dimanche 28 décembre 2014

José Carlos MAINER/Rafael CANSINOS ASSENS: los elogios de BORGES

Rafael CANSINOS ASSENS: los elogios de BORGES
Por José Carlos MAINER

Estampa del escritor, crítico literario, traductor y hebraísta del Novecentismo en el cincuentenario de su muerte.

Haber merecido el elogio sostenido de Jorge Luis Borges es una prenda de honor que, por sí misma, bastaría para justificar una semblanza de Rafael Cansinos Assens (Sevilla, 1882-Madrid, 1964) en los cincuenta años de su muerte.

Los dos escritores se conocieron en los tiempos de Ultra, cuando Borges vivió en Barcelona, Mallorca, Sevilla y Madrid, entre 1919 y 1921. Su primer libro en prosa, Inquisiciones (1925), que nunca reimprimió en vida, llevaba una ‘Definición de Cansinos Assens’ donde, a vueltas del elogio de su obra El divino fracaso, lo señalaba como “el máximo anudador de metáforas de cuantos manejan nuestra prosodia” y prometía “a quienes examinen sus libros, la más intensa y asombrosa de las emociones estéticas”. Un año después, el segundo de los libros secretos de Borges, Inquisiciones (1926), incluyó una reseña de Las luminarias de Hanukah, novela de Cansinos de la que se hablará más adelante.

En 1986 la reedición de El candelabro de siete brazos (Psalmos) (1914), primer libro de nuestro autor, llevó un breve y encomiástico prólogo del escritor argentino, y un año antes, el estudioso Antonio Fernández Ferrer había recogido sus palabras al propósito, dichas en una larga conversación madrileña: “Él había leído todas las bibliotecas de Europa. Recuerdo que dijo, en su estilo hiperbólico, que era capaz de saludar a las estrellas en diecisiete idiomas clásicos y modernos. No sé si realmente eran diecisiete, pero está bien la mención de las estrellas, que ya sugieren lo infinito […]. Quizá más importante que un libro es la imagen que este libro deja; quizá más importante que lo dicho por un hombre es la imagen que esos dichos o ese silencio dejan. Yo creo que Cansinos fue un gran maestro oral; bueno, también lo fueron Pitágoras, Jesús, el Buda, Sócrates. De la obra de él no sé qué perdurará, pero sí sé que su memoria personal perdura.

Y además ese estilo psálmico, digamos, esas largas frases siempre armoniosas, que no se perdían nunca. Yo he conocido a muchos hombres de talento, pero hombres de genio no sé, hay dos que yo mencionaría: uno, un nombre quizá desconocido aquí, el pintor místico argentino Alejandro Xul Solar, y otro, ciertamente, Rafael Cansinos Assens. Y, quizá sólo como maestro oral, Macedonio Fernández. Los demás eran meros hombres de talento”.

(Jorge Luis Borges A/Z, selección, prólogo y notas de Antonio Fernández Ferrer, Siruela, Madrid, 1988).

Se hace difícil creer que la única referencia a Borges en las memorias de Cansinos sea el escueto recuerdo de que “Jorge Luis y su hermana [la pintora Norah Borges] celebran reuniones literarias en su casa, a las que acude Guillermo de Torre que, según me dicen, le hace el amor a Norah, a la que califica de ‘fémina dinámica y porvenirista…’”. Y es que muchos elogios –como los que hemos visto poco antes– hablan más de quien los pronuncia que de su destinatario. Quizá Cansinos no leyó nunca los primeros, o no les dio importancia... En realidad, era Borges quien quiso ser solo un avatar de la literatura, quien no concebía otra forma de literatura que la universal porque también pensaba que toda literatura era la misma, aunque en distintas lenguas. Pero Borges inventó alguna de las metáforas más hermosas de la revelación escrita –la biblioteca interminable, el libro cuyas páginas nunca concluyen, el sueño de la inmortalidad, la infinitud de algunos temas y lo inextinguible de sus ecos– que han venido definiendo la concepción de la creación literaria en los últimos cincuenta años. La fe de Cansinos en la literatura era muy parecida, aunque perteneció al tiempo ya caducado del modernismo hispánico, cuando la universalidad se expresaba en términos de exotismos sucesivos, las metáforas debían ser suntuosas y la literatura era una profesión de fe para ser vivida en cenáculos secretos y fervorosos. Borges lo sabía muy bien pero le complacía –sobre todo, si se hallaba entre españoles– sorprender a sus interlocutores con aquella llamativa investidura de excelencia, nunca correspondida.

EL DESTINO DEL MEDIADOR

Para Cansinos la literatura era una forma de vida: una consagración y un orden, como el sacerdocio. Y quizá por eso tendió a asumir su destino de una manera transitiva, no directa. Fue esencialmente un mediador y en ello cifró su orgullo profesional: lo fue como traductor, como crítico, como estudioso de temas literarios y también como inspirador de entusiasmos colectivos. En este último menester solo tuvo disgustos: intentó imponer una suerte de benévola capitanía espiritual a las huestes díscolas del ultraísmo español y todo acabó como el rosario de la aurora, según el interesado –siempre a medias entre la resignación comprensiva y la mala uva– consignó en su novela El movimiento VP (1921; hay una reedición de 1978, con interesante prólogo de Juan Manuel Bonet). La traducción fue su primer y más duradero oficio. Trasladó tempranamente al español obras de Max Nordau, Maxim Gorki y Luigi Pirandello y el éxito de la versión de la novela La Atlántida, de Pierre Benoit, le vinculó al editor Manuel Aguilar para quien –ya en la posguerra– trabajó intensamente; suyas fueron las traducciones de las obras completas de Goethe, Dostoievski, Schiller y Balzac, que vieron la luz en aquellos volúmenes impresos en papel biblia y encuadernados en piel que identificaron a la editorial. Sus versiones no son tan arbitrarias como a veces se ha escrito; Cansinos había aprendido idiomas leyendo los originales con la ayuda de diccionarios, empapándose de los autores y, en los casos de duda, compulsando las versiones francesas.

Su preferencia por los recorridos temáticos de la literatura dice mucho de su concepción de esta como continuidad e insistencia, lo que argumentó su libro misceláneo Los temas literarios y su interpretación (1924). Su prólogo, ‘Cómo nace la crítica’, es una interesante autoapología: “El crítico va a dar a la obra nueva conciencia artística, porque solo él la va a coronar con su mitra de oro […]. El crítico es, sobre todo, un creador que discierne y que amplía hasta los demás esa mirada crítica que todo autor consciente arroja de vez en cuando, en los intervalos de su creación, sobre sus urdimbres y andamiajes”. Su primer trabajo panorámico fue una Estética y erotismo de la pena de muerte. Estética y erotismo de la guerra (1914) y le siguieron Ética y estética de los sexos (Ensayos de simbólica sexual) (1921) y Los valores eróticos de las religiones, en dos entregas, De Eros a Cristo (1925) y El amor en el Cantar de los Cantares (1930). Aunque no careció de manías y de reservas respecto a los autores concretos, a Cansinos siempre le pudo más aplicar la admiración que la palmeta. Y no fue el único (aunque sí el más fervoroso de todos) en creer que las letras españolas de los tres primeros decenios del siglo XX eran un tiempo de vacas gordas.

Lo sustentó en las cinco entregas de su obra mayor, La nueva literatura (I, Los Hermes, 1917; II, Las Escuelas, 1917; III, La evolución de la poesía, 1927; IV, La evolución de la novela, 1927, y V, La evolución de los temas literarios, 1936), que fueron reimpresos, con otros títulos, en dos tomos de Obra crítica, por la Biblioteca de Autores Sevillanos en 1998, con un buen estudio introductorio de Alberto González Troyano. Los dos últimos reelaboraban el volumen de 1919, Poetas y prosistas del Novecientos, quizá culpable de que el término “novecentismo” no solo sea entre nosotros una traducción del catalán noucentisme, inventado trece años antes por el numen de Eugeni d’Ors. Todos los volúmenes de La nueva literatura venían precedidos de un “Preludio lírico”, tenían mucho de enfática fraternidad y, más que a menudo, sutileza interpretativa.

Como panorama de conjunto, muestran la patente voluntad de integrar armoniosamente una vida literaria que se reconocía en sus “Hermes” de 1898 (Unamuno, Baroja y Azorín) y de 1900 (Valle-Inclán, Juan Ramón, los Machado, Martínez Sierra, Villaespesa y Carrere), todos al frente de una tropa de “Epígonos” menos memorables que acababa en la fundación de Prometeo, la revista de Ramón Gómez de la Serna, por quien Cansinos experimentaba indisimulada aversión y quizá celos. Lo más divertido y aleccionador es su repaso del mundo de “Las escuelas”: a su parecer, las había de “Intelectuales”, “Preciosistas y arcaizantes”, “Castellanistas”, “Madrileñistas”, “Eróticos”, ”Nacionalistas”, “Cantores de la provincia”, “Galaicos” y… “Literatura femenina”.

Las inevitables maldades de la vida literaria, sus inquinas y sus distancias personales, las reservó Cansinos durante muchos años para las sabrosas memorias que redactó en los últimos años de su vida y que ya se han citado: La novela de un literato (dividida en tres volúmenes –1 (1882-1914); 2 (1914-1923), y 3 (1923-1936)–, publicados en 1982, 1985 y 1995, respectivamente), a los que cabe añadir una evocación novelada, Bohemia, que vio la luz póstumamente en 2002. En los tres libros primeros estaba, por fin, el envés picaresco a veces, egoísta siempre, brutal alguna vez, de la oriflama entusiasta de La nueva literatura, y por eso constituyen un documento imprescindible sobre la constitución española del campo literario y una radiografía indirecta de quien fue un diletante –casi bulímico– del fracaso más que del éxito. Una de sus obras fundamentales –y de las primeras– fue precisamente su confesión El divino fracaso (1918), de la que hay edición reciente (2001), con prólogo algo calenturiento de Juan Manuel de Prada.

EL CONVIDADO DE PESACH

Una parte del recuerdo vivo de Rafael Cansinos Assens se sustenta en su vinculación a la tradición cultural hebraica que en su caso, no dejó de ser una variante personal de la pasión de los modernistas por los exotismos intensos y transgresores: hubo modernistas islamizantes (Isaac Muñoz) o bizantinos (Antonio de Zayas) y antes, el propio Valle-Inclán se inventó una hidalguía carlista, decadente y feroz que jamás tuvo otra realidad que su prosa deslumbrante.

En La novela de un literato contó su descubrimiento de lo hebreo, vinculado a la noticia de las campañas del senador Ángel Pulido, que había publicado Los israelitas españoles y el idioma castellano en 1904 y Españoles sin patria y la raza sefardí en 1905. Su conocimiento llevó a Cansinos a presentarse en su despacho madrileño para ofrecerle su apoyo. Aunque los apellidos del joven entusiasta pudieran ser de origen hebreo, lo cierto es que en su familia no había constancia alguna de tal ascendencia. Y en las citadas memorias, la coquetería del escritor prefiere dejar la duda en el ánimo de sus lectores: “¿Es la atracción de lo exótico, tan poderosa en un alma juvenil, el lado generoso y romántico de la campaña del doctor o un eco atávico y adormecido y que de pronto se despierta en mí como la voz de la sangre, el que me hace palpitar de emoción y correr a casa del Dr. Pulido?”. Ya se ha señalado que su primera aportación al modernismo hispánico fue un libro singular, El candelabro de siete brazos (Psalmos) (1914): una larga colección unitaria de prosas poéticas que remedan con fortuna la retórica quejumbrosa, un poco campanuda y un mucho melancólica de los salmos bíblicos, aunque su contenido hable de la soledad de la gran ciudad, del hastío que sigue al exceso de los placeres, de la prostitución como exaltación de la condición femenina, del hartazgo del sexo y, al fondo, de la figura del poeta.

Con el tiempo, aquello del judaísmo fue un negociado espiritual que gestionó con devota asiduidad. Lo demuestran, entre otros, libros –siempre demasiado prolijos, untuosos y adjetivados en exceso– como Las bellezas del Talmud (1920) y Salomé en la literatura (estudio y antología) (1920). En 1924, la dictadura de Primo de Rivera concedió a los sefardíes la posibilidad de invocar el derecho de nacionalidad, ya que muchos países de Centroeuropa y Turquía habían revocado la tradicional protección consular. Ese mismo año Cansinos establecía los pasos de la historia del reencuentro de España con lo judaico en una novela de corte autobiográfico y que, bajo nombres supuestos, junta la nómina de los promotores hebreos y españoles de la reconciliación: Las luminarias de Hanukah (un episodio de la historia de Israel en España).

Luego, desde su fundación en 1934, nuestro autor escribió para la revista Judaica, de Buenos Aires, una serie, ‘Los judíos en la literatura’, donde dedicó artículos a personajes de ficción (el Bummstein de las Memorias de la casa de los muertos de Dostoievski, o el mendigo ciego Almudena en Misericordia de Galdós, o Luna Benamor, del cuento homónimo de Vicente Blasco Ibáñez).

En febrero de 1938, una significativa nota de la redacción nos avisaba de que “tras un largo silencio, motivado por la tragedia que envuelve a España, ha reanudado su colaboración en nuestras páginas el eminente escritor Rafael Cansinos Assens”. El texto precede a un artículo, ‘Los judíos en Sefard [sic]’, de tono políticamente muy explícito.

Aquel trabajo de 1938 se continuó en los meses siguientes en una serie de estampas breves de la vida de hebreos españoles: la del poeta que incurre en pecado al cortar su pelo en día de luna llena (‘En plenilunio’); la del que asiste por curiosidad a unos oficios católicos de Semana Santa que le resultan “ricos en sensaciones raras, torturadoras y al mismo tiempo exquisitamente gozosas” (‘La semana de pasión de don Abraham’); la de una humilde muchacha de servicio que tiene el llamativo nombre de Rosa Torquemada y entra a servir en casa de unos burgueses hebreos (‘Rosa Torquemada’)… Estas narraciones y otras parecidas –en las que volvemos a reconocer a alguno de los personajes de Las luminarias de Hanukah– se integraron en el volumen Los judíos en Sefard (1950) que llevó un expresivo prólogo-entrevista del dramaturgo judeoargentino César Tiempo. En él leemos: “Sólo nosotros sabemos que cuando España reconozca a Israel, Rafael Cansinos Assens, apocrisiario y ministro plenipotenciario por derecho propio de Israel en España en el presente, será por derecho propio e irrevocable, también embajador de España en Israel”. No lo fue nunca, por supuesto, pero el 14 de mayo de 1948, día de la creación del Estado de Israel, Cansinos escribía estos versos, nada buenos aunque reveladores:

En el sórdido ghetto,
a través de los siglos,
clamaba su dolor a Adonai
el judío.
Pero Adonai no lo escuchaba […]
Y los sacó del ghetto cual antes
los había sacado de Egipto...
Ya florece de nuevo en Sión
de Jericó la rosa inmortal,
ghettos y progromos ya lejos quedaron...
El judío en su tierra celebra la Pascua triunfal…
Veinte siglos tardó en ser oído,
¡está tan lejos, tan alto, tan alto
el Trono del Altísimo!

(ápud Carlos Eugenio López, ‘La rueda del destino: obra en verso de Rafael Cansinos Assens’, Boletín de la Fundación Federico García Lorca, 24, 1998).

No debieron de ser muchos los españoles que pusieron piedra blanca en la memoria de aquel día…

José-Carlos Mainer es catedrático emérito de la Universidad de Zaragoza e historiador de la literatura. Autor de una biografía de Pío Baroja y la segunda edición muy ampliada de Falange y literatura. Antología.


Articulo: www.elboomeran.com 24/11/2014