dimanche 8 mars 2015

Laura FERNÁNDEZ/ Hasta luego, Silver KANE

Hasta luego, Silver KANE
Por Laura FERNÁNDEZ

Entregado en cuerpo y alma a lo criminal, Francisco González Ledesma fue lo más parecido a un Erle Santley Grey de Poble Sec que ha existido jamás.

Nació de madrugada, en un momento de cansancio, en un momento más bien sórdido. En un descanso del interminable e intermitente tecleo de una por entonces aún no vieja máquina de escribir. El año era 1952. El tipo que tecleaba, un joven Francisco González Ledesma, aún futuro abogado, apenas tenía 25 años, y lo que fuese que acababa de nacer era un nombre, su nombre de guerra, su nombre vaquero: Silver Kane. El nombre que le convertiría en escritor, la clase de escritor cowboy que había soñado ser desde niño. Porque cuando niño, Silver Kane cambiaba historias por bocadillos en el patio del colegio. O eso había contado el último representante de la pulpfiction española, autor de cientos de novelas, a una por semana, protagonizadas por vaqueros, sí, pero también por agentes secretos y, cómo no, detectives, novelas que alimentaban a una sociedad aburrida, que miraba alrededor y sólo veía tonos sepia, una sociedad necesitada de héroes, color, otros mundos, mundos que se gestaron de madrugada, en escritorios cargados de libros y ceniceros repletos de colillas de tipos como Paco Ledesma, de tipos como Miguel Gallardo, más conocido como Curtis Garland, que nutrieron con sus historias aquella fábrica de sueños en que se convirtió la editorial Bruguera.

Pocos fueron los que lograron salir de aquella fábrica (de entrega semanal) convertidos en lo que realmente eran: escritores. A pocos se les permitió acceder al mundo de la Literatura, con mayúsculas, y los que lo hicieron, tuvieron que luchar por un prestigio que el pulp (y sus seudónimos) les había arrebatado. Entregado en cuerpo y alma a lo criminal, su formación le convirtió en lo más parecido a un Erle Santley Grey de Poble Sec que ha existido jamás (aunque él evitó a Perry Mason y se centró en un Marlowe atado a una placa en la que nunca creyó demasiado), y su creación, el inspector Méndez, le permitió tanto acariciar la ciudad en la que había crecido, como golpearla, pues de todos es sabido que la novela negra es una buena manera, si no la mejor, de retratar un ecosistema, la sociedad dentro de la sociedad, y de eso supo, como nadie, Ledesma. Con su vino peleón, sus bolsillos repletos de libros, su traje negro, de funeral, su Colt de 1912 (más una amenaza que un peligro real), Méndez peinaba una Barcelona de delincuentes de poca monta que fue creciendo y olvidándose de sí misma a medida que Méndez cumplía años y seguía negándose a ascender porque siempre, desde el principio, se sintió demasiado viejo para hacerlo, o tal vez, como al propio Ledesma, nunca le interesaron las altas esferas.

Méndez tenía de presuntamente mezquino todo lo que Ledesma tenía de encantador, pero, ¿quién podía juzgarle? Era un tipo solitario, que sufría de reúma e impotencia, dedicado, buena parte de su tiempo, a vigilar bares y urinarios, a perseguir a prostitutas, a otear los bajos fondos de una ciudad que, en su última aventura, Peores maneras de morir, la aventura, o desventura, en la que llegó el fin del inspector, el fin de un mundo (propio), el del escritor, que había llegado a la última página cargado de pesimismo y mala leche, se había vuelto fría y calculadora, irreconocible, una postal turística sin alma decidida a olvidar que una vez habían existido tipos como Méndez. Tipos como el propio Francisco González Ledesma, que, a su manera, agigantaron su leyenda,sirviéndose únicamente de las historias que poblaban su cabeza, historias que habían crecido, como ellos, en sus calles, entre su gente, por qué no, en lugares como el apartamento con vistas al patio de vecinos, al que sólo se accedía por la puerta de un bar (y que únicamente tenía una cama y un bidé, ni cocina, ni teléfono, ni televisión) en el que vivía, y vivirá para siempre, Ricardo Méndez. Porque los escritores mueren, pero sus mundos, no. 

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Muere Francisco González Ledesma

El escritor y periodista barcelonés, uno de los grandes nombres de la literatura policíaca de España, ha fallecido a los 88 años.

Francisco González Ledesma (Barcelona 1927) ha fallecido este lunes a los 88 años de edad después de dos años de enfermedad, según han confirmado fuentes editoriales. Escritor, abogado y periodista, había destacado a lo largo de su vida por ser uno de los maestros de la novela negra contemporánea de marcado corte social y, especialmente, por ser el alma máter del viejo Inspector Méndez. Nacido en el número 22 de la calle Tapioles, en el barrio barcelonés Poble Sec y en cuya fachada luce una placa desde 2009 como homenaje, Ledesma empezó siendo un inquieto joven novelista y guionista de historietas. El primer reconocimiento de su carrera le llegó en 1948, con sólo 21 años, al ganar el Premio Internacional de Novela José Janés gracias a Sombras viejas, una obra censurada por el régimen franquista, que impidió su publicación.

Coartado por la dictadura, comenzó a escribir, bajo el seudónimo 'Silver Kane', novelas populares para Editorial Bruguera, donde pasó la mayor parte de sus años de juventud. En su carrera, Ledesma ha escrito ocasionalmente tras el seudónimo 'Enrique Moriel', extraído del nombre del protagonista de su primera novela, Sombras viejas; aunque se hizo célebre su seudónimo 'Silver Kane', que en sus primeros años le permitió costearse la carrera de Derecho, llegando a escribir alrededor de 400 novelas, a veces dos por semana. “La verdad es que he trabajado de una manera sobrehumana, como un esclavo casi”, explicaba a El Cultural.

Desencantado de la abogacía, estudió después periodismo e inició una nueva etapa profesional en El Correo Catalán y, más tarde, en La Vanguardia, alcanzando en ambos medios el cargo de redactor jefe. En 1959 nació su hijo el periodista Enric González, y en 1966 fue uno de los doce fundadores del Grupo Democrático de Periodistas, asociación clandestina durante la dictadura en defensa de la libertad de prensa.

En 1977, con la consolidación democrática, publicó Los Napoleones y en 1983El expediente Barcelona, novela con que quedó finalista del Premio Blasco Ibáñez y en la que apareció por vez primera su personaje emblemático, el inspector Ricardo Méndez, que inauguró la saga de una decena de novelas. En 1984 obtuvo el Premio Planeta con Crónica sentimental en rojo, lo que significó para Ledesma su consagración definitiva como autor.

La dedicación durante años a la literatura de quiosco, que exige crear y desarrollar una historia y unos personajes en setenta páginas, aportó al autor esa concisa precisión que parece dejar al descubierto los mecanismos del relato, reducidos casi a una agilísima y compacta mezcla de osamenta y nervios, al compás de un ritmo cambiante manejado con infrecuente destreza y que a veces precipita al lector en un vértigo, favorecido por la rapidísima sucesión de enunciados mínimos.

Era capaz de articular diálogos espléndidos, de narrar o describir un lugar o una situación con una simple yuxtaposición de breves enunciados nominales -a la manera del mejor Simenon-, o bien de cambiar de voces y estilos narrativos en el interior de una misma secuencia, englobando vertiginosamente perspectivas distintas. La inesperada originalidad de muchos símiles y humorísticas hipérboles, tanto en el relato como en los diálogos, remiten inevitablemente al Marlowe de Chandler.

Sin embargo, no hay en Méndez, ese antihéroe que protagonizó muchas de sus historias, nada que se antoje mimético respecto a otros modelos de investigadores del género. González Ledesma creó un personaje original, sólido, sin fisuras, que fue creciendo en densidad novela tras novela; un policía “de calle”, cercano a la jubilación y nada científico, que prefiere la justicia a la ley cuando, como sucede a menudo, ambas parecen entrar en conflicto. Méndez es, además, la representación de una Barcelona que se desvanece, de barrios populares, bares modestos, casas mugrientas y prostíbulos llenos de historias, y arrastra consigo la nostalgia de un mundo en liquidación. "Yo siento una nostalgia muy viva de la vieja Barcelona", comentaba Ledesma en una entrevista a El Cultural. "Aunque desde el punto de vista urbanístico es evidente que ha mejorado mucho, añoro esa Barcelona que era muy roja, y muy pobre, pero en la que había solidaridad, esperanza por un mundo mejor y un espíritu de lucha que hoy están desapareciendo".

Entre sus galardones más recientes se encuentra el II Premio José Luis Sampedro (2011) del festival de novela policíaca Getafe Negro, el francés Mystère (2007); el Internacional RBA de Novela Negra (2007); el I Pepe Carvalho (2006), y el Dashiell Hammett (2003) de la asociación Internacional de escritores policíacos. Como abogado recibió el premio Roda Ventura y como periodista el premio El Ciervo, mientras que en 2010 la Generalitat le otorgó la Creu de Sant Jordi por su trayectoria informativa y por la calidad de su obra, de proyección internacional, y en 2009 la ciudad de Toulouse le reconoció con su Medalla de Oro.

Sus últimas novelas publicadas han sido El adoquín azul (Menoscuarto Ediciones, 2014); Peores maneras de morir (Planeta, 2013); Barcelona Noir(Akashic Books, 2011); No hay que morir dos veces (Planeta, 2009), Una novela de barrio (Planeta, 2007), Méndez (Almuzara, 2007)Historia de mis calles(Planeta, 2006) y Cinco mujeres y media (Planeta, 2005) 


Articulo : http://www.elcultural.es 02/03/2015

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