dimanche 8 février 2015

Hernán ISNARDI/Especial «Abelardo CASTILLO»

Abelardo CASTILLO
Por Hernán ISNARDI

Al empezar a preparar el número de Abelardo Castillo, tuve la amarga sensación de pérdida.

Allá por 1998, cuando lo conocí (y no habiendo podido sacar la edición en papel de La Máquina del Tiempo), supe que mientras se demorase la aparición de su número, tendría la posibilidad de otro encuentro. También supe que una máquina del tiempo, por esas cuestiones meramente lógicas, está destinada a desplazarse, nunca a cesar. Algo había en todo esto de contradictorio. 

Dejé toda estúpida vanidad de lado y, recobrando el placer, decidí: entré Rimbaud, Stevenson, Bioy Casares, Baudelaire (números anteriores de La Máquina del Tiempo) y Kafka, Poe, Hölderlin (próximos números de La Máquina del Tiempo) estaría ABELARDO CASTILLO.

Y digo: eso es justicia. Nunca faltará el señor sensato (como diría Cortázar) que levantando el índice me señale las medallas de tal o cual escritor... (Gesto parecido a las agotadoras encuestas sobre quién es mejor y en qué en este siglo). Hoy invito yo.

En ISRAFEL, el protagonista dice "La poesía es una manera de vivir"; Marechal agrega "y no una mera función de lanzar al mundo criaturas poéticas. Y a mi entender, el secreto de Abelardo Castillo estaría en esa difícil y abnegada vocación existencial".

Es una noción tan difícil de entender como difícil esa manera de vivir. Así es él.

Piensa claro y escribe claro.

Cuando decido correcta la elección de estos textos (selección cuidadosa que guarda un hilo y una coherencia), lo hago con una segunda y no menos importante razón (la primera, ya se sabe, literaria): siempre me pareció verdaderamente notable, cómo, habiendo tenido allá por los 60, hombres como David Viñas, Pedro Orgambide, Ernesto Sábato o el mismo Abelardo Castillo, es decir, una generación con claridad de ideas (compartidas o no —ése no es el punto—) y debates permanentes que aún en los momentos de prohibiciones (El Grillo de Papel) levantaban la frente y hablaban, hoy, en los 90, debemos pagar no se qué pero de la peor forma —lenta y sutil— con plagas como: Gasoleros (programa consistente en levantar fielmente los diálogos estúpidos de la vida cotidiana); 10 años de gobierno de Menem (...); con alguien que vende cientos de miles de compactos y canta (?) cosas como ésta: te llevaste la ceniza y me dejaste el cenicero, te quiero (nótese la rima).   Un panorama desolador donde la calidad fue desplazada grotescamente por la cantidad (de lo que fuere). Un señor compra una emisora de radio (o la roba) y, por ejemplo, publicita un artículo cualquiera con una pauta publicitaria de 150000 salidas diarias. El producto será un éxito! Como dice Castillo: "Lo pernicioso de ser imbécil no es —claro— la individual confusión química de ciertas células nerviosas, sino lo otro: la lógica de imbéciles, su consecuencia histórica".

Quise abarcar esa faceta de la obra de Castillo que le es ajena a la mayor parte de mi generación. Merced al buen criterio de mis padres, tuve la posibilidad de leer El Grillo de Papel y El Escarabajo de Oro, que eran, naturalmente, parte de sus lecturas de juventud. El otro material está en las librerías.

Van a encontrar a Castillo escribiendo sobre el nazismo, sobre las vanguardias poéticas, sobre literatura y sobre algunos libros de Cortázar y Silvina Ocampo y más. La entrevista, desde ya y dos perlas: Un comentario de Pedro Orgambide sobre un libro de Castillo (aparecido en El Escarabajo de Oro) y un reportaje a David Viñas allá por 1960.

El Grillo de Papel fue fundado cuando Abelardo Castillo tenía 24 años. Ya era el siempre ácido y no menos brillante escritor (para mí, el mejor prosista vivo argentino) que hoy leemos.

Días antes del cierre, leí "El Evangelio Según Van Hutten". Si bien no me siento capacitado para hacer en este momento la crítica, comentaré brevemente las sensaciones: El protagonista, un profesor de historia, llega a La Cumbrecita, Córdoba, en busca de tranquilidad (?), luego de tener problemas con su pareja. Comienzan los misterios... lo vigilan, él descubre que un octogenario arqueólogo muerto hace tiempo no ha muerto, rollos esenios con datos sobre los comienzos del cristianismo, los años desconocidos de Jesús, el " hijo de Dios", quien, para Van Hutten, a pesar de ser divinidad, fracasa. También retoma Castillo el tema de su primer libro (El Otro Judas), el pacto secreto entre Jesús y Judas. El gran dramaturgo que es Castillo, sigue urdiendo diálogos memorables (como aquellos de "El Que Tiene Sed") en los cuales, entre bromas ácidas y cinismos, deja caer nociones profundas, problemáticas religiosas reales y todo, como quien pide un helado. Esto es posible cuando el que escribe realiza un trabajo de orfebrería. Prosa fácil de leer, cuidada hasta el estupor, tan cuidada que el lector jamás tropieza. No siente que lee; la vive. Paradójicamente ése es el inequívoco indicio de la excelencia de un libro: olvidar que se está leyendo. 

Es casi imposible dejar el libro y no ir de inmediato a otros libros (los evangelios por ejemplo).

Terminé el libro en una noche, de un tirón. La cabeza me quedó girando en torno a esas ideas. Dos noches después volví a leerlo y me animo a decir que tuve una sensación mucho más fuerte que no había sentido antes. Me gustó creer en esta relectura, que el secreto eje está en otro lado, en el amor profundo y más que breve (hablo de tiempo) entre el protagonista y Christiane... la joven Christiane. Después de todo, qué verdad podría trascender a un amor absoluto.

Borges dedica a Lugones (ya muerto) "El Hacedor". Imagina, o dice que sueña, que le regala el ejemplar dedicado... conversan, y tal vez Lugones aprueba algún verso. Su vanidad ha armado una imagen imposible (la del encuentro) pero cree o sueña o juega a que Lugones lo ha aceptado.

Yo también he soñado... Gracias ABELARDO CASTILLO.

***
Breve cronología de Abelardo Castillo
Novelista, cuentista, dramaturgo y ensayista.

1935.- Nació en Buenos Aires, Argentina, un 27 de marzo.

1959.- Es director y co-fundador de la revista de Literatura "El Grillo de Papel"con Arnoldo Liberman y Humberto Costantini. Hasta 1960.

1961.- Publica "El Otro Judas", obra de teatro y "Las Otras Puertas" libro de cuentos. El Otro Judas es estrenado en 1961 en Buenos Aires, en el Teatro de los Independientes, bajo la dirección de Onofre Lovero. También estrenada en España y representó a la Argentina en los Festivales Mundiales de Teatro de Varsovia y Cracovia, en l965, bajo la dirección de Carlos Giménez. En mayo-junio del mismo año, es director y co-fundador de "El Escarabajo de oro" (1961-1974) con Liliana Heker. Revista de proyección latinoamericana considerada como la más representativa de la generación del 60. Formaron parte de su Consejo de Colaboradores: Julio Cortázar, Carlos Fuentes, Miguel Angel Asturias, Augusto Roa Bastos, Juan Goytisolo, Félix Grande, Ernesto Sábato, Roberto Fernández Retamar, Beatriz Guido, Dalmiro Sáenz, entre otros.Le otorgan el PREMIO CASA DE LAS AMERICAS por "Las Otras Puertas" (cuentos). Jurado: Juan Rulfo, José Bianco, Guillermo Cabrera Infante, José Antonio Portuondo.

1963.- Recibe el PRIMER PREMIO INTERNACIONAL DE AUTORES DRAMATICOS LATINOAMERICANOS CONTEMPORANEOS, del Institute International du Theatre, UNESCO, París, por "Israfel" (teatro). Jurado:Eugène Ionesco, Claude André Puget (Francia) Christopher Fry (Inglaterra), Diego Fabri (Italia), Heinrich Schnitzler (Austria), Marc Connelly y Miss. Rosamond Gilder (Estados Unidos), Arki Kivinaa y Jack Wtikka (Finlandia), Alfonso Sastre (España), Bohdan Korseniewski (Polonia).

1964.- Se publica "Israfel". Obra de teatro sobre la vida de Poe.

1965.- Recibe el PRIMER PREMIO Y GRAN PREMIO DE LOS FESTIVALES MUNDIALES DE TEATRO UNIVERSITARIO DE VARSOVIA Y CRACOVIA por "El Otro Judas".

1966.- "Cuentos crueles" Naturalmente, cuentos. La Obra de teatro "Israfel" es estrenada en el Teatro Argentino, de Buenos Aires, en 1966 —protagonizada por Alfredo Alcón bajo la dirección de Inda Ledesma— y luego en diversos países (España, Checoslovaquia, México, Perú, Venezuela, etc).

1967.- Se edita "La Casa de la Ceniza". Nouvelle.

1968.- "Tres Dramas". Teatro.

1970.- Muere Leopoldo Marechal. Castillo siente mucho esa pérdida.

1972.- Se produce un encuentro inesperado. Conoce, junto a otros compañeros de "El Escarabajo de Oro" a Julio cortazar; En la radio, Charlie Parker.

1975.- Sobre Las Piedras De Jericó. Estrenada en el Teatro Armando Discépolo, de Buenos Aires, en 1975, bajo la dirección de Luis Vives.

1976.- "Las Panteras y el templo". Cuentos.

1977.- Es director y co-fundador con Liliana Heker y Sylvia Iparraguirre de "El Ornitorrinco" (1977-1986). Se la considera como la primera y más significativa revista cultural de resistencia durante la dictadura militar.

1982.- EL SEÑOR BRECHT EN EL SALON DORADO. Representada en función única en el Salón Dorado del Teatro Colón de Buenos Aires con música de Alicia Terzián. Luego se reestrena en Teatro Abierto, bajo la dirección de Raúl Serrano. Publica "El Cruce de Aqueronte", uno de los capítulos de "El Que Tiene Sed"

1985.- "El Que Tiene Sed". Novela.

1986.- PRIMER PREMIO MUNICIPAL DE LITERATURA por "El Que Tiene Sed" (novela).

1989.- "Las Palabras y Los Días". Ensayos.

1991.- "Crónica de un iniciado". Novela.

1992.- "Las Maquinarias de la Noche". Cuentos. PREMIO CLUB DE LOS TRECE a la mejor novela del año por "Crónica de un Iniciado".

1993.- PREMIO NACIONAL ESTEBAN ECHEVERRIA por el conjunto de su obra.

1994.- PREMIO KONEX DE PLATINO al mejor cuentista argentino. Decenio 1984-1994.

1995.- "Teatro Completo". Teatro.

1996.- PREMIO DE HONOR DE LA PROVINCIA DE BUENOS AIRES. Compartido con Ernesto Sábato y Marco Denevi, 1996.

1997.- "Ser Escritor". Ensayos. "Cuentos Completos". Cuentos.

1998.- "El Oficio de Mentir". Doce entrevistas realizadas por María Fasce.

1999.- "El Evangelio Según Van Hutten". Novela. Se le concedieron los premios a la TRAYECTORIA LITERARIA otorgado por los libreros de Buenos, por la Asociación de Distribuidores de Diarios y Revistas, por la Asociación de Artistas Plásticos, y el Lobo de Mar a la Cultura, en Mar del Plata.

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La Caricatura del Horror
Por Abelardo Castillo

Nota aparecida en el Escarabajo de Oro Nº 4, diciembre 1961.

Porque hasta el horror nos llega adulterado, el súbito nazismo que removió la captura de Eichmann, tiene, también, cierta cosa grotesca —de barbarie con minúscula— que no por infame deja de ser ridícula. De ningún modo vamos a aminorar este fenómeno, ni a perderlo de vista. Está ahí, ante nuestros ojos, impunemente fértil. Lo favorece, lo condiciona, la irresponsabilidad de quienes olvidan, o lo fingen, donde acaba lo que empieza por ser una swástica injuriando una pared, o un lamparón, como un cuajo, en el frente de una sinagoga. Ahora, cuando todo el mundo pierde la memoria, nosotros no olvidaremos cómo empezaron, en la Alemania de los años 30, en esa Alemania arrogante que la humanidad, luego, debió aplastar como a un bicho ponzoñoso, aquellos jovencitos animalescos, desvastados moralmente de mal digerida filosofía, marcos en el bolsillo e hipótesis de manicomio, cuyo equivalente pardo por los arrabales de América son éstos, entre afeminados y gangsters de confitería, que lucen gabán azul, metralletas debajo y, en la solapa, una flor federal.

Lo pernicioso de ser imbécil no es —claro— la individual confusión química de ciertas células nerviosas, sino lo otro: la lógica de imbéciles, su consecuencia histórica. Pasa, incluso, con los insectos. Y luego hay que sacar la cama al patio, y prenderle fuego. En eso estamos. Porque es bueno decirlo de una vez: o el intelectual asume la responsabilidad de usar la Torre de Marfil para, empuñándola, blandirla sobre la cabeza de alguien, o viene Atila y nos barre Périrgord, con nosotros dentro. No es casual la aversión patológica que estos muchachos le tienen a la inteligencia. Demuestra que no se equivocaba Goering (o Goebels) cuando gritaba —imaginamos su voz finita, histérica— que al escuchar la palabra cultura sacaba el revólver. Legítima defensa, como se ve. Pero eso no es todo. Como las experiencias que Pavlov realizó entre los monos valen, sin duda, para el nazi, hay siempre el peligro de que un reflejo condicionado le haga apretar el gatillo y mate no sólo a un filósofo, a un escritor o a un artista, sino a cualquier persona decente. La amenaza es grave. Ni siquiera un nazi —un Tacuara, un Mazorca un bobo— dejará de sentirse más o menos Protágoras: inventa, de pronto, un sistema de acuerdo a su estatura. El resultado es un Universo de enanos. Claro que el genio argentino, o está encauzado en otro rumbo, o ni siquiera existe para la infamia.

Con una realidad tan poco gigantesca, hasta el horror, como dijimos al principio, tiene algo de espúreo, de despreciable. Si hubiese que buscar una analogía entre nuestros nazis y sus atroces paradigmas, deberíamos, ridículamente, imaginar ésta: la caricatura defectuosa de un opa. Pero de todo ello no se sigue que, llegado el caso, los hombres sanos no perdamos la paciencia.

No hemos encontrado una sola persona de bien, judía o no, y de la ideología política que se le antoje al lector, que ante la mención de estos Vikings de carnaval haya dudado el remedio: un importante puntapié, donde hace falta. Y a otra cosa. No se trata ya de redactar un cuidadoso manifiesto y, con excelente sintáxis y notorias firmas, repudiar que se tirotée un teatro independiente, se ponga una bomba en otro, se asalte a medianoche un campamento de muchachas hebreas o se escriba en las paredes que, matando un judío, se engrandece el país. No. Se trata de algo menos célebre, más contundente. Y pensamos que hasta el judío, pueblo al que Jehová da paciencia como a otros da hornos crematorios, tiene que acabar por enojarse. Ya es hora de tirar por la ventana esos absurdos prejuicios, que insultan a la grandeza de su historia —una grandeza violenta cuando fue necesario aquel fragoroso desorden, que cantó Déborah, de carros desparramados por el aire y por el agua; o cuando hubo que pasar por encima de Amalec, de sus tribus, y arrimarse a las murallas; o después, cuando a Josué le pareció bien tumbarlas con estrépito, escalar las piedras y comerse alegremente las espigas de Canáan; o cuando un Macabeo les enseñó a borrar antisemitas, aunque fuera sábado, en los despeñaderos de Israel—, prejuicios suicidas, queremos escribirlo, acerca de que lo mejor es hacerse el desentendido. "Evitar represalias" esa intolerable precaución que enarbolan los padres de cada muchacho judío dispuesto a poner un poco de orden en el mundo, sólo se entiende LUEGO de haber puesto un poco de orden; es decir, como actitud estratégica, militar, jamás como estúpida resignación sabática.

Y en cuanto al no-judío, y acordándonos de los 40 millones de cristianos muertos por los nazis, sólo quien no tenga la menor idea de lo que fue el nazismo —de lo que son, en el fondo, todas estas repugnantes teorías raciales más o menos genocidas—, podrá vivir en paz creyendo que un antisemita es, solamente, un antisemita. Creado el mito del "judío esencial", disimulado el verdadero conflicto de la sociedad bajo la apariencia de un problema entre arios y judíos, el antisemitismo hizo posible la implantación de un régimen que, en los hechos, fue la maquinaria de exterminio más feroz que conoció la humanidad. Un vergonzoso sofisma, vergonzoso porque en la mitad de los casos oculta la cobardía, y, en la otra mitad, disfraza una despreocupación criminal, es éste del no-judío que opina: "el problema del antisemitismo importa sólo al hebreo". Deslumbrante fábula. Y a veces hemos sospechado que aún quien eso postula, sabe, en secreto, cuánto miente. Y en estos casos es mejor no averiguar POR QUE miente. Sartre ha escrito: Puesto que somos culpables y que nosotros también corremos el riesgo de ser las víctimas, necesitamos estar muy ciegos para no ver que el antisemitismo es en primer término asunto nuestro. No corresponde en primer término a los judíos hacer una liga militante contra el antisemitismo, sino a nosotros. (J. P. Sartre, "Reflexiones sobre la cuestión judía" pág. 141). Porque un delincuente, un candidato a la lobotomía (quirúrgica o no) que disimula su inutilidad física detrás de una pistola automática, y su insuficiencia mental quemando una biblioteca, o embadurnando el busto de Sarmiento —que si estuviera vivo, sí que nos íbamos a divertir en grande— no es SOLO un antisemita. Es un anticualquier cosa. Un mal bicho al que conviene fumigar pronto, y lo demás es retórica.

La teoría de las razas, que, en Alemania, llegó a la medición del cabello humano para establecer diferencias entre unos, los hijos del fuego ario, y otros, los demonios de nariz ganchuda, es una teoría que se arrima mejor a la cría de ornitorrincos que al análisis de la diferencia entre un hombre y otro hombre. Los pelos, germánicos, hamíticos, semitas o negroides, están del lado de afuera de la cabeza, y lo único que importa a la Historia de la Civilización, es la claridad de adentro. El concepto racial es un concepto zoológico, Unamuno lo dijo. Y nosotros vamos a agregar que no es sólo un concepto, sino una actitud zoológica. El nazi necesita la idea de la raza, de la "otra" raza, sea negra o amarilla o hebrea, para sentirse, él mismo, justificado dentro de un compacto montón donde su inepcia individual pase desapercibida. No pudiendo reivindicar sus propios valores, puesto que no los tiene, el racista, opta por una ilusoria supremacía racial. Se elige a sí misma "raza". Escoge, pues, la animalidad. La acepta para sí.

Hay que dar vuelta del revés, entonces, ciertas nociones, optar nosotros por la antropología y actuar de acuerdo. La idea de una "raza pura" es tanto más bestial cuanto, paradojalmente, la enarbolan siempre individuos despreciables, enfermizos, locos sueltos o mocosos, cuya inteligencia ausente corre pareja sólo con su falta de coraje. Magníficos Adanes, sí, para engendrar el superhombre de Nietzsche. Repudiarlos no basta. Hay que combatirlos. Hay (como dicen por ahí) que hacer patria.

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Las Armas Secretas
Por Abelardo Castillo

Cuentos de julio Cortázar
Edit. Sudamericana. 1959.
Nota aparecida en El GRILLO DE PAPEL Nº 2. 1959

Una elocuente introducción a las Obras en Prosa de Edgar Poe (Universidad de Puerto Rico, 1956); "Torito", cuento publicado por Buenos Aires Literario hace algunos años —reeditado más tarde en Final de Juego, edición mejicana; cierta vaga referencia a la bondad de Bestiario, y el juicio último de Roger Caillois, eran los únicos datos que poseíamos del autor de Las Armas Secretas. Si fuésemos críticos de oficio, y este país otro, conocer tan mal a Julio Cortázar podría resultar imperdonable; pero, por fortuna, nuestro remoto emparentamiento con esa discutible disciplina es fortuito, y, por desgracia, este país es éste. Y en este país, variados críticos pueden afirmar vehementemente que, como propuso Paul Eluard, los elefantes son contagiosos, o negarlo, o plantarse con fervor ante cualquier contemporáneo alboroto de Froncoise Sagan. Pero, pongamos por caso, esos mismos críticos dudarían mucho antes de resolverse a jurar que nuestro Benito Lynch no tiene nada en común con el otro Lynch, el de los juicios sumarísimos.

Entre las diversas anomalías de nuestra literatura, hay ésta: descubrir que también existen buenos escritores argentinos. Descubrirlo, de pronto, en alguna antología francesa, o inglesa, o rusa. Y sucede que Julio Cortázar además de ahora y en el Grillo de Papel, ha dado que hablar en Lettres Nouvelles, N.R.F., Les Temps Modernes y comparte con Balzac, Tolstoi, Merimée y Gógol La Anthologie du Fantastique (edic. Club Francés del Libro): según Jacques Sternberg —y esto corre por su cuenta o por la del autor de la solapa— el cuento de Cortázar que integra aquel volumen es, acaso, el más hermoso.

Y bien. Aún a riesgo de contradecir a algún desprevenido comentarista —que habla de no sabemos cuál visión dramática del hombre moderno— diremos que la narrativa de Cortázar es esencialmente fantástica Y acaso nos gusta por eso.

Esto merece una pequeña disgresión. Para algunos el "fantasma" es una entidad entre metafísica y horrenda que, ululante, acomete misteriosas atrocidades (Oscar Wilde, en "El Fantasma de Canterville", ya satirizó la ineptitud de esta clase de ánimas; Edgar Poe nunca complicó su genial fantasía en la obvia truculencia ni el espiritismo fácil). A nuestro juicio, el género fantástico es un asunto literario, y por supuesto tan válido, tan necesario, como el mejor realismo.

Y los "fantasmas" de Cortázar son realistas: se integran a la dinámica histórica; son —para decirlo con el título de un libro reciente y cotidiano— fantasmas "de por aquí nomás". Actúan, como es lógico —lógico dentro de la ilógica fantasmal del siglo XX— en un mundo nuestro, en un París con trolebuses, afiches de coca-cola y cercano a Buenos Aires por virtud de la correspondencia trasatlántica. Y es justamente a causa de la correspondencia trasatlántica que los personajes de "Cartas de Mamá" intuyen que París, el mundo nuestro, los trolebuses, son dudosamente razonables: las cartas de mamá han empezado a mencionar a Nico. Y el misterio hace trepidar al concreto hombre del portafolio. Porque, claro, Nico ha muerto, hace mucho, en Buenos Aires. Y no es posible que un muerto mande saludos, ni que venga a París. Debe ser un error de Mamá; tiene necesariamente que ser un error de mamá. ¿Necesariamente? ... La precisión de este cuento nos parece magistral, y, aunque de pronto hayamos recordado a las dos veces inmortal Ligeia, no pierde por ello su originalidad. Ocurre que Poe, creador, siempre será anterior a los Orígenes.

El segundo relato es menos convincente, pero de innegable eficacia. Lo insólito, atmósfera que respiran todos los personajes de Cortázar, agobia también a la encantadora Mme. Francinet, aunque en rigor, "Los Buenos Servicios" no es una narración fantástica. Lo paradojal —el hecho de que resulte menos convincente que una fantasía— reside acaso en su elaboración formal. Su primera parte, si bien necesaria para lograr el último asombro del lector, no está resuelta con esa síntesis que hace del cuento una inapelable matemática. En cuanto al tema —la presunta muerte violenta de Bebé y otras equívocas malicias de homosexuales— alcanza a producir más de un perplejo escozor.

En "Las Babas del Diablo" la idea de la foto en cuya razonable inmovilidad repentinamente acontecen extraños sucedidos, no es baladí. El frenesí final, el perpetum mobile donde cae el protagonista —tal vez para siempre y entonces está muerto, o loco, o quién sabe en qué cuarta dimensión— es una prestidigitación que estuvo a punto de convertirse en magia. Faltó, nos parece, esa diabólica racionalización de lo absurdo que, en otro caso, nos hubiese hecho comenzar a mirar de reojo a las fotografías; así como, por virtud de Horacio Quiroga, dormir apoyando la nuca en un almohadón de plumas no es sensato: pueden anidar allí gordas garrapatas.

Dejemos para el final "El perseguidor" que, según creemos, es una historia excepcional, y pasamos a la que da título al volumen. En ella se retoma, desde otro ángulo, el tema de "Cartas de Mamá". Según una técnica en la que Cortázar es maestro, lo extraordinario lo imprevisible, —el fantasma— se introduce solapadamente en el relato. A diferencia de "Cartas de Mamá" aquí llega no por la tácita aceptación de los personajes, sino a pesar de ellos. Al principio es una pertinaz, aunque vaga reminiscencia de cierta ciudad alemana donde Pierre nunca estuvo; más tarde, el preciso recuerdo de una casa —la escalera, el pasamanos, la bola de cristal del pasamanos—; finalmente: el vértigo. Una fuerza oculta, un arma secreta, que se apodera de su voluntad, la desplaza, lo utiliza como instrumento y consuma su poderoso designio vengativo. Es sin duda un gran cuento y, hasta aquí, nos parece antológico. Decimos hasta aquí porque el final es defectuoso. Hubiese ganado en intensidad de haberse podido suprimir el ulterior diálogo entre Roland y Bebette. Por supuesto que era menester explicar cosas, pero pudo lograrse con un artificio más elaborado.

"El perseguidor" según dijimos, nos parece una narración excepcional. Y entonces amenazamos contradecir la abultada autoridad de Caillois. El importante discriminador se pronuncia así: Cortázar después, antes: Borges. Y esto también merece una cautelosa disgresión. Borges, de quien abomina nuestra generación —con una falta de originalidad que explica muchas cosas— tiene, a veces, un talento realmente chocante. Juega a la geometría, claro, pero la geometría de Borges es admirable. De tanto en tanto —como en "Sur", como en la Biografía de Tadeo Isidoro Cruz", como en "El fin"— se avecina al sentimiento. Y puede ser evocativo, y acostumbra a saber que el Aleph es una letra o una magia. Si la esquina es rosada, dibujará el perímetro de un compadrito —el perímetro, porque los compadritos de Borges carecen de adentro— y será el mejor contorno que hayamos leído nunca; será un arquetipo. Pero arquetipo hace pensar en Platón. Los reflejos condicionados de Borges son bibliotecarios. Para él la luna, según confiesa en poema último, no es un inconstante redondel cósmico, sino una reiterada frecuentación a la Enciclopedia Británica, o el octavo endecasílabo de un soneto a Don Pedro Girón endecasílabo que es epitafio sangriento sobre las campañas de Flandres, que a su vez son tumbas. Cortázar en cambio, menos riguroso —sus cuentos suelen tener características de novela corta o relato—, menos sabedor, puede reinventar el ser humano. Justo Suárez, muriéndose tuberculoso en una clínica, es más deportivo que el Tetragramaton, pero también más lacerante; el chico que destruye su jazmín en "Los venenos" nos duele en la infancia de hace poco, no en la remota y múltiple infancia de los Ciclos. Esta diferencia se advierte claramente en "El perseguidor". Puede objetarse (nuestros siempre malinformados críticos no han reparado en ello, hasta el momento al menos) que este relato no es meramente ficción, y que, la alucinada parábola de Johnny Carter es verídica; pero, a pesar de todo, creemos —oscuros comentaristas improvisados— que en lo que tiene de elaboración artística es una pieza narrativa difícil de superar.

El cuento está dedicado a Ch. P. Y nosotros adivinamos que Johnny, el negro tocador de saxo, el desgarrado perseguidor de una música inexistente, el que rebotando del mundo se descalza para estar más pegado a la tierra, no es otro que "el pájaro", el maravilloso Charlie Parker. Aquella forma oscura de Van Gogh, de Poe, de Dostoievski, que se atragantaba de cocaína para soñar que sí, que se puede, que es necesario y se puede alcanzar ESO. Por momentos Johnny se empina, olvida que su saxo es casi ridículo, y agarra con la punta de los dedos la grandeza. El contacto es dramático, desesperado, pero dura lo que una imaginería de adormideras. Porque la grandeza sólo se queda con quien la atrapa irrevocablemente, cerrando el puño con ella adentro. El saxo de Johnny tiene algo de grotesco: uno no imagina que los arcángeles puedan tocarlo. Johnny no podía ser inmortal, no podía serlo porque iba a morir torpemente y los inmortales mueren de acuerdo a la plegaria de Rilke. Su frustración es terrible: está condenado a improvisar melodías que nadie recordará —y uno Piensa en aquellos cantantes que nacieron antes de la grabación fonoeléctrica— porque mueren cuando el sonido cesa. Queda algún disco, es cierto, pero él sabe que no era eso lo que quería grabar y quiere destruirlo. Porque Johnny —Charlie— participa de la desesperación del genio, aunque no participe de la genialidad.

Sin "El perseguidor", Las Armas Secretas hubiera sido un nuevo libro de Julio Cortázar, uno de los mejores cuentistas argentinos —un gran cuentista que urde malicioso, exacto a veces, el mecanismo del misterio o la sorpresa—; con "El Perseguidor" el libró adquiere una dimensión repentinamente humana. Podemos aplicar a Cortázar un juicio que él mismo ha escrito: es culpable de literatura, nada le gusta más que imaginar excepciones, individuos fuera de la especie, monstruos no siempre repugnantes. Es cierto. Pero a veces también es culpable de humanidad. En "El perseguidor" esta culpa alcanza su expresión más bella.