dimanche 2 août 2015

Manuel FRAIJÓ/ Hans KÜNG: últimos recuerdos

CLAVES DE RAZÓN PRÁCTICA
Hans KÜNG: últimos recuerdos
Por Manuel FRAIJÓ

En este artículo de la revista Claves de Razón Práctica nº 240, Manuel Fraijó nos presenta el último libro del famoso teólogo Hans Küng, tercera y última parte de sus memorias: "Humanidad vivida". Fraijó repasa sus grandes obras y estudios sobre las religiones y la ética. Analiza alguno de sus pensamientos y describe la personalidad de este emblemático teórico suizo. Asegura Fraijó que "en estas memorias se aprende historia de las religiones, geografía, política - eclesial y profana- y un sin fín de cosas más".

Han pasado casi veinte años desde que 1.300 personas, emocionadas, aplaudían la última clase magistral de Hans Küng. No menos emocionado que su auditorio, el gran teólogo suizo-alemán enfilaba la salida del abarrotado salón de actos musitando un apenas perceptible "me gustaría seguir contando con su afecto". Era el día de su jubilación. Se trató de una jubilación con consecuencias. Después de ella, el teólogo más conocido de Tubinga continuó con su ingente labor investigadora. Desde que, incomprensiblemente, un 15 de diciembre de 1979, el papa Juan Pablo II "premió" su hoja de servicios a la iglesia retirando a este brillante defensor de la fe cristiana la venia docendi, declarándolo "teólogo no católico", Küng, después de haber enriquecido la teología católica con éxitos mundiales como Ser  cristiano (1974), o ¿Existe Dios? Respuesta al problema de Dios en  nuestro tiempo (1978), se había adentrado en terrenos por los que no suele transitar el teólogo. Nacieron así sus voluminosos títulos sobre las religiones: El judaísmo (1991), El cristianismo (1994) y El islam (2004). Previamente, en 1984, había visto la luz el volumen El cristianismo  y las grandes religiones, en el que se sienta al cristianismo a dialogar con el islam, el hinduismo y el budismo. Küng no olvida que la secularización es un fenómeno casi exclusivamente occidental; en el resto del mundo, las religiones siguen configurando la realidad. Es, pues, necesario contar con su impulso. Pero la dedicación al estudio de las religiones no fue el único "efecto benéfico" del injusto desaire de Juan Pablo II. La última etapa del quehacer científico de Küng ha estado dedicada a la ética.

Küng es fundador y, hasta hace un año, presidente de la Fundación Ética Mundial, con sede en Tubinga y Zúrich y con delegaciones en numerosos países. Representantes de la educación, la cultura, la religión, la economía y la política acuden a esta Fundación en demanda de orientación en valores y compromiso educativo. No pocas instituciones educativas se nutren de libros de texto editados por esta Fundación a la que Küng ha dedicado sus últimas fuerzas y entusiasmo y que ha dado a conocer en gran parte del mundo. Y es que Küng cree que, sin un consenso ético básico sobre determinados valores, normas y actitudes, resulta imposible una convivencia humana digna, tanto en pequeñas como en grandes sociedades. Un consenso que solo es alcanzable mediante el diálogo y el mutuo reconocimiento y aprecio. La ética universal -"mundial" la llama Küng- debe partir de un principio tan básico como antiguo: "Todo ser humano debe recibir un trato humano". El sustrato teórico de este proyecto ético se encuentra en su libro, Proyecto de una ética mundial (1990).

Pero Küng, además de “hacer”, cuenta lo que hace. A esa narración ha dedicado tres volúmenes que suman más de dos mil páginas publicados, como los anteriormente citados, por la editorial Trotta. El primero, titulado Libertad conquistada, apareció en el año 2002; en él narra el periodo comprendido entre 1928 –año de su nacimiento– y 1968. La fecha señera de estos años es el concilio Vaticano II, en el que Küng participó como “perito” nombrado por su querido papa Juan XXIII. Unos años después, en 2007, veía la luz el segundo volumen, bajo el título de Verdad controvertida; en él se narran las peripecias acontecidas entre los años 1968-1980. Punto culminante de este periodo es la retirada de la licencia eclesiástica para enseñar teología, acontecida en diciembre de l979. Y en el año 2014 acaba de aparecer el tercer y último volumen, titulado Humanidad vivida; su contenido se extiende desde 1980 hasta la actualidad. Y, sin duda, alcanza su punto culminante en su último capítulo, en el que el autor narra cómo vive el ocaso de sus fuerzas y de sus días. Lo titula ‘En el atardecer de la vida’, y son páginas que considero memorables y que a nadie dejarán indiferente.

El autor deja claro, desde el comienzo, que no se trata sin más de “memorias” en el sentido habitual del término, sino “de narración y reflexión a la par”. El lector no se encontrará solo con la historia de un teólogo llamado Hans Küng, sino con la historia de nuestro tiempo, de la Iglesia, de la teología y de las religiones. Tampoco falta una buena dosis de historia “profana”: Küng ha conocido y tratado a los grandes representantes de la política y la economía del siglo XX y XXI. Ha dado varias veces la vuelta al mundo invitado por jefes de Estado, líderes religiosos y las más prestigiosas universidades. También ellos se asoman a las páginas de estas memorias. Su autor no quiere alardear de que conoce “a gente importante”, pero de hecho la conoce.

La historia personal de sus recuerdos no es separable de los pequeños y grandes sucesos de los que ha sido testigo. Se define a sí mismo como “un cristiano ilustrado, ecuménicamente abierto y socialmente crítico”. Produce una cierta “ternura” su defensa de la acusación de “vanidoso”. Es consciente de que esta acusación le resta muchas simpatías y le ha ocasionado grandes problemas con la jerarquía de su iglesia. Se lamenta de que, cuando a los periodistas no se les ocurre ninguna otra cosa, le suelen preguntar: “¿Es usted vanidoso?”.

Confiesa que le gustaría devolver la pregunta: “¿Y usted?”. Ofrece comentarios muy sabrosos sobre la vanidad (págs. 626-27). Y la define como “estar enamorado de forma acrítica y coqueta de uno mismo y de sus ilusoriamente sobrevaloradas cualidades”. Algo, escribe, que a él “rara vez” le ha pasado; eso sí: reconoce que sus éxitos le llevan a experimentar “una infantil alegría” que considera legítima y que no permite que nadie le robe. Es posible que aquí esté la madre del cordero. La vanidad de Küng es la propia de un adolescente en plena pubertad: es manifiesta, inofensiva, carente de propósitos turbios.

Es, al menos, la conclusión a la que se llega cuando se le conoce de cerca y cuando, en vez de juzgarle, se le quiere. “A ser juez de las cosas”, escribió Ortega y Gasset, “voy prefiriendo ser su amante”.

Es sabido, por lo demás, que hay otras vanidades: disimuladas, retorcidas, soterradas, peligrosas y ocultas bajo una falsa capa de humildad.

Uno se pregunta a veces si no es esta la vanidad que padecen algunos de los jerarcas que critican y condenan al “vanidoso Küng”. Tampoco conviene ocultar que Küng tiene algunos motivos, probablemente más que algunos de sus jueces, para sucumbir a la vanidad. Este suizo políglota sabe hablar y escribir. Se le entiende “todo”, incluso cuando escribe sobre Hegel. Sus libros –24 volúmenes ocuparán sus obras completas que ha comenzado a publicar la editorial Herder– no están destinados a ninguna cofradía de iniciados. Su autor piensa siempre en el gran público, en los hombres y mujeres de nuestro tiempo que, sin haberse matriculado en ninguna facultad de teología o filosofía, aspiran a creer y comprender. Por algo Küng ha sido el teólogo más leído del siglo XX. Lo fue ya en sus comienzos, cuando escribía sobre la iglesia y el ecumenismo. Y lo continúa siendo ahora, cuando escribe sobre las religiones o sobre la ética.

Küng explica por qué ha dado a sus últimos recuerdos el título de Humanidad vivida. Es, escribe, que “he experimentado mucha humanidad en el sentido más verdadero de la palabra”. Su ingente obra ha sido escrita en la mesa de su despacho en Tubinga, pero se ha gestado en innumerables viajes por todo el mundo y gracias a múltiples y gratificantes encuentros, con la mirada siempre puesta en el mundo concreto de la vida. Además, cree haber luchado contra todas las formas de inhumanidad y haber peleado a favor de más humanidad y de más paz entre las iglesias, las religiones y las naciones. Testigos de este buen trabajo son las Naciones Unidas, la Unesco, el Foro Económico Mundial en Davos, el Parlamento de las Religiones del Mundo y otras muchas instituciones de relieve. Una fugaz mirada al contenido de Humanidad vivida nos lleva a su frenética actividad en Europa, en Estados Unidos, en Canadá, en África, en la India, en China. Se ha dicho que Rudolf Otto fue el primer teólogo viajero; también Küng lo ha sido con una intensidad asombrosa. Su complexión atlética, familiarizada con la actividad deportiva, se lo ha facilitado.

El lector de las 766 páginas de esta obra hará, creo, un grato descubrimiento. Encontrará que en un libro de memorias puede recibir, en vivo y en directo, una rica y amena información sobre el judaísmo, el cristianismo y el islam. Y, de paso, podrá conocer los usos y costumbres de algunos de los países en los que estas religiones se practican, países que Küng ha recorrido en repetidas ocasiones.

Idéntica experiencia le espera si se asoma a las páginas dedicadas a las religiones africanas y a la forma cómo estas son practicadas en los diversos países. Recibirá incluso cumplida información sobre los sistemas políticos imperantes, algo que, por cierto, también hizo R. Otto, diputado del Parlamento alemán; la sorpresa, tal vez incluso la fascinación, continuará si viaja con Küng a la India y se adentra en las profundidades del hinduismo y el budismo. ¡Por fin podrá enterarse de si las vacas son realmente sagradas y por qué!; y, si se atreve a acompañar al “teólogo vanidoso” a China en alguno de sus viajes, terminará haciendo buenas migas con el humanismo ético de Confucio y, si se descuida, retornará convertido en un místico taoísta…

Raramente se ha escrito un libro de Memorias con tanto contenido informativo y tanto fuste teórico. En estas Memorias se aprende historia de las religiones, geografía, política –eclesial y profana–, y un sinfín de cosas más. Y, obviamente, se conoce al autor de las Memorias, al teólogo que, después de tantos y tan fascinantes viajes por el ancho mundo, espera el momento de iniciar el último, el más largo viaje que antes o después emprendemos todos los seres humanos.

Hace dos meses tuve la oportunidad de visitar en su casa de Tubinga a quien, en tiempos ya lejanos, fue mi profesor y hoy es maestro y amigo. Lo encontré, como diría Heidegger, “a la espera”, pero no del desvelamiento del ser, sino de la manifestación definitiva de Dios.

Con serenidad –Gelassenheit, dice bellamente Heidegger– inicia Küng cada nuevo día. Sabe que ya no son posibles los viajes ni la intensa escritura de antaño: una artrosis aguda en la mano derecha convierte su escritura en casi indescifrable; un muy avanzado Párkinson le obliga a dedicar gran parte del día al cuidado de su salud. Consciente, además, de que el día 19 de marzo cumplirá 87 años –siempre ha sido muy “aficionado” a celebrar sus cumpleaños– ha escrito: “Mi obra está concluida, estoy a la espera, preparado para despedirme en cualquier momento”. Una despedida que no concibe sin música, siempre se movió en el ámbito de las bellas artes. Seguro que piensa como su colega y amigo en Tubinga, Ernst Bloch: “La música, como las buenas obras, nos acompañará más allá de la tumba”. Y como él, no se resigna a que la última melodía que escuchemos sean las paletadas de tierra que alguien arroje sobre nuestros despojos.

Küng ha escrito muchos libros pero, como nuestro Unamuno, no se conforma con esa inmortalidad rebajada que otorga la obra realizada; desea seguir viviendo él y no solo en sus libros. Su fe cristiana le permite esperar un nuevo comienzo, otra vida más allá de la muerte.

No desea el final, pero lo acepta con la confianza del viajero que sabe que no peregrina hacia ninguna parte. No es “la nada” nuestra última morada, escribe una y otra vez, sino el Misterio, al que algunas religiones, entre ellas el cristianismo, llaman Dios.

Finalmente: buen amigo de sus amigos, ha adquirido ya su tumba junto a las de sus entrañables amigos Walter Jens y su esposa Inge.

Será su último homenaje a la amistad, su postrer intento de cercanía. Reposará en el hermoso cementerio de Tubinga. Su epitafio será sencillo y breve: “Profesor Hans Küng”. Desea ser recordado por su “oficio”: profesor. Al que bien podríamos añadir el de “escritor”.

Estas Memorias son buena prueba de ello.

Manuel Fraijó es catedrático emérito de Filosofía de la UNED.


Articulo : www.elboomeran.com | 29/6/2015

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