dimanche 28 décembre 2014

Robert DARNTON/“¿Qué es la historia del libro?”

“¿Qué es la historia del libro?”
Una revisión
Por Robert DARNTON

En su ensayo clásico de 1982, nuestro homenajeado planteó un modelo general sobre la manera en que los libros surgieron y se difundieron en la sociedad; en él veía la publicación como un circuito en el que se interrelacionan distintos actores, sujetos a la injerencia de agentes externos. Un cuarto de siglo después, en 2007, luego de numerosas discusiones y del surgimiento de incontables modelos nuevos, hizo una reevaluación de su ensayo; la ofrecemos aquí por primera vez en español
  
Al aceptar la invitación a revisar mi ensayo de 1982, “What Is the History of Books?”, me doy cuenta de que sólo puedo llevar a cabo esta tarea en la primera persona del singular, y por lo tanto debo disculparme por consentir ciertos detalles autobiográficos. También me gustaría hacer una aclaración: hace veinticuatro años, al proponer un modelo para el estudio de la historia del libro no era mi intención decir a los historiadores cómo debían hacer su trabajo. Tenía la esperanza de que el modelo pudiera ser útil en una forma heurística y nunca pensé en él como algo que pudiera compararse con los modelos preferidos por los economistas, del tipo en el que se presentan datos, se trabaja en ellos y se llega a una conclusión. (En mi opinión, en la historia no existen las conclusiones.)

En 1982 me parecía que la historia del libro sufría de lo que los biólogos llaman fisiparidad: los expertos realizaban estudios tan especializados que comenzaban a perder contacto entre ellos. Los elementos esotéricos de la historia del libro debían integrarse en una visión general que mostrara cómo las partes podían conectarse para formar un todo, o lo que yo describí como un circuito de comunicación.

Aún persiste la tendencia hacia la fragmentación y la especialización. Otra forma de hacerle frente podría ser instar a los historiadores del libro a confrontar tres interrogantes principales:
• ¿Cómo surgen los libros?
• ¿Cómo llegan a los lectores?
• ¿Qué obtienen de ellos los lectores?

No obstante, para responder estas preguntas es precisa una estrategia conceptual que reconcilie los conocimientos especializados y que conciba el campo como un todo.

Cuando reflexiono acerca de mis propios intentos por esbozar una estrategia de este tipo me doy cuenta de que se trata de una reacción ante la intuición de problemas interconectados que me había sorprendido mucho antes, cuando empecé a trabajar en los archivos de una editorial por primera vez. Mirar al pasado desde el presente también funciona como un recordatorio de que mi ensayo de 1982 no hace justicia a los avances de la historia del libro producidos durante el siguiente cuarto de siglo; ha sido reimpreso y debatido lo suficiente como para hacer visibles sus deficiencias. De manera que no me propongo volverlo a escribir, pero sí me gustaría indicar cómo podría mejorar y relatar la experiencia en los archivos en los cuales se originó.

Me zambullí por primera vez en los documentos de la Société Typographique de Neuchâtel (stn) en 1965, y sin saberlo de inmediato, ya estaba estudiando la historia del libro. En aquel entonces el término no existía, aunque el innovador volumen de Henri-Jean Martin y Lucien Febvre, La aparición del libro, había estado disponible desde 1958. Fui a Neuchâtel en busca de algo más: información acerca de Jacques-Pierre Brissot, el líder de los “brissotinos” o girondinos durante la Revolución francesa, quien publicó la mayor parte de sus obras antes de 1789 con la stn. Empero, cuando empecé a seguir el rastro de  Brissot entre los documentos de su editor, descubrí un tema que parecía más importante que su biografía, a saber, el libro mismo y todos los hombres y mujeres que lo producían y distribuían bajo el Ancien Régime.

No es que me sintiera decepcionado por las 160 cartas que Brissot intercambió con la stn. Por el contrario, éstas me proporcionaron la imagen más vívida y detallada que he encontrado hasta la fecha de las relaciones entre un autor y su editor en el siglo XVIII. Con el tiempo las publiqué todas en internet. Pero el expediente de Brissot parecía pequeño en comparación con las otras 50 mil cartas en los archivos de la stn: cartas de autores, libreros, molineros, consignatarios, contrabandistas, conductores de carretas, cajistas y tipógrafos; cartas garabateadas por iletrados tales que para entenderlas había que pronunciarlas enfáticamente en una lectura en voz alta; cartas que revelaban una verdadera comedia humana detrás de los libros.

El tipo más emocionante de historia en 1965 era conocido como “historia desde abajo”. Fue un intento por recuperar la experiencia de la gente común— especialmente aquella en los estratos inferiores — y por ver el pasado desde su perspectiva. Estas personas nunca habían llegado a los libros de historia, con excepción de las “masas” sin rostro convocadas para producir revoluciones o morir de hambre en puntos selectos de la narrativa. Como estudiante de posgrado en Oxford simpatizaba con este tipo de historia, pero nunca había intentado escribirla. Los archivos de Neuchâtel abrieron la posibilidad de hacer por los hombres y mujeres desconocidos en el mundo de los libros del siglo XVIII lo que E. P. Thompson, Richard Cobb, Georges Lefebvre y George Rudé habían hecho por los trabajadores, los campesinos y los sans-culottes. Incluso la historia intelectual, pensé, podría estudiarse desde abajo. Los autores de Grub Street merecían tanta consideración como los filósofos famosos. Esta perspectiva me sigue pareciendo válida, aunque también creo que el pasado debe ser estudiado desde arriba, desde los márgenes a los costados, desde todos los ángulos posibles. De esa manera, podría ser posible crear lo que los historiadores de los Annales solían llamar histoire totale. Pero hacia 1965 yo no había absorbido mucho de la historia de los Annales. Me encontré con ella por primera vez durante la década de 1960, a través del contacto con Pierre Goubert y François Furet. En 1972 me hice amigo de dos historiadores del libro relacionados con los Annales, Daniel Roche y Roger Chartier, y desde entonces he trabajado con ellos; pero eso vino después. El libro salió primero y llegué a conocerlo a través de los archivos de Neuchâtel, aunque no era lo que yo había estado buscando y resultó ser muy diferente de todo lo que había esperado.

Por supuesto, había visto montones de libros del siglo XVIII, pero nunca los había tomado en serio como objetos; estudiaba los textos plasmados en sus páginas sin hacer preguntas sobre el propio material. Una vez que me zambullí en los archivos de la stn surgieron todo tipo de preguntas, en particular sobre el papel. Para mi sorpresa, el papel ocupaba una gran parte de la correspondencia de los editores, mucho más amplia que las fuentes de los tipos y las prensas. (A pesar de su carácter anacrónico utilizaré el término “editor”, en lugar de “librero” o libraireimprimeur.)

La razón se hizo evidente cuando reconstruí los costos de producción de los libros de cuentas de la stn. El papel constituía 50 por ciento de los costos de producción de un octavo ordinario en una tirada típica de un millar de ejemplares, y 75 por ciento de los costos de la Encyclopédie. Las cartas de los propios molineros abrieron otra perspectiva. En ellas abundan las conversaciones sobre el estado del clima: “El clima se está tornando malicioso”; “Maldigo el clima”. ¿Por qué? Porque si llovía mucho el agua se enlodaba y arruinaba las “cosas” (agua mezclada con trapos viejos molidos) que conformaban el papel. Si no llovía lo suficiente la rueda hidráulica no giraría de forma adecuada. Más aún, el mal clima proporcionaba una excusa para dejar de suministrar a tiempo los lotes de papel. Resulta que los impresores a menudo encargaban lotes especiales, o “campañas”, como ellos las llamaban, cuando aceptaban trabajos importantes. Fijaban su programa de producción — y en ocasiones la contratación y despido de los trabajadores — de acuerdo con las fechas de entrega especificadas por los contratos con los proveedores de papel. Los contratos requerían negociaciones intensas, no sólo en relación con los tiempos, sino también en lo que se refería al precio, la calidad y el peso de las resmas. Las condiciones eran diferentes en ciudades como Lyon y París, donde se disponía de grandes cantidades de papel gracias a intermediarios especializados (marchands papetiers). Pero los impresores suizos tenían que obtener sus suministros de molineros esparcidos por todas partes en el este de Francia y el oeste de Suiza, un área vasta en la que se utilizaban tres medidas diferentes de peso y distintos tipos de moneda. Además, puesto que la moneda era cada vez más escasa, los impresores de vez en cuando tenían que pagar con barricas de vino u otras materias primas. El valor de los títulos de crédito variaba según la fiabilidad de quien los firmara y podían ser objeto de comercio a diferentes precios, o ser cobrados en su fecha de vencimiento, por lo general a través de negociaciones en las cuatro ferias anuales de Lyon. Los impresores trataban de deshacerse de títulos de crédito menores con los molineros, y ellos a su vez optaban por no incluir sus mejores trapos en las cosas destinadas a los impresores. Así, la caza de gangas en ambos lados se convirtió en amenazas de virar los negocios hacia proveedores o clientes más complacientes.

Desde un molinero con dos cubas en una ladera del Macizo del Jura hasta un cambista en los tumultos de Lyon, la topografía humana era extraordinariamente compleja y proveía un amplio margen para el fraude. Los molineros a menudo estafaban al meter hojas de más en sus resmas. ¿Por qué hojas de más? Lo mismo me pregunté, pero las quejas de la stn revelaron la respuesta: al diluir sus “cosas” los molineros producían hojas de menor calidad, por lo que tenían que utilizar más de 500 hojas en sus resmas con el fin de llegar al peso acordado. Por tanto, los impresores pesaban las resmas recibidas, contaban las hojas que éstas incluían y mandaban cartas llenas de quejas y solicitudes de reembolsos. Los molineros respondían en tono de orgullo herido e indignación, o, cuando eran descubiertos, con excusas, siendo la principal el clima, pero también otras circunstancias especiales como “Mi cubero estaba borracho”.

La noción del papel como un producto bajo negociación continua — los contratos para las campañas se negociaban antes de la entrega y después de ésta volvían a ser objeto de negociación — me tomó completamente por sorpresa y, hasta donde sé, nunca ha sido reconocida por los bibliógrafos e historiadores de la impresión.

Esto también pesa sobre el asunto de la recepción del lector. Si usted lee los anuncios de libros en revistas del siglo XVIII, le sorprenderá el énfasis en la materia prima de la literatura: “Impreso en el papel de mejor calidad de Angulema”. Esa estrategia mercadotécnica sería impensable hoy en día, cuando los lectores rara vez se dan cuenta de la calidad del papel con el que están hechos los libros. En el siglo XVIII a menudo se encontraban manchas resultado del escurrimiento de un bastidor mal sujetado o trozos de falda que no habían sido adecuadamente molidas. Las observaciones en relación con el papel aparecen muy a menudo en las cartas de los libreros — e incluso de algunos lectores, aunque la stn rara vez escuchó algo de parte de clientes específicos — que me lleva a pensar que en la Europa moderna temprana existía una peculiar conciencia del papel. Ésta debe haber muerto en el siglo XIX, con la llegada del papel fabricado con máquinas papeleras a partir de pulpa de madera.

Sin embargo, en épocas anteriores la gente miraba el sustrato material de los libros, no sólo su mensaje verbal. Los lectores discutían los grados de blancura, la textura y la elasticidad del papel; empleaban un rico vocabulario estético para describir sus cualidades, tanto como lo hacen hoy en día con el vino. Podría hablar sin parar sobre el papel, pero lo que quiero señalar se refiere a algo distinto: la complejidad intrínseca en las actividades cotidianas de los editores. Ellos habitaban un mundo que no podemos imaginar a menos que leamos sus archivos y estudiemos su labor desde el interior. Su correspondencia las muestras sorteando las complejidades de los problemas en muchos aspectos de su oficio. No podían concentrarse exclusivamente en un problema, pues cada elemento de su trabajo repercutía en los demás, y el funcionamiento simultáneo de las partes determinaba el éxito del conjunto. La tabulación diaria o semanal de entradas en sus libros de contabilidad — elaborados registros a partir de los cuales pude reconstruir sus cálculos con el fin de comprender su razonamiento — les recordaba que tenían que coordinar una amplia variedad de actividades relacionadas entre sí de manera que cuando las existencias se agotaran y las cuentas fueran saldadas pudieran retener una ganancia. Su patrón de comportamiento corresponde al diagrama, tan inadecuado como éste era, que presenté en “What is the History of Books?” Para enfatizar este punto me gustaría mencionar otros aspectos de la edición que me sorprendieron cuando estudié los archivos de la stn y que, en lo que a mí concierne, no han sido asimilados en la historia del libro. Por ejemplo: Contrabando. Al mirarla a través de las cartas de los contrabandistas, la historia del libro resultó ser muy diferente de la actividad frenética que yo había imaginado.

El contrabando era una de las principales industrias — en numerosos gremios, en particular en el de los textiles y el de los libros — y estaba organizado de diferentes maneras. La variedad más sofisticada era conocida por el nombre de “seguro”. Los autonombrados “aseguradores” negociaban contratos con las editoriales, garantizándoles llevar libros ilegales a entrepôts [puestos de comercio] secretos más allá de la frontera francesa, en las montañas del Macizo del Jura, por un porcentaje de su valor al por mayor. Si el envío era confi scado por un escuadrón aduanal (empleados de la Ferme Générale, una corporación externa de recaudación de impuestos y no funcionarios del Estado), la aseguradora le reembolsaría el costo total al remitente. La aseguradora empleaba equipos de campesinos para hacer el trabajo real: cargaban los libros sobre sus espaldas en paquetes de 27 kilos (o 22 kilos cuando los puertos de montaña estaban obstruidos por la nieve). Si eran capturados, podían ser marcados con las letras gal, de galérien o “galeote”, y ser enviados a remar en las galeras de la prisión de Marsella durante nueve años o más.

Distribución y venta. Estas funciones tomaron muchas formas. Me impresionó de forma particular la importancia de los representantes de ventas (commis voyageurs o agentes viajeros de los editores). Yo pensaba que no existían antes del siglo xix, pero descubrí que habían tejido una intrincada red de conexiones
en Francia bajo el Ancien Régime, con la que realizaban todo tipo de tareas. Vendían libros, cobraban facturas, disponían envíos e inspeccionaban todas las librerías a lo largo de sus rutas. Todas las editoriales importantes recurrieron a ellos. A menudo sus caminos se cruzaron, se hospedaron en los mismos hoteles e intercambiaron secretos comerciales durante noches aderezadas con un pichet de vino y un pichón asado. Algo de la conversación de su gremio aparece en sus cartas y diarios. Un representante de ventas de la stn pasó cinco meses a caballo, deteniéndose en casi todas las tiendas de libros en el sur y el centro de Francia. Al llegar a una tienda tomaría sus medidas y se haría una serie de preguntas prestablecidas en su diario: ¿Cuánto crédito se podría extender al librero? (Preguntar a los comerciantes locales.) ¿Cuál era su carácter? (“Confiabilidad”, la cualidad más deseable, significaba que se podía contar con que pagaría sus cuentas a tiempo.) ¿Era un hombre de familia? (Los solteros despertaban sospechas, pero los hombres casados no debían tener demasiados hijos, pues podían sumergirlos en deudas.)

Al volver a Neuchâtel, el representante de ventas había adquirido un conocimiento incomparable de las condiciones del comercio del libro. Sus informes complementaban las cartas de recomendación de los empresarios y aliados en el gremio que cada semana llegaban a la oficina de la editorial, los cuales, tomados en conjunto, proporcionaban información crucial para el ajuste de las estrategias de ventas a la compleja topografía humana del negocio editorial. Agentes literarios. En el sentido moderno, como representantes de los autores, este tipo de agentes no existía. En el siglo XVIII los autores por lo general recibían un pago en efectivo por su manuscrito o un determinado número de ejemplares impresos, si es que recibían algo. No existían las regalías ni los derechos de traducción. Sin embargo, todos los editores importantes en lengua francesa ubicados fuera de París necesitaban un representante que cuidara de sus intereses en el corazón de la industria editorial. Los agentes parisienses escribían informes periódicos acerca del estado de la industria editorial, las condiciones políticas, la reputación de los autores y los últimos libros que estaban creando alboroto entre los infiltrados profesionales. En algunos casos los informes constituyen un comentario sobre la vida literaria y pueden leerse como fuentes para el desarrollo de una sociología histórica de la literatura.

Piratería. Francia estaba llena de editoriales que pirateaban todo lo que se vendía bien dentro de sus fronteras. Aunque no puedo probarlo, me parece que más de la mitad de los libros que circularon en la Francia prerrevolucionaria — obras de ficción y de no ficción, pero no manuales profesionales, tratados religiosos ni pliegos de cordel — fueron pirateados. Sin embargo, la piratería difería sustancialmente de lo que es hoy. El concepto moderno de copyright no se ajustaba a las condiciones de publicación en los inicios de la era moderna, excepto en Gran Bretaña después de la ley de copyright de 1710. Fuera de ahí, los “derechos para copiar” eran determinados mediante privilegios y se extendían sólo dentro de la jurisdicción del soberano que los emitía. A los ojos de los franceses los editores holandeses y suizos parecían piratas, pero en casa se les consideraba respetables hombres de negocios. Llevaban a cabo estudios de mercado, calculaban riesgos y beneficios con experiencia profesional y en ocasiones formaban alianzas, que sellaban con tratados, con el fin de vencer a los competidores en el mercado, al tiempo que compartían costos y riesgos. Encontré varios contratos entre las sociétés typographiques de Lausana, Berna y Neuchâtel, celebrados después de intensas negociaciones que obligaban a cada editor a imprimir una parte de los libros y proporcionar una cantidad correspondiente de la inversión de capital. Tales empresas conjuntas nos obligan a reconsiderar la rentabilidad de la edición moderna temprana y reevaluar la naturaleza de la piratería en sí misma, pues rara vez se pretendía que los libros piratas fueran copias exactas de los originales: impresos en papel relativamente barato, despojados de sus ilustraciones, abreviados y adaptados sin preocuparse por la integridad del texto, estaban destinados a los sectores más amplios y más pobres del público lector.

Intercambios. Las alianzas editoriales también tomaron la forma de acuerdos para intercambiar libros. Después de imprimir una edición de mil ejemplares, un editor a menudo intercambiaba cien o más de ellos con editoriales aliadas a cambio de un número equivalente de folios que él mismo seleccionaba de entre sus existencias. De este modo podía maximizar la variedad de obras disponibles en su reserva general (livres d’assortiment) y reducir al mínimo los riesgos involucrados en la difusión de sus productos principales (livres de fond). No obstante, los intercambios involucraban cálculos complejos que comprendían la calidad del papel, la densidad de la tipografía y estimaciones de demanda. La destreza en el terreno de los intercambios podía determinar el éxito de un editor.

Demanda. Debido a la prevalencia del intercambio, los editores eran propensos a convertirse en mayoristas. Algunos grupos de editoriales aliadas tenían catálogos similares y todos se abalanzaban al mercado con ediciones piratas cuando se corría la voz de un best seller potencial. A diferencia de los “éxitos de ventas” de hoy — enormes ediciones publicadas por una sola compañía — los best sellers en el siglo XVIII eran producidos simultáneamente por muchas editoriales en ediciones pequeñas. Un editor que llegaba tarde al mercado o que calculaba mal la demanda de un libro común “de mediano éxito” podía sufrir fuertes pérdidas. Así, los productores tomaban medidas elaboradas para sondear el mercado mediante sus representantes de ventas, sus agentes en París y, por encima de todo, su correspondencia comercial.

Al construir una red de clientes fiables e inteligentes entre los libreros, un editor recibía asesoramiento constante a través de una corriente diaria de cartas de parte de mayoristas y minoristas dispersos en una amplia zona, y a veces en toda Europa. Estar al tanto de la llegada de las cartas, día a día y pueblo por pueblo, es observar el ir y venir de las exigencias literarias.

Políticas. Sin embargo, la demanda no podía atenderse libremente porque todo tipo de obstáculos políticos obstruían el camino. Un editor situado al otro lado de la frontera francesa tenía que mantenerse informado sobre los cambios dentro de la Direction de la librairie y entre la policía y los inspectores de la industria del libro en las ciudades de provincia; las condiciones variaban enormemente de un lugar a otro y año con año. Las reglas del juego cambiaban sustancialmente a nivel nacional durante periodos críticos, como durante las presiones para influir en los nuevos règlements de la librairie en 1777. Las disposiciones de los decretos de 1777 pueden estudiarse fácilmente a partir de sus textos impresos, pero es sólo al leer la correspondencia de los libreros que podemos medir sus efectos. Me sorprendió descubrir que los edictos no transformaban las condiciones del comercio y que eran mucho menos eficaces que una orden desconocida, emitida por el ministro de Relaciones Exteriores a los funcionarios de aduanas el 12 de junio de 1783. La orden exigía que todos los envíos de proveedores extranjeros, cualquiera que fuera su destino, pasaran por París y fueran inspeccionados por los oficiales del gremio de libreros parisinos y luego por el duro inspector parisino de la industria del libro.

Por tanto, un cargamento que saliera de Ginebra hacia Lyon tenía que dar un desastroso rodeo a París. De un plumazo, esta medida echó por tierra la mayor parte del comercio entre los libreros provinciales y los editores extranjeros. Las cartas de los distribuidores provinciales demuestran que lo anterior produjo una crisis que duró hasta la Revolución, pero los historiadores de la industria del libro nunca lo notaron porque limitaban su investigación a los documentos impresos y a las fuentes administrativas. Podría citar muchos más ejemplos de las sorpresas con las que me encontré mientras trabajaba en los archivos de la stn, y luego al comparar los resultados con el material disponible en las principales fuentes de París: la Colección Anisson-Duperron, los documentos de la Chambre syndicale de la Communauté des libraires et des imprimeurs de Paris, y los archivos de la Bastilla. Lo que más me impresionó fue que un editor tuviera que hacer malabarismos con varias pelotas mientras el piso bajo sus pies también se movía. Podía estar negociando los términos para nuevas campañas de papel, reclutando obreros para su imprenta, finiquitando un contrato con una compañía de seguros en la frontera francesa, lanzando órdenes a un representante de ventas en lo más profundo de Francia, modificando su visión del mercado de acuerdo con la información de su agente en París, haciendo planes para piratear prometedoras obras nuevas, organizando intercambios con media docena de editoriales aliadas, ajustando su inventario conforme al asesoramiento recibido de docenas de minoristas, y recortando su estrategia de negocios para satisfacer los caprichos de la política, no sólo en Versalles, sino en otras partes de Europa, todo al mismo tiempo. También debía tomar en cuenta muchos otros factores, como la posibilidad de adquirir manuscritos originales de manos de los propios autores (una empresa peligrosa, pues en ocasiones vendían varias veces el mismo trabajo bajo diferentes títulos a dos o tres editores), la disponibilidad de moneda en las ferias cuatrienales de Lyon, las fechas de vencimiento de los títulos de crédito, las tasas cambiantes de los peajes por el Rin y el Ródano, e incluso la fecha en que era probable que el Báltico volviera a congelarse, lo que lo obligaría a enviar por tierra sus cargamentos a San Petersburgo y Moscú. Era justamente su habilidad para dominar la interrelación de todos estos elementos lo que hacía la diferencia entre el éxito y el fracaso. Por lo tanto, cuando traté de imaginar el sistema como un todo, traté, también, de resaltar sus interconexiones, no sólo desde el punto de vista de la editorial, sino también desde la forma en que afectaban el comportamiento de cada elemento en el sistema. Mi esquema apenas hizo justicia a las complejidades, pero puso de manifiesto la forma en que las partes estaban vinculadas; considero que transmite algo de la naturaleza de la historia del libro como la experimentaron los hombres (y también muchas mujeres, como la veuve Desaint en París, la señora La Noue en Versalles, la veuve Charmet en Besanzón) que la hicieron posible.

***
Aquellas impresiones, registradas por primera vez en 1965, determinaron el carácter del modelo que yo des arrollaría en 1982. A partir de entonces, de vez en cuando recibo un ejemplar de otro modelo que alguien ha propuesto para sustituir el mío. La pila de diagramas ha alcanzado una altura impresionante, lo que sin duda es bueno, pues ayuda sobremanera a los investigadores en la producción de cuadros esquemáticos sobre su tema. En lugar de repasarlos todos, me gustaría hablar de uno de los mejores, un modelo propuesto por Thomas R. Adams y Nicholas Barker en “A New Model for the Study of the Book”, publicado en un volumen editado por Nicholas Barker: A Potencie of Life: Books in Society (Londres, 1993). Adams y Barker basan su análisis en lo que llaman un “documento bibliográfico”, en lugar de un libro.

Este enfoque deja espacio para impresos efímeros, una consideración importante, pues las imprentas dependían en gran medida de pequeños trabajos y comisiones especiales. Sin embargo, en la práctica Adams y Barker se concentran en los libros y su propuesta para ampliar el alcance de mi diagrama lo vuelve más adaptable a las condiciones que prevalecieron después de las primeras décadas del siglo XIX.

Aunque pensé que mi diagrama podría ser modificado para adaptarse a periodos posteriores (nunca pretendí que se aplicara a los libros anteriores a Gutenberg), en especial tenía en mente la publicación y el comercio de libros durante el periodo de estabilidad tecnológica que se extendió desde 1500 hasta 1800, y de ahí mi decisión de hacer hincapié en el papel de los encuadernadores, que eran especialmente importantes en una época en que los editores solían vender sus libros en hojas sueltas o en juegos hilvanados pero no cosidos.

En lugar de las seis etapas de mi diagrama, Adams y Baker distinguen cinco “eventos”: publicación, producción, distribución, recepción y supervivencia. Al hacerlo, desplazan la atención de las personas que hacen, distribuyen y leen los libros al libro mismo y a los procesos que atraviesa en las diferentes etapas de su ciclo de vida. Ellos ven mi énfasis en las personas como un síntoma de mi enfoque general, un enfoque que se deriva de la historia social y no de la bibliografía y que está orientado hacia la historia de la comunicación en lugar de hacia la historia de las bibliotecas, donde a menudo los libros encuentran su último lugar de descanso. Sus puntos me parecen válidos.

No obstante, me es imposible desarrollar entusiasmo por un tipo de historia que haya sido despojada de los seres humanos y es por ello que, para entender la historia del libro, aún insisto en la importancia de estudiar las actividades de la gente relacionada con el ámbito. Al examinar los puntos más sutiles en el argumento de Adams y Baker me doy cuenta de que ellos hacen lo mismo. Por ejemplo, tienen la intención de que el primer cuadro en su diagrama represente la decisión de publicar, una decisión que, si bien es tomada por la gente, determina la creación del libro como objeto físico. Al mismo tiempo, minimizan el papel de los autores. Yo enfaticé la autoría en el primero de mis cuadros con la intención de abrir la historia del libro a lo que Pierre Bourdieu describió como el “campo literario” (champ littéraire), esto es, un conjunto de relaciones determinadas por líneas de fuerza, y regidas por las reglas del juego aceptadas por los jugadores.

El último cuadro en el diagrama Adams-Baker, “supervivencia”, representa una mejora significativa a mi propio diagrama. Yo había dejado espacio a las bibliotecas, pero no tuve en cuenta la reelaboración de los textos a través de nuevas ediciones, traducciones y los contextos cambiantes tanto de la lectura como de la literatura en general. Adams y Baker logran dejar clara su idea al citar el ejemplo de El progreso del peregrino, que apareció por primera vez como un pliego de cordel, más tarde se publicó en ediciones de lujo, y finalmente tomó su lugar en el canon de los clásicos como un libro en rústica de bajo costo leído por estudiantes de todo el mundo. El estudio de Peter Burke de El cortesano, de Castiglione, es un ejemplo más de una excelente historia del libro que es difícil acomodar en mi diagrama. Puesto que  traté de imaginar las etapas interrelacionadas en el ciclo de vida de una edición, no hice justicia a fenómenos como la preservación y evolución de los libros en la historia a largo plazo. Sin embargo, me pregunto si un diagrama de flujo puede capturar las metamorfosis de los textos a medida que pasan a través de ediciones sucesivas, traducciones, abreviaciones y compilaciones. Al concentrarse en una sola edición, mi esquema al menos tenía la ventaja de rastrear los pasos de un proceso concreto, uno que conectaba a los autores con los lectores a través de una serie de etapas claramente vinculadas.

Por último, en la historia del libro debo reconocer la existencia de campos que desafían la urgencia de dibujar diagramas. Islandia contaba ya con una imprenta cerca de un siglo antes de que los Padres Peregrinos desembarcaran en Plymouth Rock; sin embargo, no imprimía más que liturgias y otras obras eclesiásticas requeridas por los obispos en Skálholt y Hólar. La impresión secular no comenzó sino hasta 1773, e incluso entonces se limitaba a un pequeño taller en Hrappsey. (Recurro aquí al trabajo de historiadores del libro islandeses como Sigurður Gylfi Magnússon y David Olafsson.) Islandia nunca tuvo librerías entre el siglo XVI y mediados del XIX; tampoco tuvo escuelas. Sin embargo, hacia finales del siglo XVIII la población había sido alfabetizada casi por completo. Las familias en granjas dispersas sobre un área enorme enseñaban a leer a sus propios hijos — los islandeses leen mucho, especialmente durante los largos meses de invierno —. Además de las obras religiosas, su material de lectura consistía principalmente en las sagas nórdicas, copiadas y vueltas a copiar durante muchas generaciones en miles de libros manuscritos que hoy forman las principales colecciones de archivos de Islandia. Por lo tanto, Islandia es ejemplo de una sociedad que contradice mi diagrama.

Por tres siglos y medio tuvo una población altamente alfabetizada afecta a la lectura de libros, sin embargo, prácticamente no tenía imprentas, librerías, bibliotecas, ni escuelas. ¿Una anomalía? Tal vez, pero la experiencia de los islandeses puede decirnos algo acerca de la naturaleza de la cultura literaria en toda Escandinavia, e incluso en otras partes del mundo, especialmente en zonas rurales remotas donde las culturas orales y escribas se reforzaban entre sí más allá del alcance de la palabra impresa.

El ejemplo de Islandia sugiere la importancia de aventurarse fuera de la ruta marcada que conecta grandes centros como Leipzig, París, Ámsterdam, Londres, Filadelfia y Nueva York. Y sin importar lo que pensemos de los islandeses, hay que admitir que los diagramas no tienen otro propósito que el de afinar la comprensión de las relaciones complejas. Puede ser que exista un límite para la utilidad de un debate sobre la forma de colocar cajas en diferentes posiciones, colocarles las etiquetas apropiadas y acomodarlas con las flechas apuntando en una dirección u otra. Cuando reflexiono sobre cómo podría haber mejorado mi ensayo, pienso menos en mi diagrama que en la necesidad de tener en cuenta los impresionantes avances logrados en la historia del libro desde 1982. En lugar de intentar estudiarlos todos, me gustaría concentrarme en cuatro e indicar cómo han influido en mi propia investigación.

En primer lugar, debo mencionar la reorientación de la bibliografía forjada por D. F. McKenzie, un amigo que me enseñó mucho, no sólo a través de sus escritos, sino también mediante nuestra colaboración en un seminario en Oxford. McKenzie no rechazó las técnicas de análisis bibliográfico desarrolladas hace un siglo por Greg, McKerrow y otros maestros de la disciplina, sino que las usó para abrir un nuevo campo de investigación, al que llamó la sociología de los textos. “Sociología” sonaba como una declaración de guerra para algunos de los bibliógrafos que habían escuchado o leído las conferencias Panizzi, impartidas por McKenzie en 1985. Sin embargo, él lo empleó en un esfuerzo por extender el riguroso análisis bibliográfico a las preguntas sobre las formas en las que los textos resuenan a través del orden social y de las épocas. En uno de sus estudios más influyentes, mostró cómo el carácter de las obras de Congreve se había transformado: de incompleto y concupiscente de la edición en cuarto de finales del siglo XVIII, a clásico señorial en la edición en octavo de 1710.

Aunque en esencia los textos habían permanecido iguales, su significado había sido modificado por el diseño de las páginas, las nuevas formas de presentar las escenas y la articulación tipográfica de todas las partes. John Barnard ha incorporado la interpretación de McKenzie en un amplio recuento de la emergencia de un canon literario a través de las ediciones de Shakespeare, Dryden, Congreve y Pope. El libro, en toda su materialidad, aparece por lo tanto como un elemento crucial en el desarrollo de la cultura literaria de la Inglaterra augusta y, más allá de la literatura, como un ingrediente en la sociedad de consumo y el ethos de la cortesía que caracterizaba la vida de la clase media en la Gran Bretaña del siglo XVIII. En una serie similar de estudios, Peter Blayney ha ampliado la bibliografía a la historia sociocultural de la Inglaterra isabelina. Si tuviera que volver a escribir mi ensayo, trataría de hacer justicia a esta rica variedad de erudición.

Una segunda variante que me gustaría destacar por lo general es conocida con el nombre de paratextualidad. Ésta ha mantenido ocupados a los bibliógrafos por generaciones y, más recientemente, ha llamado la atención de los teóricos de la literatura, al mismo tiempo que se ha vuelto cada vez más importante en el estudio textual concreto. Después de vagar a través de este tipo de literatura, descubrí que prestaba mucha más atención a la forma en que las portadillas, los frontispicios, los prólogos, las notas al pie, las ilustraciones y los apéndices funcionaban en la mente del lector. En los libros del siglo XVIII aparecen notas burlescas por todas partes. Una de mis favoritas dice simplemente: “La mitad de este artículo es verdad”. Corresponde al lector descubrir a qué mitad se refiere. Recursos como ése invitan al lector a jugar un juego, resolver un rompecabezas o descifrar un acertijo. He quedado fascinado con las romans à clef, un género muy popular en el siglo XVIII. Para darles sentido es necesario leer en dos niveles, yendo y viniendo entre la narrativa, que puede ser perfectamente banal, y la clave, que hace que la historia cobre vida a través de “aplicaciones” (un término fundamental para la policía parisina) en la actualidad política o asuntos sociales. La historia de la lectura ahora parece mucho más compleja de lo que yo había imaginado en un principio. De los muchos tipos de lectura que se desarrollaron en la Europa moderna, uno que a mi parecer merece atención especial es la lectura como un juego. Podemos encontrarla en todas partes: en libelos, novelas y reseñas literarias, las cuales constantemente invitan al lector a penetrar en los secretos ocultos entre líneas o detrás del texto.

El concepto de intertextualidad alberga otro elemento importante para comprender la forma en que los libros se relacionan con el mundo que los rodea. En términos tan abstractos estas palabras pueden sonar excesivamente pretenciosas, no obstante tanto la paratextualidad como la intertextualidad comunican una preocupación común por la forma en que elementos al parecer ajenos — ya sean internos, como la tipografía, o externos, como préstamos de otros textos — dan forma al significado de un libro.

Los historiadores del pensamiento político han estudiado durante mucho tiempo los tratados de Maquiavelo, Hobbes y Locke como parte de un debate vigente señalado por otros tratados. Cada obra, según lo ven ellos, pertenece a un discurso colectivo y no puede entenderse de manera aislada. Al estudiar los libelos del siglo XVIII no dejé de encontrarme con pasajes que pensaba que había leído en alguna otra parte, y cuando localizaba sus fuentes me sorprendía al ver esparcidas en libros, folletos y chroniques scandaleuses periodísticas las mismas anécdotas relatadas con casi las mismas palabras. ¿Se trataba de un caso de plagio colectivo? La palabra ya existía hace dos siglos, pero plagio difícilmente describe la práctica de los escritores que garabateaban en Grub Street. Aquellos autores tomaban pasajes de las obras de los demás, añadían material recogido en cafés y teatros, lo agitaban bien y servían el resultado como algo nuevo. Best sellers como La Vie privée de Louis XV y Anecdotes sur Madame la comtesse du Barry contienen las mismas anécdotas extraídas de una gran variedad de fuentes iguales. En los siglos XVII y XVIII, a diferencia de hoy, anécdota significaba “historia secreta”. El término, proveniente de Procopio de Cesarea y otros escritores de la antigua Grecia y Roma, hacía referencia a los incidentes ocultos de la vida privada de personas públicas, cosas que realmente habían sucedido, aunque podrían haber sido distorsionadas en la narración, y que, por tanto, ponían de manifiesto las insuficiencias en las versiones oficiales de los acontecimientos. Las anécdotas conformaban los elementos básicos en todo tipo de publicaciones clandestinas y podían ser inventadas en un sinfín de combinaciones. He llegado a pensar en los libros difamatorios como subproductos creados a partir de fragmentos preexistentes de información disponibles para cualquier escritor de poca monta necesitado de ganar algo de dinero, lo mismo que para cualquier agente político con miras al asesinato de alguna reputación. Los libelos eran improvisados a partir de material esparcido en los sistemas de información del Ancien Régime. Para entenderlos es crucial estudiar el sistema en sí, es decir, concentrarse en las combinaciones intertextuales más que en el libro como una unidad autosuficiente.

Por último, me gustaría hacer hincapié en la importancia de la historia comparada. A menudo se predica más de lo que se practica, pero algunos historiadores — Roger Chartier y Peter Burke, por ejemplo — han demostrado el valor de seguir las huellas de los libros a través de las fronteras lingüísticas y políticas. En mi propia investigación, desde 1982 he tratado de comparar la censura tal como se practicó en tres regímenes autoritarios durante tres siglos: en la Francia borbónica, la India colonial y la Alemania Oriental comunista. Las comparaciones demuestran que la censura no era una cosa en sí que pudiera ser monitoreada como una partícula radiactiva en una corriente de sangre, sino más bien un componente en los sistemas sociopolíticos, cada uno de los cuales operaba de acuerdo con sus propios principios característicos. Un macroanálisis de la edición y el comercio de libros en toda la Europa del siglo XVIII podría arrojar resultados más reveladores. Alemania e Italia se prestan a la comparación, pues ambas estaban fragmentadas en pequeñas unidades políticas, mientras que una literatura nacional inundaba un mercado único a gran escala. La oposición entre Fráncfort y Leipzig llevó a la modernización del comercio en Alemania; esto implicó el cambio de un sistema dominado por el intercambio de libros (Tauschhandel, favorecido en Fráncfort) a uno estimulado por los pagos en efectivo (Barhandel, practicado cada vez más en Leipzig), y dio como resultadola victoria de los editores en Leipzig y Berlín, que pagaban adelantos significativos a los autores importantes, en particular a Goethe. Quizá Milán comenzó a eclipsar a Venecia de la misma manera. La Ilustración italiana sin duda se extendió a partir de fortalezas ubicadas en el norte, al igual que los filósofos se reunieron en torno a Il Caff è, en Milán. Francia e Inglaterra ofrecen posibilidades de análisis comparativo incluso más fructíferas.

La Stationers Company monopolizó el comercio en Londres de una manera similar a como lo hizo la Communauté des Libraires et desImprimeurs en París; cada oligarquía sofocaba la publicación en las provincias, y en cada caso las provincias tomaban venganza al formar alianzas con proveedores extranjeros. Edimburgo, Glasgow y Dublín inundaron Inglaterra con ediciones piratas económicas, al igual que Ámsterdam, Bruselas y Ginebra conquistaron el mercado en Francia. Por supuesto que las condiciones políticas eran diferentes: los ingleses disfrutaban de algo cercano a la libertad de prensa, a pesar del efecto represivo de la acción penal por difamación sediciosa; mientras que la censura previa a la publicación y la policía del libro inhibieron el comercio francés, a pesar de la apertura de vacíos legales como los permissions tacites (permiso para publicar libros sin la aprobación oficial de un censor). ¿Acaso las condiciones económicas fueron más importantes que las reglas formales impuestas por las autoridades políticas? Me inclino a pensar que sí. Además, las reglas del juego comenzaron a cambiar al mismo tiempo en ambos países. El caso de Donaldson contra Beckett en 1774 liberó el mercado inglés de una manera similar a la de los decretos franceses sobre el comercio de libros de 1777. Las incursiones de piratas austriacos en el mercado alemán podrían ser comparadas con los ataques de extranjeros escoceses e irlandeses al comercio de Inglaterra, y de holandeses y suizos al de Francia. Mediante la combinación de este tipo de comparaciones con un estudio de la evolución del copyright en toda Europa podría ser posible desarrollar una visión general de las tendencias en la historia del libro a gran escala.

Otros historiadores del libro podrían proponer otras agendas para la investigación futura. Los presentes comentarios son necesariamente idiosincráticos y egocéntricos, pues ésa era la naturaleza de la tarea: reevaluar un artículo que escribí en 1982. Por necesidad este ejercicio me ha llevado de nuevo a 1965; no obstante, espero que también pueda ayudar a centrar la atención en las oportunidades que se presentarán después de 2007.

Traducción de Dennis Peña.
Artículo de libre acceso en el repositorio DASH de la Universidad de Harvard.


Articulo: www.elboomeran.com 04/11/2014