dimanche 28 décembre 2014

Laura GALARZA/Corazón partido

Corazón partido
Por Laura GALARZA

Clásica y serena en la forma, pero con un corazón sentimental y apasionado por dentro, la obra de Natsume Soseki fue una de las más influyentes sobre los escritores japoneses, de Akutagawa a Kawabata, de Mishima a Kenzaburo Oé. Representante de una literatura que acompañó el proceso de occidentalización en los comienzos del siglo XX no sin ambivalencias, escribió varios libros fundamentales y la espléndida Kokoro, que ahora tiene una edición especial en castellano, con nueva traducción, de editorial Impedimenta, al cumplirse cien años de su publicación original. También se publica Luz y oscuridad, novela que Soseki dejó inconclusa al morir en 1916, pero que aún así puede leerse como una experiencia literaria plena y llena de sentido.

Tsuda, el protagonista de Luz y oscuridad, está en la camilla. El médico acaba de limpiarlo por dentro con una sonda. Tendrá que poner fecha para operarlo, dice, y soldar las dos partes sueltas de su intestino. Más tarde, Tsuda vuelve en tranvía hacia su casa, ve cómo el mundo sigue andando, ajeno a su sufrimiento: “No existe forma de saber, de prever cuándo se operará un cambio súbito en el cuerpo de uno. Peor aún, quizás en este mismo instante esté sucediendo algo en mi interior y puede que yo no me esté dando cuenta de nada”. Curiosamente, cuando Natsume Soseki –considerado el padre de la literatura moderna japonesa– escribía Luz y oscuridad, tenía los días contados: antes de terminarla moriría de una úlcera estomacal y la novela quedaría inconclusa. Sin embargo los finales no son lo importante cuando los viajes son soñados. La lectura de Luz y oscuridad es una experiencia completa. Una inmersión hipnótica donde lo único que se puede hacer es seguir leyendo. Y éste no es un privilegio que le cabe solo a ésta, la última novela de Soseki, sino a toda su obra. Por algo aseguran que cambió la manera de hacer literatura en Japón y fue referente de escritores como Akutagawa, Kawabata, Mishima y Kenzaburo Oé que dice en el postfacio sobre esta novela final e inacabada: “Está escrita de una forma admirable, perfecta, de ahí que la fuerza cinética de la imaginación provocada en el lector sea tan poderosa”.

A mediados del siglo XIX en Japón, el régimen feudal de los Tokugawa (1600-1868) estaba en decadencia y la población se manifestaba con revueltas campesinas. A la vez las potencias extranjeras, Inglaterra, EE.UU. y Rusia comenzaron a presionar para que Japón abriera sus puertas al mundo. La era Meiji (1868-1912) llevó a cabo esa transformación que significó el fin del feudalismo y un giro trascendental para el país cuyos efectos serían para siempre. Soseki va a representar ese cambio de paradigma en la literatura. Profesor de literatura inglesa –incluso vivió dos años en Londres becado por el gobierno japonés–, la relación de Soseki con la creciente occidentalización de su país, quedará marcada por la ambivalencia y será un tema que atravesará toda su obra. Sus personajes se preguntan con sorna por “los restaurantes occidentales”, notan cuando en una casa hay sillas (en vez de sentarse en el piso como hacen tradicionalmente en Japón) o envían tarjetas para el 1º de año. Soseki cuenta una anécdota de su estadía en Londres cuando invita a un inglés a contemplar la caída de la nieve (una costumbre japonesa) y éste termina burlándose de él. El conflicto entre productividad y espiritualidad será llevado al extremo por Soseki en su novela Daisuke, que cuenta la vida de un joven que tiene como opción no trabajar y dedicarse a leer y a cultivarse. “Si nunca tienes una experiencia maravillosa al margen del sustento que necesitas para vivir, entonces no tiene ningún sentido pertenecer a la raza humana.”

Occidente renueva, pero no sin dejar lastre. El principal, para Soseki: alejarse de la contemplación.

Es difícil que los humanos podamos recordar lo que nos sucedió en la infancia temprana. Sin embargo, hoy con el avance de las neurociencias se sabe que lo vivido se aloja en alguna parte del cerebro y queda ahí, congelado y mudo, aunque al acecho. A los dos años, los padres de Natsume Soseki –una familia de samuráis venida a menos– lo entregaron en adopción a una pareja de sirvientes de la casa. ¿Podría tenderse un puente entre esa primera expulsión de lo familiar y el autoexilio de Soseki dentro de la literatura? La dualidad de sentirse un extranjero en su propio terreno, y desolado fuera de él, aparece como una espina en el talón en cada una de sus novelas. Soseki no resuelve esa contradicción. Pero claro, escribir desde la incomodidad, siempre da resultado. Como perro que quiere morderse la cola anda Soseki la mayor parte de su vida mientras es profesor de literatura. Hasta que se convierte en escritor sólo trece años antes de morir. Soseki comienza como poeta –aunque no dejará nunca de escribir poesía– y en 1903 publica sus primeros haikus en revistas literarias, a los 36 años. Más tarde, en 1905, aparece su novela Soy un gato, que resulta un boom literario y la primera de las 14 que escribirá en ese lapso de 13 años, hasta su muerte en 1916. Hoy, los libros de Natsume Soseki –que significa “terco” y es seudónimo de Natsume Kinnosuke– son de lectura obligatoria en todos los colegios secundarios de Japón y su cara está en los billetes de 1000 yenes.

Seguido al éxito arrollador de Soy un gato comienzan los problemas de salud de Soseki (siempre afecciones estomacales) y los estudiosos de su obra aseguran que eso es lo que dará un tono cada vez más melancólico a su literatura, aunque sin perder nunca cierta ironía y desfachatez. En 1906 escribe Botchan, que se convierte en un best-seller y será una de las novelas más leídas en Japón durante décadas. Considerada el Huckleberry Finn nipón y comparada con El guardián en el centeno, Botchan narra la vida de un joven profesor en una escuela rural, basada en la propia experiencia de Soseki cuando se traslada a Matsuyana, un pueblo remoto en el que dura un año y termina renunciando para irse –siempre como profesor de literatura– a la ciudad de Kumamoto, donde conoce a su mujer. Luego, en orden de aparición y editado en español, sigue su trilogía: Sanshiro (1908), Daisuke (1909) y La puerta (1910), para culminar en su obra maestra Kokoro (1914).

LO QUE NO SE PUEDE UNIR

El intestino que hay que unir, podría representar –y muy justamente– el pathos de Luz y oscuridad. El amor, la familia, los amigos, ¿no son acaso algo roto de entrada, una imposibilidad en sí misma? Lo que se suelda, ¿está unido? Durante el viaje de regreso en tranvía Tsuda se pregunta por qué se casó con O-Nobu, y también por qué ella se casó con él. Hace sólo seis meses que estos jóvenes son marido y mujer y representan lo nuevo de la era Meiji. Ellos son la generación que abandona el ikebana y la ceremonia del té; se casan por amor y no por conveniencia. Sin embargo, Tsuba y O-Nobu no terminan de estar seguros de su decisión. ¿Y si de verdad cada uno tenía intenciones con el otro más allá del amor? “Disfrutas de tanta libertad que no sabes qué hacer con ella”, le dice un amigo a Tsuda. Porque la familia se occidentaliza, y la obediencia deja lugar a la voluntad individual de los hombres, pero eso también complica las cosas. “¿Cómo puede crecer el amor?”, interpreta Kenzaburo Oé en el postfacio como la pregunta que parece hacer Soseki. Asumir un “yo” implica inevitablemente admitir un “otro” que también se afirma a sí mismo.

Antes de operarse, Tsuda recibe una carta de su padre que le anuncia que va a dejar de enviarle su mensualidad. Tsuda tiene la sospecha de que lo hace no por dificultades económicas, sino por las diferencias que han empezado a zanjarse entre su padre y él desde que su casamiento. O-Nobu, al ver debilitado a su marido en todos los frentes, lejos de unirse a su causa, comienza a tomar distancia. El día que Tsuda se opera, ella se va al teatro para “cumplir” con sus tíos que la criaron y que opinan que Tsuda, de algún modo, le queda chico. Todos los personajes secundarios pretenden controlar la vida del matrimonio: los tíos de O-Nobu, O-Hide, la hermana de Tsuda, y el amigo de Tsuda, Kobayashi. Pero sobre todo la esposa del jefe de Tsuda, la señora Yoshikawa, una mujer indiscreta y seductora que lo tienta para que se vuelva a ver con Kikoyo, su antigua novia. Soseki muestra los pliegues del alma humana con una virtuosidad delicada. Sus personajes no terminan de comprender por qué hacen las cosas; por momentos se sienten capaces de todo y al rato, desalentados. ¿Qué son sino el miedo, la cobardía, la insensatez, lo que lleva al hombre a tomar sus decisiones? ¿Es posible que el hombre con sus limitaciones y deformidades del espíritu sea capaz de tomar las riendas de su vida?

En todas sus novelas anteriores, como un sello que lo hace el más grande autor de la renovación de Japón, Soseki interpela la existencia, poniéndola contra las cuerdas. Entonces sus personajes mientras dialogan se hacen preguntas como éstas: ¿Qué pretendes? ¿Crees que aún te falta algo? ¿Acaso no eres feliz? Y de a ratos los hace sacar conclusiones como la del personaje de Kobayashi: “La gente que ha leído novelas rusas, en especial las de Dostoievski, saben perfectamente a qué me refiero. Todos deberíamos saber que no importa cuán bajo pueda estar alguien”.

SOSTIENE EL GATO

Eto Jun, un gran estudioso de la vida y la obra de Soseki, afirmaba que fue un maestro generoso. Las puertas de su casa de Tokio estaban abiertas: aconsejaba a sus discípulos, les prestaba sus libros, los orientaba. Pero llegó un momento en que Soseki vio afectada su concentración en el trabajo y decide poner un día fijo para las visitas. Así nace lo que se conocería en los círculos literarios como “la reunión de los jueves”. En aquellos encuentros se hablaba de todo: literatura, arte, filosofía.

Soy un gato es una novela única, donde un gato –sí, un gato– encarna una voz excepcionalmente creíble para poner bajo la lupa a la especie humana y en tono burlón, a la vez, tener piedad de ella. Algunos de los pasajes de esta novela están inspirados en aquellas reuniones de intelectuales, siendo el mismo Soseki –en el personaje del dueño del gato– el maestro. Dice el gato: “No hay criatura viviente tan despiadada como el ser humano”. “Han adoptado una actitud de indiferencia ante la vida, manteniéndose al margen de la gente, apartados de todo como serpientes en su nido, pero en realidad los mueven las mismas ambiciones mundanas que a todo el mundo.” “Los seres humanos no valen para nada, excepto para el uso estruendoso que hacen de su boca con el fin único y exclusivo de matar el tiempo, contando historias sin gracia y riéndose de cosas que no son divertidas.”

Tanto en Sanshiro como en Daisuke y La puerta, los personajes –hombres jóvenes de clase media bien educada– intentan zafarse de un sistema que los agobia: el trabajo, la familia, la sociedad. A Soseki le interesa volver una y otra vez como el cincel a la piedra, al mundo interior. De lo menos importante a lo más: la fidelidad del hombre consigo mismo. Sus héroes son hombres que han traicionado, o que han sido traicionados por alguien cercano a ellos y llevados por la culpa o la desilusión, buscan aislarse. El mundo parece no tener lugar para ellos. Sanshiro continúa el tono de sátira de Soy un gato, esta vez en la voz de su personaje, Sanshiro, un muchacho de pueblo que se va a estudiar literatura a Tokio y deberá vérselas con snobs occidentalizados. Mientras, él sigue viendo el mundo como un poeta: “Las raíces de la vida, que nos parecen tan sólidas, se debilitan antes de que nos demos cuenta y se escapan flotando en el oscuro vacío”. En el caso de Daisuke, Soseki también a través de otro joven en offside, pone patas para arriba el concepto de que “el trabajo dignifica”. Daisuke no trabaja. Sin embargo no piensa en sí mismo como ocioso (como le reprochan su familia y sus amigos), sino como un privilegiado: es libre, tiene tiempo para soñar y siente lástima por aquellos que son una pieza más en el engranaje de producción. “Es un fenómeno lamentable que detrás de cada evolución, pasada y presente, reaparezca la degeneración.” En La puerta, un hombre hace el camino inverso que Daisuke (que termina enamorado y poniendo en jaque toda su ideología) y abandona repentinamente a su esposa, a quien ama, para entrar en una vida de contemplación en un templo zen. El va en busca de respuestas, pero sólo encuentra preguntas. También en las tres novelas Soseki toma un camino maravilloso para plantar la encrucijada: el amor. Aunque el amor siempre –otra de las obsesiones de Soseki– será por la mujer equivocada.

¿Hasta dónde puede un sujeto sostener su individualidad? Los personajes de Soseki siempre desafían al mundo. Y al estilo de los policiales que hacen que el lector se enamore de la vulnerabilidad del asesino, de la misma manera Soseki logra que acompañemos a sus antihéroes hasta la tumba. Que seamos capaces de morir por las mismas causas que ellos abrazan.

CIEN AÑOS DE KOKORO

La editorial Impedimenta de España anticipó la reciente publicación de Kokoro con nueva traducción en español en conmemoración del centenario de esta obra cúlmine de Soseki. En Japón, el Asahi Shimbun, uno de los principales periódicos del país, inició en abril la publicación por entregas del libro, al mismo ritmo que cien años antes, en 1914, cuando su autor, Natsume Soseki, era responsable de la sección literaria del periódico. El título fue traducido anteriormente como The Heart (El corazón) o a Le pauvre coeur des hommes (El pobre corazón de los hombres). Sin embargo como observa Fernando Cordobés en la introducción de Impedimenta, éstas son traducciones interpretativas de un vocablo que resiste el encasillamiento aludiendo, a la vez, a “corazón, mente, alma, espíritu, pensamiento”.

Antes de escribir Kokoro y durante unas vacaciones en el balneario de Shuzenji, Soseki –eternamente afectado por su úlcera estomacal– sufrió una crisis aguda que lo puso al borde de la muerte. Algunas fotos de la época atestiguan ese cambio en su fisonomía. En una de ellas, fechada en diciembre de 1914, posa con sus dos hijos varones y se lo ve cansado y envejecido. Su mujer, Kyoko, daría cuenta de esto después del fallecimiento de su marido en su libro Mi vida con Soseki. Todas estas experiencias darán tono a la narración de Kokoro, una novela que deja al lector sumido en una profunda melancolía. Y a la vez con la sensación de salir de ella, definitivamente transformado. Soseki maduro, afianzado y enfermo, vuelve sobre sus obsesiones de una manera que conmueve.

Kokoro narra en primera persona la relación del personaje principal, un joven que acaba de terminar la universidad, con Sensei, un hombre mayor al que conoce durante unas vacaciones en el mar y que ejercerá una influencia decisiva en su vida. La novela describe la relación entre ambos, así como la del narrador con su padre y su familia y, por último, la de Sensei con K, su amigo, en la que Soseki, como ya en novelas anteriores, introduce una mujer, armando un triángulo amoroso. Sensei termina siendo el padre simbólico del joven, ya que su padre de sangre se está muriendo y es un hombre común, preocupado por cosas comunes. En cambio Sensei parece desprender un aura de sabiduría que atrapa al personaje, de la misma manera que atrapa al lector que también queda subyugado tanto por lo que dice el Sensei como la manera en que lo dice: con una sonoridad de fondo, una melodía que hamaca, sostiene. Soseki logra reproducir magistralmente ese poder hipnótico que tiene el Sensei para el personaje y trasladarle esa sensación al lector. “Enfermos o sanos, los seres humanos somos criaturas frágiles”. “Incluso aquí, conmigo, es probable que te sientas solo.” “No vacilaré en proyectar sobre ti las sombras de la vida, pero no temas. Míralas de frente, extrae de ellas las lecciones que te sean útiles.” “Yo no tengo la fuerza suficiente para agarrar tu soledad y expulsarla de ti.” Un manual de espiritualidad, bello y doloroso. Eso es Kokoro. La conexión entre dos seres que logra modificarlos.

La novela está dividida en tres partes: la relación entre Sensei y el protagonista, marcada por la idealización; la relación del protagonista con su familia y cómo ésta se ve modificada a partir de la enfermedad del padre, y la tercera y última en formato epistolar es la historia de Sensei, que simboliza el legado a su discípulo. La anécdota del caso es que Soseki, a cargo de la sección de literatura del diario, iba dando esta historia en entregas. Al llegar a la carta, esperaba un reemplazo para tomarse unas vacaciones que nunca se pudo tomar porque nadie lo reemplazó. Entonces se vio obligado a dilatar la carta que llega a ocupar la mitad del total de la novela. La carta es una confesión del Sensei donde le devela secretos a su discípulo, como por ejemplo, por qué visita la tumba de un amigo cada mes (intriga que se plantea en la primera parte de la novela). La historia del Sensei desnuda la humanidad de este hombre que en la primera parte y a ojos del protagonista parecía alguien sabio y seguro de sí mismo. Sin embargo, esa sabiduría pareciera tener su origen en las decepciones de la vida y en lo que le se ha convertido después de haber tomado algunas decisiones. Como en sus libros anteriores, Soseki pareciera decir que en algún momento de la vida es necesario saber quiénes somos de verdad. Y sólo eso puede hacer al hombre mejor. “Quien no tiene voluntad de crecer espiritualmente es un idiota.”

Por otra parte, esta novela, Soseki la escribe sobre el final de la era Meiji, marcada no sólo por la muerte del emperador, sino también por el suicidio bajo el ritual japonés seppuku (conocido vulgarmente como harakiri) de su asistente, el general Nogi y su mujer. Ambos acontecimientos causaron un impacto emocional inmenso en la sociedad japonesa de la época. ¿Qué iba a suceder a continuación con la apertura a Occidente que tanta angustia había traído aparejada al desarrollo y la expansión? Varias entradas del diario de Soseki dan cuenta de su preocupación y, entre sus objetos personales, se conservan diarios de ese momento.

Se conserva también una triste fotografía en la que se ve a Soseki moribundo, tumbado en un colchón sobre el tatami, cubierto con una manta y rodeado de gente. En esa época se creía que si se tomaba una fotografía del enfermo se curaría. Como a K, el amigo de Sensei en Kokoro, a Soseki lo enterraron en el cementerio de Zôshigaya, en Tokio. El gran terremoto de Kanto de 1923 y los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial que destruirían la ciudad dos veces, no consiguieron borrar su tumba del mapa. Terco, Soseki recorre ese camino que envidian los escritores occidentales: va del haiku a la novela moderna, convirtiendo la dimensión humana en algo posible de explorar por el lenguaje. Encantador y agudo, leer a Soseki es entonces leer un extenso haiku.


Articulo : http://www.pagina12.com.ar 21/12/2014

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