dimanche 8 février 2015

Agustín CALVO GALÁN/ MOGA: «WHITMAN escribe contra los alcaldes corruptos»

MOGA: «WHITMAN escribe contra los alcaldes corruptos»
Por Agustín CALVO GALÁN

Eduardo Moga es protagonista, actualmente, una serie de novedades editoriales, como la reciente aparición de su monumental traducción de Hojas de hierba de Walt Whitman en Galaxia Gutenberg, así como de Medio siglo de oro. Antología de poesía contemporánea en catalán, en el Fondo de Cultura Económica, y de El corazón, la nada (Antología poética 1994-2014), en Amargord, que viene a conmemorar los 20 años de su trayectoria como poeta. Con esta excusa, aprovechamos para conversar con él sobre su labor como traductor, antólogo y poeta.

-Hojas de hierba ha sido un referente en la poesía mundial, además de por la renovación poética que supuso su aparición, también por su aliento intemporal de libertad y fraternidad. ¿Cómo crees que se recibe hoy? o ¿por qué crees que sigue vigente?
Hojas de hierba sigue vigente -incluso más vigente que nunca- por su espíritu rebelde y su radicalidad democrática. Whitman impugna las convicciones políticas, religiosas y morales de su época, y reivindica la igualdad de los seres humanos –hombres y mujeres, blancos y negros, ricos y pobres, heterosexuales y homosexuales- y su derecho a protagonizar la historia. Su concepto de pueblo -las multitudes que callejean por la ciudad, los trabajadores de todos los oficios- sigue siendo aplicable a nuestras sociedades, y es conveniente que se recupere: un pueblo de sujetos libres e iguales; cada persona, una realidad irrepetible e inestimable. En Hojas de hierba hay poemas contra los alcaldes corruptos, contra las autoridades incompetentes, contra los presidentes ladrones y sinvergüenzas, algo, por desgracia, de candente actualidad en nuestro tiempo. Por otra parte, su lenguaje no es hostil con el lector, sino acogedor: lo invita a seguir leyendo, a adentrarse en el poema.

-¿Cómo te enfrentaste a la traducción de Hojas de hierba, un libro con tantas versiones, ediciones parciales y traducciones de todo tipo?
A un texto como Hojas de hierba se ha de enfrentar uno con mucho respeto: no en vano es uno de los textos capitales de la modernidad poética. Las traducciones existentes –la gran mayoría, solo parciales- me han ayudado mucho, bien para despejar dudas, bien para saber cómo no había que traducir: algunas son horripilantes. He tenido en cuenta todas aquellas de las que he tenido noticia y que he podido consultar, pero las opciones finales, como no podía ser de otro modo, han sido mías. La mejor de todas esas versiones es, con mucho, la de Borges, como digo en el prólogo, aunque sea limitada: solo del Canto de mí mismo y de un puñado de poemas de los demás libros de Whitman. Disponer de varias versiones de un texto aporta mucha información y amplía el abanico de posibilidades expresivas, pero también puede inducir a la confusión: he encontrado muchos versos en cuya traducción casi nadie coincidía: su sentido era radicalmente diferente en unos y otros. Whitman es un poeta llano, pero nada fácil de traducir: su gusto por aspectos singulares del vocabulario –coloquialismos, tecnicismos, arcaísmos, barbarismos-, sus neologismos, fruto de credos heterogéneos, y su ritmo amplificativo, con sus célebres catálogos y constantes ramificaciones, lo vuelven, a veces, endemoniado para cualquier traductor.

-Ha coincidido en el tiempo con tu labor como traductor y antólogo en la Medio siglo de oro. Antología de la poesía contemporánea en catalán. ¿Cuáles han sido las dificultades o los riesgos de esta traducción?
La principal dificultad es la familiaridad del idioma cercano. Uno se confía con esa semejanza y puede relajar sin darse cuenta el rigor con el que trabaja. En el peor de los casos, esa semejanza puede inducir a la literalidad. En ocasiones se acierta, porque no hay que rebuscar soluciones cuando la más obvia está a la vista, pero otras veces esa literalidad nos impide advertir el giro más rico, más preciso, más poético, que contienen los versos en la lengua de origen.

-Además del traductor, eres el antólogo y, por tanto, el responsable de la selección de poetas catalanes incluidos. ¿Qué criterios seguiste?
Hubo algunos que impuso la editorial: habían de ser autores nacidos después de 1950 y con, al menos, dos poemarios publicados en editoriales comerciales o institucionales, es decir, no autoeditados. A partir de ahí, hice una selección que procuré equilibrada, o por lo menos representativa, en todos los aspectos: autores mayores y autores más jóvenes, hombres y mujeres (aunque me temo que en este aspecto me quedé corto: solo hay tres féminas) y poetas catalanes y poetas de otros territorios del dominio lingüístico catalán. También me interesó ofrecer una panorámica de las diferentes corrientes estéticas de los últimos cincuenta años. En Medio siglo de oro hay poetas culturalistas y de la experiencia, del realismo sucio y experimentales, surrealistas y neosimbolistas. Pero dentro de estas categorías –en las que militan muchos, como es natural-, los elegidos habían de gustarme. El criterio del mero placer del lector, es decir, de mi placer como lector, subyace en todas mis decisiones, y es probablemente el más determinante de todos. Debo añadir que un poeta que me gusta mucho declinó participar en la antología, y que otra poeta que no me gusta nada se ha enfadado mucho por no haber sido seleccionada, como se ha encargado de recordarme con fastuosas sartas de insultos.

-En un país como el nuestro, en el que el conocimiento de lenguas extranjeras y propias sigue siendo tan deficiente, ¿crees que la labor de los traductores continúa estando poco reconocida?
Se va mejorando poco a poco. Hasta no hace mucho, los traductores solo aparecían en las páginas de créditos y, a veces, ni siquiera eso. Hoy figuran ya en las portadillas e incluso en las cubiertas de los libros. Pronto llegaremos al punto que juzgo óptimo: que aparezcan al lado del autor del texto original, y con su misma relevancia tipográfica. Toda versión traducida tiene dos autores: el escritor y el traductor. Más aún: lo que leemos es, en realidad, obra de este; las palabras que leemos son las del traductor: están determinadas por la obra original, pero son suyas: él las ha elegido y dispuesto así. Otra cosa es que la creciente consideración de los traductores tenga una correspondencia económica: las retribuciones siguen siendo miserables, y se paga tarde y mal. La tarea del traductor –y no debería ser necesario recordarlo– es esencial para la vitalidad y el enriquecimiento de la cultura: sin su mediación, enormes franjas de la literatura universal serían inaccesibles para casi todos.

-Pero hablemos de tu trayectoria como poeta. En El corazón, la nada (Antología poética 1994-2014) podemos encontrar un epílogo, firmado por ti mismo, con el título de “Una poética y algo de historia”, que algunos han considerado una de las declaraciones más sinceras y sentidas sobre la vivencia de la poesía. ¿Hay más postura que sinceridad entre los poetas españoles actuales?
No lo sé: supongo que habrá de todo. Pero tengo claro que, en no pocos casos, la poesía es solo una postura y, por lo tanto, una impostura: una forma de presentarse ante el mundo que nos complace y nos emperifolla, pero que no responde a un deseo genuino de interrogarnos, de averiguarnos, de establecer una comunicación veraz con el mundo. Tampoco sé si me gusta demasiado la palabra “sinceridad”: uno puede mentir muy sinceramente. Yo prefiero “veracidad”: la cualidad de decir o profesar la verdad, la propia, la de cada cual, con sus contradicciones y sus paradojas, con sus incertidumbres y sus sombras. Si la poesía no vehicula con autenticidad las aristas del ser, la amalgama de miedos y perplejidades que nos constituye, a mí no me sirve para nada, ni como poeta ni como lector.

-Tu libro Insumisión tuvo una gran acogida: fue finalista del Premio de la Crítica y ampliamente comentado en medios especializados. ¿Te sientes satisfecho?
Si te digo la verdad, estaría más satisfecho si hubiera ganado el Premio de la Crítica… Pero me agrada que Insumisión haya conseguido los reconocimientos que ha conseguido: el premio de la revista Quimera al mejor poemario publicado en 2013 y el Latino Book Award de 2014 que se otorga en los Estados Unidos, además de esa condición de finalista en uno de los premios más prestigiosos del país. De todos modos, estos galardones no son lo mejor que me ha proporcionado Insumisión. Lo mejor ha sido su acogida por parte de la gente. Con ningún otro título mío había obtenido tantas adhesiones; ninguno, me parece, ha suscitado tantos ecos. Aún hoy encuentro a gente que ha leído el libro y me habla con entusiasmo de él. Y eso no deja de sorprenderme, y también de inspirarme alguna melancolía: es el volumen decimoquinto de mi producción. ¿Necesitaré quince libros más para volver a generar tanto diálogo con mis compatriotas, para volver a significar algo concreto y reconocible en el océano infinito de la literatura?

-¿Ha cambiado tu perspectiva de la poesía en España desde que vives en Londres? ¿Cómo ves el panorama actual?
Cuando uno se aleja del lugar en el que ha vivido siempre, relativiza algunas cosas: muchas vicisitudes, buenas y malas, del mundillo poético español –y, en particular, del mundillo poético catalán– se aparecen como lo que son: pequeñeces; pequeñeces, no obstante, muy importantes para quienes las viven. Uno sale del acuario en el que ha estado confinado y descubre a sus congéneres boqueando y peleándose como peces payaso por apenas un poco de agua, o de pienso, o de sol, igual que hacía uno cuando compartía ese exiguo espacio con ellos. Alejarse tampoco te inmuniza contra esas menudencias: siguen siendo necesarias para que uno se haga la ilusión de que es poeta, pero acaso ya no se vivan con la misma urgencia, o hasta con la misma desesperación, con la que se experimentaban antes. Por otra parte, llegar a un país nuevo y comprobar que tiene sus propios acuarios e insignificancias te hace ser algo más comprensivo con aquellas en las que has vivido tú.

-Después de tantas novedades, te habrás dejado algo para el futuro ¿no?
Sí, claro. A estas alturas uno no puede estar sin escribir; en realidad, ni a estas ni a ninguna. Estoy acabando un largo ensayo sobre la tetralogía Cortejo y epinicio, del poeta chileno David Rosenmann-Taub, y también el corpus de lo que será mi próximo poemario, un libro sobre el exilio, o sobre los exilios que vivimos. Me falta una última sección, de poemas en prosa, y luego empezará el, como siempre, larguísimo proceso de revisión y corrección, que me puede llevar bastantes meses. He de abordar en breve, asimismo, dos traducciones: de un libro de una poeta inglesa actual, Fiona Sampson, y de un clásico de la literatura medieval en catalán. Si nada se tuerce, en 2015 verá la luz una selección de las entradas de mi blog, Corónicas de Ingalaterra, en La Isla de Siltolá, gracias a la generosidad de su editor, Javier Sánchez Menéndez. Y, en fin, me gustaría embarcarme en una novela. Es algo que no he hecho nunca, y no sé si tendré el ánimo, la imaginación y la perseverancia para culminarlo, pero el gusanillo está ahí, y no quiero desatenderlo: habrá por lo menos que intentarlo.


Articulo: http://revistadeletras.net 02/02/2015