dimanche 23 mars 2014

Nelson RIVERA/ Raymond ARON: abrazo al siglo XX

Raymond ARON: abrazo al siglo XX
Por Nelson RIVERA

La publicación de la edición íntegra de sus portentosas "Memorias", hace posible el reencuentro con esta figura capitular del pensamiento del siglo XX. Artículos de Arturo Úslar Pietri, del ensayista mejicano Christopher Domínguez Michael, y un fragmento de la entrevista que Sofía Ímber y Carlos Rangel le hicieran en 1982, cuando Aron estuvo de visita en Venezuela, completan este Dossier en su homenaje.

Casi mil páginas de argumentos: apretados, incansables, en torrente. Poco sé de la vida de Aron: de hecho, sus Memorias transcurren siempre más allá de cualquier evocación personal. La intimidad de Aron es la de las ideas, de las motivaciones inherentes al pensar. Lo diré así: Aron no invita nunca al lector a su casa, al menudeo de lo cotidiano. Las realidades físicas por las que transcurren sus recuerdos son aulas, salas de redacción, despachos de pensadores o políticos. Y ni siquiera: las menciona al paso, como si no las percibiera. Pero a cambio de eso, es capaz de recapitular con articulado preciosismo, los puntos de vista de lado y lado, las causas en controversia, lo que alguien sostuvo y lo que él respondió, ante un determinado hecho o debate.

En el único momento en que Aron abre una rendija a su esfera personal, casi al final del libro, cuenta que en abril de 1977 sufrió una embolia. Y allí, en frase sumarísima asegura que el ataque le hizo preguntarse si disponía del tiempo y las fuerzas necesarias para seguir adelante con sus proyectos. Dos años después, en el verano de 1979, sintió el deseo de volver a su pasado. Y ahí arrancó a escribir estas Memorias que son, en mi experiencia, una obra fuera de lo común: un pensador que cruza, brazada a brazada, las turbulentas aguas del siglo XX.

Niño judío

Pertenecían a la burguesía media del judaísmo francés. En la biblioteca de su casa había una sección dedicada al caso Dreyfuss. El padre, que había sido masón, era ajeno a las cuestiones religiosas. Familia liberal, a menudo sus ideas coincidían con la izquierda. Aron recuerda haber vivido desde siempre bajo un sentimiento de culpa: su padre debía trabajar mucho para mantenerles. Pero eso no le impidió crecer con una vocación de confianza en sí mismo. Ese carácter le proveyó de energías para buscar, a lo largo de las décadas, satisfacción a su deseo de pagar la deuda imaginaria que mantenía con su familia.

Estudió en un liceo de Versalles. Salvo un episodio, un grupo de niños que lo persiguió mientras le gritaban “judío, judío”, su infancia transcurrió en un ambiente plácido. Cuando llegó el momento de hacer el curso preparatorio en París, entendió sus desventajas escolares. Ansioso, se había propuesto ser el primero y se enfiló hacia ese objetivo. Aron se escandaliza: en aquella época no se interesaba por lo que ocurría en la Gran Guerra (al momento de la firma del Tratado de Versalles, tenía 14 años). Le decían “el abogado”: su talento para la argumentación era notorio. Durante su primer curso de filosofía, año escolar 1921-1922, supo que aquello le concernía. Sintió fascinación por el “universo encantado de la especulación”. Al poco tiempo, descubre que hay un saber que busca, que no determina. Un pensamiento sin comedia. Tuvo profesores que eran maestros del pensar. Cuatro años más tarde concursa por una plaza de profesor y obtiene el primer lugar. Había pasado un año entero leyendo a Kant diez horas al día, lo que le curó de cualquier vanidad (“nada reemplaza, aun para aquellos que no se dedican a la labor filosófica, el desciframiento de un texto difícil”).

La izquierda insuficiente

La izquierda era el clima establecido. Aron recuerda que durante una década sus opiniones estuvieron marcadas por una inclinación hacia los humildes y el desdén hacia los poderosos. Pero comenzó a sentir que aquello impedía entender el funcionamiento real de la sociedad. Tenía amigos como Jean-Paul Sartre, Paul-Yves Nizan y Georges Canguilhem. Estudiaba a Aristóteles, Rousseau y Comte. Frecuentaba a Alain (“no quería interpretar a los hombres por abajo”): cuando le evoca, recuerda el papel determinante que Alain tuvo en el descubrimiento de sí mismo, no como alguien que se conformaba con la denuncia de los poderes, sino como un sujeto siempre merodeando la pregunta del qué hacer, del cómo resolver, es decir, la pregunta del gobernante.

En 1930 y 1931 se instala en Colonia como profesor ayudante de francés. Fue de los excepcionales que vio venir la catástrofe que causaría Alemania. El 10 de mayo de 1933, en compañía de Golo Mann, fue testigo de la quema de libros por parte de los nazis. Al año siguiente regresa a París. Entre 1933 y 1937 escribe tres libros. Conoce a Horkheimer, Adorno y Pollock, voceros de la Escuela de Frankfurt (“se arrogaban a Marx”).

Prosa de perfectas inflexiones

Aron piensa y escribe bajo la técnica de la distancia. Su "ver de lejos", hasta los hechos más inmediatos, marca el temple de sus análisis. Se lo impone como un deber intelectual: mirar hasta sus propios pensamientos como si fueran de otro. En la confrontación entre quedarse y partir, entre ver desde adentro o desde afuera, Aron escoge esa suerte de exilio y de costosa soledad que consiste en pensar desde lo distante. Su mente rompe con las gratificaciones de lo inmediato, con las emociones que privan en los compromisos intelectuales.
Desde muy temprano descubre lo equívoco de la percepción humana. Los prejuicios, morales o no, deben ser desmontados. Comprender no debería ser equivalente a excusar. Lee a los sociólogos (Manhnheim, Rickert, Weber) y a los filósofos (Heidegger, Husserl). En cierto modo, su método es el de los fenomenólogos. Máquina de preguntar: los hechos lo impulsan a las esencias, a las tendencias implícitas, al estudio de las fuerzas, a la indagación del modo en que los hechos son captados y registrados. Esto no lo conduce a negar la intuición, desconocer el sentido no visible que tienen las cosas. “Había comprendido y aceptado la política tal como es: irreductible a la moral; ya no intentaría dar prueba de mis buenos sentimientos, no con palabras ni con firmas. Pensar en la política es pensar en los actores y, por lo tanto, analizar sus decisiones, sus fines, sus medios, su universo mental”.

Las Memorias tienen algo rotundo, abrumador si se quiere: Aron es capaz de reconstruir, episodio a episodio, posiciones y debates en relación a los asuntos de la política, el pensamiento y los grandes asuntos de la geopolítica, como si todo hubiese ocurrido en la última media hora. En esos ejercicios, que dan cuenta de una descomunal energía intelectual, también expone con filigrana sus fallos argumentales y sus errores de percepción. La revisión de Aron tiene entre sus objetivos al propio Aron.

El vasto campo de intereses

A partir de septiembre de 1939 se incorpora a la guerra. No duraría: en 1941 lo conminan a dirigir, desde Londres, La France libre, revista del exilio. Esa experiencia cambiaría su vida: dedicaría buena parte de su existencia al periodismo. La lista es notable: Point de vue, Combat yLe Figaro: en este último, durante 30 años, escribió más de 4 mil editoriales. Al reflexionar sobre su pasión periodística, Aron dice: cedí a la tentación de lo fácil. Al peligro del elogio insustancial. Y añade en algún lugar: el periodista conquista fama rápidamente, pero su posibilidad de progresar en el tiempo es limitada.

Del periodismo a la política; de la política al pensamiento; del pensamiento a la confrontación de las ideas; del aula a la calle; de la lectura a la escritura, en un cruce de trayectorias imposible de describir, la vocación de Aron es curiosa: fija posición, pero no avasalla a sus adversarios. Reivindica los argumentos de otros. A pesar de que denuncia su propensión a hacerse siempre con la última palabra, predomina su goce por las ideas, vengan de donde vengan.

Cada uno de los temas a los que vuelve podría ser objeto de un estudio. Listo algunos, solo con la intención de sugerir la dimensión del hombre, su conexión insoslayable con el siglo XX: La República de Vichy, el Frente Popular, La Resistencia, la Depuración, las tensiones con Estados Unidos, la Guerra de Argelia, La Guerra de Corea, la Guerra Fría, el estalinismo, la invasión a Hungría en 1956, la Guerra de Vietnam, la Guerra de los Seis Días, mayo de 1968, la creación de la OTAN, la Comunidad Económica Europea, y tantos otros: como si aquella aspiración de Terencio, que escribió “nada en el mundo me es ajeno”, hubiese encarnado en Aron.

El opio de los intelectuales

Dice Aron: Apoyar a la Unión Soviética después de 1945 era un acto de ceguera moral. El que algunos hombres de letras se adhieran a una causa (como Gide y su apoyo a la causa comunista), se explica más por el deseo de construirse como personaje que por una visión de la historia.

El fracaso de las sociodiceas está en relación con el hecho de invocar objetivos irrealizables. Así, todo programa revolucionario es demagógico. La mayor fragilidad de la promesa revolucionaria es su indisposición para la duda. Las distintas variantes derivadas del marxismo se hacen pedazos cuando desdeñan dos premisas esenciales: No hay verdades absolutas y no hay humanidad sin tolerancia. Justo porque no hay verdades absolutas, los izquierdistas no reconstruyen sino que falsean los hechos.

Entre 1952 y 1954, Aron escribió El opio de los intelectuales. Los tres capítulos que lo conforman, el primero de ellos puesto a desarticular tres mitos –Izquierda, Revolución y Proletariado–; el segundo, al desmontaje de la idolatría; y el tercero, que esboza las conductas de los intelectuales ante las utopías: nada en ellos ha perdido ni la eficacia técnica, ni el genio desmitificador.

La linterna de Aron

Me importa mucho compartir esto con el lector: más significativa que la acumulación episódica es el activismo del pensamiento de Aron en cada página, en cada párrafo, en cada frase. Es un inspirado, un generador. Un ser dotado para aislar intencionalidades. Toda realidad, combustible para su lúcida perspectiva. Aron parte de los hechos, pero no se deja arrastrar por ellos. Se pregunta si es dado conocer los vínculos de un hombre con su tiempo. Se estremece al constatar lo invisible que puede resultar la historia a los ojos del espectador más próximo. A quien se proponga reducir la magnificencia de su pensamiento a una etiqueta, habría que preguntar: ¿qué clase de liberal era Aron, que denunció el optimismo inherente en la idea de progreso? Obsecado, vuelve al meollo sin final, de la legitimidad del hecho de tomar una posición. De ello, una derivación –no una rendición– que sobrecoge: aceptar que vivimos rodeados de preguntas que carecen de sentido.

Opina: el intelectual competente no pude conformarse con un ideario básico. La economía, el funcionamiento de lo productivo, las cuestiones geoestratégicas, la diplomacia, han de formar parte de sus recursos. El intelectual competente vive unido, por muchos lazos, a su tiempo. Tal el piso de su probidad. De no ser así, de carecer de una visión multidimensional, no será más que un propagandista.

Este artista de las distinciones y las precisiones, otra vez en un sinnúmero de ocasiones, nos obsequia perfiles y mapas del pensamiento de quienes fueron sus interlocutores decisivos como André Malraux, Georges Canguilhem, Alexandre Koyré, Alexandre Kojève, Éric Weil, Octave Auriac, Lucien Levy-Bruhl y tantos otros. Son homenajes cargados de sentido, agudas reflexiones sobre lo que cada uno agregó a la exigencia de pensar el mundo. Ellas alcanzan hasta sus más pertinaces adversarios como Jean-Paul Sartre.

En 1950 Aron experimentó el abismo: su hija Dominique, que entonces tenía seis años, murió. A partir de ese momento, algo en su relación con todo lo que le rodeaba se hizo más esencial. Todo en él se hizo más profundo. En 1977, el trombo que casi lo mató, lo puso en la ruta de volver sobre sus pasos. Si sus Memorias es un libro prodigioso, lo es porque es un tratado de la gratitud. ¿Gratitud de qué? Del hecho de pensar. De haber aprendido a salvaguardar los hechos de todo determinismo. De haber asentido y disentido. De haber sido cuestionado y elogiado. De haber combatido sin odiar, de haber aprendido a retroceder ante su propia indignación. De haber alcanzado a convertir su época en un programa de vida. De haber entendido que todo problema, a fin de cuentas, es nuevo, único y complejo.

Memorias. Medio siglo de reflexión política
Raymond Aron
RBA Libros
España, 2013

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Aron y la libertad
Por Arturo USLAR PIETRI

Este texto fue publicado el domingo 14 de febrero de 1982 en El Nacional, en la columna “Pizarrón” de Arturo Uslar Pietri.

Viene a Venezuela en corta visita Raymond Aron. Es un ilustre mensajero de la razón y de la libertad intelectual. Con una firmeza e inteligencia extraordinarias ha sido el testigo admonitor y valiente de una de las épocas más convulsas y contradictorias del mundo, desde los años 20 y sus esperanzas frustradas, pasando por la trágica hora del surgimiento del nazismo y de la hecatombe de la Segunda Guerra Mundial hasta esta larga época de tensión, tan conflictiva y peligrosa, en que seguimos sumergidos.

Personifica algunos de los más valiosos rasgos del espíritu francés, el gusto por la claridad y la razón, la pasión de comprender y la libertad intelectual como condición fundamental de pensamiento.

Con esas virtudes ha sido el testigo y el antagonista sereno de las irracionalidades de nuestro tiempo. No ha sido nunca hombre de escuela ni de secta, sino de libre análisis, de duda fecunda, de certidumbres serenas. Su formación es la de los grandes universitarios europeos, a través de la filosofía, la historia, la sociología y la economía. Podría decir sin alarde excesivo, que nada de las ciencias humanas le es ajeno.

Su labor se ha desarrollado tenazmente desde hace más de medio siglo en la cátedra, en la Sorbona y en el College de Francia, como profesor visitante de grandes universidades de Alemania, Inglaterra y Estados Unidos. En el libro, es autor de algunas de las obras más importantes escritas en nuestro tiempo sobre filosofía de la historia, el pensamiento político y la realidad internacional. Pero, además, ha ejercido sin interrupción un periodismo constante y audaz de comentador de la actualidad política nacional e internacional. Sus artículos son un modelo de penetración y poder de síntesis.

Sus cursos en el “College de France” son famosos y terminan, generalmente, por convertirse en libros fundamentales. La línea de su pensamiento político y hasta modelo de su actitud intelectual tiene, entre otros, dos grandes maestros del pasado: Montesquieu y Alexis de Tocqueville. Son acaso los dos más agudos observadores de la realidad política en sus respectivos tiempos. Tuvieron en grado superlativo el don de penetrar más allá de la apariencia de los sucesos y de las instituciones para penetrar en lo esencial y permanente de los motivos y de las realidades. En esa exigente escuela del autor del “Espíritu de las Leyes” y del de “La democracia en América” ha encontrado Aron el modelo del análisis del fenómeno político. También ha estudiado a fondo a Marx. Es tal vez uno de los eruditos que mejor conoce el pensamiento del autor de “El Capital”. Yo he tenido el placer de oírlo en su cátedra analizar el sentido de una tesis económica de Marx con una deslumbrante capacidad de penetración y juicio.
Al fenómeno de la guerra y la paz ha dedicado obras fundamentales. Ha publicado lo que, tal vez, es el más completo estudio sobre el pensamiento de Clausewitz y el fenómeno de la guerra. Su propósito era pensar la guerra y a través de ella la política y la historia, en la forma más lúcida y completa.

Un buscador de la razón tan sereno y decidido no puede menos que ver con prevención y rechazo las tendencias de nuestro tiempo hacia el mesianismo y el profetismo. Es aquí donde se separa abiertamente del marxismo. En ocasiones sus convicciones lo han llevado a alzarse solo contra la tendencia dominante de la inteligencia francesa. Ante su condiscípulo Sartre y la oleada de marxismo adaptado que llegó a dominar la universidad francesa, tuvo el valor de decir sin acritud ni violencia sus convicciones.   

Cuando publicó “El opio de los intelectuales”, para denunciar valientemente la renuncia a la razón y la libertad de crítica que afectaba a la intelectualidad francesa ante el modelo soviético y el catecismo marxista, parecía estar solo. Hoy, 30 años después, la ola ha cambiado de dirección y lo que dicen muchos de los ex–jóvenes rebeldes se parece extraordinariamente a lo que él había tenido el valor de proclamar.

Raymond Aron, en su fecundo otoño, representa de manera ejemplar lo que es un espíritu liberal. En un largo y reciente coloquio que han tenido con él dos jóvenes que fueron sus adversarios, ha dicho: “Lo que hay que temer, por sobre todo, en las sociedades modernas es el sistema del partido único, el totalitarismo”. Y añade, para mayor claridad: “Al definirme por el rechazo del partido único, llego de manera natural a la noción de pluralismo a cierta forma del liberalismo. A diferencia del liberalismo del siglo XIX, el mío no se funda sobre principios abstractos…A medida que estudio las sociedades económicas modernas advierto cuáles son los peligros que derivan de la concentración de todos los poderes en un partido único. Busco entonces aquellas condiciones económicas y sociales que ofrecen una posibilidad de sobrevivencia al pluralismo, es decir al liberalismo, a la vez político e intelectual”.

Esta larga prédica de toda una vida parece corresponder, hoy más que nunca, a los requerimientos de un mundo asustado de sus propias y sangrientas pesadillas mesiánicas, proféticas y totalitarias.

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Acertar con Aron
Por Christopher DOMÍNGUEZ MICHAEL

“Aron logró destacar, en el existencialismo de Sartre, sus nobles orígenes, sus esperanzas humanistas, sus crímenes teológicos”

"Prefiero equivocarme con Sartre que acertar con Aron", decía una expresión coloquial de la izquierda francesa en los años setenta del siglo pasado. Para 2005, cuando se celebró, el 14 de marzo, el centenario de Raymond Aron, y el 21 de junio, el de Jean-Paul Sartre, el dicho había quedado archivado en los anales de lo tristemente célebre, de no ser por la obcecación con la que algunos pocos siguen defendiendo “el derecho al error” de un rebelde como Sartre frente al escepticismo liberal de un Aron. Con motivo de un artículo de Mario Vargas Llosa (“Los compañeritos”, El País, 9 de abril de 2005) que mostraba la desproporción entre la magnificencia napoleónica con la que se han festejado en Francia los cien años de Sartre y el tributo casi clandestino rendido a Aron, han circulado por la red defensas más o menos vergonzantes del políticamente indefendible autor de El ser y la nada. Cada tiempo tiene sus prejuicios y el nuestro, que tan mala prensa suscita, en mi opinión se honra con el regreso de la virtud como rasero para medir a las filosofías. Ya la posteridad tendrá tiempo de decidir si erramos o andamos, pero a principios del siglo XXI resulta generalmente inadmisible aceptar a las escuelas de pensamiento que dieron cobertura moral y política a los regímenes que hicieron su razón de ser de la destrucción sistemática de la persona. Por ello causa cierta náusea —para usar una de las palabras comerciales del sartreanismo— observar las piruetas teleológicas y escatológicas de las que Sartre y Maurice Merleau-Ponty se sirvieron para justificar, en nombre de la necesidad histórica, los campos de concentración soviéticos. El fenomenólogo Merleau-Ponty se arrepintió, mientras que Sartre sólo fue cambiando, a la moda, de totalitarismo y de la URSS pasó al elogio de la Revolución Cultural china y de toda variante tropical del comunismo. Murió Sartre hundido en un confuso remordimiento.

Tocó a Aron, condiscípulo y amigo íntimo de Sartre desde la temprana juventud hasta la fundación de Les temps modernes en 1946, ser la némesis del filósofo existencialista, una suerte de mala conciencia que se va apoderando del tránsito sartreano hasta ensombrecerlo. Tras someter a lo que brillaba al tratamiento de la oscuridad, Aron logró destacar, en el existencialismo de Sartre, sus nobles orígenes, sus esperanzas humanistas, sus crímenes teológicos. A Aron le tocó ser testigo, como joven estudiante de filosofía en Alemania, de la destrucción de la República de Weimar en manos de los nacionalsocialistas. Esa experiencia le permitió comenzar, en fecha tan temprana como 1931, la comparación morfológica entre el nazismo y el estalinismo, empresa capital para arrojar luz sobre el siglo. Aron desaprobaba, por cierto, el uso de la palabra totalitarismo para equiparar ambos fenómenos, que no le parecían mecánicamente simétricos.

En la primavera de 1945, los altos mandos nazis huían hacia el Oeste, ansiosos de entregarse a los aliados, pues sabían perfectamente con qué vara los mediría el Ejército Rojo. Pocos años después, desde las terrazas de Saint-Germain-des-Près, Sartre, tras intentar alguna tercera vía, elegía el comunismo soviético como el único futuro más o menos digno de habitarse. Aron, cercano al general De Gaulle, tomó partido por los Estados Unidos y las democracias occidentales, sociedades por cuya singularidad histórica decidió apostar su propio destino. Este liberal francés, heredero de Montesquieu y de Tocqueville, y no particularmente entusiasta hacia la democracia norteamericana, se quedó solo en una escena intelectual francesa donde no ser al menos compañero de viaje de los comunistas era un pecado mortal. Pero Aron sabía —y de allí el temor a pecar asintiendo con él— que sus lectores estaban en la izquierda y a lo largo de treinta años y tres mil artículos decidió ser la mala conciencia del marxismo, autor de libros capitales como El opio de los intelectuales (1955) yMarxismes imaginaires. D'une sainte famille a l'autre (1968), entre una vasta bibliografía donde el artículo filosófico es siempre superior a la disertación académica.

Cuando el general De Gaulle parecía un loco en una colina, solitario al frente de la Francia Libre en Londres, Aron fue el primero de los intelectuales franceses en ponerse a sus órdenes. Eso en 1940, cuando la claudicación ante la victoria alemana era la regla y no la excepción. Esa trayectoria, lo mismo que su profundo conocimiento de Marx y del marxismo —“equívoco e inagotable”, como él lo llamó—, lo convirtieron en el más temible de los adversarios ideológicos de la izquierda. En la fracasada síntesis sartreana vio Aron una contradicción muy filosófica y muy moderna, la de querer ser discípulo de Kierkegaard y de Marx al mismo tiempo, garante de la persona y motor del destino de la humanidad. Tampoco le gustaba mucho Camus: creo que Aron lo consideraba el policía bueno del existencialismo. Frente a Althusser y su escuela, esa última sagrada familia del marxismo occidental, Aron desnudó pacientemente aquella falsa ciencia, una escolástica que se prestigió deformando, torciendo, la obra del fundador. En otros ámbitos —como en la batalla por la independencia de Argelia— a Aron no le importó compartir las ideas de la izquierda ni ser víctima, por ello, de las amenazas de los ultranacionalistas.

Un liberal entre conservadores o el anticomunista preferido de la izquierda, Aron fue algunas otras cosas: un judío integrado de la Tercera República al que le costó desdoblarse en defensor de Israel, un analista económico más cercano al keynesianismo de la posguerra que al monetarismo, un sovietólogo que sobrestimó el poderío industrial de la URSS, un combatiente de la Guerra Fría y un espíritu profético que supo ver que sólo una especie sobreviviría al eventual colapso del comunismo: los cristianos de izquierda, inmunes a la Ilustración a la vez que siervos de su optimismo. Pero acaso lo más actual en Aron sean sus lecciones ocasionales, no sistemáticas, como “observador comprometido” de la democracia, forma de vida que en su descreída opinión debía de ser vista sin transportes de entusiasmo místico. La indignación moral —ese permanente estado de excepción al que se someten los intelectuales— suele ser mala consejera.

La gran exposición que en 2005 se consagró a Sartre en la Biblioteca Nacional de París —asunto que motivó la reflexión de Vargas Llosa— va más allá de la museografía consagratoria. Representa Sartre el último avatar de la Revolución, un mito moderno que apenas deviene en arqueología, cristalizándose ante nuestros ojos aburridos y nostálgicos. La fatal atracción del mensaje sartreano hunde sus raíces en el romanticismo, en la irresistible tentación que hace creer posible (como lo dijeron los surrealistas) cambiar la vida y transformar el mundo en un solo movimiento, reglazo de filósofo que librará al individuo de la náusea y a la realidad de sus contradicciones. Aron consideró, por el contrario, inaudito pretender la conciliación hegeliana, la síntesis, entre Marx y Kierkegaard: tomó entonces el más impopular de los partidos, oponiéndose de raíz al espíritu juvenil del 68, esa zarabanda que los parisinos, con su genio para la composición histórica perfecta, enterraron multitudinariamente, con la muerte de Sartre, en 1980. Tres años después, Raymond Aron tuvo otra clase de muerte: como Stendhal se desplomó en plena calle, frente a un ministerio, víctima de una crisis cardiaca. No le tocó presenciar la caída del Muro de Berlín en 1989 y corroborar que la Historia, para decirlo así, impropiamente, había preferido acertar con Raymond Aron.

NOTA

Este artículo ha sido tomado del libro La sabiduría sin promesa. Vida y letras del siglo XX, publicado por la Editorial Lumen, México, 2008.

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Sofía Imber y Carlos Rangel entrevistan a Raymond Aron

Lo que sigue es un fragmento de la entrevista que, el 15 de febrero de 1982, Sofía Imber y Carlos Rangel le hicieron a Raymond Aron, en el programa “Buenos días”, que transmitía Venevisión. El material completo está disponible en la muy recomendable Web de la Sala Virtual de Investigación del CIC-UCAB.

—Sofía Ímber: En un reciente sondeo de opinión en su país, resultó que Raymond Arones considerado hoy, en forma abrumadora, como el primer intelectual de Francia; ésa es una novedad considerable porque hasta ahora los triunfadores en el terreno del reconocimiento por la opinión pública, habían sido hombres como Sartre, que fue un pro-soviético, o como Camus, que por lo menos no quiso o se abstuvo de exponer las consecuencias en política internacional, de su rechazo al comunismo, que hace en su libro El Rebelde. ProfesorAron, ¿a qué se debe ese reconocimiento, aunque sea tardío, de sus ideas?
―Raymond Aron: Hay por lo menos dos respuestas, la primera de ellas la dio André Malraux hace mucho tiempo. Malraux me dijo: “Espere, porque el tiempo arregla todas las cosas”. Ahora bien, si uno quiere una interpretación más halagadora para mí, digamos entonces que ha ocurrido con frecuencia que el curso de los hechos me ha dado la razón, y que hoy en día muchos intelectuales reconocen que lo que yo he escrito a través de los últimos años, ha estado confirmado por los hechos; de modo que ambas respuestas, ambas interpretaciones son cálidas.

—SI: Hay que retenerlas, dice el profesor...
―RA: Hay que recordarlas.

—SI: Esencialmente, ¿en qué consisten sus puntos de vista sobre la URSS que durante tanto tiempo lo mantuvieron en una especie de ostracismo en la comunidad intelectual francesa, y que ahora son admitidos hasta por el Partido Comunista italiano?
―RA: Yo creo que es sencillo: hace 35 años pienso que el régimen soviético es el prototipo de lo que uno llama un régimen totalitario. El Estado absorbe la sociedad civil, más es un régimen ideocrático, es decir, que en nombre de una ideología, el Estado impone una disciplina totalitaria. Agrego además que a medida que pasa el tiempo todo el mundo tiene que reconocer que el régimen soviético, económicamente no es eficaz y que si se combina la ausencia de eficacia, es decir, la ineficacia con el fracaso económico, entonces no hay razón para no considerar al régimen soviético como un peligro, sobre todo porque el régimen soviético consagra para gastos militares un porcentaje enorme –13 al 15% de su presupuesto total– y que además ocurre que si el régimen soviético estuviese exclusivamente limitado a su país, uno diría que es una cuestión, un problema de los rusos, pero el régimen soviético tiene una voluntad expansionista de tal proporción, que lo convierte en una amenaza para el resto de la humanidad a pesar de su fracaso económico.

—SI: ¿A qué se debe la influencia tan grande y tan duradera del marxismo?
―RA: Hay razones comunes para todos los países del mundo para la permanencia de la influencia del marxismo, y hay razones que son más bien típicas de países como Venezuela, por ejemplo. Las razones generales de esta influencia son que el marxismo es todavía hoy, la filosofía de la historia más seductora para aquellos quienes buscan el absoluto sobre la tierra; el marxismo analiza el capitalismo, descubre algunos de sus males y anuncia un mundo nuevo que irá surgiendo de catástrofe en catástrofe, es decir, a través de catástrofes sucesivas. Yo he empleado para señalar esto, la expresión del “optimismo catastrófico”, porque me parece muy adecuada para calificar el marxismo; esto permite, combina una interpretación despiadada de la realidad actual, una crítica despiadada de la realidad actual con la promesa de un mundo donde los hombres se reconciliarían y habría una fraternidad, y en este sentido diría que el marxismo es una ideología que se parece mucho a una visión religiosa. Hace cuarenta años yo empleé para calificar al marxismo, la expresión de “religión secular”, en un mundo tan lleno de problemas como el actual, el marxismo responde a la necesidad afectiva e intelectual de muchos intelectuales, y luego hay una segunda filtración específica para los países que uno califica de subdesarrollados, caso que no parece ser el de Venezuela –por lo poco que he podido ver– y en este caso de los países llamados del Tercer Mundo, el marxismo-leninismo en gran medida explica el subdesarrollo de esos países, su atraso, por la buena fortuna de otros países; de manera que los intelectuales latinoamericanos quienes por muchas razones, algunas de ellas desde luego válidas, suelen ser anti-norteamericanos, encuentran por lo tanto en el marxismo-leninismo la racionalización de sus resentimientos, de sus pasiones y de sus esperanzas, y ésa es la razón de la fortuna del marxismo en esos países. Yo no quisiera parecer ni ser agresivo con relación a los intelectuales latinoamericanos, porque en todo esto se parecen mucho a los intelectuales europeos.

―SI: Sartre llegó a decir que el marxismo era el horizonte intelectual insuperable de toda reflexión histórica y política. ¿Cómo aparece hoy esa afirmación?
―RA: En efecto, las relaciones de Sartre con el marxismo, fueron intermitentes. Diría, utilizando una frase de Proust, que son las intermitencias del corazón. Hubo momentos en los cuales Sartre criticó muy duramente al marxismo-leninismo, y en otros hay, por ejemplo, esa frase que usted acaba de citar, que el marxismo sea el horizonte intelectual insuperable de nuestra época. Esa frase por cierto, se encuentra en la Crítica de la razón dialéctica, pero como Sartre tenía el gusto de la dialéctica decía, primero, que el marxismo era el horizonte insuperable de nuestra época, pero inmediatamente señalaba que "el marxismo es totalmente estéril", afirmación que contradice a la primera. De modo que el marxismo para él era a la vez, el futuro provisor y un fracaso intelectual; tomen ustedes la que prefieran porque ambas cosas se encuentran en Sartre, es decir, Sartre no era enteramente ciego con al marxismo, pero a la vez, con estos errores de origen emotivo. La otra explicación sería que Sartre detestaba tanto a la sociedad burguesa, que quería entonces encontrar bondades en su antítesis, es decir en el marxismo-leninismo.

-SI: Usted fue condiscípulo y amigo fraterno de Sartre justamente hasta que la divergencia de opiniones sobre el comunismo los separó. ¿Cómo puede Sartre hacer afirmaciones como la que citamos hace un momento, o incluso una mucho más enorme, a su regreso del viaje que hizo a la URSS acompañado por Simone de Beauvoir, cuando dijo que la URSS era el país más libre del mundo?
-RA: Esa frase la dijo Sartre mucho después de aquel viaje a la URSS, eso fue como a principios de la década del 60, por esas fechas fue cuando Sartre dijo eso, que Rusia era el país más libre del mundo; Sartre dijo esto en una rueda de prensa, o en una declaración después de su regreso de Moscú, y lo que yo creo al respecto, es que Sartre no releyó lo que había dicho, -y siento la tentación de absolverlo de esa frase tan desgraciada-, porque es algo absolutamente absurdo. Yo creo que usualmente aún cuando Sartre era un compañero de viaje de los comunistas, no tenía ni se hacía ilusiones en modo alguno sobre la URSS.

-SI: Perdón profesor, pero Sartre desde 1946 sabía que había millones de personas en campos de concentración.
-RA: Sí y no...Lo cierto es que esta mañana, en este programa, me encuentro en la curiosa situación de haberme convertido en el defensor de mi camarada de escuela Jean Paul Sartre-; es cierto que Sartre nunca ignoró el hecho de que existieran en la URSS campos de concentración. Firmó, conjuntamente con Maurice Merleau-Ponty, un editorial en su revista Les Tempes Modernes, en el cual reconocía y denunciaba la existencia de campos de concentración en la URSS. Entonces, ¿por qué pese a reconocer tal cosa, siguió Sartre aceptando durante muchos años después de ello, ser un compañero de ruta o un tonto útil de los comunistas? Tal vez habría que buscar explicaciones psicológicas, o incluso psicoanalíticas, puesto que racionalmente es difícil encontrar una interpretación o una explicación satisfactoria a esa actitud. Yo diría simplemente lo siguiente: en aquel momento Sartre consideraba que él no podía no ser revolucionario, a partir del momento cuando él se dice que tiene que ser revolucionario el único movimiento revolucionario era aparentemente el marxismo-leninismo, y entonces partiendo de ese razonamiento, uno diría que es una racionalización delirante”.


Articulo: http://www.el-nacional.com 16/03/2014

Adriana ROMERO-NIETO/ El Versalles de PONIATOWSKA

El Versalles de PONIATOWSKA
Por Adriana ROMERO-NIETO

Hay dos facetas imprescindibles para describir la biografía de Poniatowska como escritora: es una entrevistadora incansable y una adoradora de Francia.

En el libro que recoge las conversaciones que sostuvo, en los años cincuenta, con personajes galos de diversa catadura, conviven esas dos características. La joven periodista se revela desinhibida en estas conversaciones que retratan una época (del país y de la autora).

Cuando se pasea por los jardines de Versalles, el arquetipo del jardín francés, el caminante se deja cautivar sin mayor deliberación por la innegable alineación del espacio y de lo que éste simboliza para la historia de Francia. De la misma forma, cuando se relee o se lee por primera vez, pero con atención, Jardín de Francia de Elena Poniatowska, publicado por el Fondo de Cultura Económica en 2008, el que lo transita se asombra ante la sutil articulación de los elementos que componen el conjunto de las crónicas y las entrevistas, y comprende que se encuentra ante un recorrido indispensable por los personajes que trazaron la vida cultural de la Francia de la segunda mitad del siglo XX. Se trata de una organización tal vez menos consciente que la que tuvo el jardinero real Le Nôtre cuando pensó cada eje que compondría el antiguo pabellón de caza de Luis XIII, porque, como sabemos, Elena publicó separadamente cada una de las crónicas que integran este libro. Hay también una relevancia histórica mucho más tímida que los sueños de magnificencia del Rey Sol, en los que el jardín formaba parte de sus objetivos políticos, ya que estamos ante los primeros textos periodísticos de una joven Elena de apenas 21 años que aún ignora el gran interés que suscitarán muchas de las revelaciones aquí obtenidas. Pero haya sido de forma voluntaria o no, ya sea que provengan de una joven o consagrada autora, este libro de la reciente Premio Cervantes comparte con el jardín francés no sólo el título, sino también ciertos elementos que lo definen: la perspectiva, la escala, digna del pensamiento cartesiano que ya reinaba en las matemáticas y filosofía de aquella época, y una naturalidad como la del fluir del agua.

El abanico de personalidades de los años cincuenta que componen estas entrevistas es en extremo variopinto: músicos, escritores, actores, diplomáticos, filósofos y abates franceses, todos conocidos de André Poniatowski, abuelo de Elena; celebridades que van desde Henri Salvador, el cantante de jazz francés nacido en Cayena y uno de los iniciadores del bossa nova, hasta Sartre, Camus, Ionesco y Malraux, pasando por las icónicas Edith Piaf y Coco Chanel. Una variedad de interlocutores disímbolos, evidente con tan sólo recorrer el índice, que apunta hacia el infinito y no a un punto particular del espacio. Así como cuando al hablar de la composición de los jardines a la francesa se refiere uno a salas, recámaras o teatros de vegetación, en esta serie de crónicas y entrevistas cada personaje retratado es una habitación en sí mismo, pero no por su singularidad opaca al resto, sino que es una pieza fundamental y única que de manera armónica se acopla a un todo. Obedeciendo a una de las primeras reglas que impuso el ya mencionado
Le Nôtre al reflexionar los elementos que deberían componer el jardín del rey, Jardín de Francia es sin duda un libro de gran perspectiva, ya que abre el eje visual de su lector, de tal forma que ningún personaje destaca más que otro, pero todos forman un absoluto.

Quien recorre las páginas tiene ante sí un amplio horizonte de celebridades y eventos referidos, de tal forma que puede dar dos pasos atrás y observar el todo si así lo prefiere, o bien, sacar los gemelos y leer a cada entrevistado desde un punto más cercano. De esta forma, la perspectiva de este vasto panorama de la vida cultural francesa remite a un gran eje visual que se alarga o se estrecha, apuntando hacia el horizonte e insinuando la infinitud del jardín, de sus posibilidades. Elena no se concentra entonces en una línea temática ni en un tipo de personajes: “en unas cuantas páginas pasa del existencialismo a la guerra de Indochina, no habla solamente con escritores, ni actores ni músicos, porque lo que le interesa es abrirse a la vida, al jardín que la compone.

A pesar de corresponder a la imagen de una celebridad, los entrevistados parecen trazados a escala humana, sin ser engrandecidos ni exaltados como si leyéramos fragmentos de biografías de aquellos monumentales héroes que perfilaron nuestra historia. Como en los jardines reales, para preservar esta proporción, la topografía de la obra de Poniatowska es esencialmente plana, y no hay elementos que se encuentrena diferente altura. El tamaño “real” se debe a que la autora relaciona a los entrevistados, aunque situados en el escenario galo (más propiamente, parisino), con espacios concretos y cotidianos franceses de los que todos tenemos noticia o que pertenecen a un imaginario colectivo sobre el ser francés.

Así, al cruzar las líneas de cada texto nos descubrimos nostálgicos o ansiosos de descubrir aquellos baños y sus grandes tinas, las callejuelas donde cruzan las monjas en bicicleta, la historia de París que esconde el Hôtel de Ville o los consagrados cafés de Flore y Les Deux Magots, las brasseries Lipp y Closerie des Lilas en donde, como menciona Elena, los ilusos seguimos sentándonos esperando encontrar algo de Sartre o de Simone de Beauvoir, o tal vez de Verlaine, Mallarmé o Boris Vian.

Es también importante mencionar que la cercanía que sentimos ante estos personajes tan franceses se debe de igual manera a que la autora de una forma muy consciente construyó sólidos hilos entre ellos y nuestro paisaje y referentes mexicanos. La misma Elena anuncia en su prólogo: “Pensé que yo tampoco presentaría a un entrevistado en su penumbra, intentaría retratarlo a la luz de México.” Así, muchos de los que hablan en este libro tuvieron alguna relación, directa o indirecta, con México: la actriz Suzanne Flon, perteneciente a la generación del también entrevistado Jean Vilar, recuerda cómo conoció por primera vez la selva en Palenque; Erongarícuaro revive en parte gracias al artista Michel Cadoret; Raymond Aron discurre sobre el proyecto bolivariano, entre muchos otros ejemplos más o menos conocidos.

Y entre las páginas, además de todos esos espacios tan à la française, como los ya mencionados cafés a los que se les dedica un capítulo, encontramos el Teatro Margo, el Paseo de la Reforma, el ifal, Museo de Antropología, el teatro del Palacio de Bellas Artes, la unam… De esta forma, ambos paisajes, el francés y el mexicano, se entremezclan. Lo que permite que los entrevistados se vuelvan humanos y más alcanzables ante nuestros ojos es sobre todo la naturalidad con la que son presentados; en ocasiones son algunos párrafos introductorios que Poniatowska otorga al lector para situar al personaje, o en ocasiones algunos detalles clave como sus obras más sobresalientes, elementos que sirven para erigir el puente entre ellos y el lector. Además, la edición del fce cuenta con algunas páginas, pliegos aparte, en donde una serie de fotografías dibujos muestran a varias de estas personalidades, de forma que el lector puede tener una referencia visual de ellas.

La naturalidad de este jardín se debe por supuesto a la joven autora, quien ya desde sus inicios en el periódico Excélsior y cuando aún firmaba como Helene, hace gala de sus cualidades de periodista y arranca frases y momentos inesperados de las celebridades. De forma que las preguntas y respuestas brotan con tal espontaneidad que recuerdan las fuentes ríos que componen los jardines reales. Porque y al cabo Poniatowska es la entrevistadora de artistas, la reportera de sociales, la simpática joven notoria de la vida cultural francesa, como la describió Christopher Domínguez Michael; y ella se siente como pez en el agua. Una familiaridad que de forma sorpresiva surge ante ciertos comentarios introductorios, como “Sepa usted que es a la primera persona a la que le concedo una entrevista desde que he nacido”, del Hubert Beuve Méry, director y fundador Le Monde, o “Sepa usted, señorita, que la recibo sólo porque usted me dijo que conocía a Alfonso Reyes y que la mandaba el joven Octavio Paz”, del poeta franco-uruguayo Jules Supervielle. Pero, si no fuera por estas líneas que anuncian que las celebridades se encuentran ante una joven todavía inexperta, los discursos parecen provenir de una periodista madura. Notamos algunos rasgos de esa Elena joven que después se convertirá en la cronista de la masacre de Tlatelolco, del terremoto del 85 y del movimiento zapatista de los años noventa. De ahí que de una a otra página los textos oscilen con tanta facilidad entre la crónica y la entrevista, sin importar que haya homogeneidad de género en el conjunto, tal vez porque la periodista, más allá de ser escritora de uno u otro, sabe también ser una fotógrafa de personalidades, como bien ya lo ejemplifica su libro Las siete cabritas.

Los lazos diplomáticos y culturales que hermanan a Francia y a México son más que conocidos: basta recordar el mensaje que a principios de los años cuarenta
Lázaro Cárdenas lanzó a Albert Lebrun, presidente de Francia, nombrando al pueblo francés el “portavoz de la libertades humanas y de los derechos del hombre”. Dos naciones geográficamente lejanas pero de incesante correspondencia que encarna en una serie de personajes, ya sea por su historia, sus afinidades o apegos, y de entre los cuales uno de los nombres que más resuena es el de Elena Poniatowska.

Jardín de Francia es entonces el mapa que diseña la autora, cual paisajista, para que nosotros, sus lectores, podamos recorrer los senderos de esa cultura tan amplia que es la francesa. Y así, al pasearnos entre una recámara y otra descubramos que en cada sombra, espectro de luz o caída de agua se esconde una humilde alusión a Versalles.


Articulo: http://www.elboomeran.com/ 18/03/2014

Jorge HERRALDE/ Josep JANÉS en su centenario: ‘A dos tintas’

Josep JANÉS en su centenario:
‘A dos tintas’
Por Jorge HERRALDE

En primer lugar, quiero felicitar a Josep Mengual, autor de A dos tintas. Josep Janés, poeta y editor, por el documentadísimo libro sobre el gran Janés, un trabajo nada fácil ante un personaje tan plurifacético y singular. Y también a mi joven colega y amigo Miguel Aguilar, que ha publicado en Debate, con pulcritud y esmero, dicho libro.

En L’Hospitalet, en abril de 1987, tuve el honor y el placer de participar en un homenaje, Memorial Josep Janés, junto a la indispensable estudiosa Jacqueline Hurtley, pionera en sus estudios sobre Janés y autora de libros como La literatura inglesa del siglo XX en la España de la posguerra: la aportación de José Janés (1983), su tesis doctoral, Joseph Janés. El combat per la cultura (1986) y José Jané: editor de literatura inglesa (1992), no menos indispensables.

Allí leí un texto en el que decía que Janés fue “el primero que me hizo atisbar y reconocer lo que significa ser un editor”, quien “personificó la figura de un auténtico editor, es decir alguien que configura un catálogo, lo vive, que deja sus huellas más o menos en filigrana, a través de los libros que lo han seducido”. Y más adelante afirmaba: “Pienso que una característica fundamental del editor de raza es la curiosidad intelectual que se traduce en una función imprescindible de agitador cultural. Otro rasgo importantísimo es el amor, yo diría casi el fetichismo por los libros, en su totalidad: la presentación, el diseño, la tipografía, la calidad de las traducciones, en resumen el cuidado exquisito de la edición”. Y desde luego Janés demostró cumplidamente ser un editor de raza.

***
Mengual, en su libro, constata que “Janés creó infinidad de editoriales, sellos, colecciones y series, lo que sin duda creó una cierta confusión”, aunque añade que fue “un encomiable rasgo de astucia”, otra de sus astucias, ya que facilitaba las escasas cuotas de papel en la posguerra, que “se otorgaban a editoriales, no a editores, y que la estrategia de diversificación de Janés le permitía una mayor producción”.

Pero, en cualquier caso, una dificultad no menor para su biógrafo ha sido ordenar y clasificar esa orgía y ese galimatías de publicaciones de Janés, sobre todo en épocas de “plena vorágine creativa”, como la llama Mengual. En 1947, afirma “a los 33 años de edad, y apenas siete años después de la guerra, Janés transmitía una imagen de triunfador, de éxito empresarial y social que no podían hacer prever los problemas que debería afrontar”. Sirva como ejemplo inapelable de su triunfo arrollador que entonces Janés compró, entre otras empresas, la editorial Lara de su arruinado colega José Manuel Lara Hernández. Sí, el que luego fundó Planeta y después adquirió tantos sellos rivales de su época (Seix Barral, Destino) pero no Janés, es decir Plaza Janés.

Destacaré solo dos colecciones. En el capítulo ‘Incesante e inagotable’ se nos informa de una nueva e importante colección, “Manantial que no Cesa”, presentada por el editor con las siguientes palabras: “Una biblioteca que quiere procurar con la máxima frecuencia al máximo número de lectores, una nutrida colección de libros escogidos e inmejorablemente presentados, a un precio mínimo.

Se ha establecido una clasificación en trece series para dar cabida en cada una de ellas a libros de una definida y característica especialidad. Cada serie podrá identificarse por la inicial que sigue en cada título en las listas que figuran en la sobrecubierta”.

Se trataba de unas colecciones de bolsillo en España, de una extrema elegancia, como era habitual en las publicaciones de Janés. La otra es su colección “El Mensaje”. En su conferencia de 1955 Aventuras y desventuras de un editor, esta fue la única colección a la que dedicó una atención particular y específica: “Solo desde hace un par de años ha empezado a cobrar realidad una ambición mía que es tan vieja como mi vocación de editor: la de reunir en una colección sobriamente concebida y realizada un panorama vasto y completo de todo lo fundamental que ha producido el pensamiento humano. Esta idea, acariciada desde hace tantos años, empezó a cobrar realidad hace poco tiempo con la aparición de los primeros tomos de la serie El Mensaje. Llevo publicados hasta ahora una treintena de volúmenes.

El ritmo de aparición resulta por ahora tan lento que difícilmente podré dar por terminada la labor en lo que me queda de vida, por larga que sea la que Dios me conceda”. Su colaborador durante muchos años Fernando Gutiérrez, afirmó que Janés “la llamó la obra de su vida” y “cuando empezaron a salir los primeros volúmenes, Janés se consideró como el hombre que cumple una sagrada misión”. Empezó con Los Rubaiyat, de Omar Khayyam; la Odisea; los Fragmentos de un diario íntimo, de Amiel; los Cantos, de Leopardi; Guerra y paz, de Tolstói; el Teatro, de Christopher Marlowe; el Ramayana… Títulos que muestran la inequívoca ambición editorial de Janés.

***
Ahora, la lectura de A dos tintas me ha revelado aspectos desconocidos de su labor, muy en especial su importante papel como editor en catalán, me ha recordado otras y ha reavivado muchos recuerdos de mi visión de Janés. Mi primer recuerdo de los libros que publicó Janés fueron, en mi infancia, los de una colección de humor de rasgos inequívocos, con un curioso título Al Monigote de Papel, con dibujos caricaturescos en blanco y negro, alusivos al texto en la portada, y en los que descubrí, en especial, a un autor, P. G. Wodehouse, de quien devoré todos los volúmenes que había en casa, pedí que me compraran libros nuevos para mis fiestas de santo o cumpleaños, y también a Chesterton, Max Beerbohm y a humoristas italianos o españoles de la cantera de La Codorniz, encabezados por su último director, Álvaro de Laiglesia, y gloriosos antecesores como Tono o Miguel Mihura. Pero mi preferido, de largo, fue Wodehouse: aquel escritor que tanto me divertía con las peripecias de Jeeves, el sabio ayuda de cámara de Bertie Wooster, un joven algo botarate y lechuguino, como sus compinches del Club de los Zánganos, las aventuras en el castillo de Blandings, con Lord Emsworth y sus mimadísimas cerdas de concurso, y tantos otros, de quien luego me enteré de que era uno de los grandes humoristas del siglo XX, si no el mejor, y de quien he publicado luego en Anagrama una veintena de títulos. Cabe destacar la importantísima presencia del humor en los catálogos de Janés desparramados en multitud de colecciones: “Al Monigote de Papel”, “El Club de la Alegría”, “La Hostería del Buen Humor”, “Colección Wodehouse”…

Después, en la adolescencia, fui leyendo otros muchos títulos publicados por Janés y pude deleitarme viendo el despliegue de sus innumerables colecciones en casa de mi gran amigo Carlos Durán, que luego fue cineasta y uno de los puntales de la Escuela de Barcelona, en su piso del paseo de San Juan, y cuyo padre era el encuadernador y gran amigo de Janés. Se afirma en el libro que uno de sus grandes aciertos fue la creación de cuidadas colecciones para que “legitimaran” estéticamente las bibliotecas de la nueva burguesía adinerada de aquellos años, y la de los Durán era un ejemplo perfecto: allí estaban todos y cada uno de los libros de Janés, que yo iba repasando con fruición. Y como anécdota personal: para llegar al cuarto de Carlos Durán, donde nos reuníamos los amigos, había que atravesar el salón donde, sentados en sendos sillones junto a la chimenea, estaban una tarde el encuadernador y el mismísimo Janés, a quién saludé reverencialmente.

Para no hacer una lista interminable, destacaré dos autores que publicó Janés y que se convirtieron, entonces, en mis dos autores preferidos en el ámbito de la gran literatura contemporánea. Uno era el noruego Knut Kamsun, el autor de Hambre y de Pan, entre otras (que intenté años después recuperar y solo lo conseguí con Pan), y otro fue el inglés Aldous Huxley, el autor de la célebre Contrapunto y de quien Janés publicó, por ejemplo, Un mundo feliz y una deliciosa novela breve, Dos o tres gracias, con la descripción de un personaje que aún recuerdo literalmente: “Era un pelma adherente, pasivo, vegetal. No penetrante de manera activa”. (¿Quién no conoce alguno? Y quizá lo hemos sido nosotros mismos, ¡horror!, para otros congéneres, en alguna ocasión). Y en otro registro, la gran impresión que me causó La montaña mágica o, en un volumen, la mejor narrativa de John Dos Passos, Manhattan Transfer y la trilogía USA.

Jacqueline Hurtley ha estudiado minuciosamente la dedicación de Janés a la literatura inglesa, tan mal vista por la censura franquista en los primeros años de la posguerra por la simple razón de que Inglaterra estaba en el bando de los aliados frente a los alemanes. O sea, era la “pérfida Albión”. Y las tijeras de la censura que provocaron que muchos grandes escritores ingleses terminaran prefiriendo publicar sus textos intactos en buenas editoriales de América Latina como Sudamericana, del exiliado catalán López Llausás. Y, siguiendo con los recuerdos personales, un día vi en la biblioteca de los Durán un ejemplar de Bonjour, tristesse y me extrañó que hubiera pasado la censura. Al mirar las portadillas figuraba “Impreso en México” a cargo de una fantasmal José Janés Mexicana, según nos informa Mengual, que capitaneaba, por así decir, Pere Calders, quien fue gran amigo y colaborador en la etapa catalana de Janés. Astucias para burlar la censura. Por cierto, entre los primeros números de “Narrativas hispánicas” de Anagrama figuraba, en 1984, Ruleta rusa y otros cuentos de este gran autor (a quien conocí en un almuerzo en el Amaya con su agente literario Ramón Serrano) y más tarde la novela Ronda naval bajo la niebla.

Otra anécdota, oída en casa de los Durán: cada viernes o sábado Janés se reunía con sus más próximos colaboradores para distribuirse las visitas a los bancos con los que trabajaba: lograr créditos, aplazarlos, acaso cancelarlos, negociar y aplazar letras de cambio, etcétera. Janés afirmaba entonces, burlonamente, muy ufano: “Jo sóc un home de lletres”. Y en el libro lo confirma su colaborador y autor Francisco Candel, cuando al intentar ponerse en contacto con él, a raíz del escándalo de la publicación de Donde la ciudad cambia su nombre, escribe que Janés, “como de costumbre, andaba preocupado por letras, bancos y vencimientos”.

Y, para terminar, mis dos primeras fantasías editoriales se originaron a causa de Janés. Tras su súbita muerte, Carlos Durán y yo estuvimos pensando en la posibilidad de que nuestros padres nos prestaran el dinero para comprar la editorial a su viuda y, si recuerdo bien, Carlos habló con su padre y parece que el monto no era muy elevado (otra cosa sería, me temo, el monto de las deudas). Pero rápidamente, como es sabido, la compró Germán Plaza y nuestra fantasía se desvaneció. Sin duda, un bocado demasiado grande para dos jovencitos entusiastas pero totalmente inexpertos. Y me tuve que limitar a comprar unos cuantos tomos de su biblioteca personal que estaba a la venta en la Librería Porter.

La siguiente fantasía, poco después, no era menos impracticable. Sabíamos, por la experiencia del padre de Carlos, que la censura para los libros caros no era tan severa como en el caso de las ediciones normales. Así, en los volúmenes de ediciones de obras completas o selectas, en piel, de Janés se colaban títulos de imposible edición a precios asequibles. Nuestros ídolos de entonces eran Sartre y Camus y pensamos en una posible edición con precios disuasorios ma non troppo de sus obras completas. Incluso nos atrevimos a tener una reunión, en el altillo del barlibrería Cristal City, con Jaime Salinas, a quien yo conocía de Seix Barral, y le explicamos la idea. Con su dicción de español de Boston inimitable aunque a menudo imitada (impostado tartamudeo, perplejidad súbita, cómico asombro, con mucha ceja levantada, todo ello con una lograda teatralidad sobrentendida), Salinas no logró disuadirnos de este proyecto que le parecía como mínimo muy anómalo, pero en Gallimard sí lo hicieron con Carlos en su esperanzada visita a París: Sartre y Camus tenían ya su editorial, Losada, aunque no fuera en “Obras Completas”, y mejor que abandonáramos nuestras quimeras.

Luego hubo un tercer proyecto, más encauzado, en el que estuve trabajando unos meses pero que no prosperó, y al cuarto intento surgió Anagrama.

***
Hay una faceta en Janés que me lo hace muy próximo: se destaca en una entrevista que Janés estaba muy atareado corrigiendo unas pruebas que habían de estar listas al cabo de una hora. En la mesa, pliegos de papel, retratos, dibujos, muestras de color, notas, etcétera, lo que es indicativo de que Janés trabajaba frenéticamente en todas las fases del proceso editorial.

Y también Tomás Salvador, novelista, editor y de paso policía y legionario, además de excelente persona que tantos favores hizo a jóvenes escritores (como Javier Tomeo), hace una descripción muy verosímil de Janés: “Recuerdo muchas tardes en el despacho de la calle Muntaner. Permanecía apenas unos instantes. No tocaba nada, pasaba como un meteoro; pero en unos pocos segundos desechaba o aprobaba un boceto, dictaba un eslogan, apartaba una bodoni, despachaba a un inglés y firmaba la correspondencia”. Y añade Mengual: “Janés vivió la vida a todo ritmo”.

El combat per la cultura llamaba Jacqueline Hurtley al empeño de Janés, quien tituló un libro suyo El combat del somni, un sueño al que dedicó su editorial, es decir, su vida. Clara Janés alude a su padre hablando “del goce que abarcaba de lo más popular y tradicional a lo más intelectual y atrevido, de un modo de ser abierto y generoso, me atrevería a decir de la bondad de la inteligencia”. La bondad de la inteligencia y también la alegría de las travesuras y algunas trapisondas, como se muestra en este libro que no cae en la hagiografía ñoña. Por otra parte, es sabido que los editores somos casi seres angelicales, pero no full time. Tras la lectura de A dos tintas me reafirmo en mi intuición juvenil de Janés como un auténtico editor. Janés murió joven, demasiado joven, a los 46 años, y dejó tras de sí, en 25 años de editor, 1.600 títulos, muchos de ellos decisivos para la historia cultural del país y un ejemplo para futuros colegas. Y diría ahora, con mayor conocimiento de causa, que el niño prodigio de la edición se convirtió en un editor genial.

Jorge Herralde es editor y ocasionalmente escritor.


Articulo: http://www.elboomeran.com/ 18/03/2014

samedi 22 mars 2014

Karina SAINZ BORGO/ Entrevista a Rodrigo FRESÁN

Entrevista a Rodrigo Fresán
Por Karina SAINZ BORGO

No lleva el puño en alto, dice él. Sin embargo, Rodrigo Fresán regresa sobre el tema del escritor, solo que esta vez en tiempos de “lectores electrocutados” y libros que nadie lee pero saca a pasear en una tableta. Se trata de “La parte inventada” (Random House, 2014), la nueva novela del escritor argentino.

Quería hacer el backstage de un libro; uno donde todo ocurriera de manera simultánea. Y lo consiguió. Cualquier comentario, un juicio colocado de determinada manera, supondría echar a perder una historia que se basta a sí misma. Se trata de La parte inventada (Random House, 2014), de Rodrigo Fresán. En sus páginas, el argentino retoma sus preocupaciones esenciales: el oficio de escribir, el doblez entre lectura y escritura, el arbitrario proceso creativo y su constante flujo de conciencia. Así que el titular, aunque tramposo –el escritor odia las analogías futbolístico-literarias–, no está lejos de la realidad. Porque este es un libro que recoge lo mejor de una tradición literaria y de un autor cada vez más diestro. La parte inventada es una novela que ocurre como la vida, pero mejor; acaso porque, a veces, la realidad afea la sintaxis.

Dividido en siete grandes trozos, La parte inventada narra –mejor dicho confecciona– la historia de un escritor (El Escritor). Alguien que tuvo cierta fama literaria y ahora, desaparecido, entra y sale de su propia vida y la de quienes le rodean –su hermana Penélope; un Chico y Una Chica que hacen un documental sobre él; las otras etapas de su vida concebidas como personajes–. Ácido e irónico, el libro se comporta como un potente artefacto en el que es posible ver cómo el propio Fresán pasa de la ficción a la realidad y consigue que comienzo y final sean los ángulos distintos del punto de partida. Acaso porque Nabokov es una presencia para el argentino, la novela está llena de guiños a detalles y títulos de su propia obra. Y se vale incluso de figuras literarias para ilustrar el largo pasillo de escritores que –como cabezas disecadas de una cacería– terminaron convirtiéndose en su propio personaje.
Toca ser sincero. La parte inventada es una novela que exige del lector una cierta predisposición favorable, incluso física. Lleno de trucos, a veces de magníficas digresiones –por ejemplo las preguntas que suelta el argentino, como: ¿por qué la gente pega fotos de sus familiares en la nevera? ¿Les consideran alimento para calentar?– y de lacerantes críticas a una sociedad que actúa, dice Fresán, como unyonqui más enganchado a la jeringuilla que a la propia droga. Se refiere el argentino a las pantallas, los teléfonos inteligentes que embrutecen; las tabletas llenas de libros que descargamos pero no leemos; los 140 caracteres. “No es que la gente lea más, es que cada vez lee más mierda”, dice el autor de Los jardines de Kensington.

—Al terminar de leer el libro, lo primero que se me cruzó por la cabeza fue llamar para cancelar esta entrevista. Resulta redundante preguntar por una novela que se explica a sí misma.
—Eso es de agradecer.

—Pero no cancelé. Así que algo hay que hacer.
—Pues, adelante.

—Desde mucho antes de Salinger estamos hablando de escritores que desaparecen. El suyo lo hace. Lo extraño es que quiere que lo encuentren.
—El libro es una apología de la literatura y del acto de leer, que en realidad es el acto fundamental. Escribir es un reflejo de la lectura. Se trata de algo que quería defender de la manera más sutil y sin caer en el panfleto. No voy con el puño en alto, pero es un acto que me interesa reivindicar y predicar como una buena nueva. Me irrita que se diga que la gente lee ahora más que nunca. Sí claro, lee más mierda que nunca y escribe más mierda que nunca. Me parece que es un momento un poco tóxico.

—En esta historia cada personaje encarna una idea. El Escritor, eje de todo este universo; un joven lector que sueña con escribir; el escritor IKEA, que es imposible de montar y fácil de desarmar. La pregunta sería ¿quién es su escritor?
—A mí no me interesaba la idea del escritor puro, místico. En el libro es un ser bastante miserable y patético. Al planteármelo, existían dos ideas: me interesaban esos personajes de la literatura judeo-norteamericana, catastrofista, como los de Philip Roth y Saul Bellow. Y ya de una manera más personal y más íntima, planteo a este hombre como sería yo si nunca me hubiese casado ni tenido un hijo. Es alguien que vive sólo para los libros y es devorado por el agujero de la literatura. Son los escritores que se convierten en personajes de sí mismos, le pasó a Jack Kerouac, a Truman Capote, Scott Fitzgerald, a Hemingway...

—Sí, pero todos, o una buena parte, tienen la desaparición pisándole los talones.
—Todos los artistas que se mencionan… Sea Pink Floyd, Scott Fitzgerald o Bob Dylan están retratados en un momento en el que no saben qué hacer: Pink Floyd después de grabar Dark Side of the Moon; Fitzgerald después de escribir Suave es la noche; William Burroughs, quien siempre justificó que el asesinato de su mujer fue lo que le hizo escritor; Bob Dylan cuando descubre su nueva misión en la vida. Y el libro cuenta eso: la historia de un personaje que está suspendido y descubre que tiene que dar la vuelta para saber qué sucedió.

—Darse la vuelta es volver a convertirse en escritor, después de haber renegado de la escritura.
—No le queda otra.

—La vuelta a la infancia y a la escritura son una misma cosa en este libro.
—No recuerdo una edad mía en que no fuese escritor, incluso sin saber leer ni escribir. La publicación o escribir un libro era una circunstancia, como un efecto residual. Por eso todos los escritores están en mis libros. Y pienso que la del escritor es una vocación infantil y romántica.

—¿Escribirá un libro donde no haya escritores?
—No puedo, siempre aparecen. Es lo que me interesa.

—La idea de la muerte y el miedo resulta hasta cierto punto el tema más angustioso en este libro. El miedo del escritor a que ya no se le ocurra más nada.
—Es un problema que nunca he tenido. Si bien es cierto este libro fue bastante espasmódico. La portada está hecha por mi hijo. Y es muy gracioso. Las siete piezas que integran el libro las escribí a la vez. Pero hubo un momento en el que estaba bastante empantanado. Un día, llevando a mi hijo al colegio, pasamos frente al escaparate de una de estas papelerías de barrio. Estaba el juguete este de cuerda que aparece en el libro. Nos detuvimos a verlo. Él me dijo: “Papá esta es la portada de tu próximo libro”. Lo compramos y pensé: tal vez. Cuando salimos, mi hijo me dice: “No, papá, este tiene que ser el protagonista de tu libro”. “Daniel, no jodas, tampoco te pases”. Volví a casa y me pregunté: ¿A ver si es el protagonista del libro? Y a partir de ahí el libro se desenredó. Ese muñeco da marcha atrás, conecta a unos con otros. Además está roto. De ahí que el escritor afirme que el pasado es un juguete roto que todos intentan componer. El muñeco funciona hasta cierto punto como un McGuffin. Además, me pasó viendo la portada. Es muy de libro de bolsillo, que fue con los que yo me formé. Descubrí a muchos autores por las portadas de Alianza que hizo Daniel Gil.

—Resulta curioso dejar en manos de Ray Bradbury la patata caliente del eBook. Situar la quema de los libros como un prólogo de lo que iba a ocurrir.
—Electrocutando los libros y a los lectores.

—Llega a decir que somos como yonquis que están más enganchados a la jeringa que a la droga. Más al aparato que a una idea de lo digital.
—Sí. La imprenta fue una maniobra religiosa. Pero también es cierto que permitió difundir. Ahora no es que se difunda, es que se acumula. Me da risa la gente que me dice: Aquí tengo dos mil libros. Ajá, ¿y? ¿Qué hacen con ellos? La idea de un objeto libro, cuando lo terminas, te da una sensación de culminación que no te da un libro electrónico.

—Si realmente fuéramos peores lectores, la figura del escritor habría perdido total importancia.
—Hay una frase del libro que dice: a mí cada vez me gusta menos ser escritor y me gusta más escribir. Lo que queda, si hay suerte, es el libro.

—Dice usted que no ha muerto la literatura, el que ha muerto es el bestseller.
—Sí, el bestseller ha muerto. Lees Entrevista con el vampiro, que era una novela popular, y lo comparas con los vampiros de Stephanie Meyer y es que estos no le llegan. Incluso, Irving Wallace, Morris West eran libros detrás de los cuales había un escritor. Eran libros que servían de trampolín. Muchos de los que leyeron Tiburón habrán leído luego Moby Dick…

—Le quiero devolver una pregunta que le escuché hacerle una vez a Edmundo Paz Soldán. ¿Por qué no hay una novela canónica de fútbol?
—Yo incluso llegué a escribir sobre eso preguntándome cómo no hay una novela argentina al respecto, como las hay sobre el béisbol. Yo se lo pregunté a Juan Villoro y me dio una teoría. Según él, el fútbol se vive en el momento, así que una novela al respecto tendría que ser reflexiva. La gente que escucha el fútbol en la radio siempre ha llamado la atención. Cómo construyen las representaciones a partir de lo que alguien les narra. Eso sería como leer. Hay política porque la gente escucha al narrador. En Argentina hubo grandes narradores y se crearon estilos y me supongo que habrá una percepción quasi-estilística literaria futbolística. Es un poco como El Ulises de Joyce o el Tiempo perdido, de Proust, donde no importan las historias sino el estilo. De todas formas, entre Joyce y el Deportivo Proust, yo soy del deportivo Proust. Son dos clásicos jugando el clásico de clásicos del siglo XX. Pero no, no quiero mezclar las cosas así. Toda analogía futbolística de mi parte es perversa e incluso me irritan mucho los escritores que todo el tiempo hacen analogías futbolísticas. Pero hago una así, y nunca más.

NOTA
Esta entrevista fue publicada previamente en Vozpopuli.com


Articulo: http://www.el-nacional.com 21/03/2014