dimanche 2 août 2015

Manuel BARRERO/ La sagrada sátira

CALVES DE RAZÓN PRÁCTICA
La sagrada sátira
Por Manuel BARRERO

Ante los atentados contra los dibujantes laicos y libres Manuel Barrero indica, en este artículo de la revista Claves de Razón Práctica nº229, que no cabe la 'autocensura complaciente' sino la condena sin matices. La caricatura o la viñeta satírica simbolizan el ejercicio de la libertad. Barrero indica que "el humor gráfico no sólo ridiculiza a la instancia que señala directamente, también revela la incapacidad intelectual de quien no la comprende, y con ello traza indicadores de transformación o fallas en el tejido sociocultural".

Hay una porción de los habitantes del mundo que decidieron organizarse respetando la laicidad y el derecho (regirse por la norma) y otra porción que eligió la confesionalidad y la fe (guiarse por el dogma). Al querer encajar ambos mundos en la llamada sociedad global aflora un "desajuste multiculturalista", que no es otra cosa que una fricción entre patrones de civilización. En esa falla los discursos se polarizan: en política, los Estados confesionales se enfrentan con los laicos; en el plano social, las manifestaciones del pueblo de extracción rural con la opinión de la ciudadanía de inserción urbanita. Fe y agnosticismo hacen pareja con pueblo y ciudadanía, respectivamente, en una pirueta lamarckista a la que nos condujo el fin de la modernidad. Habitualmente, los problemas entre derecho y fe se remiendan con acuerdos económicos, pero las diferencias entre confesionalidad y laicidad raramente se resuelven sin ruido o entre el rumor de togas, porque quien piensa que sus fundamentos religiosos son incuestionables no acude a un tribunal laico para defender su posición. Mayor es el problema si el que defiende su credo considera legítimo protegerlo matando.

Esto es lo que ocurrió el 7 de enero de 2015, cuando unos asesinos enviados por Aimán al Zauahiri, líder de la filial yemení de Al Qaeda, mataron a 12 personas en la redacción de Charlie Hebdo en París, por haber publicado imágenes que al parecer ofendían la fe religiosa del islam. La matanza fue reivindicada como una "batalla bendita" acometida por "reclutas héroes"; cruel oxímoron el primero, absurda antítesis la segunda. Resulta sorprendente la eficacia de esta retórica tan propia de púlpitos, y su gran calado entre las gentes poco cultivadas, sea cual sea la intención que la guió: ideológica, demagógica, mesianista, integrista, aun cuando sea langue de bois. Los mensajes escritos y los hablados suelen ser directos y convincentes, y más si apelan a los sentimientos. Los que usan imágenes, por el contrario, son más sofisticados y susceptibles de múltiples interpretaciones. Y sin duda el lenguaje audiovisual peor comprendido, conducido hoy a un semiótico callejón sin salida por la misma cultura que lo creó, es el de las viñetas.

Los que estudiamos los mensajes construidos con imágenes fijas conocemos bien la importancia de la comunicación híbrida y nueva, brillante, que brota al combinar imágenes y textos. Caricaturas y viñetas acompañaron y reforzaron los pilares de la Ilustración. La sátira periodística liberal primero y la sátira dibujada antidespótica poco después, fueron dos instrumentos básicos para la identificación de los males que padecían las sociedades europeas y americanas avanzadas, como han dejado claro los estudiosos del tema, desde Valeriano Bozal al equipo que hoy coordinan los doctores Bordería Ortiz, Gómez Mompart y Martínez Gallego. Aquellos mensajes gráficos fueron elevando su complejidad entre los siglos XVIII y XIX hasta el punto de exigir desglose (dando a luz así a la historieta, medio con el que la sátira gráfica comparte lenguaje), siempre con el objetivo de poner en evidencia las fisuras sociales, las pésimas gestiones de los alcaldes, las pobres decisiones de los militares y de los ministros, la falibilidad constante de los monarcas y la ridiculez ancilar de los pontífices.

También se fijó en los dioses, pero no como acto último de atrevimiento, sino por cumplir su función básica: promover la reflexión partiendo de la controversia. Al poco de poner en marcha las primeras imprentas, varios protestantes alemanes vieron en las hojas volanderas un modo óptimo de ridiculizar la instrumentalización “fundamentalista” que de los mandatos de Dios venía haciendo la cúpula del catolicismo, y mostraron su desacuerdo mediante la caricaturización monstruosa de símbolos alusivos al demonio y al Vaticano. El ejemplo más conocido fue el popular grabado Der Papstesel zu Rom, “El Papa-asno de Roma”, atribuido a Philip Melanchthon.

En aquella imagen ya se daban cita los tres componentes básicos de la sátira gráfica, así definidos por investigadores como Natalia Meléndez, Manuel Junco o quien esto escribe: la “concreción”, porque la representación deformada atañe con precisión a figuras y características identificables; la “incongruencia”, por asociar una instancia moral con su contraria para ponerla en evidencia: y la “compleción”, el planteamiento de una complicidad con un público objetivo capaz de comprender el mensaje en aquel ámbito y en aquel tiempo. Un ciudadano hindú de 1523, o un árabe o uno oriental, hubiesen sido incapaces de comprender el mensaje concreto de aquella viñeta. Esto es así porque los mensajes satíricos, debido a su elaborada complejidad, implican condiciones espaciales, temporales e intencionales. Si separamos la imagen satírica de su afán inicial y se asocia a otras instancias morales, la complicidad cesaría para dar paso al desacuerdo.

La caricatura del profeta Mahoma con una bomba por turbante, dibujada por Kurt Westergaard en 2005, fue un caso paradigmático de mensaje satírico gráfico provisto de narratividad (un mensaje concretado, forzado en su incongruencia y cargado de complicidad), claramente ligado a un alcance, una vigencia y una intencionalidad.

El alcance era una parte de la población danesa ilustrada y preocupada por un debate suscitado poco antes en Copenhage sobre la libertad para poder dibujar a Mahoma en una biografía bondadosa con el profeta. La vigencia temporal se ceñía a aquel momento, no con relación a las anteriores o posteriores políticas de intervención del Estado danés o de sus aliados en países donde el credo mayoritario era el musulmán. No aludía a la fe sino a la violencia ejercida en nombre de esa fe. Pero la viñeta (y otras 11 publicadas en el diario Jyllands Posten) fue meses después desubicada, descontextualiza y manipulada, junto con otros documentos ofensivos hacia la doctrina islámica (como quedó patente al hacer público el informe Akkari-Laban), para arengar contra Europa a una gran masa de musulmanes que nunca vieron ni valoraron aquellas viñetas. Las imágenes solo pretendían hacer patentes los males derivados del integrismo pero en el seno del fraccionado islam se estimó que eran una burla religiosa.

Y las sociedades occidentales laicas acordaron que también, sin atender a un análisis previo y razonado de los mensajes dibujados. No hemos conocido una argumentación sólida que explique de forma razonada la reacción contra las viñetas danesas de 2005 o de las francesas de 2015, ni por parte de los analistas ni por parte de los fundamentalistas. Las del Jyllands Posten no caricaturizaban todas ellas a Mahoma ni lo ridiculizaban (algunas, al contrario) y en el número 1.178 de Charlie Hebdo solamente hubo una imagen alusiva al profeta y lo retrataba como un mensajero de paz que se dolía con la muerte. No obstante, el grupo yihadista Boko Haram aniquiló en Baga a dos mil personas –sin distinguir a los cristianos de los musulmanes– en respuesta a “las caricaturas ofensivas” publicadas en el semanario francés en enero. Ni ellos ni ningún medio informativo señaló cuáles fueron las imágenes concretas. Se da por hecho que existieron y que fueron ofensivas. El estereotipo ya estaba creado.

Esto ha ocurrido con otros asuntos delicados desde la perspectiva moral: el racismo, la discriminación sexual, o el humor negro sobre holocaustos o desastres causantes de gran mortandad. O sea, con viñetas que suscitan una respuesta emocional automática, en los márgenes de la filautía, antes que una interpretación intelectual razonada. Y este es el gran problema del humor gráfico hoy, que no es admitido como un medio (con contenido y expresión propios) cuyo lenguaje usa tropos, ejes y metalogismos para construir una estructura narrativa inmersa en un relato elaborado. Por eso aludía al callejón sin salida, porque el plano del contenido de la viñeta suele asociarse con una expresión simple, o incluso con lo burdo o lo tosco, como han hecho muchos al recordar las obras de Wolinski, Reiser, Cabu, Willem o Riss, por citar un puñado de dibujantes de Charlie Hebdo (en la misma superficialidad se cita a veces en España a Óscar, Ja, Máximo, El Roto o Guillermo, por ejemplo). Periodistas formados o eruditos politólogos se han demostrado incapaces de ver más allá de la representación, del trazo, por no comprender el conjunto de lo percibido dentro del marco de intenciones que el humorista se había propuesto. Lo representado no les permite ver lo narrado, fallando por completo su capacidad de abstracción y participando de la controversia hasta el punto de ponerse de parte de los que confunden la sátira con la apostasía o, más allá, de los que han hecho del conspiracionismo todo un sistema de creencias.

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El humor gráfico no sólo ridiculiza a la instancia que señala directamente, también revela la incapacidad intelectual de quien no la comprende, y con ello traza indicadores de transformación o fallas en el tejido sociocultural. El reciente asunto de la retirada de la portada de El Jueves número 1.932, en la que se escenificaba la sucesión al Trono de España mediante la expresión coloquial “pasar el marrón”, puso de manifiesto la grave situación de los humoristas gráficos españoles, que es la de si pueden seguir ejerciendo su oficio con dignidad tras comprobar que para muchos resultaba incomprensible la función del humor gráfico, equiparando sátira con malevolencia. Esta suerte de transformación de tesis en hipótesis revela un problema educativo por parte de los que interpretan, no uno ético por parte de quienes construyen las sátiras. O algo peor: el miedo a la libertad en un espacio sin cimientos sólidos en el que el individuo líquido imaginado por Zygmunt Bauman se ha impuesto a la personalidad íntegra defendida por Karl Krauss. Ese código esterilizador del pensamiento al que conduce la llamada corrección política obliga además a replantearse si los humoristas deben trabajar ajustándose a la tiranía impuesta por la deriva de las costumbres y los medios de comunicación, lo que limita la libertad de expresión a los temas y los requerimientos del poder financiero.

Los casos de las viñetas (o los escritos) que denuncian la violencia ejercida en nombre de Mahoma demuestran, por añadidura, la adulteración de la sátira en los entornos digitales. Internet modifica drásticamente las propiedades temporales y espaciales de estas obras, antes supeditadas a un ámbito y periodo especificados, al ser difundidas a la velocidad de la luz por los ordenadores de todo el mundo. De ahí que muchos autores satíricos hayan renunciado a la sátira trascendental o comprometida, conformándose con elaborar imágenes lúdicas cada vez menos combativas contra el poder. Esta rebaja del peso intelectivo de la sátira para instalarse en el costumbrismo estereotipado ha calado, y cada día más, diluyendo el afán crítico en la presunta sociedad globalizada libre y respetuosa a la que aspiramos pero que de momento solo es una “realidad narrada” a través de monitores, un simulacro. Así las cosas, la merma en la avidez burlona de las viñetas se suma a las fórmulas actuales de reconstrucción de la realidad, que no permiten comprender la existencia de espíritus tan libres (por ácratas) como los de Charlie Hebdo.

Obviamente, ni la sátira es “sagrada” ni impunes los actos de los humoristas. Su actividad consiste en un ejercicio intelectual concreto y elaborado que sirve para deleitar al inteligente y remover en su asiento al torpe. Es un trabajo civilizado (por más que parezca burdo en su ejecución) que se realiza en una sociedad democrática, con los límites marcados por las leyes y la jurisprudencia, y que no puede ser fiscalizado por estamentos en los que poder político y poder religioso forman una amalgama. Acabar con la fiscalización terrorista del humor es labor de los políticos, pero también es imprescindible debatir sobre la condena del “afán de blasfemia” dictada por algunos analistas que, arropados por las teorías del balanceo relativista (la “atópica metaxis” planteada por Vermeulen y Van den Akker), establecen silogismos aberrantes entre la comprensible indignación musulmana y las preclaras ofensas al islam que anidan en las viñetas. Parece ser esto otra desembocadura fangosa del posmodernismo, como decía el sociólogo y autor satírico Romero Reche cuando aludía a la merma del flujo corrosivo del humor en aras de interpretar un papel funcional de legitimación ideológica del orden social. Este planteamiento difícilmente cabe aquí, porque el humorista que no sale del costumbrismo debido a las imposiciones de sus jefes no es el mismo humorista que denuncia la intolerancia de cualquier signo desde las páginas de una publicación independiente e inasequible a la censura.

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Los autores asesinados en París eran fieles a la proclama ni dieu, ni maître. Este lema, hoy de resonancias nietzschianas, fue proclamado por el socialista Louis Auguste Blanqui, un hombre que ocupó el Ayuntamiento de París portando armas, cierto, pero que también participó activamente en el derrocamiento de un Gobierno totalitario, contribuyó a abolir la esclavitud en las colonias francesas y a la instauración del sufragio universal en su país. Las revistas Hara-Kiri y su hija Charlie, entendidas por muchos hoy como “armas gráficas contra Mahoma”, han sido publicaciones que ante todo ayudaron a comprender los abusos de poder de De Gaulle, denunciaron como ningún otro medio el rahez colonialismo galo en otros países, y pusieron en evidencia la falta de reconocimiento de los derechos de igualdad, participación y significación en la vida pública de muchos ciudadanos franceses.

Ante los atentados contra nuestros dibujantes laicos y libres no cabe la “autocensura complaciente”, solo cabe la condena sin matices. La caricatura o la viñeta satírica simbolizan el ejercicio de la libertad, no el odio, no la islamofobia. Recordemos que un islamófobo es, en esencia, un ignorante occidental que no sabe distinguir lo árabe de lo musulmán ni al islámico del islamista; y que se siente muy cómodo en el marco del multiculturalismo, ese concepto tan vago y ampuloso en el que todo cabe y nada se contiene.

Manuel Barrero es licenciado en Ciencias Biológicas y DEA en Comunicación por la Universidad de Sevilla. Director la revista de estudios de la historieta y el humor gráfico Tebeosfera.


Articulo : www.elboomeran.com | 11/5/2015