dimanche 2 août 2015

Juan RODRIGUEZ M.⁄ La CRONICA como género literario

El otro Boom | Narrativa de la realidad
La CRONICA como género literario
Por Juan RODRIGUEZ M.

Por primera vez el Premio Revista de Libros de “El Mercurio” estará dedicado al género que abre la noción de escritor más allá de la novela y la poesía. Cinco autores entregan algunas claves de su trabajo y del momento que vive es literatura hibrida en Latinoamérica.

En su discurso de recepción del Premio Nobel de Literatura, en 1982, luego de narrar las maravillas gozosas y penosas que habitan la historia de “nuestra” América, Gabriel Márquez dijo: “Me atrevo a pensar, que es esta realidad descomunal, y no solo su expresión literaria, la que este año ha merecido la atención de la Academia Sueca de las Letras”.

Tal vez allí hay una clave para entender, también, la riqueza de la crónica en este lado del mundo. Ese género que recurre a las formas literarias para contar realidades. Ese género que, se supone, inventaron los estadounidenses (“nuevo periodismo”), pero que previo a Tom Wolfe ya practicaban el argentino Rodolfo Walsh y, antes, el chileno Joaquín Edwards Bello; y cuya historia incluso se podría remontar, en el caso de Hispanoamérica, hasta los cronistas de Indias.

Para el mexicano Juan Villoro el cronista es el historiador del presente que escribe para el futuro, y la crónica, “el ornitorrinco de la prosa”, por la diversidad de elementos que confluyen en su creación. En palabras del también mexicano Carlos Monsiváis: “La crónica es una reconstrucción literatura de sucesos y figuras, donde el empeño formal domina sobre las urgencias informativas”.

El propio García Márquez es un exponente referencial de esta literatura, gracias a historias como “Relato de un naufrago” o “Noticia de un secuestro”. Por lo que no debe extrañar que en 1994 creara en Cartagena de Indias La Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, algo así como el fortín del periodismo o, como ellos mismos los llaman, de los “nuevos cronistas de Indias”.

A esos nuevos cronistas quiere seducir el Premio Revista de Libros 2015, que convocan “El Mercurio” y Empresas CMPC. Es la vigésima quinta versión de este concurso literario que, por primera vez, está dedicado a la crónica y se abre a toda Hispanoamérica. Y que define a este ornitorrinco como “un texto literario de no ficción sobre hechos o personajes del pasado o del presente, en el que se utilizan los recursos estilísticos de la narrativa”. Eso es lo que evaluaran los tres cultores ilustres del género que conforman el jurado: los chilenos Jorge Edwards y Robert Merino, y el colombiano Alberto Salcedo Ramos.

Una cosecha

“La idea de una no ficción de largo aliento, como la de Rodolfo Walsh o la de Truman Capote –que son los padres del género en América Latina y Estados Unidos-, ha sido seguida como una huella que ya es profunda por los autores que se lanzan hacia la escritura de libros que llevan, por cierto, mucho tiempo y que van instalándose incluso en el canon literario de América Latina”, explica el periodista chileno –formado y radicado en Argentina- Cristian Alarcón, autor de “Cuando me muera quiero que me toquen cumbia” y “Si me querés, quereme transa”.

Si hubiera que hacer una descendencia sur-norte, no exhaustiva, se puede mencionar a Roberto Arlt, Alma Guillermoprieto, Carlos Monsiváis, Juan Villoro, Martín Caparrós, Rodrigo Fresán, Sergio González Rodríguez, Gabriela Weiner y, cómo no, Tomás Eloy Martínez: “Todos los novelistas que escribimos crónicas, en América Latina y España, debemos pasar obligatoriamente por las obras de Tomás Eloy, del mismo modo en que los anglosajones pasan por las obras de Capote o de Tom Wolfe. Es nuestro clásico en ese mundo, uno de los que mejor describen la relación entre la escritura y la realidad “, ha dicho sobre él escritor colombiano Santiago Gamboa.

En el norte, tenemos entre otros a Norman Mailer, Ernest Hemingway, Hunter S.Thompson, John Hersey, Gay Talese, Joan Didion, Jon Lee Anderson y Geoff Dyer (inglés). ¿Y en Chile? Ademas del ya citado Joaquin Edwards Bello, a Tito Mundt, Lenka Franulic, Guillermo Blanco, José Miguel Varas, Pedro Lemebel y Francisco Mouat.

Se instala una idea

A la argentina Leila Guerriero –autora de “Los suicidas del fin del mundo” y, últimamente, “Una historia sencilla”- le parece que en Latinoamérica, hace unos cinco años, se está cosechando un trabajo que lleva quince o veinte. Ello se refleja, dice, en que todos, o al menos los periodistas y buenos lectores, entienden “lo que decimos cuando decimos crónica”. También en “la existencia en casi todos los sellos editoriales de una colección de crónica”.

En esos quince o veinte años lo que ha pasado, entre otras cosas, es que se creó la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano (1994) y revistas como las colombianas El Malpensante y Soho (1996 y 1999, respectivamente), la mexicana Gatopardo (2000), la peruana Etiqueta Negra (2002) y, últimamente, la argentina Anfibia (2012), un medio digital que a la hibridación periodismo-literatura le ha sumado las ciencias sociales y humanas.

“O sea que si, están pasando algunas cosas, pero de ahí a decir que es un fenómeno masivo, con cuarenta puntos de rating, hay una distancia grande”, matiza Guerriero.

Digamos, pues, que hay un pequeño boom. Sobre cuya realidad o no, el cronista chileno Juan Pablo Meneses (“Equipaje de mano”, “La vida de una vaca” y “Niños futbolistas”, entre otros títulos) señala: “José Donoso decía que la existencia del boom latinoamericano de los sesenta se debió, más que nada, a todos aquellos que trataron de negarlo. Con el boom de la crónica en América Latina pasa igual, en los últimos anos todos lo niegan. Tanto se ha negado que ya  parece real. Aunque esa realidad sea un presente donde se publican pocos libros y los medios llevan más notas sobre lo que es la crónica, que crónicas”.

Su compatriota Alberto Fuguet (“Apuntes autistas”, “Missing”, “Todo no es suficiente”) es más entusiasta con el fenómeno: “Yo creo que es cierto (el boom de la crónica) y si no lo fuera, estaría bueno que fuera cierto”. Periodista, narrador y cineasta, Fuguet agrega: “A mí, me encanta la idea de que un escritor pueda escribir sin tener que recurrir necesariamente a la imaginación, sino, más bien, a su prosa, o a su mirada y su curiosidad. Circular por la vida y ver que la no ficción llego al barrio me hace alguien mucho más contento y seguro de mí mismo”.

Oscar Contardo –autor de “Siútico” y “Raro”- piensa que existe un auge, que hay mayor visibilidad y valorización por la narrativa de no ficción en castellano. “Eso resulto algo novedoso en una cultura, la hispanoamericana, en donde ser considerado escritor esta o estaba restringido a quienes hacían narrativa y poesía. Cronista, dramaturgos y guionistas quedaban fuera de ese espacio. En la cultura anglosajona eso es diferente. No hablaría de un estallido, sino más bien de la instalación de una idea –la del cronista como escritor y como literatura- en donde antes no existía esa noción. Ese es el paso más importante y el más concreto”.

Regodeo estético

Hay una idea que se repite entre los cronistas y es que un buen cultor del género es, primero, un buen lector. Parece obvio que si el periodismo narrativo se distingue por tomar recursos de la literatura, haya que leer para hacer propias esas herramientas.

Claro que para Guerriero lo primordial es “tener a alguien que saca la realidad de sus lugar común o del lugar común en el que nosotros mismos, los periodistas, a veces la ponemos”. Para eso, dice, hay que tener mucha información sobre la realidad. De modo que los movimientos para hacer periodismo narrativo serian más o menos los que siguen: “Ir a mirar una realidad con información, pero sin prejuicios”. Después, “tratar de permanecer en esa realidad la mayor cantidad de tiempo que se pueda”. Luego, transformar el material que se obtenga “en un texto que le lleve al lector algo del orden de la emoción, del regodeo estético también”, una “prosa trabajada que no caiga en lugares comunes, que no se desinfle o burocratice a la hora de poner los datos”. Y, finalmente, “recordar –al mismo tiempo que se escribe un texto que ojala resulte estupendo, lleno de recursos narrativos- que se trata sobre todo de periodismo, no de demostrar qué bien escribe”.

Juan Pablo Meneses piensa que la crónica no tiene claros sus límites, que no se ha dejado encasillar. “Es el género literario que nadie ha podido definir. Ahí está su gran gracia, si no la única. Eso puede explicar lo que cuenta Oscar Contardo: “No saben muy bien en qué sección de la Liberia poner mis libros. En concursos literarios me han hecho competir con ensayos de filosofía, incluso. Existe una necesidad de clasificar que ha sido sobre pasada por los hechos y que en mi caso a veces me resulta divertida y otras, irritante. ¿Qué hace Emmanuel Carrère en “El adversario”? ¿O Selva Almada en “Chicas muertas”? Son investigaciones periodísticas, pero ambas propuestas son editadas como narrativa, en sellos literarios, no como crónica o periodismo”.

De todos modos, Contardo apuesta una definición, “amplia”: “Se trata de literatura de realidad, limítrofe con el ensayo en ocasiones –sobre todo en mi caso- y con la narrativa la mayor parte del tiempo”.

Inflación sentimental

¿Se puede hacer crónica en verso? Lo hace Caparrós en “El Interior” cuando traspasa la voz de un campesino: “no hay nada que me guste mas/pero a veces quisiera vivir sin trabajar/como si fuera rico/o un político o el comisario de mi pueblo”. Lo hacían los poetas de la Lira Popular. De modo que habría que responder: si, se puede… Cuando hay algo que decir.

Cuando no, es manierismo, forma sin realidad. “En uno de los encuentros de Nuevos Cronistas de Indias que organizo la Fundación García Márquez, yo hablé sobre la inflación sentimental de la crónica”, cuenta Cristian Alarcón, “que es la creencia en que el solo hecho de utilizar algunas herramientas de la literatura  convierte un texto en una gran crónica”.

Dicho eso, alguien podría preguntar: ¿Cuánta ficción admite el género? “Para mí, nada”, responde Contardo. “No podría dormir tranquilo si inventara algo en medio de un texto. Fui educado en el periodismo, donde la fantasía es un delito”. Guerriero se suma: “Cuando me hacen esa pregunta, uno termina explicándole a la gente que toda persona que escribe tiene derecho a poner una metáfora, pero poner un adjetivo o una metáfora no significa estar haciendo ficción, significa tratar de escribir bien”. “Para mí está clarísimo. Si un periodista tiene que inventar una parte de lo que escribe o se le ocurre inventar, es porque es un mitómano o porque es un haragán”.

Del otro lado, Alberto Fuguet responde así a la pregunta: “Mucha más de la que tú crees. Pienso que tiene que hacer algo de ficción en la no ficción. Recordemos que esto es un género literario”. Ese algo puede ir “desde el invento puro y duro, hasta simplemente estirar la subjetividad”. Aunque, matiza: “Tampoco quiero decir que sea clave meterle mentira, pero si hay que extremar los grados de subjetividad y de arbitrariedad. Si no, son simplemente libros de información”.

Una lagrimita no le viene mal a nadie

Cristian Alarcón recuerda: “En México, en un taller de Ryszard Kapuscinski, conté que había ficcionalizado algo y mis compañeros se horrorizaron. García Márquez intervino diciendo “bueno, bueno… una lagrimita no le viene mal a nadie”.

Para Alarcón no es que en América Latina la crónica se plante en la ficción, sino que aquí la frontera entre lo ficcional y no ficcional “no depende tanto de la certeza como de las tramas y las estructuras”. “La persistencia de la crónica en los últimos quince o veinte años –y esto es interesante para un concurso-, la acumulación de esa práctica lectora de la posibilidad de celebrar nuevos pactos con el lector. Donde el pacto de verosimilitud es mucho mas laxo. Donde no necesito la mención obsesiva de fuentes, una tras de la otra, para creer en lo que estoy leyendo. Porque, en definitiva, lo que la crónica pretende, o asume, es que su propio tono, su propia contundencia literaria es la que produce la verosimilitud. El verosímil no es, como en el periodismo tradicional, una acumulación de fuentes, sino de densidades culturales, donde la verdad no está en el dato ni en su suma, sino en la reconstrucción de tramas”. Posibilidad que se gana, eso si, “con un esfuerzo bestial de investigación y, si querés, de etnografía”.

De hecho, en “Si me querés, quereme transa” (libro que en una librería de Santiago está en la sección novela policial) Alarcón advierte: “Las identidades de los testigos de los crímenes han sido protegidas: en algunos casos se ha descompuestos a una persona en dos o más seudónimos, o sumado a dos personas en uno solo”.

Y entonces, ¿Cuánta ficción admite la crónica? Nada o algo, lo cierto es que no es un sucedáneo, ni un premio de consuelo al lado de la literatura. Es literatura. Tal vez haya que quedarse con las palabras de García Márquez que se abren su discurso de recepción del Nobel: “Antonio Pigafetta, un navegante florentino que acompaño a Magallanes en el primer viaje alrededor del mundo, escribió a su paso por nuestra América meridional una crónica rigurosa y que sin embargo parece una aventura de la imaginación”.


Articulo: http://www.emol.com 26/07/2015

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