dimanche 28 décembre 2014

Natalia MORAL RIOS/ Mi Ana María MATUTE

Mi Ana María MATUTE
La conexión mágica de los niños náufragos
Por Natalia MORAL RIOS

¿Quién soy yo para escribir “yo” en las páginas de Pastiche? Sin embargo, no podría escribir nada más sincero sobre Ana María Matute que “Mi Ana María Matute”.

Mis editores creían en una cone­xión mágica entre Ana María y yo y me confiaron la responsabilidad y el privilegio de crear un artículo sobre ella para Pastiche, pocas se­manas después de su muerte. Ellos desconocían mi escandalosa relación con Ana María Matute: inexistente, cuando no apática. En el momen­to de su muerte, yo no había leído más que las primeras páginas de su Pequeño teatro, por allá en mis años de adolescente. No, no había senti­do ninguna conexión mágica y el motivo es ridículo y pueril: me disgustaba su nombre.

“¿Sabes algo de Ana María Matute?”, pregunté a una artista que sí conecta con mi alma. Mi pequeño mensaje-pregun­ta creció en un ensayo a lo largo de la madrugada. “Amiga, no tengo herramientas ni espacio creador aquí. He escrito dos borradores del tirón, muy mediocremente y a media luz, con su consecuente dolor de cabeza. No estoy haciendo justicia a Ana María.” Quizá porque se llamaba igual que mi medio hermana, quien tuvo de mi padre todo lo que a mí me negó y que, ahora me doy cuenta, es el lazo que me liga irónica y mágicamente con Ana María, en su selecto uni­verso de los “niños náufragos”.
“Creo que comienzas a arañar un poco a Ana María, pero con desgana. Creo también que está inacabado, que no llega a cua­jar, que no se remata, que el cuento no tiene final (feliz o des­graciado, no me importa). Sigo pensando profundamente que la conjunción de Natalia Moral Ríos y de Ana María Matute puede ser tan mágica como las creaciones de ambas. Creo que si le das alguna vuelta más, si te zambulles en Ana María, ella y todos, nos podemos llevar a una mágica Natalia.”

Eso me dijeron y si hubieran sabido mi secreto, me hubie­ran abofeteado. Yo leí aquello y pensé: ¿quién demonios es Ana María Matute y por qué habríamos de conectar mágicamente? Esa señora catalana de la K en la Academia, la presuntuosa premio Cervantes que decía: “me gustaría que me recordasen como una mujer que amó mucho la vida”. Esa frase resultaba de plástico para mí, no conectaba con­migo de ninguna manera. Denotaba una falta de modestia aburrida, y las faltas de modestia sólo me divierten cuando son brutales. Pero creo profundamente en el criterio de mis editores. Así que desestigmaticé su maldito nombre de niña burgue­sa en aquella madrugada y tuve que admitir la sustancia de esa frase pre­suntuosa, que venía de una mujer sumida en depresión durante veinte años. La depresión no es amor a la vida y veinte años es la cuarta parte de una vida.

Me zabullí durante dos noches vela­das en aquel Pequeño teatro, su pri­mera novela, escrita con diecisiete años. Fui luciérnaga en esta tierra y, definitivamente, fui una niña ton­ta. Sus cuentos... Ay, sus cuentos. Los cuentos son lo más cercano a la poesía; los cuentos, decía Ana Ma­ría, son poemas narrados. Los cuen­tos de Ana María son las expresiones más delicadas en forma y más “bestiales” en contenido de su literatura.

Reviviendo la crueldad de sus cuentos, tan simple y tan compleja, encontré la conexión y la magia, me reencontré con Ana María, con la Ana María de los gintonics, la Ana María de: “la infancia es la etapa más larga de la vida”; la Ana María de: “hay muchos niños náufragos, hay adolescen­tes que a lo mejor tienen ya cuarenta años...”; la Ana María cruel, la “bestia”. Esa colección de cuentos, ese universo en el que me sumergí durante dos noches, me llevó a reflexio­nar sobre las “obsesiones del artista”.

Los artistas son obsesos que a través de un medio de ex­presión circunstancial, descubierto generalmente en la in­fancia, se revuelcan en sus obsesiones y les sirve de válvula de escape. Puede tratarse de mil cuentos diferentes, pero la obsesión es una o son dos; como mucho, tres o cuatro. En el caso de Ana María, calan pronto y conectan de forma mágica con las obsesiones de los niños náufragos.

“Que amó la vida mucho”; y sin embargo: “Una ma­ñana se levantó y fue a buscar al amigo, al otro lado de la valla. Pero el amigo no estaba, y, cuando volvió, le dijo la madre: “El amigo se murió.”” Así comienza “El niño al que se le murió el amigo”, uno de los cuentos de la colección Los niños tontos, que contiene otro, tan mágico y tan cruel, que se titula “La niña fea”. Conectamos, sí, hube de enfrentarme al hecho de que esa señora catalana y yo empezábamos a conectar má­gicamente y debía escribir las palabras mágicas en un mágico artículo, si es que se dignaban a aparecer, des­pués de mi tremenda desfachatez de no haber leído ni una novela suya hasta después de su muerte.


 Esa niña fea era yo. El niño al que se le murió el amigo, también era yo. Yo soy Los niños tontos. Yo soy una niña náufraga de las de Ana María, como Ana María, y por primera vez eso me hace sonreír y me sien­to privilegiada por la magia que nos co­necta. “La infancia es la etapa más larga de la vida”, no podría significar más esa frase para mí, que creo recordar la habitación en la que nací, que mi comadrona es mi ami­ga, que recorrí los siete mares antes de los siete años y en alguno de ellos naufragué. La inocencia y la crueldad de Ana María despiertan en mi memoria una frase profé­tica que leí en la infancia: “las personas más sensibles se convierten en las más crueles”. La inocencia y la crueldad son dos caras de una moneda: la infancia. “Me costó muchí­simo integrarme en el mundo”, Ana María era una niña de la burguesía catalana, pero era rara y se puso enferma. Así se adentró Ana María en su mar de niños náufragos. Su talento y su precocidad prueban ese naufragio. Dicen que la literatura se gesta en infancias solitarias y ella decía que “a la literatura se llega como a la vida: con mucho dolor y lágrimas”.

Entonces, comenzó la Guerra Civil y eso la coloca en la categoría suprema de la li­teratura contemporánea. Sí, contemporá­nea; porque, aunque la generación de los niños de la guerra esté envejecida y una gran parte, muerta; aunque la guerra civil fuese en el milenio pasado, será contem­poránea hasta que se purgue esta demo­cracia en la que estamos obligados a vivir.

Los escritores de la dictadura forjan un carácter especial. Hasta que a un escritor no se le censura una novela, hasta que no se le tachan las palabras y las frases y los párrafos y se le publica una obra deforme, un hijo mutilado, no se sabe realmente cuánto significa una palabra, una frase, un párrafo, una novela suya. En demo­cracia se nubla el valor de las cosas, de las palabras, de las imágenes, de la vida, el amor y la amistad. Ana María, “fran­cotiradora”, se diferenció de la generación de los 50 en lo literario, porque su pro­testa social nacía “de lo poético e incluso, lo infantil”. “Escribir es siempre protestar, aunque sea de uno mismo”, solía de­cir. La distancia con el realismo social comprometido de sus colegas margi­nó su trabajo, los críticos a veces son demasiado simples. Sin embargo, la poética y la inocencia, que es “un lujo que uno no se puede permitir y del que te quieren despertar a bofetadas”, no salvaron Luciérnagas de la censura.

Cómo se jacta Ana María Matute en las entrevistas de lo ridículas que le re­sultaban las tertulias de sus colegas en el Café Gijón. Decía que solamente iba por acompañar a su marido, Goi­coechea, y que se hubiera puesto algo­dones en los oídos por no escuchar las pamplinas y las disputas sobre quién es el más intelectual del café. Estos in­telectuales... Y ella, la niña fea, en un rincón, imaginando mundos, siente orgullo de su marginación, de su sole­dad, de su naufragio, de todo aquello que le dio lo más importante del mun­do: una vida en la literatura.

Hay que reconocer su autenticidad tan atractiva. Esa autenticidad, por la que pelean los intelectuales, los artistas y cualquiera, se pierde en el momento en que se pelea por ella. A partir de ese momento, se puede destacar en conjunto, como parte de una tendencia o un estilo, una moda. Más lo que vale es destacar independiente: la autenticidad del que se sienta en un rincón a imaginar mundos, despreo­cupado de ser auténtico.

Hay razones más que de sobra por las que Ana María es premio Cervantes y premio Café Gijón y todos los otros. Sí, hay razones más que de sobra para su K, a pesar de su sexo -y qué pena que aún sea necesario ese matiz-. Hay razones más que de sobra para escri­bir con mayúsculas la palabra LITE­RATURA junto a su nombre, Ana María. Y además de todas las razones, hay magia. Ana María no vivía de la literatura, ni por la literatura, ni para la literatura, Ana María vivía “en la literatura”, incluso durante los vein­te años de sequía, esos veinte años de raro amor a la vida, quizá, sobre todo, en esos años y la infancia. Ana María Matute y su eterna infancia, inocente y cruel como una bestia, sus obsesiones, con dolor y lágrimas en la literatura, náufraga en un rincón, imaginando mundos, protestando, tomando gintonics, feliz, amando la vida. Todos los niños náufragos co­nectamos mágicamente.


Articulo: www.elboomeran.com 06/11/2014

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