dimanche 2 août 2015

Héctor SUBIRATS/ Emil CIORAN, Maestro de la ironía

REVISTA CLAVES DE RAZÓN PRÁCTICA
Emil CIORAN, Maestro de la ironía
Por Héctor SUBIRATS

Para esta "casa de citas", de la revista Claves de Razón Práctica nº 240, Héctor Subirats escoge una serie de citas de Emil Cioran, a quien describe como un "personaje fascinante, maestro de la ironía y con una mirada profunda y una sonrisa contagiosa". Se trata de citas recogidas de entrevistas, cartas, y distintos textos que Subirats no ordena cronológicamente sino al azar, y comenta: "cada vez que vuelvo a toparme con estupidez, la necedad y el fanatismo, releo alguna página del rumano y agradezco el regalo de haberlo conocido".

CASA DE CITAS

Hace años que Claves de Razón Práctica me pidió una Casa de Citas con aforismos de Cioran. En ella explicaba las circunstancias en que lo conocí y contaba el encanto que me produjo, ya no por su prosa y su talento sino él, personaje fascinante, maestro de la ironía y con una mirada profunda y una sonrisa contagiosa.

Por aquellos años la Red no estaba invadida de selecciones de sus escritos, ahora los hay por docenas. Por ello, para esta ocasión Fernando Savater me sugirió que intentará ser "original", asunto complicado porque nuestro autor ya había desaparecido; afortunadamente fueron apareciendo algunos papeles y entrevistas. Con motivo del centenario de su nacimiento me volví a leer toda su obra y pude acceder a los documentos aparecidos, todo ello sin orden ni concierto, no tengo más vocación que la equivocación y decidí ni tan siquiera mirar los que había incluido en el número anterior.

Para esta ocasión no he respetado cronologías y he dejado de lado mis aforismos favoritos, con los que machaco incansablemente a mis amigos, y he engarzado algunos escritos con algunas opiniones que brinda en las entrevistas y en las cartas, sobre todo a su hermano y a Gabriel Liceanu. O sea, que de párrafos largos y momentos coloquiales "casi" me he reinventado algunos aforismos manteniendo, por supuesto, la continuidad indispensable, especialmente cuando en la entrevista de Liceanu, suprimo la pregunta porque la respuesta es ya un aforismo.

En estas páginas todo es de Cioran, mas, como en algunas parti­turas, en la ejecución me he dado el gusto de hacer pequeñísimas “variaciones” y modificado “el tempo”.

Solo terminaré como la vez anterior: Cada vez que vuelvo a topar­me con estupidez, la necedad y el fanatismo, releo alguna página del rumano y agradezco el regalo de haberlo conocido.

Las traducciones son de Fernando Savater, Esther Seligson, Ra­fael Panizo y Joaquín Garrigós.

Podemos imaginarlo todo, predecirlo todo, salvo hasta dónde po­demos hundirnos.

Podemos estar orgullosos de lo que hemos hecho, pero debería­mos estarlo mucho más de lo que no hemos hecho. Ese orgullo está por inventar.

Incluso discierno alguna relación entre la desdicha y la megalomanía.

Ese “gran triste” es un rebelde que dudó.

Solo nos seducen los espíritus que se han destruido por haber querido dar un sentido a su vida.

Se refugiaban en la crueldad para olvidar el miedo.

Los teólogos lo han advertido desde hace mucho tiempo: la espe­ranza es el fruto de la paciencia. Debería añadirse y de la modes­tia. El orgulloso no tiene tiempo de esperar.

Los hay que van de afirmación en afirmación: su vida es una serie de síes… Aplaudiendo a lo real o lo que se les parece tal, consien­ten todo y no tienen ningún empacho en decirlo. No hay anomalía que no expliquen o no coloquen entre las cosas “que pasan”. Cuan­to más se dejan contaminar por la filosofía, más, en el espectáculo de la vida y la muerte, son un espectador complaciente.

No tener nunca la oportunidad de decidirme; no hay deseo que tenga con más frecuencia: pero no siempre dominamos nuestros humores, esas actitudes en germen, esos esbozos de teoría. Visce­ralmente inclinados a la estructuración de sistemas, los construi­mos sin descanso, sobre todo en política, dominio de los pseudo problemas donde se expande el mal filosófico que nos habita a cada uno.

La lucidez, martirio permanente, inimaginable proeza.

El orgasmo es un paroxismo; la desesperación, otro. El primero dura un instante; el segundo una vida.

Amar al prójimo es algo inconcebible. ¿Acaso se le pide a un virus que ame a otro virus?

El que la vida no tenga ningún sentido es una razón para vivir. La única en realidad.

Cuando hemos puesto a alguien muy alto, se nos hace más ase­quible en cuanto comete un acto indigno. Así nos libera del calva­rio de la veneración y a partir de ese momento sentimos por él un verdadero apego.

¡La civilización situada antes de lo histórico! Esa idolatría de los comienzos, del paraíso ya realizado, esa obsesión por los orígenes, es el signo distintivo del pensamiento “reaccionario”, o si se pre­fiere, tradicional.

Modelos de estilo: el juramento, el telegrama y el epitafio.

Aburrirse es mascar el tiempo.

El drama de Alemania es el de no haber tenido un Montaigne, ¡qué ventaja para Francia haber comenzado con un escéptico!

Que vengan a azotar nuestra palidez, revigorizar nuestras som­bras, que nos traigan la savia que nos ha abandonado. Marchitos, exangües, no podemos reaccionar contra la fatalidad: los agonizan­tes no se agremian ni se amotinan.

Deambulo a través de los días como una puta en un mundo sin aceras.

He perdido, en contacto con los hombres, todo el frescor de mis neurosis.

Envejeciendo aprendemos a convertir nuestros terrores en sar­casmos.

Solo se suicidan los optimistas, los optimistas que ya no logran serlo. Los demás, no teniendo ninguna razón para vivir, ¿por qué se tendrían que morir?

¡Ay del acongojado que frente a sus insomnios no disponga más que de una reducida reserva de plegarias!

Fuera de la materia, todo es música: Dios mismo no es más que una alucinación sonora.

Quien no haya conocido la humillación ignora lo que es llegar al último estadio de uno mismo.

Un peligro amenaza al poeta desarraigado: adaptarse a su suer­te, no sufre más por su causa, complacerse con ella. Nadie puede salvar a la juventud de sus zozobras, pero se desgastan. Lo mismo sucede con la añoranza del terruño, con toda nostalgia. Las per­sonas pierden su lustre, se marchitan y a pesar del elogio, caen pronto en el abandono, ¿qué hay entonces de más normal que instalarse en el exilio, Ciudad de la Nada, patria inadvertida?

Signo de que se ha comprendido todo: llorar sin motivo.

Mi misión es matar el tiempo, y la del tiempo matarme a mi, ¡qué cómodo se encuentra uno entre asesinos!

Cada Revolución es heroica y en ella entiendo toda la envergadura del heroísmo que empieza con la brutalidad y termina con el sacrificio.

No vale la pena molestarse en matarse porque uno se mata dema­siado tarde.

A veces quisiera ser caníbal, no tanto por el placer de devorar a fulano o a mengano como para vomitarlo.

Nadie puede conservar su soledad si no sabe hacerse odioso.

He decidido no detestar más a nadie, más desde que he observa­do que termino siempre por parecerme a mi último enemigo.

He leído demasiado. La lectura ha devorado mi pensamiento. Cuando leo tengo la impresión de “hacer” algo, de justificarme ante la sociedad, de tener empleo, de escapar a la vergüenza de ser ocioso… un hombre inútil e inutilizable.

Solo se entregan al hastío las naturalezas eróticas decepcionadas de antemano del amor.

La soledad es el tedio y la gente es el sufrimiento, el hombre no está equipado para ser feliz.

A la larga, la vida sin utopía es irrespirable, para la multitud al me­nos a riesgo de petrificarse, el mundo necesita un delirio renovado.

La vida solo tiene sentido gracias a la democracia, pero a la de­mocracia le falta vida… Dicha inmediata, desastre inminente, in­consistencia de un régimen al que no se adhiere uno sin enredarse en un dilema torturante.

Si en caso extremo, se puede gobernar sin crímenes, no se puede en cambio, hacerlo sin injusticias.

En cualquier gran ciudad donde el azar me lleva, me sorprende que no se desaten masacres, una carnicería sin nombre, levanta­mientos diarios.

Un desorden de fin del mundo. ¿Cómo, en un espacio tan reducido pueden coexistir tantos hombres sin destruirse, sin odiarse mortalmen­te? A decir verdad se odian, pero no están a la altura de su odio.

Todo nacimiento es una capitulación.

La filosofía lo enseña a uno a plantear problemas y a hacerse pre­guntas, pero luego lo abandona a su suerte, porque las respuestas son siempre dudosas.

A menudo me han reprochado hablar solo de lo que me afecta a mí. Pues bien, si los que hablan de problemas generales me parecen la mayoría vacíos, eso ocurre con la filosofía: en lo más hondo está vacía.

Lenin y Hitler hacen historia precisamente porque a través del “terror fecundo”, pueden provocar la “mística” de un esfuerzo co­lectivo nacional.

Hitler era un caso patológico. El muy imbécil creía en sus pro­pias ideas.

Cualquiera es más contemporáneo que yo.

Delante de mí, una muchacha (¿19 años?) y un chico joven. In­tento reprimir el interés que despierta en mí la muchacha, su en­canto y, para conseguirlo, me la imagino muerta, en estado de ca­dáver descompuesto, con los ojos, las mejillas, la nariz y los labios, todo en plena putrefacción. Ningún efecto. El hechizo que emana de ella me subyuga constantemente. Este es el milagro de la vida.

Con la edad, nos volvemos más fríos, se hiela incluso la locura que llevamos dentro.

Me he aburrido de calumniar al universo, sencillamente, ¡ya no me interesa!

En mi juventud me emborrachaba a menudo, porque me gustaba el estado de inconsciencia y el orgullo demente del borracho.

La pérdida del sueño fue una revelación para mí. Porque entonces me percaté de que la vida era soportable tan solo gracias al sueño.

El insomnio nos obliga a vivir la experiencia de la lucidez de la consciencia sin interrupción.

No haber hecho nunca nada y morir sin embargo extenuado.

Preferí llevar una vida de parásito antes que destruirme traba­jando.

Lo que aún me apega a las cosas es una sed heredada de antepa­sados que llevaron la curiosidad hasta la ignominia.

Héctor Subirats es profesor universitario y ensayista.


Articulo : www.elboomeran.com | 20/7/2015