dimanche 28 décembre 2014

Gerardo FERNANDEZ FE/ Badajoz, en trineo, hacia la casa del poeta

Badajoz, en trineo, hacia la casa del poeta
Por Gerardo Fernández Fe

En la estela de ciertos poemas-históricos de Gastón Baquero, aunque aquí con mayor aspereza, ha escrito Joaquín Badajoz (Pinar del Río, 1972) un poema titulado “Peredélkino (1960)”. Pienso sobre todo en aquellos versos de Baquero de “En la noche, camino de Siberia”, en los que sueña que pasea en un largo trineo, sobre la nieve, hacia un punto secreto de Siberia, “borrado del mapa”, destinado para recluir “a los más odiados prisioneros”. Todo su delito, apunta el sujeto del poema, había sido recitar en voz alta los versos de Mallarmé.

“Peredélkino (1960)”, obviamente, es otro poema, trabajado por otras manos, varias décadas más tarde, además de ser, para el particular anaquel de este lector que soy, el más rotundo y escalofriante poema del libro Passar páxaros. Casa oscura, aldea sumergida, que hace apenas unos meses Badajoz, tras cierta lucha contra el pudor, decidió publicar con el sello de la Academia Norteamericana de la Lengua Española.

“Son apenas las doce en Peredélkino,/y el poeta que viene desde una dacha en Komarovo/trae un puñado de versos subversivos;/el recuerdo de la cárcel como un viento helado/le reseca los labios.”

Si tras haberse mostrado contentos –él y sus acompañantes de infortunio–, “arrastrados por la música”, mientras eran conducidos hacia la muerte civil, el poeta mismo despierta en la segunda parte del poema de Baquero, se dirige al médico, constata que no ha sido un sueño, que su defensa de la poesía lo ha condenado para siempre…, en el texto de Badajoz, Joseph Brodsky, paradigma del poeta exiliado, llega a Peredélkino, a las afueras de Moscú, tras atravesar ingentes bosques, con la sola intención de encontrarse con Boris Pasternak.
Brodsky, mucho más joven, recita sus versos “sobre un hilo de whisky”, ante la mirada del maestro. En un inicio creía, sin arrogancia, que sus palabras resucitarían “a un anciano seco y moribundo”. Pero la muerte, ese fantasma que se delata tras un arqueo de la poesía de Badajoz, es irremediablemente más fuerte de lo que imaginamos.

“Aquella noche de mayo, el poeta burgués/y el burgués proletario bailaron la mazurca juntos,/abrumados por la traición de clases.”

Queda, pues, la poesía misma, su búsqueda, los desvelos que provoca, por encima de los infortunios puntuales, que no son pocos, del hombre moderno, llámese exilio, soledad o locura. Ya lo había declarado el personaje/narrador, escritor y barrendero de la novela de Iván Klima Amor y basura: “El espíritu de las cosas muertas flota sobre la tierra y sobre las aguas y su hálito es fatídico”.
Resulta curioso que haya sido en Peredélkino donde, a sugerencia de Máximo Gorki, Stalin mandara instalar hacia 1934 la casa de los escritores soviéticos, el lugar donde concentraría a los escribas más fieles. Allí mismo, en su cementerio, reposan desde 1960 los restos de Pasternak, tras la agonía de la decapitación y el ostracismo. Un monolito con una reproducción de la enorme cabeza del poeta distingue del resto ese espacio para la memoria. Y a unos pasos, un banco donde suelen sentarse quienes todavía creen en el valor de la voz y la palabra.

En ese banco se ha sentado Joaquín Badajoz, no solo en función de este poema sino a lo largo de todo su libro, a cavilar sobre las varias formas –que las hay—de llegar a la casa de la poesía. Claro que no a la casa rígida de Gorki y de Stalin, sino a la casa suntuosa y misteriosa a donde el poeta y el lector de poesía llegan para distinguirse del resto de los mortales.

Passar páxaros. Casa oscura, aldea sumergida es una muestra de este acto de búsqueda, de este afán: “Demoled, soplad, ríos, vientos,/obreros de la destrucción,/que esta casa se mantiene/como su noche obscura y parcelaria/donde reposan los ínferos.”

Y como también se trata de un poeta del sonido, de un rapsoda que lee sus versos con voz de velador del fuego sagrado, somos testigos aquí tanto del ejercicio declamatorio, exaltado y tribunicio de algunos de sus poemas (“Que entréis vientos de la desolación”, “Dios me dio la pluma del fugaz escriba”…), como de la persecución del relato –y del retrato—, en textos medulares, rotundos, como “Las manos de un letrado de Tonkín”, “Desde los balcones de la calle Almirante” y, sobre todo, “Silencio. Mi hija y mi mujer, mis niñas, duermen.”

Hace más de treinta años, Roland Barthes defendió la idea de la “crítica afectiva” en un ensayo sobre la obra de su amigo Philipe Sollers. Sostener que amistad y objetividad no son caminos encontrados a la hora de pensar la escritura de un amigo, era su premisa. Y a ella nos sumamos, como en verso del propio Joaquín, “dichoso de haber sido/el cazador/la presa,/el silencio en que se encorva la madera.”


Articulo: http://gerardofernandezfe.com 08/11/2012