dimanche 8 mars 2015

Danubio TORRES FIERRO/ El rebelde Domesticado

Revista Claves de Razón Práctica nº 238
El rebelde Domesticado
Por Danubio TORRES FIERRO

Mujica ha elegido ser un personaje que reúne, o quisiera reunir, los trazos nobles de héroe y rebelde de José Artigas.

El Uruguay disfrutó, en buena parte del siglo XX, de una imagen positiva que se ensució, primero, en la etapa de la explosión de la guerrilla de cuño guevarista y, después, en la consiguiente dictadura militar engendrada por aquella. Esa imagen positiva resurgió, algo malherida y marchita, con la vuelta a la democracia, en 1985, al cabo de una transición política que se llevó adelante con andadura consensuada y sin alarmas sociales. De aquel 1985 al 2002 se extendieron unos tiempos de reconquista y reencauzamiento paciente de la normalidad; unos tiempos que, incluso al hacer lugar a unas alternancias políticas en el poder, se cerraron como periodo reconstructor con el triunfo de las izquierdas reunidas en el Frente Amplio en las elecciones del año 2003.

Ahora, ya entrado el nuevo milenio, aquella maltrecha imagen positiva muy siglo XX del país parece haber recuperado sus antiguos brillos alentada –se asegura implícita o explícitamente– por la figura del presidente José Mujica. Hay que argumentar, sin embargo, que tanto la imagen positiva del siglo pasado como la de este siglo se benefician de un transcurso histórico disciplinado, sin sobresaltos mayores, y de una tradición política y un desarrollo social que hicieron del país un remanso entre las turbulencias regionales, un ejemplo del ejercicio de un Estado de bienestar y un caso excepcional en lo que toca a una legislación social generosa y avanzada, casi toda ella alcanzada dadivosamente en el correr de las décadas gloriosas y esperanzadas que se situaron entre 1930 y 1950, las décadas en que unas naciones europeas en crisis posbélica arrimaron prosperidad a las comarcas de ultramar. La simpatía (a veces clara y a veces reticente) hacia el país de sus vecinos inmediatos seguramente se basa también en el hecho de tratarse de un territorio pequeño, con población escasa (3.400.000 habitantes), sin contrastes sociales violentos, con una ciudad capital amable (Montevideo) y unas playas hermosas cuya secuencia extendida culmina en un balneario (Punta del Este) vuelto famoso entre el turismo pudiente.

Se trata, el uruguayo, de un destino histórico (y geográfico) hecho realidad. En efecto, después de ser una área de transición entre dos colonizaciones (la española, la portuguesa), surge y se afirma un Estado-tapón cuya tarea principal es amortiguar las ínfulas de dos vecinos grandes (Brasil, Argentina) y enfriar las rencillas entre ellos, a menudo muy barulleras. Gran Bretaña, Brasil y Argentina, cada una a su manera pero los tres en conjunto y al unísono, estuvieron asistidos de razón al promover el nacimiento de tal Estado singular: para asegurar y mantener su equilibrio interior, la región necesitaba de ese enclave estratégico tranquilizador. Y el Uruguay, en ese esquema geopolítico (y, cabe susurrar, mental), cumplió a cabalidad su papel: parió una sociedad institucional responsable en la que el sentimiento de pertenencia es casi una forma de parentesco exaltado, en la que se vive con una especie de inconsútil estado de alerta emotivo y moral y con una conciencia crítica de su abultadísima dependencia exterior.

Una sociedad, también, en la que la política es una religión pública que día a día, incansablemente, osa decir su nombre; en esa plaza pública, todos son sabios, todos opinan y todos tienen razón en medio del reino, vastamente tentacular, de un credo laico. Todos, sí, y todo, tienen una entraña política dura que no cede espacio a nada que no sea ella misma, que arrasa con las indiferencias o las incredulidades y que obliga a tomar posiciones. Y algo más. Al convertirse, en fechas tempranas de su evolución histórica, en una democracia de rasgos modernos que canceló de un golpe los remanentes de la democracia primitiva, el Uruguay creó, en sentido estricto y en sentido amplio, una sociedad abierta. Plural, tolerante, razonablemente instruida, moderadamente optimista. Así, en esa reconcentrada y progresiva atmósfera de ideas y de sentimientos, no resultó sorpresa ni fue motivo de escándalo que en 2004 la coalición llamada Frente Amplio llegara al poder después de tener en sus manos por varios años la Intendencia de Montevideo y cuando, a dos décadas vista de la transición política, los integrantes de las izquierdas que conformaban ese partido político eran ya parte constitutiva de la clase dirigente del país. La quiebra del bipartidismo tradicional, representado por el
Partido Nacional y el Partido Colorado, escribió las cláusulas de una crisis anunciada: la fatiga administrativa y el desgaste ideológico de esas banderías eran patentes. Nótese, como corolario, que nada se manifiesta con exceso rompedor en el Uruguay y que nada, tampoco, al cumplirse, regala una realización que no sea en gran medida fútil, intrascendente. ¿Legalización del uso de la marihuana? ¿Casamiento entre personas del mismo sexo? Leyes bienvenidas y vacuas, leyes simbólicas y cuya letra viva persiste pero no cunde. La moderación (ese otro nombre del arielismo del ilustrísimo don José Enrique Rodó, ese otro nombre de las conquista sociales y políticas asentadas en una permisividad sin tasa de seculares raíces positivistas) es en ese escenario, para bien y para mal, una piedra de toque.

A comienzos de 2010, José Mujica sucedió a Tabaré Vázquez en la presidencia. Si en 2003 la elección de Vázquez respondió al hallazgo de una figura que, como la suya, fue capaz de garantizar un equilibrio entre las corrientes políticas diferentes que integran la coalición frenteamplista y de los sectores sociales distintos que la apoyan, aglutinando a unas y otros bajo su Gobierno y situándolos en un centro equidistante de los extremos, en 2009 la elección de Mujica parecía haberse situado en un principio de síntesis similar pero mucho más volcado (al menos en la verba de los dichos y en las promesas de una campaña electoral que la memoria recuerda ríspida) hacia lo que suele considerarse una izquierda pura y dura. Exguerrillero tupamaro (una categoría que para algunos jóvenes sin memoria de los años de plomo puede, gracias a la ignorancia y la mistificación, incluir una dosis considerable de brillo épico), expresidiario y extorturado por la dictadura militar, exministro de Agricultura de actuar deslucido en el Gobierno Vázquez, Mujica, y con él su agrupación política, para aquella fecha histórica de 2003, cuando se operó el primer triunfo electoral nacional del Frente Amplio, ya se habían desentendido de su pasado y se habían reconvertido al pragmatismo de lo real, y algo más y más decisivo: se habían sumado a la legalidad democrática y habían trabajado a favor de ella. Hijos putativos del ciclo de las ideologías agresivas estimuladas por el periodo de la guerra fría, por un lado, y de la ampliada globalización de signo capitalista mundial, por otro, eran –y lo son aún– también hijos rehabilitados, y acaso íntimamente desconcertados, de unas izquierdas que desde la bancarrota soviética están desasistidas de sus santos patrones y sus catequesis dogmáticas, fueran estas ortodoxas o heréticas. Su único avatar tutelar era –y es aún– un tótem llamado Fidel Castro. Cabe agregar aquí que, en ese su itinerario bizarro, esos hijos de la revolución descastados nunca fueron amigos de practicar públicamente la autocrítica de la culpa y menos aún accedieron al acto limpio de la contrición.

Dispuesto así el paisaje de las elecciones de 2009, la pregunta central consistía en interrogarse acerca de si nada había que temer del político Mujica aunque sí del hombre (y del personaje que ese hombre envolvía) Mujica. No debe olvidarse que Mujica representaba, cuando su contundente triunfo electoral, el caso típico de una transferencia del prestigio de las ideologías clásicas, que en esas fechas comienzan a perder su capacidad para explicar el mundo, al prestigio arcaico pero camaleónico de un caudillismo de tintes populistas y paternalistas que se siente propietario de casi todas las verdades humanas y divinas. Se trata de un caudillismo rabiosamente antiintelectual con notoria vocación profética, cuyo primer trámite político es confiar en los alcances superiores de su propia voz retumbante, como lo ha probado con creces la trayectoria de gente como Mujica, Cristina Fernández, Evo Morales y el difunto Hugo Chávez.

Hay algo llamativo en el personaje que se ha construido José Mujica que suele alentar la simpatía tanto dentro como fuera del Uruguay y en especial en la vecindad del Cono Sur. Él, Mujica, ha elegido ser un personaje que tiene sus propias raíces históricas en las inmediaciones geográficas. Se trata de un personaje que manosea la excentricidad, que ejerce de retobado, que cultiva la marginalidad y que gusta de ser deslenguado sin reparar demasiado en las incongruencias o las contradicciones. Un personaje que reúne, o quisiera reunir, los trazos nobles de héroe y rebelde que caracterizan a aquel José Artigas que recorrió como contrabandista casi profesional las finiseculares fronteras equívocas entre Uruguay, Brasil y Argentina, que fue militar de fama, que defendió lo que en su momento era una causa verdaderamente democrática, que buscó instaurar un sistema federal de gobierno y que alcanzó, a pesar (o acaso por ella) de su derrota final, la estatura de “fundador de la orientalidad”.

A esta altura se impone dar un paso más en la caracterización del retrato. La capacidad de resonancia de ese personaje mimado por Mujica se alimenta, marcadamente, de una dimensión mítica, y a la vez mistificadora. Tal y como lo sabemos, en el íntimo trasfondo colectivo de la América del Sur se esconde una atracción por personajes que se presentan como figuras que llevan una existencia fuera de la norma y que son, o casi son, prófugos de una autoridad que nunca se acaba de legitimar institucionalmente como tal. Personajes como el gaucho Martín Fierro, que en el clásico de José Hernández se declara desobediente a cualquier legalidad; personajes como el Facundo Quiroga recreado por Faustino Sarmiento, que encuentra su destino trágico en su resistencia persistente de hombre que ha matado; personajes, en fin, que, como el Antonio Conselheiro, tan minuciosamente expuesto por Euclides da Cunha en Os sertões, moviliza a los sertanejos, muchos de ellos cangaceiros, a favor de una fuerza retrógrada que pone en ridículo a la República en ciernes. Podría agregarse, en el caso de Mujica, la incorporación airosa de los trazos que en el siglo XIX se atribuían al anarquista: desconfianza de toda estructura, jerarquía o disciplina organizativa y reguladora y rechazo de todo postulado relativo a una representación política auténtica. En el ámbito europeo, en 1893, Maurice Barrès dibuja el perfil de este personaje en una novela famosa titulada justamente L’Ennemi des lois. En cualquier caso, y resumiendo mucho, civilización de una parte, barbarie de otra: he ahí la fórmula que consagra hoy y todavía, en la fábula de nuestras regiones en las que la historia está más viva por ser más reciente, estos asuntos.

En ese rincón de nuestra latinoamericana historia se ha situado el presidente Mujica en su trayectoria. Ha contado, en la instancia, con un favor que se añade a las simpatías a las que corteja y de las que se beneficia. En efecto, se trata de un señor de edad avanzada que deliberadamente se coloca por encima del bien y del mal, que en esa situación se permite todas las transgresiones y que, zenit de lo sublime, desde esa situación ha encarnado una versión charrúa (esa cacareada garra uruguaya que resuena desde el pasado prehispánico) de un rey Lear que quisiera hallar la verdad verdadera en un universo plagado de significados inextricables, de un Lear que se pasea tronando contra los escándalos del mundo y que se empeña en ser fiel a su voz más íntima extraviado en la ruidosa inmensidad cósmica . ¿Cómo no enternecerse con personaje tan patético? Pero, como al propio rey Lear, la historia (uruguaya, en el caso) le ha impuesto una lección: los límites sociales y legales y existenciales existen y son vigentes y exigen ser respetados. Digámoslo de otra forma: los desafueros y las sinrazones de Mújica han sido, al fin, atemperados y domesticados por aquella sana cordura rutinaria que es la marca de fábrica de un país y su gente.


Danubio Torres Fierro es escritor.


Articulo: http://www.elboomeran.com 09/02/2015