dimanche 2 août 2015

Jason FINE/¿Cómo era un día en tu vida, Johnny?

ROLLING STONE
¿Cómo era un día en tu vida, Johnny?
Por Jason FINE

A diez años de su muerte, la revista  Rolling Stone recupera la última entrevista que le hizo al Hombre de Negro, en su casa. En ella, Johnny Cash, quien falleciera a los 71 en un hospital de Nashville, habló de cómo eran sus días, del demonio de las drogas, de música y, claro, de la muerte. Nº 168 de Rolling Stone.

La mayoría de los días, Johnny Cash se levanta a las 4 de la mañana. Baja las escaleras, hace café y pone las noticias. Puede quedarse dormido otra vez durante una hora o así en su sillón reclinable negro, luego se afeita, se ducha y se viste. Las siguientes horas las pasa en su gran salón, que da al lago Hickory, al norte de Nashville, escuchando a los grupos de gospel de los 30 y 40 que ahora le gustan más que nada.

Sobre las 9 de la mañana empiezan los problemas. “Me siento con June y le pregunto: ‘June, ¿qué hago ahora?’. Y ella me dice: ‘John, no tienes que hacer nada, sólo descansar’. Y yo le digo que no estoy cansado, que no estoy enfermo, y que tengo que hacer algo con el día”.

A veces van a hacer la compra. “Voy a Dillards o Wal-Mart con June”, dice Cash, que lleva casado con ella desde 1968. “Si ella está comprando, si ella se mueve, yo la sigo. Soy un buen comprador. Compro camisas y discos. Tengo ya demasiadas camisas, la mayoría negras”.

Johnny Cash cumplió 70 en febrero, y los años le pesan. Al principio choca verle así: grueso, inestable, esa famosa mata de pelo negro ya blanca. Cash tiene diabetes y ha estado entrando y saliendo del hospital por neumonías. Una de las veces –octubre de 2001– fue lo suficientemente seria como para tenerle ocho días en coma. El glaucoma le ha robado la mayor parte de su visión, y el asma hace que le cueste respirar.

(En 1999 le diagnosticaron erróneamente con el síndrome de Shy-Drager, un desorden neurológico similar al Parkinson que dice que supo que nunca tuvo: “Un hombre viejo sabe si tiene una enfermedad debilitante”, afirma, “y yo sabía que no la tenía”).

Incluso, mientras lucha por el oxígeno, Cash irradia una determinación feroz. A lo largo de 47 años ha hecho música que funde dos oscuras tradiciones: el rústico fatalismo religioso y una temeraria autodestrucción.

Ha grabado con Elvis Presley, Bob Dylan y Bono, y también con Fiona Apple, Nick Cave y Sheryl Crow. Le rodea su leyenda, y uno no puede evitar quedar convencido cuando asegura que no le teme a la edad ni a las enfermedades: se ha enfrentado a la muerte demasiadas veces. “Si te digo la verdad, no pienso nunca en la muerte”, comenta Cash: “¿Qué voy a pensar? Me gusta mi vida actual”. Habla abiertamente, y con humor, de sus años de abuso de drogas, y admite que incluso ahora le acechan los viejos demonios. “No acuden regularmente. Se quedan a cierta distancia.

Podría invitarlos: el demonio del sexo, el demonio de la droga. Pero no lo hago. Son muy siniestros. Hay que vigilarlos”. Se ríe. “Se te meten sigilosamente. De repente, ves un precioso Percodan [un analgésico opioide] y quieres  omártelo”.

Cash dejó de actuar en 1997, después de 42 años en la carretera, pero sigue haciendo música a un ritmo notable. Su nuevo disco, The man comes around (2002), es el cuarto en una admirable racha de discos junto al productor Rick Rubin, que ha dado momentos a la altura de lo mejor de la carrera de Cash. La elección de las canciones es valiente, desde una versión del Hurt, de Nine Inch Nails, que Cash hace sonar aún más solitaria y dolorosa; a una interpretación de Bridge over troubled water, de Simon & Garfunkel, que suena como un himno de iglesia. La voz de Cash es a veces temblorosa, pero las grietas y las palabras arrastradas potencian su grandeza descascarillada.

“Hubo un momento en el que le dije a Rick: ‘Nos estamos poniendo muy tristes con este álbum’. Él respondió: ‘Pero no tristes como de depresión, sino tristes por la tristeza misma’. Después de eso, pensé que, si eso es lo que tocaba, íbamos a ir a por ello”. Y lo hicieron. Especialmente en la versión de Cash de la canción tradicional Danny boy, que conviene una sensación de mensaje final. Ahora Cash ha empezado a trabajar en un disco de temas gospel, que incluye favoritos suyos como el Golden Gate Quartet y los Five Blind Boys of Alabama.

“Siempre he querido hacer gospel negro, y sé que sueno estirado diciendo ‘negro’ –soy un blancucho– pero sentí que lo necesitaba. Y creo que va a salir bien”. Después, quiere hacer un álbum llamado Grass roots, una investigación de folk y country “echando la vista atrás hasta Stephen Foster [compositor del s.XIX considerado “el padre de la música norteamericana”]”.

Cuando se le pregunta si se va a jubilar, salta: “No, no, no, no. Si me retiro, me muero. Tengo que seguir moviéndome, como los tiburones”.

La casa de los Cash es un majestuoso castillo moderno de madera y cristal encajado entre riscos de caliza sobre el lago Hickory. Algunas de las vigas de madera fueron rescatadas de cabañas de pioneros en las orillas del río Cumberland. Recargadas arañas, alfombras oscuras y muebles antiguos de madera llenan las habitaciones. La oficina de Cash es el cuarto más pequeño de la casa. Una ventana da al viejo muelle de pescar sobre el lago cristalino. “Éste es mi lugar favorito”, dice sentado frente al escritorio en una nublada mañana de noviembre. “No necesito mucho espacio”. Viste una camiseta vaquera de trabajo con el logo de Sun Records, pantalones negros, deportivas negras y calcetines azules. Las paredes están cubiertas de libros sobre religión, música folk, literatura americana y política. Las memorias de Nixon están al lado de un volumen sobre los aztecas; un libro de himnos cristianos se esconde tras una caja de balas Winchester. La vista de Cash está tan deteriorada que no puede leer. “Ahora es una habitación de pesares”, dice: “Echo de menos mis libros”.

Cash agarra una guitarra hecha con madera de morera de Virginia. Sus manos están hinchadas, pero toca sin dificultad dos clásicos gospel y su Half a mile a day, que planea incluir en su nuevo disco. La escribió hace 20 años, pero ha vuelto a ella, “porque no estaba satisfecho”.

Esta tarde, Johnny y June Cash quieren ir a un estudio construido en una cabaña de una sola pieza situada en un confín remoto de su terreno. Van a grabar voces para el disco de Cash y para un disco en solitario que prepara June. Cash tiene ganas de trabajar, pero antes quiere desayunar. Lleva una dieta sin sal ni azúcar, y come menos de lo que solía, pero confiesa: “A veces me tomo un sándwich de desayuno que consiste en dos huevos fritos y bacon crujiente sobre una tostada de canela. Es muy bueno, de verdad”. Hace una pausa. “¿Quieres uno?”.

El desayuno es un momento importante en casa de los Cash. June, radiante a sus 73 años, se nos une en una mesa puesta de manera formal. Llegan los sándwiches para Johnny y para mí, y June se prepara algo de su invención: una tostada de canela con crema de queso, frambuesas aplastadas y compota de peras que crecen fuera de la ventana de la cocina.

Los Cash planean irse dentro de dos días a su casa de invierno en Jamaica, y la casa vibra con cocineros y criadas en plenos preparativos. También hay otros asuntos familiares. Un miembro de la familia Cash tiene problemas de drogas, y la mañana siguiente hay una intervención. La adicción a las sustancias, dice Cash con cansancio, “corre por esta familia como un pavo corre por el maíz.

Tío, es terrible. Intentamos salvarle, agarrarle antes de que desaparezca”. Cash parece agotado tras el desayuno. Tiene ganas de marcharse. “Jamaiquitis”, dice.

“Después de una semana allí habremos recuperado la energía”, interviene June. Cash le sonríe. “Cuando llegamos a Jamaica”, dice, “nada nos puede parar”. Se levanta, se apoya sobre una silla y se excusa para echarse una siesta. Según está saliendo, se para y se vuelve hacia June: “A las dos nos vamos”, dice: “Tú y yo tenemos que cantar.


Articulo: www.elboomeran.com | 18/11/2013