dimanche 2 août 2015

Pedro Pablo GUERRERO⁄ Mauricio ELECTORAT y la historia de una devastación

Mauricio ELECTORAT y la historia de una devastación
Por Pedro Pablo GUERRERO

El narrador chileno regresa a la novela con una ficción de retorno, muerte y desencuentro en una ciudad llena de fantasmas del pasado.

Las últimas tres novelas de Mauricio Electorat han aparecido con la frecuencia de los antiguos planes quinquenales. Después de “La burla del tiempo” (Premio Biblioteca Breve Seix Barral 2004) publico “Las islas que van quedando” (Alfaguara) en 2009 y ahora, seis años después, llega “No hay que mirar a los muertos” (Tajamar): la historia de un autor de novelas policiales que regresa de Paris con el objetivo de acompañar a su padre desahuciado por el cáncer.

Ríe cuando se le hace ver esta regularidad. “No hay un programa en absoluto. Es pura lentitud. Me encantaría publicar una novela cada dos años, estar mucho más presente, lo que pasa es que me cuesta escribir, no es fácil. Me resulta apasionante, agradable, pero hay un trabajo previo de mucho borrador y apunte, y muchas veces esas historias quedan en el tintero”.

Muestra las carpetas que se acumulan sobre su atiborrado escritorio. “Son los manuscritos –dice- que no han llegado a puerto. Historias por desarrollar. No es que no escriba lo suficiente; es que publico poco, que es distinto. Tampoco tiene que ver con una escritura morosa en el sentido flaubertiano del término, de que me pase 15 días completando un capitulo o buscando un párrafo. Nunca me he sentado a escribir una novela que termine. Cuando estoy escribiendo una, y este seria tema de psicoanálisis, aparece otra y la que estoy haciendo queda a la espera”.

“Maté a mi padre en la ficción”

Antes de empezar “No hay que mirar a los muertos” trabajaba en uno de sus temas recurrentes: la confrontación entre un padre y su hijo, que estudia lingüística en Francia. “Una cosa totalmente incomprensible para un pinochetista que es dueño de una automotora y no entiende como le fue a salir un hijo tan desviado”, comenta.

 -¿Qué se interpuso esta vez a la novela?
-Se metió de nuevo un aspecto extremadamente potente de la realidad: el fallecimiento de mi padre. Bueno, la verdad es que murió recién hace un par de meses, a los 90 años, de cáncer. Pero durante ese proceso que lo acercaba a la muerte, por una maniobra del todo inconsciente, yo me adelanté y lo maté en la ficción. Iba a fallecer en cualquier momento, pero la novela ya la tenía terminada el año pasado. Es una especie de juego con la realidad, de resarcimiento o de anticipación. Como poner en clave de ficción aquello que indefectiblemente va a ocurrir, que es perder a tu padre. Es un libro de acompañamiento de esa experiencia.

-Esta novela tiene varios puntos de contacto con “La burla del tiempo”.
-Por supuesto. No intenté sin embargo reproducir “La burla del tiempo”. Pero claro que había una situación similar: la desaparición de uno de los padres y luego la configuración de este viaje de ida y vuelta sistemático entre parís y Santiago se relaciona también con mi experiencia personal. Yo no quiero jactarme de nada, porque no es necesariamente una ventaja, pero obviamente que al haber vivido 25 años fuera de Chile, 20 de los cuales fueron en parís, tu universo está dividido entre dos lenguas, dos culturas, dos experiencias vitales.

-En “No hay que mirar a los muertos” lo que trae al narrador de vuelta a Chile es la inminencia de la muerte y aquí se encuentra un país lleno de fantasmas.
-Lógico. El tema de la novela es la muerte. En primer lugar la muerte del padre, pero también la del país al que pertenecen el protagonista, sus padres y sus hermanos gemelos: dos sobrevivientes que siguieron caminos opuestos. “No hay que mirar a los muertos” es la historia de una devastación familiar, social, política, cultural. Fue lo que ocurrió con el Chile republicano, que se acabo en la dictadura. Yo me fui solo pero conocí muchas familias exiliadas completamente destruidas por tener que comenzar la vida de nuevo a los 40 o 50 anos.

-El titulo de la novela es una advertencia y a la vez un verso de Armando Rubio: “No hay que mirar a los muertos”. ¿Cómo se le ocurrió usarlo?
-Me encargaron el año pasado un prologo para la “Poesía completa” de Armando, a quien yo conocí bien. Estaba justamente en el momento de la redacción de la novela y me di de narices con ese poema. “Aquí está el titulo”, me dije, porque era muy pertinente. Por otra, parte lo que hay en esta novela, ahora que la veo de lejos, es una fuerte relación con la poesía. Todo el dialogo con el padre se hace en base a poemas. Hay una vinculación filial mediante una lectura de la poesía chilena. El hijo le va leyendo distintos autores, a pesar de que el padre, viejo militante comunista, solo le pide “Nuevo canto de amor a Stalingrado”, de Pablo Neruda.

-¿Fue muy amigo de Armando Rubio?
-Estábamos en la misma escuela de periodismo, de la Universidad de Chile. Era cinco años mayor que yo. Tuvimos una muy buena relación de estudiantes en los patios y en los jardines del Pedagógico. Coincidíamos en muchos recitales de lo que entonces era la movida de poetas de Santiago: una de las pocas manifestaciones a las que se podía asistir. No fui su amigo intimo, pero conversamos largamente, sobre todo de poesía, que era una manera de estar en otra parte que no fuese la opresiva realidad social y política de fines de los 70 y comienzos de los 80, en especial para un joven estudiante: un universo extremadamente gris, sórdido, violento y carente de futuro.

-Como en “La burla del tiempo”, reaparece en esta novela el tema de la delación. ¿Por qué?
-Hay un verso de Parra que debería ser el lema del escudo patrio: “La izquierda y la derecha unidas jamás serán vencidas”. Eso es para decirte que no hay héroes que no sean también traidores. No hay puros que no sean también impuros, no hay valentía sin cobardía, no hay buenos y malos. Hay seres humanos. Por otra parte, tanto en los personajes de “La burla del tiempo” como en los de “No hay que mirar a los muertos” hay una crítica no intencionada a los discursos estalinistas de la izquierda que fueron propugnados por algunos de los mismos que se transformaron en defensores virulentos y convencidos del ultraliberalismo. A eso se agrega, a fines del siglo pasado, el naufragio estrepitoso del ideal revolucionario, y no porque hubiese sido perverso, sino porque fue llevado a cabo con un pensamiento antidemocrático, retrogrado y conservador. Siempre he soñado con militar en un partido político cuyo objetivo sea no llegar nunca al poder.

-Aclare el epígrafe de la novela tomado de Lezama Lima: “Lilí, permiso para un leve sobresalto…”.
-Es que la novela está dedicada a mi hermana. Se indigno cuando le conté la trama y le dije que el protagonista tenía una hermana que había regresado a Chile a combatir la dictadura y, por circunstancias de la vida, había terminado siendo prostituta. Mi hermana, afortunadamente, no le es y por tanto la cita de Lezama es un guiño a ella.

-¿Cuánto hay de su madre en la del protagonista?
-Mucho. Era una persona de una samareña de esconderse de su madre. Esa traición lo hace volverse loco, a fin de cuentas. Pero además de traidor es un asesino, cosa que la madre muerta, quien se aparece recurrentemente en sus delirios, le recuerda cada vez con mayor crueldad. “No hay que mirar a los muertos” es también la historia de una desintegración psíquica”.

“Santiago es eterno”

-La critica hizo notar la complejidad verbal de sus dos novelas anteriores, incluso la califico de problemática y excesiva. “No hay que mirar a los muertos” es mucho menos experimental.
-En esto hay una óptica deliberada de autor, porque me di cuenta de que en “Las isla…” había hecho tal despliegue técnico y estructural que volvía esa novela dentro de la novela un juego de espejos, un libro totalmente neobarroco. Todo escritor tiene un momento de laboratorio y “La burla del tiempo” y “Las islas…” son mi etapa de laboratorio, en que me estoy afirmando, porque “El paraíso tres veces al día” era una primera tentativa, pero las novelas en que yo despliego lo que pudiera llamarse un estilo o una arquitectura propia son esas dos.

-¿Y qué cambio en el caso de su última novela?
-Tiene que ver con la construcción misma del relato. Me intereso mucho mas hacer una novela de personajes que trama o de arquitectura. En “Las islas…” los personajes quedan subsumidos, opacados, por esa pirotecnia estructural. Yo pienso que sigue siendo una novela valida y, sobre todo, muy divertida, pero en fin, no se leyó en su momento, se leerá en otro, si es que alguien la lee. Eso nunca se sabe. Por la escritura de mi tesis doctoral, estoy releyendo “Sucede”, una novela de José Miguel Varas a la que le ocurrió exactamente lo mismo, por iguales razones. “Sucede” tiene una estructura extraordinariamente compleja para su época, y paso por completo desapercibida. Lo que me intereso en “No hay que mirar a los muertos” fue decirle al lector: olvídate de la estructura, no te voy a marear con experimentos, te voy a contar la historia de un personaje y de su entorno inmediato, y haciendo eso quisiera contar una historia humana y una especie de “episodio nacional”.

-A pesar de que vivió 25 años en el extranjero, ¿ha tenido, como el personaje de “No hay que mirar a los muertos”, la sensación de Lihn de que nunca salió del horroroso Chile?
-Muchas veces. Pienso, como el protagonista, que Santiago es eterno, tal como Paris es eterno. Tiene su forma particular de eternidad: está en rincones como Las Lanzas, el Bar Nacional, en las galerías comerciales del centro y los personajes de las notarías. Allí está la eternidad de Chile, no en las casas decoradas por catalogo, arribistas y sin personalidad, que hoy abundan en ciertos barrios. En lugares fuera del tiempo esta esa eternidad “que muere de rodillas”, como dice Lezama Lima.

Articulo: http://www.emol.com 26/07/2015