces preferible a la tiranía encubierta de las llamadas “democracias”.

En este paraíso de seres robotizados, todo es tan racional que se convierte en angustiosamente irracional, porque el régimen parece querer expulsar de la vida cotidiana cualquier pasión que no se consagre al Estado. Ni siquiera el matrimonio se libra de la mojigatería empeñada en invadirlo todo: “El amor conyugal en Rusia es más amistad que pasión, más fraternidad que atracción sexual”3. De hecho, a las parejas no les queda espacio para la vida en común porque su responsabilidad laboral o política acapara su tiempo. De forma significativa, esta situación no se denuncia: constituye el orden natural de las cosas.

Todo ha de ser práctico, sin espacio para la gratuidad. Vallejo, de forma casi enternecedora, aporta un rotundo desmentido a los que imaginan el comunismo como lo opuesto a la moral. Todo lo contrario. Una mujer ni siquiera puede entrar sola a un hotel, para verse con un hombre a solas, si quiere seguir pasando por decente. Tanto puritanismo, en los movimientos de izquierda de antes de 1968, nada tenía de particular. A nuestro hombre, siempre pudibundo, tanta rigidez no le molesta. Todo lo contrario, ya que se felicita por hallarse en una sociedad que ha erradicado “la pesadilla sexual” propia del mundo capitalista.

Su talento literario no está en cuestión. Con gran instinto periodístico, sabe llevarnos por los distintos ambientes, desde la instalación metalúrgica a la fábrica de caramelos o el Sindicato Comercial Textil, la escuela o el teatro. El problema radica en su empeño apologético. El bolchevique, por definición, ha de ser un modelo de sacrificio. En ningún momento se le ocurre pensar que los dirigentes comunistas, como apuntaba el periodista sevillano Manuel Chaves Nogales, pudieran transformarse en una casta aristocrática tan poco accesible a los elementos exteriores como las demás elites. ¿Creía, tal vez, que expresar algún tipo de disidencia equivalía a hacerle el juego al enemigo capitalista? Llama la atención, por otra parte, que un poeta incomparable como él, capaz de forjar un lenguaje vanguardista, deje pasar sin crítica la doctrina oficial sobre el realismo socialista, que suponía la muerte de esa experimentación.

 Cuando nos habla del teatro ruso, lo que refleja es una herramienta al servicio del adoctrinamiento masivo, de manera que, más que entretenimiento o arte, se convierte en una lección política escenificada. Sin personajes protagonistas, por supuesto. Ello iría contra el colectivismo oficial. 

1 Vallejo, César. Rusia en 1931 (reflexiones al pie del Kremlin). Sevilla. Renacimiento, 2013.
2 Rusia en 1931, pág. 69.
3 Rusia en 1931, pág 115.

Francisco Martínez Hoyos es historiador. Director de la revista Historia, Antropología y Fuentes orales.


Articulo: www.elboomeran.com 08/12/2014

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