dimanche 8 mars 2015

Manuel ARRANZ/ Vivir en círculo

Revista Claves de Razón Práctica nº 238
Vivir en círculo
Por Manuel ARRANZ

Los grandes cambios en nuestra vida, la mayoría de los cuales solo reconocemos ‘a posteriori’, llegan en los momentos más inesperados, nos asaltan por sorpresa, y ya nunca volvemos a ser los mismos.

Slawomir Mrozek, Baltasar. Una autobiografía. Traducción de Anna Rubió y Jerzy Slawomirski. Acantilado, Barcelona, 2014.

El último libro de Slawomir Mrozek (Borzecin, Polonia, 1930- Niza, 2013) no se parece en nada a sus libros anteriores publicados por la misma editorial, sus suculentas sátiras, su inclemente ironía, su jocundo y corrosivo humor, que es casi la única vacuna efectiva de que dispone hoy la humanidad contra la epidemia de estupidez galopante que lleva años asolándola. Sin embargo, también podríamos decir que este espléndido y valiente último libro de Slawomir Mrozek se parece en muchos sentidos a los anteriores. Claro que hay una diferencia sustancial, como señala Antoni Libera en su pequeña nota introductoria, y es que aquí el autor habla de una manera natural, mientras que allí hablaba de una manera sobrenatural. Consciente el propio autor de su metamorfosis, decide cambiarse de nombre. Se llamaba Mrozek.
Ahora se llamará Baltasar. Y comienza:

“El 15 de mayo de 2002 sufrí un ictus cerebral que dejó como secuela una afasia. La afasia es una pérdida parcial o total de la capacidad de utilizar el lenguaje causada por el trastorno de ciertas estructuras del cerebro. Cuando recuperé el habla e intenté volver a trabajar, la señora Beata Mikolajko, mi logopeda, me propuso que, como parte de la terapia, escribiera un nuevo libro.”

Baltasar (Una autobiografía) es ese nuevo y último libro de Slawomir Mrozek. Para recordar la propia vida, algo que la mayoría de los escritores han hecho, solo hay una norma: haberla vivido antes. Norma por cierto que algunos no han respetado y se han lanzado a narrar su vida antes de vivirla, con lo que incurren en un doble y funesto error: ni narran su vida ni finalmente la viven. Eso sí, escriben montañas de páginas para solaz de la industria editorial. Este no es el caso de Slawomir Mrozek, evidentemente. Su caso es un caso singular, tampoco único en la literatura, de un escritor que tras una grave enfermedad ha perdido la memoria y quiere recuperar el pasado para poder vivir el presente. Dicho de otro modo: saber quién fue para saber quién es. (Recordemos el caso del escritor portugués Cardoso Pires, quien tras una isquemia cerebral que le ocasionó también la pérdida de la memoria en 1995, cuenta, en un librito magistral, De profundis, todo su proceso de recuperación.)

El hombre no tiene ningún poder sobre sus recuerdos, ni olvida ni recuerda lo que quiere o cuando quiere, aunque esta haya sido siempre una de sus eternas aspiraciones. Sin embargo, como dijo Nancy Huston en una ocasión, “a un recuerdo hay que hacerle una visita de cuando en cuando. Hay que alimentarlo, sacarlo a pasear, airearlo, mostrarlo, hablar de él a los demás o a uno mismo. Sin eso, el recuerdo se pierde.” Y si se pierde el recuerdo, algo de nosotros se pierde. Mrozek, Baltasar, recuerda hechos y sucesos de su vida muchas veces nimios, insignificantes, anecdóticos, pero que la memoria, a saber por qué, conserva intactos; mientras seguramente olvida otros, posiblemente más decisivos. Recuerda a sus amigos de juventud, recuerda sus inicios como escritor, su ingenuidad política, y como unas cosas se explican por otras sin que nada acabe finalmente explicado en realidad, porque las causas nunca son las que imaginábamos, sino otras más sutiles y, paradójicamente, también más obvias, y los efectos más corrosivos e insidiosos.

***
Mrozek nació en Borzecin, Polonia, en 1930, un país donde, por aquellos años, la vida no era precisamente fácil para un escritor, ni para casi nadie. No obstante pronto consiguió en su país cierta notoriedad en la época del “deshielo”, al que por cierto no seguiría ninguna primavera, sino un crudo y largísimo invierno ruso, a costa, como nos cuenta, de tener que practicar una doble moral:

“una sumisa respecto al Estado que detestaba, y una moral privada”.

Solo cuando decide huir a Occidente su doble moral se funde en una y puede:

“sentir lo que piensa y pensar lo que siente, sin distinción ni obstáculo alguno”. “En mi vida había empezado un periodo de cambio de valores. Tuvo unos comienzos difíciles de concretar hasta que adquirí plena conciencia, y terminó con mi huida –esta es la palabra adecuada– al extranjero” (pág. 181).

Mrozek permanecerá fuera de su patria, en distintos países y continentes, los siguientes 33 años de su vida, y a los 66, en 1996, cuando su vida en México empezaba a ponerse difícil, volverá a ella definitivamente. En este momento, con su regreso a Cracovia, comienza el libro, un momento en el que dice haberse dado cuenta de que:
“la vida solo avanza en línea recta hasta una cierta edad. Con el tiempo empieza a virar imperceptiblemente y acaba trazando un círculo” (pág. 23).

Nuestras vidas, hoy ya no estoy tan seguro de que siga siendo así, suelen tener mucho que ver con las de nuestros padres, e incluso con las de nuestros abuelos. Cómo eran, cómo vivían, qué profesión tenían, qué educación, qué aficiones, explica muchas veces rasgos de nuestro carácter que no sabemos bien a qué atribuir. Algo así como el parecido físico, los gestos, la forma de andar o de sentarse. No nacemos por generación espontánea, todos tenemos un origen, una genealogía, unas raíces, por frágiles y quebradizas que sean. La frase “yo no me parezco a nadie de mi familia” solo es cierta si no se profundiza. A nuestros padres les debemos incluso el ser diferentes de ellos. (Un dato sin importancia: el padre de Mrozek no leyó un libro en su vida. De la madre, en cambio, que es de quien más fotografías ha incluido en el libro, dice:
“Jamás oí en boca de mi madre una palabra descortés o impaciente, por no decir grosera. Era la única persona de mi mundo que de una forma natural y no por su origen pertenecía a la llamada –sin ninguna ironía– clase alta” (pág. 116).

Por regla general, cuando uno se propone recordar, rescatar del olvido algún recuerdo de su vida pasada, lo primero que acude a la mente es la infancia. Una edad en la que el mundo todavía no es un lugar inhóspito, aunque esté en guerra, como en el caso de Mrozek. Y entre los recuerdos de infancia, la escuela y las primeras lecturas suelen aparecer pronto, quizás porque son dos ámbitos que pertenecen en exclusividad al niño. Pero durante las guerras no suele haber escuela. Viviendas miserables, sin luz ni ventilación, sucios cuartuchos de apenas unos metros, son todo el lujo de familias enteras para quienes la vida se reduce a sobrevivir. No debe de ser fácil olvidar todo eso.

“Pido disculpas por la profusión de detalles. El viaje hacia aquella casa y el momento de abrir la puerta se me quedaron grabados a fuego en la memoria” (pág. 85).

La guerra, ese estado de excepción permanente, graba en la memoria sucesos que en cualquier otra circunstancia pasarían seguramente desapercibidos. Una vez terminada, “hay que despertar de aquella pesadilla y seguir tirando.” Pero a los pocos años Polonia entraría en otra pesadilla, tal vez menos cruenta, pero no menos mortífera: la dominación rusa. Y es muy posible que la costumbre de leer entre líneas durante todos aquellos años de censura comunista explique sus delirantes sátiras sociales en las que no deja títere con cabeza, que no han perdido ni un ápice de actualidad y poder corrosivo.

Hay momentos en nuestra vida, momentos insignificantes, generalmente azarosos, momentos que bien podían no haber tenido lugar, y que, pasado el tiempo, reconocemos como decisivos, momentos en que se suele producir un cambio de valores, puntos de inflexión, si me permiten esta manida expresión. Tal vez no sea el hecho en sí, sino el significado que cobra en nuestra existencia, o incluso, la mayoría de las veces, lo que el hecho nos descubre de nosotros mismos. Lo cierto es que no nos comportamos siempre como imaginábamos o esperábamos comportarnos, y que nuestras reacciones nos sorprenden a nosotros mismos tal vez incluso más de lo que sorprenden a los otros. Mrozek recuerda algunas de esas situaciones en que se sorprendió a sí mismo, y tiene la lucidez y la sinceridad suficientes como para escribir lo siguiente:

“En todas las generaciones abundan los jóvenes frustrados, rebeldes y rechazados por la sociedad y solo depende de las circunstancias lo que hagan con su rebelión” (pág. 149).

Y no se está refiriendo a los demás, como cabría suponer, sino a sí mismo.

***
Los recuerdos se borran, pero al parecer no es el tiempo, o no es el tiempo únicamente el que los borra, y nunca se borran del todo. Mrozek, en su esfuerzo por recuperar la memoria, se apoya en un nombre, una fecha, un viaje, un detalle cualquiera, y va reconstruyendo a su alrededor el recuerdo. Unas veces recuerda cómo se sentía en un momento determinado pero no recuerda lo que pasaba en ese momento, y otras es todo lo contrario: recuerda lo que pasaba pero no lo que sentía. Cuando recordamos no podemos saber lo que olvidamos, y ni siquiera si el recuerdo es fiel a los hechos. Mrozek, por lo demás, se reserva conscientemente algunos recuerdos y prefiere no hacerlos públicos.

Y terminemos: si la terapia a la que fue sometido tras el ictus cerebral que le provocó la afasia fue poco convencional, como él mismo nos dice, esta autobiografía, como parte de aquella terapia, pero sin duda como algo más, también es muy poco convencional. Y no tiene sentido reprocharle un cierto desorden, ausencia de orden sería quizás más justo, cuando el desorden es consustancial a nuestras vidas. La vida no suele confirmar nuestras previsiones, nos recuerda Mrozek, y por eso nos sentimos decepcionados. ¿Nos equivocamos en las previsiones, o no tenemos en cuenta todos los factores? ¿Cómo saberlo? ¿Importa en realidad saberlo? Solo hay una previsión que nunca falla, y es que las cosas nunca saldrán como preveíamos.


Manuel Arranz es escritor y traductor. Autor del libro de ensayos Ya no hablamos de lo mismo. Divagaciones sobre el vuelo de los búhos y el arte de tocar la flauta y de la novela Pornografía.


Articulo: http://www.elboomeran.com 23/02/2015

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