dimanche 2 août 2015

Jesús FERRERO/ La escritura y las drogas

CLAVES DE RAZÓN PRÁCTICA
La escritura y las drogas
Por Jesús FERRERO

Jesús Ferrero revisa, para la revista Claves de Razón Práctica nº 229, el uso de las drogas entre alguno de los escritores y filósofos de la historia. Ya Alceo, antiguo griego que consideraba el alcohol como una forma de alcanzar la felicidad y escapar de la realidad. Otros filósofos y escritores más modernos utilizaban cannabis y opio, o anfetaminas, como Hegel, Baudelaire, Sartre, Coleridge, y Burroughs entre otros. Por último también comenta la relación que existe entre las dorgas y el dinero: el verdadero narcótico es el dinero diluido en la jeringa.

Los vínculos entre droga y escritura son antiguos, como son antiguas las relaciones entre droga y experiencia interior. Los griegos hablaron de todo ello, basándose en su propia experiencia. El primero en vincular las drogas a la literatura fue Platón, que en Fedro considera la escritura una droga en sí misma, y no le falta razón. ¿Utilizaban los griegos las drogas para escribir? Probablemente algunos poetas como Alceo sí, por lo mucho que habla del vino como narcótico y como forma de transporte a dimensiones menos duras que la dura realidad. Alceo es una especie de Baudelaire de la antigüedad. Le gusta entonar odas a la molicie: como los poetas chinos de la dinastía Tang y como el persa Omar Khayyam, Alceo ve en el alcohol un camino hacia formas de felicidad emparentadas con el olvido del dolor sofocante de la vida, con el arrebato que libera nuestra mente y nuestra lengua, y con el calor de la amistad.

Donde sí utilizaban los griegos las drogas era en las ceremonias religiosas y en los ritos de iniciación. La pitonisa de Delfos se drogaba con laurel tóxico para ponerse en onda cuanto tenía que formular sus profecías, normalmente tan misteriosas como incoherentes, para que así el consultante se rompiera bien la cabeza analizando su posible significado mientras regresaba a su casa con menos dinero que antes y más preguntas en su cabeza, pues las consultas sobre el destino en Delfos no estaban al alcance de cualquiera. En la antigüedad, los grandes santuarios eran grandes mercados además de máquinas de hacer dinero.

Es posible que muchas obras excelentes que ahora leemos con placer fueran compuestas con un punto de alcohol, que aligeraba el pensamiento y la pesadez de la existencia, y daba un poco de aliento dionisiaco. Y es posible que esa relación, a veces grave, a veces leve, del alcohol con la escritura se haya dado siempre en la historia, aunque no se haya hablado de ello. Si es verdad que los españoles del siglo XVII bebían más de litro y medio de vino al día, ¿podemos pensar que también Lope y Calderón lo hacían y que algo de esos vapores etílicos llegó a sus obras?, me he preguntado más de una vez. En lo que se refiere a escritores alcohólicos que claramente utilizaban el alcohol para escribir, o que escribían borrachos, he observado una constante: sus libros pueden tener páginas excelentes, pero hay un descuido argumental muy evidente y desolador, que lejos de adensar la obra la convierte en una sustancia flácida. Me pasa con las obras de Marguerite Duras de la época alcohólica, y con algunas novelas de Onetti.

En lo que respecta a otras drogas como el opio y el cannabis, hay que afincarse en la modernidad para detectar su presencia, sin olvidar que el opio sale ya en la Odisea, simbolizado por las amapolas que consumen los habitantes de la isla de los lotófagos.

¿Hegel fumaba cáñamo? Al parecer en su época era frecuente el cultivo de cáñamo en Europa, incluidas algunas variedades tóxicas, y cuentan que los alumnos encontraban a menudo briznas de cáñamo en su mesa. Si hubiese algo de cierto en esa leyenda, habría que examinar de otra manera el Fenomenología del espíritu. La historia como una alucinación ideológica: la historia como visión (teoría) escatológica y liberadora en la que se incluye, como conclusión absolutamente maravillosa y redentora, el momento en que la historia se convierte en revelación absoluta de sí misma, y el Destino llega a su estación más luminosa. Las drogas no provocan en sí mismas alucinaciones de naturaleza tan vasta y poderosa, pero las pueden favorecer, si bien todo depende de en qué cabeza penetran las sustancias. Si llegan a una cabeza suprema no va a ser lo mismo que si llegan a la testa de un patán, tendía a creer Baudelaire, y resulta difícil no darle la razón.

Al parecer Paul Bowles escribía siempre colocado con hachís, y ahora uno de sus discípulos más ingratos se lo reprocha como si su maestro estuviese traicionando la literatura por usar como ayuda ese leve narcótico.

Cuando yo era chaval, los escritores se empapuzaban de anfetaminas, y nadie se lo reprochaba. El mismo Sartre confesaba que abusó de las anfetaminas mientras escribía El ser y la nada. No me extraña: es un libro laberínticamente anfetamínico, que podía haber tenido menos páginas. Ferlosio ya habló bien claro sobre ese problema de las anfetaminas, que acaban incitándote a descomponer hasta el infinito un texto, haciéndolo hermético e ininteligible hasta para ti mismo. He leído varias novelas que fueron sometidas a ese proceso deconstructivo por sus autores y estuve a punto de morir de aburrimiento.

El opio también arrastra su leyenda, en este caso negra: se supone que el opio fue el demonio que condujo a China a la decadencia. Pero es una falsedad tremenda. China nunca estuvo tan sumida en los vapores del opio como aseguran los interesados cronistas chinos. El consumo tendía a ser moderado, los fumaderos de opio eran lugares tranquilos, agradables y respetables, y la decadencia china tenía como responsables a los mismos chinos muy por encima de los extranjeros, y muy por encima del opio.

En lo que respecta a la tradición occidental, diríase que los escritores vinculados al opio tienen un prestigio especial, de aire más aristocrático y distante que los que usaron otras drogas, y también más maldito. La lista es bastante deslumbrante: Coleridge, De Quincey, Baudelaire, Cocteau, Malraux, Burroughs, St. Aubyn...

En Coleridge y De Quincey parece ser que el motivo de consumir opio fue el malestar físico, al menos en un primer momento, pero está claro que en autores como Baudelaire, Cocteau y Burroughs fue el malestar espiritual lo que les condujo a la “droga de la tranquilidad y la longevidad”, como la consideraban los chinos.

Dice la leyenda que Coleridge estaba sumergido en un sueño de opio cuando le empezó a venir a la cabeza, de una forma casi instantánea, un poema grandioso sobre el palacio que el emperador mongol-chino Kubla Khan había presuntamente construido en Xanadú.

Al parecer tenía todo el poema suspendido en la cuerda floja de la memoria inmediata cuando un amigo inoportuno llamó a su puerta y el magnífico poema se desintegró y solo pudo acordarse de algunos versos. El poema empieza diciendo: “Kubla Khan ordenó / construir en Xanadú un palacio del placer / en el lugar donde discurre el sagrado río Alfa / a través de cavernas insondables para el hombre...”. No hace falta continuar leyendo el poema para notar el aliento abismal y oriental del opio en cada una de sus palabras, y estoy convencido de que podía haberlo firmado casi sin reparos Baudelaire.

Pero ni Coleridge ni Baudelaire ni Cocteau mantuvieron una relación tan absoluta con el opio como William Burroughs, cuya obra es del todo inseparable de la heroína y la morfina, desde la primera línea que escribió a la última.

Se trata de un autor que siempre me ha fascinado por lo lejos que ha llevado algunas de sus alucinaciones. Lo mismo me ocurre con el poeta español El Ángel, cuyo poemario Los planos de la demolición va unido a la heroína como la palma a la mano.

Cuando he aconsejado la lectura de las novelas de Burroughs a ciertos amigos, estos me han dicho que les aburría el monotema de la droga. En parte les he dado la razón y en parte no. Como diría Félix de Azúa hablando de Eduard St. Aubyn y sus Novelas de Patrick Melrose, el asunto de las drogas, como muchos otros asuntos, puede ser “morboso pero trivial”. Si no se considera la droga una metáfora, hasta las más duras narraciones de Burroughs son un asunto trivial. Pero ¿metáfora de qué? El mundo que dibuja Burroughs parece muchas veces el infierno de Dante. La droga en sus novelas empieza siendo un anestésico y acaba siendo el reino de la sumisión y la oscuridad.

El devoto profesa una sumisión islámica a la dama blanca, señora de las tinieblas y de la miseria. En algunos capítulos de sus novelas, prosaicos y feroces arcángeles malignos de pelo rojo y naturaleza espectral aparecen vinculados al opio, a sus excesos o a su carencia.

Es normal después de todo. Sé en qué infiernos se metieron mis amigos yonquis. Algunos acabaron creyendo en Satanás. Pero no es esta la visión de la heroína que más valoro de Burroughs, la que más me interesa es la que vincula y junta dos conceptos: el polvo blanco y el dinero.

El opio y sus derivados han sido siempre productos caros. Los jóvenes de mi generación llamaban al opio el champán de las drogas. Burroughs llegó a decir en más de una ocasión que existía un vínculo claro entre la heroína y el dinero, y que el yonqui sentía que se estaba inyectando dinero. El verdadero narcótico era el dinero diluido en la jeringa, que entraba directamente en la sangre para tranquilizarla.

Sería rizarle el rizo a la idea de que el dinero apacigua el alma. En el caso de Burroughs la heroína como símbolo del dinero tiene bastante sentido. Es sabido que procedía de la familia que fabricaba las célebres máquinas registradoras Burroughs: aquellos artefactos modernistas que aún se veían en todas las pastelerías de posguerra.

Su familia era rica, y su madre le enviaba todos los meses generosos cheques a Tánger. William podía creer que era una máquina registradora como las que fabricaba su padre, y que no hacía otra cosa en Tánger que sorber dinero y más dinero, para tranquilizar el alma y poder pasar días enteros mirándose el dedo gordo del pie y descubriendo en él maravillas que ni siquiera se habría atrevido a imaginar.

Me gustaría acabar este artículo hablando del ya mentado El Ángel (1961-1994), un poeta madrileño duro como el heavy metal, que no suele salir en las antologías. Su poesía es fría pero quema, y a través de ella va narrando su experiencia de la vida marcada por la heroína. Él mismo se acusa de monotemático, no sin ironía. En El Ángel la heroína es el hilo que va uniendo los planos descendentes de la vida, que como en Fitzgerald es un proceso de demolición.

Concluyendo: como razonaba Platón, la escritura es en sí misma una droga que puede provocar ebriedad. Hay escritores que necesitan potenciar más esa ebriedad, y otros no. Obviamente, el uso de algunos narcóticos alivia la ansiedad y puede ayudar a crear una zona de silencio y concentración más o menos propicia para la escritura, pero el resultado va a depender siempre del talento del escritor, por eso a mí me da igual lo que beban, inhalen o se inyecten los autores que admiro y que leo. Uno solo les pide buena literatura, el resto es cosa de ellos.

Jesús Ferrero es escritor. Autor de Bélver Yin, Amador, Las trece rosas, El hijo de brian Jones, Doctor Zibelius y Las noches rojas (poesía)


Articulo : www.elboomeran.com | 18/5/2015