vendredi 14 août 2015

Miguel NUNEZ MERCADO/ Textos

Miguel Nuñez Mercado, Nacido en Limache, en 1956, Chile, Ha obtenido variadas distinciones literarias en certámenes de carácter regional y nacional. En esta su primera publicación individual, aunque parte de su obra. Ha sido difundida en numerosas revistas y periódicos.


Miguel Núñez Mercado sobre Azul@rte:


La Mama Berta: la mamá que aún me mima
Por Miguel Núñez Mercado

Una mujer que no conocí me enseñó las primeras letras. Con ella logré entender que la “a” era la con colita. La “e” la negrita; la “i”, tenía un puntito; la “o” era redonda; y la “u” parecía un columpio. Por lo menos así me enseñó mis madres las vocales y así las aprendí yo cuando apenas lo más alto de mi estatura alcanzaba el borde de arriba de la mesa.

Sin saberlo, mi madre aplicó, con su infinita paciencia, el método psico-fonético para enseñarme a leer y a escribir. La iniciativa en la educación chilena era de la profesora Berta Riquelme -y un par de docentes más- que dejaron atrás esa brutalidad que “la letra con sangre entra” y convirtieron el amor en los sonidos y las formas que hicieron el Silabario Lea.
Soy de esa generación de niños que aprendió a leer, a escribir y a amar los libros por ese texto.
Repetí, sin cansarme nunca, la sinfonía que creaban las vocales fuertes y las débiles y los matices del negro que se desperdigaban sobre las hojas del silabario, junto a los dibujos de animales, objetos o personas que repetían onomatopéyicamente los que yo decía.

Así aprendí a leer y amar a los libros, Sin embargo, en mi caso no fue sólo una emoción intelectual o musical. Yo aprendí que los libros tienen sonidos, piel y aroma. Comprendí que las letras no sólo tenían las formas que relataba mi madre o los sonidos que salían de mi boca, sino también había un olor a tinta que aún guardo y una sensación única del papel que se escurría entre mis dedos.

Cuando llegué a la adultez intelectual de leer, sin ayuda alguna, la frase más hermosa del Silabario Lea: “Mi mamá me mima”, yo ya sabía que había descubierto un mundo en el que viviría para siempre y que el sonido de las letras unidas en frases y oraciones armaban un universo que vivía, no sólo en mis sesos, sino por sí mismas en cada una de las páginas de los libros que he leído.

Hoy me acuerdo de Berta Riquelme, después de varias décadas de haber sido inicial en mi vida. Sin haberla conocido nunca y ni siquiera reencontrarme con ella en algún retrato. Supe algo más de la “Mama Berta” (por su sobrino, el poeta Cristián Vila), que aunque nunca fue madre, fue capaz de criar a un niño-lobo que había nacido en las selvas del sur y que se convirtió en su hijo.
Pero, más que nada, yo recuerdo en Berta Riquelme a la madre que nos enseñó a leer a toda una generación que realmente leía. No he dejado de leer y escribir desde entonces. Incluso, puedo decir con un tremendo orgullo que con las letras me he ganado la vida y aún siento, sin haberla conocido y seguramente confundiéndola con mi madre, que la Mama Berta aún me mima.

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Las hormigas
Por Miguel Núñez Mercado

No sé por qué las hormigas saben más de climatología que los meteorólogos. Desde hace años que estoy convencido que la primavera llega sólo cuando salen las hormigas de sus escondites. No es el calendario ni las flores las que anuncian la más hermosa estación del año.

Nunca he visto a una hormiga paseándose en pleno invierno por el patio, muerta de frío y expuesta a que una gota de lluvia la deje toda despaturrada. Esto demuestra que las hormigas son chicas, intrusas, patoteras, pero tontas por ningún motivo.

Creo que una situación semejante debe pasar con otros bichos en otros lugares. Pero, en nuestra zona, sólo con la invasión de las hormigas sabemos que ha llegado la primavera. Se aparecen por todos lados y son todas iguales. Si acabamos con unas cuantas, al rato parecen las mismas en el azucarero o en el pan con palta.

Por lo que he observado, a las hormigas de nuestra zona le gustan las paltas. Se creen, a pie juntillas, el tema de los alimentos saludables. No sé si las hormigas del norte comen mangos o las del sur le gustan las longanizas. Sin embargo, he visto que a las hormigas de estos lados les encantan los productos de la zona.

Me he convertido en un experto en hormigas. Son tan ordenadas y perfectas que parecen de otro mundo. Son buenas para trabajar y no sacan la vuelta. Con sus mandíbulas pueden arrastrar varias veces el peso de su cuerpo.

Lo que no me gusta de las hormigas es que sean tan sometidas. Me carga que no tengan la libertad suficiente para decidir por ellas mismas. A mí me gustan las hormigas que se salen de la fila. Las que andan más perdidas que el Teniente Bello. Hasta me son simpáticas –solo por llevar la contra- las que primero se llenan la guata y, luego, si les sobra algo, lo llevan al hormiguero.

Me encantan las que vuelven con las manos en los bolsillos. Es que creo que las hormigas deberían ser primero individuos y luego parte de una patota. Pienso que cada hormiga es distinta a otra. Pero las hormigas ya no son las mismas de antes. He visto a algunas de ellas desafiando las normas y las modas.

Así como están las cosas, creo que va haber una revolución de las hormigas, con el obvio temor de las reinas, sus adalides y sus lamebotas. Pienso que están hartas de muchas cosas: de la corrupción den el hormiguero, de la jornada completa, de la falta de chorreo, de los mismos mandones de siempre, de los empresarios explotadores, de los escándalos y de los políticos, entre otras cosas.

Yo tengo una enorme fe en las hormigas y, aunque no hablan, las comprendo. Al final de cuentas, nosotros también somos hormigas en un horrible hormiguero. El problema mayor es que somos incapaces de anunciar, con cierta seguridad, la llegada de la primavera.

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La muerte del príncipe Munizaga
Por Miguel Núñez Mercado

“He visto morir a un príncipe”, escribió Jorge Teillier en uno de sus poemas. Se refería al comentario de un amigo del poeta René Guy Cadou, que supuestamente estuvo con él vate francés en los momentos postreros de su existencia. Yo también he sido testigo de la muerte de un príncipe. Aunque no en “un cuarto donde se congregaba toda la primavera, mirando un cesto de manzanas”, como supuestamente y según Teillier mueren los príncipes.

Yo asistí a la muerte del poeta Gonzalo Munizaga Ponce. No fui un testigo directo de los hechos, sino lo viví desde mi oficio de reportero. Creo que escribí que tenía 22 años, estudiaba Derecho y se suicidó colgándose de la rama de un palto. En las opciones que deja la labor reporteril no podría haber contado que tenía un rostro hermoso y, quien me contó su historia, era una muchacha que, como muchas otras, lo amaba en silencio.

Nadie consignaría tantos detalles que no calzan en los tratados del oficio periodístico. Tampoco dije, entonces, que había muerto un príncipe. Los poetas de estos tiempos han perdido su sitio en la Corte, han sido expulsados del Paraíso y se han hecho más mundanos y leves. Hace tiempo que no saben que su reino no es de este mundo. Incluso, muchos gozan de beneficios burocráticos, que le permiten la sobrevivencia y hasta la fama.

 Gonzalo Munizaga Ponce se despidió de la vida escribiendo un poema. Es lo que hacen los poetas. El texto, que tuvimos entre las manos y ante los ojos, era una partida de ajedrez entre la vida y la muerte. El muchacho resultó vencido en el poema y, consecuentemente, eligió una horca y la verde sombra de un palto para pagar la apuesta pactada en un azul puñado de palabras.

Por allí quedaron, en un olvido innecesario, un montón de otros de sus poemas, desparramados sobre un libro paradojalmente premonitorio: “Para no terminar como Nietzche”. También, le sobrevive un extraño testamento, escrito cinco años antes de sus muerte, en una revista estudiantil quillotana, donde Gonzalo Munizaga Ponce describía, entonces, su dolida adolescencia, sus preferencias rockeras y literarias y señalaba que “mi gran afición es cortarme las venas”.


Lo hizo varias veces, mientras describía, en versos, el tormentoso reino donde Gonzalo Munizaga Ponce realmente habitaba. Los siguieron en la muerte, también por propia mano, su hermana y su madre, completando así un pacto de fatalidad que había comenzado el padre del poeta, muerto de cáncer. La familia Munizaga-Ponce es, desde entonces, sólo un montón de palabras sobre un mausoleo del cementerio campesino de Hijuelas.