dimanche 28 décembre 2014

José Carlos LLOP/ El espíritu de la Navidad

El espíritu de la Navidad
Por José Carlos LLOP

De pronto, casi sin darnos cuenta, ha pasado otro año. Ya está aquí Navidad, y con ella, la nostalgia de aquellos tiempos en los que alguien contaba un buen cuento, esperanzado y triste como el que hoy nos regala el poeta y ensayista José Carlos Llop. También con la Navidad llega la esperanza de acertar con los mejores regalos, que siguen siendo los libros. El Cultural ofrece una selección de algunos títulos deliciosos, que recrean el futuro y sueñan el pasado, que ensalzan el talento de los genios del arte y de los maestros de los fogones, y nos invitan a descubrir esos mundos no tan lejanos.

El efecto era sorprendente. Hacía mucho tiempo que la gente no sonreía por la calle y ahora lo hacían con frecuencia insólita. No sonreían mirándose entre sí. Sonreían mirando la pantalla de su móvil. Nunca había visto tanta expresión de ternura o cariño o deseo o amor o agradecimiento; nunca tanta sonrisa abierta, ni tacaña ni desconfiada, como veía ahora. La telefonía móvil había cambiado ciertas costumbres, pensó, pero ninguna como ésta, un estado de recuperación sentimental impropio de la época, tan desquiciada y tensa. Como si la placidez sólo habitara tras las pantallas. Él no tenía móvil pero jamás había dejado de sonreír por la calle. Lo miraban como si estuviera loco o acabara de cometer un crimen, cuando sólo pensaba en Kant paseando por Könisberg, en un verso de Propercio, o en la falda de la chica que llevaba delante. Ahora seguía sonriendo, pero ya no lo miraban, pendientes como estaban de la pantalla, un mensaje, una fotografía, un chiste. Y sonriendo también. 

Él estaba solo y hacía pocos meses que se había jubilado. Sus hijos vivían en dos ciudades distintas y su mujer se había ido con otro, lo mismo que su última amante. Había comprado fiambres, una botella de champán y doscientos gramos de huevos hilados para la cena. Quizá llamara después a algún amigo por teléfono. Desde el fijo, claro, que conservaba -el mismo modelo- desde 1977. Ya quedaban pocos amigos: el cáncer y las decepciones los habían mermado en el tiempo. Y sin embargo la amistad era el sentimiento que menos frescura había perdido al disfrutarlo. Se acordó de la teoría de uno de los pocos amigos que le quedaba: en las personas, tras el cenit de la madurez -que dura muy poco y a veces ni existe- vuelve la adolescencia. Su conducta se puebla de tics adolescentes. Sobre todo si en la vida se han salido con la suya. Cuando no, también. 

El viento empezó a soplar con fuerza. La Navidad en su ciudad siempre era muy ventosa, huracanada incluso. Nunca nevaba; alguna vez llovía. Y el viento hacía acto de presencia, turbulento como un rey antiguo y tiránico. Hubo un portazo en la coladuría y pensó que al menos no se había roto el vidrio. Luego se dirigió al pasillo, donde estaba la estantería de los vídeos, y cogió el cassete -un viejo VHS- de Doctor Zhivago. Tenía dos costumbres por Navidad, implantadas desde el nacimiento de sus hijos: ver Doctor Zhivago y leerles, la víspera de Reyes, el poema de Eliot, El viaje de los Magos. El Belén también lo montaba con ellos, pero cuando se fueron a estudiar fuera, empezó a hacerlo solo. Cuando prohibieron recoger musgo en el bosque, lo sustituyó por un viejo tapete de terciopelo. 

Nunca habían ido a esquiar. Tampoco a pasar el fin de año a ninguna ciudad extranjera. Mientras estuvieron casados, su mujer se lo criticaba. Eres un aburrido, decía. Y él pensaba en Doctor Zhivago y en El viaje de los Magos, que todos compartían y disfrutaban -sobre todo la película de David Lean, porque el poema se lo tomaban como una oración más-, hasta que llegó un momento en que eso no bastó. Los ritos también se fatigan en sí mismos y siempre llega el momento en que lo que haces, o dejas de hacer, no basta. Eres un aburrido: cuando llegaba la Navidad, ahora que llevaba diez años solo, recordaba esa frase entre las imágenes del montaje del Belén con sus hijos pequeños y los bufidos del viento al otro lado de las ventanas. Y recordaba también lo que le dijo a su mujer el día que ella le comunicó que no podía más y se marchaba con otro. Si un día decides volver, le dijo, me encontrarás aquí viendo Doctor Zhivago o leyendo El viaje de los Magos. Nunca supo por qué le dijo eso. El espíritu de la Navidad o el corazón de la familia, suponía. Sobre todo ahora que la Navidad oscilaba entre Halloween y el Blackfriday. 

Se sirvió una copa de Veuve Clicqot mientras preparaba el plato de fiambres, esparciendo el huevo hilado sobre las finas lonchas de carne embutida. Introdujo el cassette de Doctor Zhivago en el vídeo y apretó el Play. La nieve como felicidad y la nieve como muerte, pensó. Y la redención a través del amor. Sólo es el amor lo que nos redime y nada, después del amor, volverá a ser como era antes. Algo así decían también los reyes de Oriente tras su viaje siguiendo la estrella. Se sirvió otra copa de champán y buscó el libro de Eliot en la estantería.

En la pantalla Komarovski violaba a Lara en el taller de su madre. Buscó el poema en aquel tomo, descuajaringado de tanto leerlo. Leyó el frío, también, los camellos cayendo sobre la nieve, las ciudades hostiles y los lugareños que los recibían a pedradas. Leyó la añoranza de sus palacios de verano, las terrazas desde donde contemplar sus dominios, las muchachas de seda portando sorbetes en bandejas de plata. Leyó sus dudas: "¿se nos llevó tan lejos a buscar Nacimiento o Muerte?". Leyó en voz alta el final del poema: "Regresamos a nuestros Reinos, pero ya nunca estuvimos a gusto aquí, con una gente extraña aferrándose a sus viejos dioses". Mientras, la Revolución Soviética sembraba de muerte ciudades y campos. Y en Varikino, el amor y el misterio de la poesía, redimían al mundo de tanto dolor. De repente se vio en la pantalla oscura, con la luz de la lámpara iluminándole el rostro. Y en ese rostro vio el rostro de Mr. Scrooge, solo en la Nochebuena inglesa, llevándose un trozo de fiambre a la boca. El amor redime y después del amor nada ha de ser como antes, repitió. Él no había sabido retener ese amor que redime. Ni siquiera tenía un móvil para sonreír frente a la pantalla y creer que la vida se renueva en cada una de las personas que nos ama. 


Articulo : http://www.elcultural.es 12/12/2014

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