dimanche 8 février 2015

Herminia MEORO/ HÖLDERLIN o el soñador de Grecia

HÖLDERLIN o el soñador de Grecia
Por Herminia MEORO

En su lírica vibra el deseo de un mundo ideal, identificado con el mito de la Grecia clásica, símbolo de su anhelo poético.

“Jamás comprendí las palabras de los hombres, crecí en los brazos de los dioses”

Johann Christian Friedrich Hölderlin (1770-1843)

Nacido en Lauffen (Württemberg) el 20 de marzo de 1770, apenas contaba dos años cuando murió su padre. Estudió Teología en el Stift, un seminario protestante de Tubinga, y será entonces, mientras descubre a Kant, Spinoza y Rousseau, cuando trabará amistad con Schelling y Hegel, futuros representantes del idealismo filosófico propio del Romanticismo. Es significativo el hecho de que ambos filósofos bailaran junto al más puro lírico, Hölderlin, en torno al “árbol de la libertad”, festejando la Revolución Francesa. Fue ordenado pastor, pero nunca ejerció su ministerio. Su religiosidad tendrá expresión en sus versos. Así, escribe nueve de los llamados Himnos a los ideales de la Humanidad, muy en la estela de uno de sus amigos, el poeta Friedrich Schiller, y que vienen a cantar a la amistad, el genio, la juventud, la libertad y algunas otras cuestiones especialmente apreciadas en los años jóvenes.

Compañero de grandes hombres de la cultura alemana de su tiempo: Schiller, Goethe o Herder; será el primero quien, además de publicarle fragmentos de Hyperion le proporcionará el empleo de preceptor en casa de Carlota von Kalb, la mujer que le inspira Amor e intriga. Pero la docencia no era la ocupación más adecuada para un hombre que concebía poesía y vida como un todo indivisible y soñaba con el resurgimiento de la civilización helénica, a la que dedicará su Hyperion, novela lírica también conocida como El eremita de Grecia, cuya versión novelada completa apareció entre 1797 y 1799. Recomendado, no obstante, por Hegel como preceptor de los hijos del banquero Gontard, en enero de 1796, Hölderlin parte a Fráncfort y se instala en casa de este. Una vez allí no tardará en enamorarse perdidamente de su mujer, Susette, a quien ve como el ideal de “belleza griega” y la convierte en la Diotima de sus versos.

El comienzo del desequilibrio del poeta puede datar de 1798, cuanto se ve obligado a abandonar Fráncfort e interrumpir su relación con Susette. A partir de entonces, todo parece indicar que nada satisface a Hölderlin y en 1802 es recluido en el manicomio de Tubinga. Una vez dictaminada su locura como benigna, será recluido sin más compañía que un piano desafinado, en el que muchos han querido ver una metáfora de su razón. Johann Christan Friedrich Hölderlin pasará el resto de sus días escribiendo extraños versos firmados con el nombre de Scardanelli.

EL POETA EN SU CONTEXTO

Afirma el profesor y ensayista Jordi Llovet en Teoría literaria y literatura comparada, que cometen un error muchos de los manuales de literatura, al confrontar las etapas históricas de la Ilustración y el Romanticismo: “Hölderlin, por ejemplo, contemporáneo de dos de los más grandes representantes de la filosofía romántico-idealista alemana, Hegel y Schelling, presenta tantos puntos de contacto con la generación romántica como con los más sólidos y tradicionales pos tulados del Neoclasicismo y de la Ilustración. (…) Practicó en poesía las grandes formas de la edad clásica: odas, himnos y elegías”1. La exaltación del yo romántico empieza ya en la Ilustración (Rousseau, Diderot). Todo romántico ha tenido una formación ilustrada y cargada de voluntad ética (Bien, Verdad, Belleza). Jordi Llovet habla de ley del continuum de la literatura y señala que el Romanticismo es una síntesis absoluta de toda la historia literaria anterior a su momento y el germen de las transformaciones posteriores.

Hölderlin es testigo de un proceso histórico muy acelerado y convulso en la Europa de finales del siglo XVIII: se acaba la idea de gracia divina para la monarquía y la cultura europea toma posición política e ideológica. De la crisis de identidad europea nace la búsqueda de referentes, el modelo es el de una Grecia idealizada. Se produce un retorno generalizado al mito de Grecia. Y lo griego es entonces la consecuencia de buscar un interlocutor en momentos de crisis de identidad europea. Se hace necesario un referente con el que medirse. Por ello surge el Neoclasicismo y el poder de los mitos griegos en las literaturas europeas, se recupera la épica y la tragedia.

El modelo era griego, pero una Grecia idealizada y renovada. Hölderlin lleva sus comunes anhelos a la más alta expresión poética, a veces soñando una Grecia pura, en un tono de tensa exaltación anímica, aunque sin perder la solidez expresiva. Su lírica, de tono trágico, exaltado y entusiasta, tiene un tema central: el deseo de evasión hacia un mundo ideal, puro y excelso, identificado con el mito de la Grecia clásica, ideal, como símbolo de su anhelo poético.

FUNCIÓN VISIONARIA DEL POETA

En el estudio preliminar de la clásica edición bilingüe de El Archipiélago, Luis Díez del Corral, advierte ya en el inicio del carácter visionario y da la clave de partida para la comprensión del poema: “Hölderlin no es un poeta-artista sino emisario, vidente, vate con oficio religioso”. Poetiza lo poético en sí, es decir, su poesía se ocupa de lo propiamente poético. “Hölderlin es en sentido eminente el poeta del poeta”. En El Archipiélago se da una dualidad Voz / Silencio. Se ha producido el silencio de los dioses debido a nuestra actitud; de ahí que el papel del poeta sea el de mediador entre el poder de los hombres y las voces de los dioses. La idea es que el poeta se anticipa en la escucha de la voz divina. Es un poeta de lo sagrado, reivindicando que el hombre sea capaz de superar la sordera cotidiana. El Archipiélago es una nueva visión mítica. El hombre había vivido en armonía con lo sagrado (en Grecia), pero ahora se ha desviado, vive al margen, se ha vuelto sordo. La función del poeta es convertirse en un intérprete que capta los misterios.

Es esta, sin duda, una de las preocupaciones capitales en la obra de Hölderlin: el sentido del poeta y de la poesía. En Interpretaciones sobre la poesía de Hölderlin, Heidegger justifica el capítulo ‘La esencia de la poesía’ porque nadie mejor que el lírico alemán es “poeta de la poesía”. Está dividido en cinco apartados que se corresponden con cinco lemas, cinco frases de Hölderlin:

1. “Poetizar, la más inocente de todas las ocupaciones”. (Inocente tiene aquí la significación de defensa del poeta frente a la realidad. Es precisamente el carácter testimonial de la pertenencia del hombre a la tierra, lo que tiene lugar como Historia).

 2. “Para esto ha sido dado al hombre el lenguaje, el más peligroso de todos los bienes, para que manifieste lo que él es”. (Gracias al peligro, el hombre hace una objetivación de lo que es. El ser se abre, se comunica, muestra sus experiencias y estados de ánimo. El lenguaje le sirve como instrumento [bien], pero además puede objetivar el mundo y crearlo).

3. “Muchas cosas el hombre ha experimentado, y muchos dioses nombrado, desde que somos un diálogo y podemos oírnos mutuamente”. (Ser una conversación posibilita al hombre situarse en presencia de algo que permanece y exponerse a lo mudable, introducirse en el devenir del tiempo. En el momento en que se nombra el mundo, nace para la conciencia del hombre).

4. “Empero lo que perdura, eso lo fundan los poetas”. (Funda lo permanente. Para que el ser se abra y tenga anhelo de lo que permanece tiene que ser llevado a la movilidad. La poesía es el primer movimiento que hace que el hombre nombre, y posibilita la apertura del ser.)

5. “Lleno de méritos, pero poéticamente, habita el hombre que está en esta tierra”.

Heidegger se sirve al principio de la aparente contradicción en las citas de Hölderlin referidas al hecho de “poetizar”, definida como la ocupación más inocente de todas” y la definición de “lenguaje” como “el más peligroso de los bienes”. Así, Heidegger rastrea el significado del lenguaje como un bien, aunque un bien peligroso. Es un bien porque será el vehículo por el cual el hombre es capaz de dar fe de lo que es. El hombre “es” en el momento que atestigua su pertenencia al mundo. Para atestiguar lo que es, el hombre ha sido dotado de un medio, que es el lenguaje. Así, el lenguaje es un bien.

Pero, su condición de bien “peligroso” le viene dada por la proyección en relación dialéctica con él. El ser humano es originariamente un diálogo, una conversación. Esto requiere la posibilidad del emisor y del receptor, el que habla y el que escucha.

Heidegger señala que el hombre tiene como tarea fundamentalmente dar testimonio de sí. Este sí mismo se realiza en la pertenencia a la tierra, como heredero y aprendiz de todas las cosas. El hombre testimonia su pertenencia a lo ente en su totalidad en esa unificación sin límite que es lo histórico, pero para que lo temporal-histórico sea posible, el hombre usa el lenguaje. El lenguaje es, por tanto, el lugar de la unificación histórica de lo ente, es decir, de las cosas, que el hombre liga con la palabra. Pero este juego lingüístico con el mundo (lo ente) tiene una doble vertiente: es “la más inocente de todas las ocupaciones” y, al mismo tiempo, la más peligrosa, según encuentra Heidegger expresado en unos versos de Hölderlin. Así, a partir del lenguaje (conversación y los interlocutores), Heidegger desbroza el surgimiento de la Historia.

En el momento en que somos capaces de nombrar a los dioses a través del diálogo y de verbalizar al mundo, asistimos al nacimiento de los dioses y lo sagrado, de lo inefable y de la conciencia del ser humano. Es justo en ese momento cuando se crea el gran interlocutor: los dioses y el mundo verbalizado pueden interpelar.

Llegamos ahora a lo principal del trabajo de Heidegger. Son los poetas quienes nombran a los dioses y quienes dan palabra al mundo. Ahí radica la esencia de la poesía. Es ella la que funda la posibilidad de conversación con lo inefable, con los dioses y con el mundo.

En el último apartado, Heidegger explica la relación del poeta con lo que llama “la voz de pueblo”. Esta expresión tiene para Hölderlin dos connotaciones: una de poesía social y otra de sentimiento nacional. Es casi sinónima de voz de los hombres o voz de la humanidad. Es un tipo de expresión que surge en el movimiento romántico alemán para reivindicar la palabra “nacional”. Se trata de la voz que atestigua su pertenencia a la tierra. A partir de aquí se origina una idea clave: el poeta se erige en un intermediario entre la voz del pueblo y la de los dioses.

Bellamente lo expresa el propio Hölderlin en unos versos citados por Heidegger: “[…] y ¿para qué poetas en tiempos de penuria? / Pero ellos son, me dices, como los sagrados sacerdotes del dios del vino / que de tierra en tierra peregrinaban en la noche sagrada”.

1 Llovet, Jordi: Teoría literaria y Literatura comparada. Ariel, 2005

Herminia Meoro es profesora y escritora. Autora de Ciudad de Sombras.


Articulo : http://www.elboomeran.com 02/2015

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