dimanche 8 février 2015

Gloria LEAL/ KUNDERA y la insignificancia

KUNDERA y la insignificancia
Por Gloria LEAL

Kundera ha alcanzado su mayor diversión con este epílogo escrito en París, La fiesta de la insignificancia (Tusquets Editores, 2014) que se suma a su larga carrera literaria.

A Milan Kundera (Checoslovaquia, 1929) le gustan las bromas. Con esta novela escrita tras 14 años de inactividad demuestra que todavía le quedaban varias bromas en el tintero. En su maravillosa manera de contar historias insignificantes de la vida cotidiana capta al ser humano en otras dimensiones. Detrás del humor y de la intrascendencia, brillan los temas filosóficos y la farsa política como en tantos de sus libros desde La broma (1967), y El libro de la risa y el olvido (1979), hasta La insoportable levedad del ser (1984) en que se dio a conocer fuera de su país hace 30 años.

Habrá quienes se pregunten cuál es el meta-tema de esta obra. Sin embargo, su mayor ironía es que sus novelas no tengan mensajes aunque todavía a veces la crítica se empeña en buscarle significados a lo que no tiene, actitud que desprecia el autor cuando lo han entrevistado. Hace años, cuando escribía bajo el sistema totalitario de su país, el gobierno temía que detrás de sus escritos se escondía un significado político que retaba al sistema. A tal acusación contestó: “Los personajes en mis novelas son mis propias posibilidades irrealizadas, no son confesiones del autor”.

Su literatura sigue siendo magníficamente irónica. Esta vez su humor llega al extremo de contar una gran broma histórica que le hace Stalin a Kruschev y de celebrar una fiesta de cumpleaños a alguien que creen enfermo terminal, cuando el sujeto lo que ha hecho es engañar a sus amigos con esa macabra noticia para reírse de ellos.

Kundera no cambia, no envejece en su literatura. Tan actual es en este París del siglo XXI que su erótica esta vez la enfoca en el ombligo femenino. La moda actual permite enfocar el objeto del deseo en el ombligo que las jóvenes llevan al descubierto; cero nalgas, cero pechos o genitales, “sino en ese hoyito redondo situado en mitad de su cuerpo” que se aprecia en las chicas que se pasean por el parque de Luxemburgo, lugar de encuentro de los amigos.

Las bromas se disfrazan de diversas maneras, un actor que se hace pasar por un sirviente pakistaní, Kaliningrado como nombre inventado por Stalin para burlarse de Kalinin, la madre muerta que aparece montada detrás del hijo en la moto, o la botella de Armagnac que termina en el piso.

La pasión de Alain por el ombligo reaparece unos cuantos capítulos después del principio y el narrador (o el propio Kundera), en un alarde de burla hacia el lector confiesa que está repitiendo lo que dice en la primera página de La fiesta….

¿Me estoy repitiendo? ¿Empiezo acaso este capítulo con las mismas palabras que empleé al principio de esta novela?

En otra viñeta, la mujer que se tira al vacío para suicidarse, ahoga al rescatador.

Un final fellinesco con un coro de niños cierra el círculo de la insignificancia.

Pero antes, queda su ingenio lapidario. “La insignificancia es la esencia de la existencia, está con nosotros en todas partes en todo momento. Hay que aprender a amarla. Es la clave de la sabiduría, la clave del buen humor”.

Es Kundera en todo su esplendor.


Artículo: http://www.elnuevoherald.com 07/02/2015

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