dimanche 8 mars 2015

José María RIDAO/Saber y fanatismo

Revista Claves de Razón Práctica nº 238
FILOSOFÍA
Saber y fanatismo
Por José María RIDAO

El prestigio del que ha gozado el saber desde tiempos presocráticos ha hecho que se lo asocie con las mejores virtudes del hombre. Sin embargo, también puede conducir al fanatismo.

La milenaria apariencia de invulnerabilidad de la paradoja de Aquiles y la tortuga ha establecido para cada época el deber inexcusable de ensayar una refutación. Zenón de Elea elabora la paradoja prolongando en dirección a un ensimismado y minúsculo infinito la distancia adicional que Aquiles debe recorrer cada vez que llega al punto exacto que la tortuga acaba de abandonar en la carrera. Por veloz que sea Aquiles al recorrer la ventaja inicial concedida a la tortuga, la tortuga, pese a su imperturbable parsimonia, se distancia otro tramo, y, por consiguiente, se aleja infinitesimalmente de Aquiles.

Al sostener que Aquiles nunca alcanzará a la tortuga Zenón no pretende realizar un juego de prestidigitación que enfrente a la Razón con la experiencia, sino pronunciarse acerca de la controversia entre la posición de Heráclito, para quien el universo fluye sin término, y la de Parménides, defensor de la sobrecogedora inmovilidad del universo.

Ambas alternativas, admitir el movimiento o afirmar la inmovilidad, remiten entre los presocráticos a otra oposición, relacionada con la definición del saber que confían alcanzar a través de la filosofía: la oposición entre lo uno y lo múltiple.

Para los presocráticos el saber es un camino de sentido único que conduce desde la pluralidad que proporciona la experiencia a la unidad que desvela la Razón; es de sentido único porque suponen que lo que la experiencia muestra en primera instancia es la pluralidad, no la unidad. Ahora bien, esa unidad que se alcanza a través del camino de sentido único en qué consiste el saber puede revestir dos caracteres distintos. Para Heráclito es una unidad vacía o inmaterial, encarnada en una regla sin excepciones que establece que todo fluye. Para que todo fluya es preciso, sin embargo, que la propia norma se constituya en excepción y sea lo único que no fluya, lo único que no esté sometido al movimiento. Desde la concepción de Parménides, en cambio, la unidad es sustantiva, no puede formularse como norma, como unidad inmaterial o vacía, sino como descripción. Sostener que el universo está compuesto de agua, aire, tierra o fuego, bien como elementos separados, bien como una combinación de los cuatro, según propone Empédocles con sumario eclecticismo, responde a la necesidad de describir el contenido de una unidad no inmaterial ni vacía, de una unidad que no sea simplemente una regla.

Parménides es quien ejecuta la más drástica reducción de la pluralidad a esta unidad sustantiva, dotando de valor a la tautología como la más rigurosa de las formas que puede adoptar la descripción. Para Parménides lo Uno es lo Uno, y lejos de incurrir en una obviedad sin significado, la tautología como forma más rigurosa de la descripción adquiere por el hecho de ser afirmada el único sentido desde el que es posible concebir la aventura filosófica que conduce a justificar la inmovilidad, es decir, que conduce a la representación de una asfixiante unidad en la que todo lo que es, es, sin que por otra parte nada pueda ser al margen de lo que es. El azar, la contingencia, el libre albedrío, no tienen cabida en la unidad de Parménides porque es una unidad que abarca la totalidad del universo y que, por confundirse tautológicamente con él, como si fuera un mapa a la misma escala del territorio que representa, no deja lugar para las alternativas ni tampoco para un sujeto separado de lo Uno en condiciones de optar entre ellas. Encontrar un espacio para esas alternativas, así como para un sujeto en condiciones de optar, de manera que la unidad de Parménides se reconcilie con el azar, la contingencia y el libre albedrío, es la tarea que llevan a cabo Leucipo y Demócrito al reducir la unidad del universo a una unidad que, como los átomos, está más cerca de la vacía o inmaterial que propone Heráclito que de la unidad tautológica de Parménides, sin llegar a confundirse con ninguna. La operación racional a la que responde el atomismo permite llevar casi tan lejos como Parménides la reducción de la pluralidad a la unidad, sorteando, al mismo tiempo, la sobrecogedora inmovilidad del universo al admitir que los átomos se pueden combinar según formas distintas. En esa posibilidad de combinación residiría el azar, la contingencia, el libre albedrío y, en definitiva, una interpretación del movimiento defendido por Heráclito que, afirmando la pluralidad, no entraría en contradicción con la unidad sustantiva del universo, con la tautología que, sostenida por Parménides, fundamenta una sobrecogedora inmovilidad.

LA PLURALIDAD Y LA METÁFORA DEL FUEGO

Es probable que la tradición filosófica haya malinterpretado el sentido de la unidad del universo que Heráclito representa en el fuego, que, apagándose y encendiéndose “según medida”, está en el origen de la pluralidad y de la posibilidad del movimiento. Arrastrada por la inercia del eclecticismo de Empédocles, para quien las raíces de las que se compone el universo, luego denominadas elementos por Aristóteles, son físicas, esenciales, esa tradición filosófica no habría advertido que el fuego al que se refiere Heráclito es metafórico. Mientras que el fuego de Empédocles es fuego de la misma manera que el aire es aire, agua el agua y tierra la tierra, el fuego de Heráclito está más cerca de la hoguera platónica, que es también una representación, una metáfora, que de una hoguera auténtica.

Como Platón en la caverna donde una hoguera proyecta sobre la pared sombras distintas de una misma Idea, de la que la experiencia solo percibe una manifestación corrompida, Heráclito hace reposar en la metáfora del fuego la esperanza de encontrar algún género de unidad en un universo donde todo fluye, multiplicando incesantemente la pluralidad. Sin el fuego apagándose y encendiéndose según medida, al que recurre Heráclito como Platón al mundo de las Ideas, la pluralidad del universo se confundiría con un caos irreductible donde el hombre estaría a merced del azar, la contingencia y un albedrío que no se podría considerar libre, puesto que se trataría de un estado de inconmovible indiferencia ante la acción imprevisible de fuerzas contradictorias.

Esta interpretación del fuego de Heráclito como metáfora, no como una raíz o elemento en el sentido físico, esencial, revela un parentesco con el atomismo de Leucipo y Demócrito. El fuego en Heráclito desempeñaría la misma función que los átomos en el atomismo, que es la de sustentar una afirmación de la unidad del universo que, siendo sustantiva, no sea tautológica, de manera que el azar, la contingencia y el libre albedrío sean posibles sin que, por otra parte, se apoderen del universo reduciéndolo a caos y haciendo del hombre su paradójico esclavo. Las formas en las que se ordenarían los átomos, de acuerdo con Leucipo y Demócrito, se corresponderían con la medida en la que, de acuerdo con Heráclito, se enciende y se apaga el fuego. Aceptar este paralelismo entre la posición de Heráclito y la de Leucipo y Demócrito tiene una consecuencia capital para la definición del saber al que aspiran los presocráticos, y que seguramente constituye su legado más imperecedero. El saber para los presocráticos es, como se ha visto, el camino de sentido único que conduce desde la pluralidad que proporciona la experiencia a la unidad que desvela la Razón. Pero la reducción a la unidad según la conciben Heráclito y los atomistas tropieza en ese camino con un límite ante el que el saber se detiene como el peregrino que reconoce la frontera de una región extraña, y asume que lo que queda más allá, ya se trate del fuego como metáfora o de los átomos integrados en las formas donde se manifiesta la pluralidad del universo, constituyen premisas o conceptos inmediatos de la Razón, sobre los que ninguna indagación es posible sin precipitarse en la tautología.

El saber de Heráclito y los atomistas, el saber en busca de una unidad que, siendo sustantiva, no sea tautológica, acaba dirigiéndose entonces hacia un objeto radicalmente distinto del objeto último que persigue el saber de Parménides. Donde este adopta lo Uno como objeto del saber, Heráclito y los atomistas dejan a un lado lo Uno, asumiéndolo como premisa o concepto inmediato de la Razón que representan en el fuego o en los átomos, y adoptan en su lugar las formas en las que se integran los átomos o la medida en la que se enciende y se apaga el fuego.

No el átomo sino las formas, no el fuego sino la proporción en a que se apaga y se enciende: ir más allá, cruzar el límite que en el camino de sentido único que es el saber encarnan esas formas o esa medida, pretendiendo desentrañar el enigma del reducto último de lo Uno, conduce a la unidad a la vez sustantiva y tautológica de Parménides. Una unidad sustantiva y tautológica que, al afirmarse como la afirma Parménides, sirve de incontestable fundamento a la inmovilidad, pero que, en última instancia, acaba negando la posibilidad del saber según lo entienden los presocráticos. En primer lugar porque no existe pluralidad alguna que reducir a la unidad, puesto que la pluralidad que proporciona la experiencia se corresponde estrictamente con la unidad que desvela la Razón, y, por consiguiente, el punto de partida del camino coincide con el punto de llegada. Pero, en segundo lugar, porque la asfixiante identidad de lo Uno con lo Uno impide la existencia de un sujeto capaz de tomar conciencia de esa unidad sustantiva y tautológica, puesto que, al tomarla, niega lo Uno.

LO UNO Y EL LÍMITE

En estas condiciones, el saber de Heráclito y los atomistas aparece frente al de Parménides como un saber que no se agota en el punto en el que comienza y que, al admitir que existe una distancia entre la pluralidad que proporciona la experiencia y la unidad que desvela la Razón, reconoce la posibilidad del movimiento, además de la existencia de un sujeto capaz de ejecutarlo. Por esta vía, Heráclito y los atomistas acaban fijando, no el contenido del saber, sino la pauta invariable a la que a partir de entonces se ajustará el saber. Esa pauta exige extender a los pies del hombre un camino de sentido único que conduzca desde la pluralidad que proporciona la experiencia a la unidad que desvela la Razón, pero exige establecer, además, la frontera que delimita la extraña región, el inexpugnable reducto donde lo Uno se encuentra a resguardo del saber, en tanto que premisa o concepto inmediato. Sólo en apariencia lo Uno de Parménides está ausente de la pauta invariable del camino entre la pluralidad y la unidad por el que avanza el saber: sin la identidad de lo Uno con lo Uno puesta a resguardo en el reducto inexpugnable de la premisa o el concepto inmediato, sin tautología, el concepto de saber de los presocráticos perdería literalmente cualquier sentido, puesto que solo admitiendo que el camino entre la pluralidad y la unidad existe y es practicable para el hombre, según sostiene Parménides, puede el hombre establecer el límite donde detenerse. De traspasar ese límite, de precipitarse en la tautología, descubriría que lo que creía el punto de partida es, en realidad, el punto de llegada, y que todo el esfuerzo realizado lo ha llevado a cabo en el centro impertérrito de una sobrecogedora inmovilidad.

La inevitable presencia de lo Uno de Parménides en el concepto de saber establecido por los presocráticos ha dado lugar al error, no de intentar sobrepasar el límite detrás del que el Uno se encuentra a buen recaudo, precipitándose en la tautología, sino de afirmar que ese límite es lo Uno. Para este error, que es el error sobre el que prospera el fanatismo, lo Uno es la medida en la que se enciende y se apaga el inalcanzable fuego de Heráclito, no el fuego; las formas en las que se integran los átomos de Leucipo y Demócrito, no los átomos. Al adelantar el límite que señala el punto exacto donde comienza el reducto inexpugnable de lo Uno en el camino del saber, el fanático declara haber alcanzado lo Uno de Parménides cuando aún es patente la pluralidad de las formas en las que se integran los átomos y la de la medida en la que se enciende y se apaga el fuego. De este modo asume el sinsentido de una tautología asimétrica, mediante la que se imagina en condiciones de proclamar el hallazgo de la unidad que persigue el saber: no dice como Parménides que lo Uno es lo Uno, abarcando la totalidad del universo como si se tratara de un mapa a la misma escala del territorio que representa, sino que este Uno, el Uno en el que el fanático ha puesto un arbitrario fin al camino del saber, es lo Uno. Desde el momento en que la arbitrariedad permite poner fin al camino del saber en cualquier punto, el número de las tautologías asimétricas que permiten afirmar que este Uno es lo Uno se multiplica; se multiplica tanto como la distancia adicional infinitamente divisible que Aquiles debe recorrer cada vez que alcanza el lugar que la tortuga acaba de abandonar en la carrera. Como el movimiento para Zenón y su paradoja aparentemente invulnerable, el azar que rige el destino del hombre se detiene entonces para el fanático, la contingencia que lo entretiene tanto como lo extravía deviene a sus ojos insaciable necesidad, el libre albedrío que lo angustia se transforma en determinismo y predestinación: el fanático de un Uno, enfrentado al fanático de otro Uno en la cuestión capital de dirimir qué Uno es lo Uno, se declara el más fiel servidor de una fuerza que él mismo ha desatado pero de la que no se reconoce responsable. Y recibe, fatalmente, la misma respuesta. 

José María Ridao es escritor y diplomático. Autor de Apología de Erasmo y La estrategia del malestar.


Articulo: http://www.elboomeran.com 02/03/2015

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