dimanche 8 mars 2015

Daniel ARJONA/ Bajo el signo de Venus

Bajo el signo de Venus
Por Daniel ARJONA

Una antología de novelas eróticas de los siglos XVIII y XIX preparada por Mauro Armiño revela la actualidad del sexo en tiempos de libertinos.

Sade dio nombre a lo “sado” pero quizás es menos conocido que la segunda rueda de la bicicleta erótica de moda hoy gracias a las andanzas de Christian Grey, el “masoquismo”, se debe al alemán Leopold von Sacher-Masoch. Entre los siglos XVIII y XIX recorre Europa una impúdica literatura erótica que revela unos usos amatorios (lesbianismo, prostitución, BDSM...) sorprendentemente modernos. Mauro Armiño ha reunido las ocho novelas más representativas en Los dominios de Venus.

Erika Leonard James -alias E.L. James- no escribirá como los ángeles pero sabe dónde buscar sus historias. Siglo y medio antes de que la escritora estadounidense despachara 35 millones de ejemplares de una trilogía que gira en torno al contrato de sumisión sexual que el hierático Grey invita a firmar a la joven Anastasia Steele, existió otro contrato similar: el que Severin von Kusiemski rubrica con Wanda von Dunajew en La Venus de las pieles. Así, la autora deCincuenta sombras de Grey encontró en la novela de Sacher-Masoch -o tal vez en la película homónima de Roman Polanski- una receta tan multimillonaria como añeja. El llamado “porno para mamás” no sería más que la enésima y descafeinada onda de choque de la explosión erótico-literaria que sacudió Europa en los siglos XVIII y XIX. 

O al menos a sus élites. Porque el libertino dieciochesco que alborota los salones parisinos es una creación de los dueños de la sociedad, como explica Mauro Armiño -traductor de Proust, Balzac, Maupussant o Casanova- en el prólogo a Los dominios de Venus (Siruela, 2015), la antología de narrativa erótica europea de los siglos XVIII y XIX en la que ha reunido ocho novelas emblemáticas, La Venus de las pieles entre ellas.

El 'porno para mamás' no sería más que la enésima onda de choque de la explosión erótica-literaria del XVIII y del XIX

Armiño recuerda que el libertinaje se empezó a popularizar en el reinado de Luis XIV (1638-1715) “y por supuesto se daba entre las clases superiores. El esplendor de los primeros años del reinado de Luis XIV va acompañado, con el propio rey -que sitúa a su favorita Madame de Lavallière al lado del trono junto a la reina María Teresa de Austria- como ejemplo de una vida sexual muy activa y diversa. Los aristócratas mueren como moscas por enfermedades venéreas, empezando por el Gran Delfín, el heredero del trono, y siguiendo por los Condé y los Conti, las segundas familias del reino. Ese esplendor del libertinaje en tiempos del rey Sol se difundió por toda la aristocracia”.

Incautación en palacio

Armiño urdió en 2008 la antología Cuentos y relatos libertinos, con Voltaire o el marqués de Sade como invitados. Pasar del cuento a la novela y ampliar el espacio temporal no fue tarea fácil: la producción erótico-literaria de aquellos siglos es “inmensa”. “Se pone de moda en los salones y la censura, que la hay, no puede hacer nada porque los apasionados lectores pertenecían a la clase aristocrática que practicaba las costumbres licenciosas descritas; por ejemplo, la policía incautó 1.200 ejemplares de El portero de los cartujos en el mismísimo palacio de Versalles, junto a la capilla, en la cámara del predicador del rey”.

Los dominios de Venus levanta una pasarela de prácticas sexuales profusa y desacomplejada. A saber: del anticlericalismo de El portero de los cartujos, atribuida a Gervaise de Latouche, o la Teresa filósofa, de Boyer d'Argens a la descripción en primera persona, naturalista e inédita, del deseo femenino en laFanny Hill del inglés John Cleland o de la prostitución masculina en El libertino de calidad, firmada por el conde de Mirabeau. Del lesbianismo orgulloso del Gamianide Alfred de Musset o el trazo grueso y escatológico de la Carta a la Presidenta, de Téophile Gautier, al análisis psicológico del sadomasoquismo en La Venus de las pieles de Sacher-Masoch o en La mujer y el pelele, de Pierre Louÿs. 

¿Novela libertina? ¿Erotismo? ¿Pornografía? D.H. Lawrence sentenció que “lo que para uno es pornografía para otro es la risa del genio”, pero aunque es cierto que las definiciones se superponen y difuminan, sí es posible señalar cierta graduación. 

En el arranque del XVIII, la reacción al romanticismo pusilánime que tan bien ejemplifica la Clarissa de Richardson, el gran bestseller de su tiempo, impone una nueva “ley del placer” de tintes claramente “eróticos”. La triunfal novela erótica barre con la primigenia idea libertina del amor como una carrera de obstáculos y con su lenguaje elusivo. “Los protagonistas tienen desde principio clara la compulsión del deseo. Se pasa directamente a la acción sin oratorias retóricas”, según Mauro Armiño. Pero no nos choca aún la explícita dureza de la pornografía que desgrana todas las variantes imposibles e imposibles de las relaciones sexuales en la obra del Marqués de Sade, en La filosofía en el tocador o en Las 120 jornadas de Sodoma. El “divino marqués” -como lo bautizaron Breton y los surrealistas- agota la parte física de las relaciones sexuales, y descubre para el psicoanálisis la idea del dolor ajeno como motor de sexualidad.

La licenciosa Inglaterra

Si seguimos el periplo de la literatura erótica francesa en otros países comprobamos cómo la exaltación libertina de los más pudientes entronca con una larga tradición de literatura popular más o menos pornográfica. En la licenciosa Inglaterra del XVIII, antes del cierre victoriano, autores como Defoe, Swift, Richardson pero también escritoras menos conocidas pero muy leídas como Aphra Behn o Eliza Haywood consiguen el favor del público a golpe de tramas escandalosas y sentimentales, en ocasiones de un subido color erótico. Un público que, según explican José Santaemilia y José Pruñonosa en el prólogo a su edición de Fanny Hill publicada en Cátedra y seleccionada por Armiño para su antología, “era una clase media cuya preparación intelectual no exigía complejidades estructurales”.

Fanny Hill es una novela admirable. Su autor, John Cleland, la escribió en 1748 tras dar con sus huesos en la cárcel por deudas. Gracias a su éxito pudo abonar las 840 libras que debía (unos 120.000 euros de 2014) y salir de la prisión para volver a entrar en ella inmediatamente junto a su editor y el impresor del libro.Fanny Hill anduvo prohibida 100 años y, en realidad, no pudo adquirirse libremente hasta 1970. En la distintiva obra de Cleland la inicialmente ingenua Fanny narra su descubrimiento del placer en primera persona. Ya en las primeras páginas anuncia su intención de contar “la parte más ligera de mi biografía escrita con la misma libertad con la que la viví”. Es ella la que elige y convierte a los hombres en lo que las mujeres representaban hasta entonces: artículos de lujo, fuente exclusiva del placer ajeno.

“Estas novelas recogen sobre todo”, nos explica Mauro Armiño, “la liberación de las represiones, desde el anticlericalismo de las primeras novelas eróticas, comprensible dado que la Iglesia se había encargado de poner freno a la libertad sexual durante toda la Edad Media, hasta las psicológicas. Los primeros protagonistas (El portero de los cartujos, Teresa filósofa) pertenecen a órdenes religiosas. Los conventos eran entonces, salvando las vocaciones, un aparcamiento de malcasadas, de viudas de la aristocracia, de jóvenes que, por carecer de dote, no podían aspirar a lo que para los padres sería una buena boda. Esas novelas, con su didactismo filosófico, se convierten en una sátira del libertinaje de la vida monástica contra el que existían críticas internas desde Lutero, y que llevaron a reformas en Francia, en España (como las de Teresa de Jesús), etc. Una vez pasado ese primer periodo, la novela hila más fino, se centra en los grupos sociales y en el individuo, descubre repliegues del comportamiento humano desconocidos literariamente hasta entonces”.

Una implantación perversa

Michel Foucault denunció en su inacabada Historia de la sexualidad una suerte de “implantación perversa” que en el XIX desplazó las formas de sexualidad no normativas a los arrabales de la sociedad. “Lo propio de las sociedades modernas no es que hayan obligado al sexo a permanecer en la sombra, sino que ellas se hayan destinado a hablar del sexo siempre, haciéndolo valer, poniéndolo de relieve como el secreto”. Disolvía así esa paradoja decimonónica que se sigue de la coexistencia de la contrarrevolución victoriana -que sólo admite el sexo conyugal fuertemente reglamentado- y el auge inédito de la prostitución, las enfermedades venéreas y la pornografía. “La implantación de las perversiones es un efecto-instrumento: merced al aislamiento, la intensificación y la consolidación de las sexualidades periféricas, las relaciones del poder con el sexo y el placer se ramifican, se multiplican, miden el cuerpo y penetran en las conductas. Y con esa avanzada de los poderes se fijan sexualidades diseminadas, prendidas a una edad, a un lugar, a un gusto, a un tipo de prácticas”. 

Por su parte, el también pensador francés George Bataille arremete en su inédita Historia del erotismo que acaba de publicar en español el sello Errata Naturae contra el “hombre ser vil” y utilitarista que hoy gobierna en todas partes y cuya constitución histórica pasó por imponer un erotismo práctico, contable y de consumo, aniquilando así la riqueza y razón última de ser del erotismo, “que no puede servir para nada”. “Según el dicho popular, ‘de todo hay en la viña del Señor', prostitutas y santos, canallas y hombres de incomparable generosidad, pero ese dicho no es propio del pensamiento oficial, que reduce al hombre a lo neutro y que niega tal conjunto solidario, donde se unen el espíritu de sacrificio y las lágrimas con las matanzas y francachelas”.

Fue precisamente el afán por interpelar directamente a la ambivalente naturaleza humana lo que cebó, como muestran las historias recogidas en Los dominios de Venus, la novelística erótica. Pero después de Sade, ya avanzado el XIX, es difícil no repetirse. La solución pasa por divertirse. Así, nace una simpática escuela literaria que rinde tributo a la escatología. Su capitán es Théophile Gautier, un día exquisito y romántico poeta y al siguiente extravagante y “cerdo” (como se llamaba a sí mismo) corresponsal. Gautier frecuentaba el muy cálido salón de la simpar Apollonie Sabatier, mujer excepcional que, según el testimonio de los grandes escritores de su tiempo, rompía todos los moldes usualmente atibuidos a su sexo. Fue a ella a quien dirigió Gautier, bajo pseudónimo, su muy popular Carta a la Presidenta, un ramillete de epístolas “tan idiotas como repugnantes”, según Camille Mauclair, biógrafo de Baudelaire, que supone la exageración paródica de la narración erótica. Como ejemplo del tenor de los escritos, léase esta descripción de la entrepierna de las ginebrinas: “Si es que se puede llamar coño a esa máquina de hacer relojeros que las protestantes llevan entre sus descarnados muslos, bajo una rala mata de pelos a los que las menstruaciones obliga a hacer de pincel”. 

Una nueva pauta sexual

Las dos piezas que cierran la antología de Siruela -La Venus de las pieles y La mujer y el pelele- ilustran las primera prácticas sadomasoquistas en la forma cacónica en la que se reconocen actualmente: contratos de servidumbre sexual, azotes, látigos y otros artilugios. Se trata de una “nueva pauta sexual”, como la describe Mauro Armiño que tiene en el alemán Leopold von Sacher-Masoch, con permiso del marqués de Sade, su primer y más célebre registrador y en La Venus de las pieles su obra de referencia. Durante un viaje al Tirol, un trasunto del autor que responde al nombre de Severin von Kusiemski, conoce a una joven viuda perteneciente a la nobleza, Fanny von Pistor, con la que firmará su primer contrato, por seis meses, prorrogable a un año más, de pérdida de libertad y entrega absoluta a la dominación de Fanny. La ruptura se produce cuando esta mujer incumple una de las exigencias: carece de gusto por la belleza. Más suerte tendrá con la segunda firmante del contrato, Aurora Rumelin, quien acabaría convirtiéndose en esposa literaria y real de Sacher-Masoch con el nombre de Wanda von Dunajew.

La mujer ideal para Sacher-Masoch sería una sádica que torturaría hasta la muerte a su pareja, de ahí que, al no alcanzar ese desenlace, el masoquista resulte decepcionado, según argumentó Gilles Deleuze, que estudió desde la psiquiatría y el psicoanálisis las propuestas del autor. La venus de las pieles tuvo un tremendo éxito. Fue adaptada al cine cinco veces, -por Jess Franco, Massimo Dallamano o, recientemente, en 2013, Roman Polanski- y The Velvet Undergroud se inspiró en ella para su canción Venus in Furs. Por no hablar de Grey y sus sombras...

Según Mauro Armiño, “Sacher-Masoch ofrece la otra cara de la moneda: el dolor propio como fuente de placer; dolor sentimental de ver a la pareja en situaciones eróticas con otros, y, como colmo, dolor físico causado por esas parejas sobre el protagonista”. Cuando le preguntamos por el fenómeno de Cincuenta Sombras de Grey que tanto debe a la novela de Sacher-Masoch, Armiño admite haber recibido “sus ecos, pero no he pasado, una vez conocidas las referencias, de los ecos”.

***
Los Pirineos: cordón sanitario

En los primeros y convulsos compases del XIX, los grupos ilustrados de la sociedad española se apuntan con muchas duda a las heterodoxas filosofías materialistas que cruzan, con muchas dificultades, los Pirineos. Naturalismo, empirismo, ateísmo o libertinismo irrumpen en escena y con ellos las reuniones de petimetres y petimetras, majas y majos. 

La prostitución y las enfermedades venéreas se disparan, como refleja, entre otros, Jovellanos, y nacen las primeras sociedades secretas pornográficas como La Bella Unión, auténtico “club liberal” formado por militares, nobles y políticos que las autoridades acabaron desmantelando con gran escándalo de la Corte. Pero, como nos relata Mauro Armiño, España quedó en gran parte “al margen de la guerra de religiones y la Iglesia controló de forma severa la sexualidad, sus formas de expresión y los libros; por ejemplo, el francés posee muchos más términos eróticos o pornográficos que el español. Frenaron toda la literatura de ese carácter el Índice de libros prohibidos, la censura a posteriori y el Juzgado de Imprentas, dependiente del Consejo de Castilla. En el momento de la Revolución Francesa, por ejemplo, el ilustrado Floridablanca, primer ministro de Carlos III, se jactaba de haber puesto en los Pirineos el cordón sanitario más seguro de toda Europa frente a las ideas revolucionarias. Aquí la Ilustración española fue, ante todo, católica y estuvo tutelada y controlada: apenas hay en literatura ejemplos de erotismo: El arte de putear de Moratín padre, o El jardín de Venus de Samaniego. Visor acaba precisamente de editar elAlbum de Venus seguido del Arte de putear de Moratín en edición de Álvaro Piquero. El texto, que se escenificó recientemente sobre las tablas en el Teatro Fernán Gómez de Madrid, recoge las dos principales poemarios “verdes” que circulaban tiempo ha pero que no se reúnen clandestinamente hasta 1815-1820 y no se editan en imprenta oficial hasta un siglo después. Son, sin embargo, “la manifestación de un mundo vitalista, alegre y jovial que tiene poco que ver con el desarrollo del erotismo”.

Canción

Cantar, goza y beber
es placer,
danzar, besar y reír
en medio de mil mujeres,
es en el mundo sentir
el placer de los placeres
Príapo, ven a mi lado
Coronado
con hojas de vid temprana
ven con flautas y timbales,
con vista alegre y liviana,
sátiros y bacanales,
y arrastra tras ti borrachas, mil muchachas;
ven derramando licores,
y al rechinar de mi cama,
haz que canten cien cantores
los hechizos de mi dama.

***
Los dominios de Venus
Pasajes

Páginas iniciales de El portero de los cartujos, la primera novela recogida por Mauro Armiño en Los dominios de Venus, la antología erótica de los siglos XVIII y XIX que acaba de publicar Siruela.

Historia de Dom B…, portero de los cartujos
Gervaise de Latouche 

¡Qué dulce gozo para un corazón desengañarse de los vanos placeres, de las frívolas diversiones y de las peligrosas voluptuosidades que lo unían al mundo! Una vez que vuelve a sí mismo tras una larga serie de extravíos, y en medio de la calma que le procura la feliza privaciín de lo que en el pasado era objeto de sus deseos, aún siente esos estremecimientos de horror que deja en la imaginación el recuerdo de los peligros a los que ha escapado; pero sólo los siente para felicitarse por la seguridad en que se encuentra: estos movimientos llegan a ser para él sentimientos queridos, porque sirven para hacerle saborear mejor los encantos de la tranquilidad de que goza. 

Tal es, lector, la situación del mío. ¡Cuánto no debo agradecer al Todopoderoso, cuya misericordia me ha retirado del abismo del libertinaje en que estaba sumergido, y hoy me da fuerzas para escribir mis extravíos para edificación de mis hermanos! 

Soy el fruto de la incontinencia de los reverendos padres celestinos de la ciudad de R. Digo los reverendos padres porque todos alardeaban de haber participado en la composición de mi individuo. Pero, ¿qué asunto me detiene de pronto? Mi corazón está agitado: ¿es por temor a que se me reproche que revelo aquí los misterios de la Iglesia? ¡Ah! Superemos ese débil remordimiento:
no sabemos que todo hombre es hombre, y los monjes sobre todo? Por lo tanto tienen la facultad de trabajar en la propagación de la especie. ¡Eh!, ¿por qué iba a prohibírseles si lo hacen tan bien? 

Quizá lector esperéis impaciente que os haga un relato detallado de mi nacimiento. Lamento no poder satisfaceros tan pronto en ese punto, y por ahora vais a verme en casa de un afable campesino al que durante mucho tiempo tomé por padre. 

Ambroise era el nombre de aquel buen hombre, jardinero de una casa de campo que los celestinos tenían en un pequeño pueblo a varias leguas de la ciudad; su mujer Toinette fue elegida para servirme de nodriza: un hijo que había traído al mundo, y que murió en el momento en que yo vi la luz, ayudó a velar el misterio de mi nacimiento; enterraron en secreto al hijo del jardinero, y pusieron en su lugar al de los monjes: el dinero lo consigue todo.

Crecía poco a poco, siempre en total ignorancia y creyéndome hijo del jardinero; me atrevo a decir, sin embargo, (perdóneseme este pequeño rasgo de vanidad) que mis inclinaciones revelaban mis orígenes. No sé qué influencia divina actúa sobre las obras de los monjes: parece que la virtud del hábito se comunica a todo lo que tocan, y Toinette lo demostraba. Era la hembra más fogosa que nunca haya visto, y he visto unas cuantas: era gorda pero apetitosa, ojillos negros, nariz respingona, vivaracha, apasionada, más de lo que suele serlo una aldeana. Hubiera sido un entretenimiento excelente para un hombre de bien, júzguese para monjes. Cuando la granuja aparecía con su corsé de los domingos, que le ceñía unos pechos que el sol siempre había respetado, y dejaba ver dos tetas que rebosaban, ¡ah!, en ese momento ¡cómo sentía yo que no era hijo suyo! ¡O de que buena gana habría pasado por alto esa condición! Todas mis disposiciones eran monacales. Guiado sólo por el instinto, no veía una muchacha a la que no abrazase, y en la que no llevase mi mano a todos los sitios donde ella tuviera a bien dejarla ir; y, aunque no supiese positivamente lo que habría hecho, mi corazón me decía que habría hecho más si no me hubieran detenido.

Un día que me creían en la escuela, me había quedado en el cuchitril donde dormía. Un simple tabique lo separaba de la habitación de Ambroise, cuya cama se apoyaba precisamente contra aquella pared. Estaba dormido, hacía mucho calor, era en pleno estío, y de pronto fui despertado por las violentas sacudidas que oí dar en el tabique. No sabía qué pensar de aquel ruido, cada vez más fuerte; prestando atención, oí unos sonidos anhelantes y trémulas palabras sin ilación y mal articuladas. «¡Ay!..., más despacio, querida Toinette, no vayas tan deprisa. ¡Ay, bribona..., me haces morir de placer! ¡más deprisa! ¡Eh, deprisa! ¡Ay!..., me muero».

Sorprendido de oír semejantes exclamaciones cuya energía no captaba en su totalidad, me incorporé: apenas me atrevía a moverme. Si se hubiera sabido que estaba allí, podía temer cualquier cosa, no sabía qué pensar, estaba muy preocupado. La inquietud que me embargaba no tardó en dejar paso a la curiosidad. Volví a oír el mismo ruido, y creí distinguir que un hombre y Toinette repetían alternativamente las mismas palabras que ya había oído; idéntica atención de mi parte: el deseo de saber lo que ocurría en aquella habitación se volvió al final tan viva que acalló todos mis temores. Decidí saber lo que pasaba; estoy seguro de que de buena gana habría entrado en la habitación de Ambroise para ver lo que ocurría, arriesgándome a todo lo que hubiera podido sobrevenir. No hubo necesidad: tanteando despacio con la mano por ver si encontraba algún agujero en el tabique, sentí que había uno cubierto por una gran imagen religiosa. Lo perforé, y vi luz. ¡Qué espectáculo! Toinette, desnuda como la mano, tendida sobre la cama, y el padre Polycarpe, superior del convento, que vivía en la casa desde hacía un tiempo, desnudo como Toinette, haciendo... ¿qué? Lo que hacían nuestros primeros padres cuando Dios les ordenó poblar la tierra; pero con circunstancias menos lúbricas. 

Aquella vista produjo en mí una sorpresa mezcla de alegría y de un sentimiento vivo y delicioso que me habría sido imposible expresar. Sentía que habría dado toda mi sangre por estar en el lugar del monje: ¡cómo lo envidiaba! ¡Qué grande me parecía su felicidad! Un fuego desconocido se deslizaba por mis venas, tenía el rostro encendido, mi corazón palpitaba, contenía aliento, y la pica de Venus, que empu- ñé con la mano, era de una fuerza y de una rigidez capaz de derribar el tabique si hubiera empujado un poco fuerte. El padre terminó su carrera y, al retirarse de Toinette, la dejó expuesta a todo el ardor de mis miradas. Ella tenía los ojos moribundos y el rostro cubierto del rojo más vivo, jadeaba, los brazos le colgaban inertes, su pecho subía y bajaba con una precipitación sorprendente: de vez en cuanto apretaba el trasero poniéndose rígida y lanzando grandes suspiros. Mis ojos recorrían con una rapidez inconcebible todas las partes de su cuerpo; no había una sola sobre la que mi imaginación no estampase mil besos de fuego. Chupaba sus tetas, su vientre; pero el lugar más delicioso, y del que mis ojos ya no pudieron arrancarse una vez que los hube fijado allí, era... ¡Ya me entendéis! ¡Cuántos encantos tenía para mí aquella concha! ¡Ay, qué adorable colorido! Aunque cubierta por una especie de espuma blanca, a mis ojos no perdía nada de la vivacidad de su color. Por el placer que sentía, reconocí el centro de la voluptuosidad. Estaba sombreado por un pelo espeso, negro y rizado. Toinette tenía las piernas separadas. Parecía que su lascivia estuviese de acuerdo con mi curiosidad para no dejarme nada que desear.

El monje, tras recuperar el vigor, fue de nuevo a presentarse al combate; se colocó encima de Toinette con renovado ardor; pero sus fuerzas traicionaron su valentía, y fatigado de picar inútilmente a su montura, lo vi retirar el instrumento de la concha de Toinette, flojo y con la cabeza gacha. Despechada por esa retirada, Toinette lo cogió y se puso a menearlo; el monje se agitaba con furia y parecía no poder soportar el placer que sentía. Yo analizaba todos sus movimientos sin otra guía que la naturaleza, sin otra instrucción que el ejemplo, y, curioso por saber qué podía provocar aquellos movimientos convulsos del padre, buscaba su causa en mí mismo. Estaba sorprendido de sentir un placer desconocido que aumentaba insensiblemente, y por fin se volvió tan grande que caí desfallecido en mi cama. La naturaleza hacía unos esfuerzos increíbles, y todas las partes de mi cuerpo parecían contribuir a los placeres del instrumento que yo acariciaba. Finalmente cayó ese licor blanco, del que había visto una profusión tan abundante en los muslos de Toinette. Volví de mi éxtasis y retorné al agujero del tabique, pero ya era tarde: la última mano se había jugado, la partida estaba acabada. Toinette se vestía, el padre ya lo estaba. 

Permanecí durante un tiempo con el espíritu y el corazón dominados por el lance del que acababa de ser testigo, y en esa especie de aturdimiento que experimenta un hombre que acaba de ser herido por el resplandor de una luz extraña. Iba de sorpresa en sorpresa: los conocimientos que la naturaleza había puesto en mi corazón acababan de desarrollarse, las nubes con que los había cubierto se habían disipado. Reconocí la causa de los distintos sentimientos que sentía cada día a la vista de las mujeres. Esa imperceptible evolución de la tranquilidad a los impulsos más vivos, de la indiferencia a los deseos, había dejado de ser un enigma para mí. «¡Ah! -exclamé-, ¡qué felices eran! La alegría enloquecía a los dos. ¡Qué grande ha de ser el placer que disfrutaban! ¡Ah... qué felices eran!». La idea de esa felicidad me absorbía: por un momento me privaba de la posibilidad de pensar en ella. Un silencio profundo sucedía a mis exclamaciones. «¡Ah! -continuaba enseguida-, ¿nunca seré mayor para hacer lo mismo con una mujer? Moriría encima de ella de placer, ya que acabo de tener tanto. Sin duda, no ha sido más que una débil imagen del que disfrutaba el padre Polycarpe con mi madre. Pero -proseguí-, qué simple soy: ¿es absolutamente necesario ser mayor para tener ese placer? Pardiez, me parece que el placer no se mide por la altura; con tal de estar uno encima de otro, eso debe ir sobre ruedas». 


Articulo: http://www.elcultural.es 27/02/2015

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