lundi 12 octobre 2015

ESPECIAL Antonin ARTAUD

Sobre NERVAL
Por Antonin ARTAUD

Rodez, 7 de marzo de 1946

Señor Georges Lebreton
al cuidado del señor Max-Pol Fouchet
Director de la revista Fontaine
calle Saint-Placide 41
París.


Querido señor:

Acabo de leer en la revista Fontaine dos artículos de usted acerca de Gérard de Nerval que me han causado una extraña impresión.

Usted debe de saber por mis libros que soy un ser violento e iracundo, lleno de espantosas tempestades internas, a las que siempre he canalizado en poemas, pinturas, puestas en escena y escritos, pues también debe de saber por mi vida que nunca muestro esas tempestades al exterior. He de decir a usted hasta qué punto he sentido siempre la vida de Gérard de Nerval junto a la mía, y hasta qué punto los poemas de las "Quimeras" en los que hace usted descansar su esfuerzo de elucidación, representan para mí esa especie de vínculos del corazón, esos viejos dientes de una acrimonia mil veces rechazada y extinta y con la cual Gérard de Nerval, desde el fondo de sus tumores de espíritu, logró hacer vivir seres, seres por él recuperados de la alquimia, y reivindicó los Mitos, y puso a salvo del amortajamiento de la Adivinación. Para mí, Anteros, Isis, Knef, Belus, Dagán o la Mirto de la Fábula no terminan de ser los de las turbias historias de la Fábula, sino seres inauditos y nuevos que no tienen del todo el mismo sentido y que tampoco traducen célebres angustias, sino las fúnebres de Gérard de Nerval, colgado una mañana y nada más. Quiero decir que el poder de rechazo de un gran poeta frente a los Mitos es absoluto, pero que Gérard de Nerval, como ha dicho usted en ciertos pasajes de sus artículos, añadió a ello su propia transfiguración, no la de un iluminado, sino la de un ahorcado y que siempre sentirá al ahorcado. Para colgarse a la madrugada del farol de una calle turbia hay que tener torsiones del corazón como primicias de la inmanencia del colgamiento. Hay que tener unas ansias como las ansias con que Gérard de Nerval supo constituir increíbles músicas, que valen, no por la melodía o la música, sino por el tono bajo, quiero decir, la caverna baja, abdominal, de un corazón azotado.

Con toda seguridad, Gérard de Nerval estudió la Cábala alquímica, que, como todos saben, rozó la Gran Obra, pero nunca llegó a ella. En tanto que los poemas de Gérard de Nerval, quiero decir, los insólitos sonetos de sus irrecusables Quimeras, se hallan en el camino de las explosiones de la Gran Obra, que fueron siempre y serán la zambullida del poder de ser en el delirio de las reivindicaciones.

Me han sumergido tres veces en las aguas de Cocito
Y protegiendo siempre a mi madre Amalecita
Siembro a sus pies los dientes del viejo Dragón

Anteros se venga de su madre, como que la hace nacer con dientes viejos. Gérard de Nerval se retuerce tres veces contra el olvido en que "los monarcas de los dioses" lo hunden como en un baño de vitriolo.
El verso dice:

Y protegiendo siempre a mi madre Amalecita

¿A quién, pues? Sabido es que los amalecitas eran una raza que se creía surgida de la tierra pura, sin ningún compromiso con dios, pero que a la larga, y a fuerza de confundirse con el principio del limo generador, quiso encontrarlo en el útero para extraer de él su progenie, y si hay un algo heroico en ese siempre con el que Gérard de Nerval Anteros continúa protegiendo a su madre, en medio mismo de su descenso a los infiernos, también puede sentirse -y esto ya no se desprende de la Cábala de los Mitos, ni del juego de cartas de la Adivinación-, también puede sentirse, digo, el apretamiento de las primeras denticiones, y yo diría esa espantosa tripsis dentaria de un deber a punto de soltar la presa y sublevarse contra las servidumbres filiales. Pues la Amalecita es conocida en la Biblia por ser también la primera madre que haya querido tomarle a la tierra el principio innato de dios, y en la parte más húmeda de su propia caverna de tierra -el útero- incubarlo como a su propio hijo. Y sembrar a sus pies los dientes del viejo dragón es plantar raíces para hacerla, quizás, crecer, pero también es sacar contra ella todos los dientes de una teta materna a fin, sobre todo, de desembarazarse de ella. Y no es tan sólo un asunto de sentido. Quiero decir que la prueba del sentido de los versos de las Quimeras no puede ser dada por la Mitología, la alquimia, la adivinación por cartas, la mística, la dialéctica o la semántica de las psicurgías, sino únicamente por la dicción. Todos los versos han sido escritos para ser primero oídos, concretados en la plenitud de las voces, e incluso nada más que su música los aclara y pueden entonces hablar por las simples modulaciones del sonido, y sonido por sonido, pues sólo fuera de la página impresa o escrita puede un verso auténtico cobrar sentido y necesita el espacio del aliento entre la fuga de todas las palabras. Las palabras huyen de la página y se abalanzan. Huyen del corazón del poeta, quien incita su intraducible fuerza de asalto. Y que ya no las retiene en su soneto sino por el poder de la asonancia; sonar afuera con un idéntico ropaje, pero sobre una base de enemistad. Y esto lo dicen las sílabas de los versos, tan duros versos para parir las Quimeras, pero con la condición de ser nuevamente, y a cada lectura, expectorados. Pues entonces es cuando sus jeroglíficos se vuelven claros, entonces cuando todas las claves de su supuesto ocultismo se extinguen en los repliegues ya inútiles y nefastos de la materia cerebral. Pues los versos sólo son herméticos para quien jamás ha podido soportar a un poeta y, por odio al olor de su vida, se ha refugiado en el puro espíritu. Creo que el espíritu que desde hace ya cien años declara herméticos los versos de las Quimeras es ese espíritu de eterna pereza que siempre, frente al dolor -temeroso de acercársela demasiado, de sufrirlo también él de demasiado cerca; quiero decir, por miedo a conocer el alma de Gérard de Nerval como quien conoce los tumores de una peste o las terribles y negras huellas de la garganta de un suicidado-, ha ido a refugiarse en la crítica de las fuentes, como los sacerdotes en la liturgia de la misa huyen de los espasmos de un crucificado. Pues son las liturgias indoloras y críticas del ritual de los sacerdotes judíos que provocaron las excoriaciones y tumefacciones del cuerpo de cierto hombre que también fue colgado un día de los cuatro clavos de su calvario y luego arrojado a un basural como se arroja tocino a los perros. Y si Gérard de Nerval no fue colgado en el Gólgota, al menos él mismo se colgó de un farol como el traje de un cuerpo demasiado castigado que se colgara de un viejo clavo, como un viejo cuadro desesperado puesto en un clavo. Y esto se siente ahora en sus poemas; son los poemas de un ahorcado, colgado ante la crítica del ser y ante la captación de los rituales. Colgado ante el nacimiento de las fábulas y la fuente de las alegorías. Pues frente a cada alegoría o símbolo hay un sacerdote como Dom Pernety, como en la Edad Media hubo sacerdotes ante las desolladuras de ciertos seres nunca natos y siempre por nacer y de las escardaduras de la osamenta del dolor de los cuales, también nonatos y en la nada, pero viviendo del dolor como primicias de su futura maduración, los sacerdotes extrajeron los símbolos de la presunta ciencia abortiva de la alquimia.

Pues Gérard de Nerval no habría sufrido de la vida si no hubiese sido puesta en símbolos, no hubiese sido tipificada en símbolos, recortada en homúnculos astrales en ollas y si los símbolos y alegorías de seres, desesperados y rechazados por el ritual de la alquimia, no hubiesen sido estos, por otra parte, fuera de la simiente, fuera de esa semilla de tumores y simiente que en la vida real desemboca en la sífilis o en la peste, en el suicidio o en la locura. ¿Qué es la locura? Un trasplante fuera de la esencia, pero dentro de los abismos, de lo interior exterior. ¿Qué es la esencia? ¿Un agujero o un cuerpo? La esencia es el agujero de un cuerpo que el abismo de la boca circular de la olla nunca ha significado de verdad frente a las impaciencias de la alquimia. ¿Queda un puñado de huesos pulverizado? ¿Ni eso? Pero algo como una falsa sintaxis, las cansadas larvas de una antigua sintaxis en el esqueleto de nuestro cerebro. Como no queda un eje de la adivinación por cartas, sino las imágenes de una imaginativa floración fulminada. No unos precipitados en torno de un árbol de eje, sino los precipitados de un deshecho primarismo. La Adivinación es la idea de un Número en el que cabe hacer descansar las cosas, y hace ya más de mil siglos que este Número, como un árbol de mala cepa, ha sido erradicado de la realidad. Y si Gérard de Nerval se empapó de todo ello, sus Quimeras lo salvaron. Quiero decir que las Quimeras no pueden explicarse por las Cartas Adivinatorias, ni aun vistas como el juego interno de una prefiguración alquímica de las cosas; y con respecto al drama de todas las figuras que entran en ésta, tampoco pueden explicarse por la sombría aparición de principios que se halla en la base de la mitología, pues los principios de la Mitología fueron seres de los que Gérard de Nerval no tuvo necesidad para ser.

Jamás he podido soportar el manoseo de los versos de un gran poeta desde el punto de vista de la semántica, de la historia, de la arqueología o de la mitología; los versos no se explican, y en lo que incumbe a Gérard de Nerval, y sobre todo a los poemas de las Quimeras, me parece un pecado capital.

Pues la primera trasmutación alquímica que se efectúa en el cerebro de un lector de sus poemas consiste en perder pie frente a la historia y a lo concreto de los recuerdos mitológicos objetivos, para entrar en un concreto más válido y seguro, cual es el del alma del propio Gérard de Nerval, y olvidar, con ello, historia, mitología, poesía y alquimia.

Lo que me impresiona en las Quimeras de Gérard de Nerval es que Anteros, Knef, santa Gúdula y el príncipe de Aquitania se convierten en seres nuevos, no como Titania, julio César, Romeo y julieta o Hamlet, príncipe de Dinamarca, en los dramas de Shakespeare, sino como insólitas y maravillosas máquinas de conciencia, una flamante conciencia de una vida aparte y que parece preceder a la Mitología y a la historia, no surgir de ellas, como en la obra de Shakespeare o de otros poetas. Lo cual quiere decir que lejos de explicar a Gérard de Nerval por sus fuentes digamos científicas, como hace Georges Le Breton, diré que la historia, la Mitología y la alquimia han llegado de esa corriente anímica interna cuyo poder de ser y cuya emisión creadora de objetos han sido manejados por muy contados grandes poetas de la historia. Y estos objetos, todos ellos seres, se llaman Anteros, Isis, Knef, el Cocito, Mirto, Yaco, el Aqueronte y el Dragón. Lo cual quiere decir que, lejos de tratar de explicar a Gérard de Nerval por la Mitología y la alquimia, yo querría tratar de explicar la alquimia y sus Mitos por los poemas de Gérard de Nerval. La poesía es una inervación magnética del corazón, de la que el corazón de Gérard de Nerval tuvo durante toda su vida una caverna, una de las principales cavernas emisoras de un vacío en el que se rehace toda poesía. No hay un solo poema de las Quimeras que no haga pensar en las angustias físicas de un primitivo parto. Y yo a mi vez no creo que la ciencia de sus poemas la haya obtenido de sus investigaciones en el campo Mitológico o alquímico, ni que la realidad dialéctica de sus fabulosos personajes que evoca pueda provenir de un punto de vista cualquiera para elucidarlos, para situarlos en un trayecto metafísico, aun cuando se los quiera justificar frente a la percepción.

El trayecto metafísico de los poemas de Gérard de Nerval no es el de las grandes fábulas míticas ni el de la simbólica, a su vez, por lo demás, terriblemente evasiva -aunque no lo suficiente aún- de la alquimia; quiero decir que para los alquimistas la manera de realizar la Gran Obra es negativa, escapa por naturaleza al encarcelamiento en una idea o en un término y nunca evoca más que estados o hechos nuevos y hasta ese momento jamás producidos y que nada antiguo o conocido pueden proporcionar; y si cada poema de Gérard de Nerval es como la explosión de un ser de la Gran Obra, este ser lo es mucho mejor y con más sobrada razón que todas las conquistas de la alquimia real. La cual creo, nunca en rigor ha existido. Pues en la historia la alquimia, como el resto, no es más que el abecedario de un número hoy en día determinado de abortos científicos, un formulario no del todo catalogado, y que por lo demás no puede serlo, pero que entra a serlo cuando se habla de él, de operaciones que el hombre no puede considerar sin cometer un crimen y de las que sólo muy contados grandes poetas, como Baudelaire, Edgar Poe, Rimbaud y sobre todo Gérard de Nerval nos han restituido el equivalente. Y en la alquimia de la historia no son más que la cocina ya caduca de la semántica de un ritual. Y no se puede restablecer el alma de los intangibles poemas de las Quimeras, inexpugnables e intactos para siempre frente a los enfoques de los comentarios o las clasificaciones dialécticas del espíritu; no se puede llevar ese alma a una aproximación con realidades o clases alegóricas ya conocidas, experimentadas y oídas. Y tampoco son puras asociaciones de músicas y palabras. Hay en esos poemas un drama del espíritu, de la conciencia y del corazón puesto por delante por las más extrañas consonancias, no de sonidos, no dentro del registro auditivo, sino del animado, Gran Obra de una metamorfosis del principio mismo de la acción, expansión fuera de lo oscuro de la conciencia inocente, asiento de los más increíbles estallidos de lenguaje que jamás haya computado un ser humano. Quiero decir que los poemas de Gérard de Nerval son tragedias, y que tampoco es dable hablar a su respecto de alteraciones meramente pictóricas, fabulosas o sonoras de la imaginación sin pasar al lado de los pasionales tumores morales, de las maravillosas liberaciones efectivas morales, de todos esos flotantes clavos de la conciencia que Dios -ese experto siempre sentencioso, decidido y primario de, todos los rudimentos de lo insondable creado- no ha dejado de hacer flotar. Y estas tragedias de una humanidad rechazada, de una humanidad que hasta ahora nunca había podido vivir, son tempestuosas protestas de seres que alientan, sienten, perciben y sufren y a los que Gérard de Nerval ha logrado sacar a luz en sus poemas presuntamente jeroglíficos de las Quimeras.

Hay que dejar de hablar de mistagogía o de ocultismo a propósito de los poemas de Gérard de Nerval. Hay que dejar de dirigirse a una Cábala de los números y de sus formas, a una simbólica histórica de las fabulaciones efectivas, a una semántica ya existente de los sentimientos y sus formas, a una dramaturgia tipificada por otros de la concepción y de las ideas. El problema de la inmaculada concepción jamás se resolvió en la Cábala de la historia, y los poemas de Gérard de Nerval no surgieron de la Cábala ni de la historia; quiero decir que carecen en absoluto de relación con lo que fuere de ya emitido en la alquimia o la Cartomancia y que se derraman y expanden no paralelamente a una simbólica, a una mística ni a las alegorías cabalísticas de la ciencia monstruosamente falsa y criminal de los Iniciados, sino contradictoriamente con esta ciencia y con todas las claves psicúrgicas de las manos echadas en la adivinación por las cartas.

En el alma de Gérard de Nerval debieron de producirse -yo no estaba allí, pero sus poemas me lo dicen- espantosas explosiones durante su toma de contacto, ora con la ciencia alquímica, ora con las manipulaciones de la simbólica espantosamente primaria e impulsivo de las cartas. Las cartas se han valido de estados aún inconclusos y larvarios de la conciencia para cifrar una ciencia suya que sólo descansa en la nada y que ha querido precipitar en las cartas el nacimiento de una simbólica de la nada. Pero la nada es cosa de poetas y no de hechiceros, pitonisas, tiradores de cartas ni magos. La nada de ese abismo de horror del que la conciencia siempre está volviendo en sí para nacer en algo en lo cual existir. Un mundo de pariciones, no a propósito de algo, sino a propósito de nada y en primer término de nada, pues el alma nada sabe en un comienzo; no es ni sabe nada. Pero siempre se trata de lo mismo. El fondo del Ramayana consiste en no saber de qué está hecha el alma, pero en hallar que está hecha y siempre lo estuvo de algo que era antes, y no sé si en francés existe la palabra remanencia, pero traduce muy bien lo que quiero decir: que el alma es un sostén, no un depósito, sino un sostén, lo cual siempre se levanta e incorpora de lo que en otro tiempo quiso subsistir, yo querría decir remanecer, permanecer para reemanar, emanar conservando todo su resto, ser el resto que va a remontarse. Ahora bien, el poeta hace el alma y es el único en hacerla. Y no sé si la palabra viene de Rama, que fue un ser enemigo del hálito Brahma, pero sé que los poemas de Gérard de Nerval son seres, seres sacados por Nerval de la nada, no mediante las cartas adivinatorias, la historia ni la alquimia, sino a través de esa sombría historia que fue la suya propia, la sobrevivencia de su viejo corazón, la permanencia de un viejo corazón.

Pero a través de la sombría historia que fue su alma -sostenida en todos los tiempos por las cartas de la historia o los alambiques de la alquimia- no olvidemos que Gérard de Nerval murió colgado, que él mismo se colgó un amanecer de un farol y que el suicidio no puede ser otra cosa que una protesta contra una empresa, y ciertamente creo que ésta es la del tiempo, no por el lado en que el tiempo es el tiempo que nos sigue en la vida presente, sino por el lado en que la vida presente se subleva contra la presencia de la eternidad. Esa presencia eterna de una bestia en el cuantioso vientre de la cual siempre viven las cartas de la historia y los alambiques de una alquimia caduca. Gérard de Nerval sufrió espantosamente las cartas, la alquimia y la historia, y, lejos de creer que sacó de las cartas, la mitología, la alquimia o la historia la génesis de sus ideas, yo diría más bien que como reacción contra los símbolos de los mitos y el primarismo de las cartas fue inventado a través de los días y las noches el cenagoso hueso de la efervescencia de sus poemas como se repele una pútrida cruz, de modo paralelo a la invención de lo que maléficamente se llama la santa cruz. Pues fue su golem, diría yo por fin, quien hizo a Gérard de Nerval como ha hecho a todos los grandes poetas, ese ser arrancado a un cuerpo del presente y al que los espíritus fuerzan, dios sabe por qué siniestra magia, a regresar en sus sucias historias, cuando la del pasado ha muerto como muerto y bien muerto está el pasado.

No, nunca nadie ha regresado en el pasado o la historia, pero maniobritas de una magia criminal extraen del cuerpo de cada gran alma un cuerpo bueno, bueno para hacer transpirar en las angustias de la inicua historia donde se alimenta su vida superada.

Frente a la Mitología o a las Cartas, Gérard de Nerval encontró sus propias fuentes, y las historias de las altas fábulas palidecen ante los cañonazos del Desdichado, de Horus, de Anteros, de Delfica, de Artemis. Son cañonazos de doble sentido, y a mi modo de ver sólo son herméticos para quien cree aún en Hermes, la psicurgía, el ocultismo o la misa de las mistagogías.

Pues los poemas de Gérard de Nerval son muy claros, y no hay en toda la poesía escrita desde el alba de los tiempos nada que rechace así lo arcano oscuro, la oscuridad de las claves ocultas, la oscuridad de las claves por los celos (del espíritu santo) de todo el espíritu que se hayan escrito acerca de la carencia de nuestra carnal humanidad, de esta humanidad.

La carne de la humanidad sufre, por supuesto, pero por haberse dejado caer en carencia frente al esfuerzo de la claridad.

No ha merecido ser sacada de la carencia, pero la conciencia por ella blasfemado resurge en criaturas.

Pero de cuando en cuando, quiero decir, de tarde en tarde sobre el espacio entenebrecido del tiempo, un poeta ha lanzado un grito para hacer regresar criaturas. Y Anteros, Artemis, Horus, Délfica y el desdichado son esas mujeres, las almas de las criaturas, los seres nacidos en la tumefacto costra de su corazón de suicida inmortal que llegan al primer plano para bramar su drama, la tragedia de su voluntad de luz: para alumbrar la insistente tiniebla, como diría yo si fuese Mallarmé, pero diré como el Antonin Artaud que soy: la insistencia de las tinieblas que suben en torno de mi voluntad de existir.

La primera de tales tinieblas es espíritu, querer saber el cómo y el cuándo por fecha y referencia a los acantilados y a las trilladas costas de los mares de la geografía experimentada, referencia a ese embrujado río del tiempo de los hechos que en el tiempo corre, referencia a sentimientos ya vividos, derrumbados y supuestos, referencia a un drama íntegro ya enmarcado y deslindado por la historia, referencia a experimentados conflictos o pasiones (atrapadas por el féretro), en el féretro disueltas y a las que el retroceso de la muerte ha fijado, pero que aun fijadas están más muertas que si los seres que las vivieron llegasen a revivirlas doblemente por los modelos del pasado.

El espíritu pasado no esclarece, pues, a Gérard de Nerval, y sus poemas no esclarecen mitos, y tampoco, ni celosamente, pueden ser esclarecidos por los mitos amortajados en el pasado. El Anteros de Gérard de Nerval es -ya lo he dicho- un ser nuevo que no esclarece la historia de Anteo, pues Anteros es un ser inventado, la cuerda al corazón de una asonancia nueva que llega desde el fondo del presente soneto a zarandear represiones tan bien maceradas y complejas, que su aridez es una nueva claridad, y su complejidad es la simple trenza de una cuerda durante mucho tiempo fortalecida en la tierra que la inventó. Y esta tierra tiene 14 pies.

¿De qué se trata en el caso de Anteros? De un sublevado. Y saber de dónde llega a la mitología o a la historia es disolverlo. Y asesinarle, Pero mover su drama como una estocada es hacerlo vivir.
Hace vivir a este incoercible insurrecto que de la hoja hundida en su corazón hace una arma contra el dios interior, espíritu del golpe que quiso asesinarle, herirlo, y del que hará un golpe asesino.

Vuelvo el dardo contra el dios vencedor. (verso de Nerval)

Pero de qué manera animar el drama, cómo hacerlo vivir y volver a verlo diciéndolo.

Los poemas de Gérard de Nerval han sido escritos, no para ser leídos en voz baja, en los pliegues de la conciencia, sino para ser expresamente declamados, pues su timbre necesita aire. Son misteriosos cuando no se los recita, y la página impresa los adormece; pero pronunciados entre labios de sangre, rojos, digo, porque son de sangre, sus jeroglíficos despiertan y es dable oír su protesta contra el intento de los acontecimientos, cuyo protestador no será un golem, sino un ser que de dios rechaza a jehová para obtener a Belus o a Dagón, y de Belus y de Dagón extrae al propio Gérard de Nerval, sublevado contra los monarcas de los dioses y diciendo:

"Me han sumergido tres veces en las aguas del Cocito, sumergido desnudo para hacerme olvidar, sumergido feto para hacerme olvidar, quemado tres veces en ese vitriolo genésico en el que todos los monarcas de la envidia -monarcas de la eterna envidia que los espíritus celestiales sienten por el hombre- hunden al hombre para hacerle olvidar la sucesión de sus combates de encarnado."

Me han sumergido tres veces en las aguas del Cocito, y protegiendo completamente solo, solo en mi obstinada esencia ser y protegiendo completamente solo a mi madre Amalecita, ¿y por qué Amalecita ahora la madre de un Anteros obstinado? Porque raza de los antiguos enterrados. ¿Cuáles? aquellos que, como los amalecitas primeros, eran los amantes de la tierra eterna, del estupro de las animalidades. Pues el ánima, el hálito del cuerpo, fue esa amante en la tierra, la primitiva tierra uterina empapada y que no tuvo otro amor ni otra luz que amar esa actitud, ser, como el útero, una tierra que en el nombre del ánima su hálito transplanta al aire su animalidad. Ama, alma a través de todo leteo, Amalecita, raza del alma que nunca pudo olvidar a la tierra irascible de la que nació y que Gérard de Nerval hará revivir como Anteo surgido de la tierra.

Siembro a sus pies los dientes del vicio dragón.
Este final puede entenderse en otro sentido.
Es que la raza llegada de la tierra sexual de los amalecitas, humus de muerte por humus de muerte, laringe anal de la putrefacción, y que en la historia abandonó la tierra para entrar en la pura sexualidad, no ya terrena por humus voluntariamente amontonados y comprimidos del polvo, no polvo, sino seres animados de huesecillos, que abandonó la tierra, digo, para entrar en la sexualidad pura, encarnación fuera del huesecillo, y no ser más que el húmedo agujero que en su placenta de barro, húmedo se envilece por humedad -micción líquida de una adiposidad-, esa raza hízole olvidar a Anteo su origen de polvo puro, de polvo expansivo y animado (que, si siempre está algo mojado, lo está sólo por su naturaleza seca que se ha desprendido de lo húmedo), y Anteo, que para él fue Gérard de Nerval mismo, quiso vengarlo, pero apresurado como yo o como tú, lector del poema -recitador o declamador-, apresurado por las exigencias de las cosas y arrojado abajo por la dictadura de las cosas, que los monarcas de las fábulas celestiales no han dejado de representar, fue aprehendido y sumergido tres veces en las aguas del Cocito, y sin quererlo, pero impulsado por el viejo y olvidadizo atavismo de su inconsciente, continuó protegiendo siempre a su madre traidora, la amalecita, que toma su útero por ser y que ha hecho del útero un dios. Y útero por útero ella cree ser y tener preventivamente en ese cofre la génesis de su hijo dios.

(Aquí, la historia del cuadro negro en lo de la señora Guilhen, en el que yo progresaba con demasiada rapidez y en el que fui asesinado y puesto en segundo primario.)

Creo que lo que Gérard de Nerval acusa en sus poemas es el pecado original, no de los seres, sino de dios: afectos, voliciones, impulsos, repulsiones.

Antonin ARTAUD

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ANTONIN ARTAUD
Los Gritos del Cuerpo
Por Zenda Liendivit

Soy imbécil, por supresión del pensamiento,
por malformaciones de pensamiento,
estoy vacante por estupefacción de mi lengua.
El Pesanervios (Antonin Artaud)

Que sus lectores confundieran "crueldad" con "sangre" no fue sino uno de los tantos malentendidos en la vida de Artaud. En cierta forma, todo el lenguaje discursivo representaba para el autor francés una mala pasada, una trampa mortal, un "cementerio para los espíritus". La cuestión era, entonces, levantar a los muertos de sus tumbas. Una labor casi mesiánica. Y tan imposible como su pensamiento.

Su obra -su vida misma- se podría sintetizar en una larga trayectoria que busca desesperadamente el afuera para acceder al núcleo esencial. Trayectoria que describe un espacio de coordenadas desconocidas y tiempo fuera del tiempo y que, a su paso, aniquila esa superficie donde el saber elabora sus tramas de relación y vecindad. Y nos deja frente al abismo. Con Artaud no son los sistemas de pensamiento los que entran en proceso de destrucción sino el acto mismo de conocer.

Ahora bien, para hacer estallar esa superficie de apoyo -la todopoderosa razón occidental-, es necesario ir más allá de los límites y dejar de estar "localizado" por las palabras que aquietan y paralizan. Es preciso buscar las secretas y olvidadas semejanzas entre las cosas, oír sus resonancias, palpar las fuerzas vitales que nos sacuden y atraviesan, volver al tiempo anterior a la muerte, el tiempo de la vida plena en el que el hombre participaba intensamente del mundo. Y ese mundo era un organismo tan vivo y palpitante como el corazón del hombre.

La búsqueda de Artaud constituye, entonces, un retorno, una restauración. Tal vez, un develamiento del mortuorio manto que asfixia al ser pleno y engendra autómatas mutilados en sus capacidades vitales. Un retorno al centro desde afuera. Pero, ¿cuál sería el elemento que, prescindiendo de las palabras, facilitaría el retorno, recuperaría el tiempo perdido, haría brillar lo que había permanecido a oscuras? Este elemento no sería otro que el cuerpo y sus pasiones. Es decir, aquello que siempre ha quedado fuera de la historia justamente por no tener historia. Cuerpo y horror. El conocimiento de lo esencial sería a través de la violencia que se enseñorea sobre el cuerpo para hacerlo hablar, sin sangre, sin palabras, sino con gritos, con gestos, con espasmos, vibraciones y voluptuosidades. En el cuerpo se desataría todo aquello negado y sustraído al mundo de la razón, los infinitos estados que se apoderan de él, que lo desgarran, lo torturan, esos abismos, "esos reptiles escurridizos que se escapan hasta atentar contra las lenguas, hasta dejarlas en suspenso". El mundo se abriría entonces con sus misterios insondables, pero sobre todo innombrables, y cualquier imagen previa quedaría abolida por las fuerzas vitales que jamás son las mismas, que jamás causan los mismos efectos. Y en ese eterno vaivén de destrucción y construcción, la muerte jamás sería el opuesto de la vida sino tan sólo su transfiguración, su condición esencial para seguir siendo.

Pero si bien es cierto que los conceptos de horror, de crueldad, de mal, son tomados en Artaud (como también en Nietzsche, Bataille, Sade) como elementos vitales, este horror tiene doble dirección. Por un lado, el cruce hacia la suspensión del mundo hostil en Artaud no es más que la reacción de su propio cuerpo frente al espanto que le provoca el tedio, la muerte en vida, el letargo. El espanto frente a un mundo petrificado y sin sombras. Y por otro lado, este mismo horror expulsivo se torna a la vez positivo al convertirse en energía. El mal es activo, es movimiento. El mal es rigurosamente productivo, "es apetito feroz de vida, rigor cósmico y necesidad implacable". Artaud trabaja con lo que el mundo tiene de nefasto como si fuera un tratamiento casi terapéutico. Una medicina que ataca a los órganos del cuerpo para despertar las fuerzas anestesiadas por un lenguaje que, como una versión del Rey Midas en negativo, anquilosa cuanto se le pone al alcance. Una terapéutica para curar la enfermedad mortal de Occidente: la incapacidad del hombre moderno para entrar en contacto con todo aquello que no encuentra palabras para ser nombrado. Para Artaud, con la vida misma.

Pero Artaud no vive en México, ni en contacto con culturas primitivas; tampoco hay en Europa ritos de peyote para auxiliar a sus congéneres; la locura no es una epidemia y el sujeto occidental está muy lejos de los estados místicos. Sin embargo, está el gran refugio del arte. El arte que, como la peste, debe matar sin destruir, debe "invitar al espíritu al delirio". "No somos libres. Y el cielo se nos puede caer encima. Y el teatro ha sido creado para enseñarnos eso ante todo". La función del arte, del teatro, será rediseñar las relaciones entre las cosas. Deberá buscar nuevos códigos, nuevas tramas, nuevas semejanzas. Nada podrá ser excluido y absolutamente todo deberá cumplir una función vital, única, irrepetible. En otras palabras, la función del arte será hallar ese ritmo secreto que yace en el fondo de todo lo creado y que explica su origen. Como la música de los números de la Cábala que explica el retiro del caos; como los números que en la ciencia ordenan los átomos y explican la formación de los cuerpos; como en la montaña de los signos en el país de los Tarahumaras, donde las rocas hablan y relatan la historia fundacional de la raza.

En ese espacio de la ficción, donde se producen cataclismos cósmicos contagiosos y, a la vez, no ocurre realmente nada; en ese espacio donde el espíritu crédulo se embriaga con lo que no es, Artaud cree encontrar la gran cura para la civilización occidental. Ese arte, iluminado por soles extraños y maldito como la peste, sería, tal vez, el paso previo al silencio definitivo.

***
Artaud
Por Jean Marabini

Antonin Artaud murió ayer por la mañana en el asilo de Ivry-sur-Seine. A la hora en que solían llevar a los enfermos la taza de café y el pedazo de pan, la enfermera de servicio descubrió su cuerpo sin vida cuan largo sobre el piso. Tal vez había querido vestirse. Todavía sostenía un zapato en la mano.

Yo había ido a verle la semana anterior. Entonces me confesó que había contraído el cáncer y que debía tomar fuertes dosis de cloral* para aplacar sus sufrimientos. Había rechazado quince días atrás una invitación de sus íntimos, que querían llevarlo al sur. Les dijo:
-A fines de febrero o a comienzos de marzo estaré muerto.
La profecía se consumó.
Habitaba un cuarto desolado en lo que fuera el antiguo pabellón de caza de un Orléans. Estaba tendido al pie de una inmensa chimenea sobre un jergón. En la pared, unos dibujos fulgurantes suyos que recordaban los bocetos de Van Gogh.

Me dedicó una foto: "¿Hasta qué tonalidad de sangre iremos juntos?", y sobre la edición de su Van Gogh, respondió: "La tonalidad de sangre irá hasta el negro". Se levanta, enciende con la mano temblorosa un gauloise y se pasea por el gran cuarto:
-Sé que tengo cáncer. Lo que quiero decir antes de morir es que odio a los psiquiatras. En el hospital de Rodez yo vivía bajo el terror de una frase: "El señor Artaud no come hoy, pasa al electroshock". Sé que existen torturas más abominables. Pienso en Van Gogh, en Nerval, en todos los demás. Lo que es atroz es que en pleno siglo XX un médico se pueda apoderar de un hombre y con el pretexto de que está loco o débil hacer con él lo que le plazca. Yo padecí cincuenta electroshocks, es decir, cincuenta estados de coma. Durante mucho tiempo fui amnésico. Había olvidado incluso a mis amigos: Marthe Robert, Henri Thomas, Adamov; ya no reconocía ni a Jean Louis Barrault. Aquí en Ivry sólo el doctor Delmas me hizo bien; lamentablemente murió...

Continúa febrilmente:
-Estoy asqueado del psicoanálisis, de ese "freudismo" que se las sabe todas. Ahora sólo puedo concebir la pureza. Todos aquellos que dejaron algo: Edgar Poe, Baudelaire, Van Gogh, eran castos. Yo únicamente puedo crear cuando soy casto.
-Luego dirán que usted es cristiano...
-Eso no tiene nada que ver con Dios. Lo decía en mi famosa emisión radial prohibida. De paso, yo no tengo nada que ver con el escándalo que entonces se formó. La religión siempre ha sido ambigua en esos terrenos. En lo que me concierne pienso que debe abolirse el ser sexual. Hemos perdido, verá usted, una cierta concepción del hombre. Hacia el año mil, el hombre no moría. Hubo un tiempo en que vivía durante siglos. Había entonces pueblos enteros de muertos vivos como hoy apenas existen en algunos lugares apartados de Asia. Mientras los filósofos crean que existe de una parte el espíritu y de otra el cuerpo, el mundo no progresará. Sólo hay el cuerpo que el hombre pierde cuando piensa. Antaño, el acto era indirecto; no había ningún debate mental; la mano no hacía cálculos sobre si tomar o no tomar. En este momento quiero destruir mi pensamiento y mi espíritu. Por encima del pensamiento, del espíritu y la conciencia, no quiero suponer nada, no quiero admitir nada, no quiero entrar en ninguna parte, no quiero discutir sobre nada.

Sigue un largo silencio, interrumpido apenas por el crepitar del leño. Recuerdo que un día me confesó haber encontrado en el cloral esa libertad que buscaba, la liberación de sus obsesiones, lo que él llamaba su "rotación interna". Observo cerca de la chimenea la varilla de hierro que partió en dos durante su último delirio nocturno. Lo animaba entonces una fuerza luciferina.
Afuera, unos abetos, un pabellón oculto entre la maleza. Me dice que es la morgue y que en esa maleza irreal que lo rodea, a doscientos metros apenas del bosque por un costado y de las chimeneas de las fábricas por el otro, que ese pabellón podría ser el "jardín de la muerte" de Andersen.

Antonin Artaud contemplaba la cercanía de su fin desde hacía semanas. Aquella libertad que buscaba desesperadamente por fin la halló.

Frente a todo esto, ¿qué resta
del viejo Artaud?
algunas notas
aquellas del obrero de pozos que
trepa sin sol, hacia las afueras de la
bóveda redonda,
peldaño a peldaño por la escalera
del tiempo
gangrenado por la eternidad.
Hélas aquí a través de un cierto
pasado.

Antonin Artaud
(Fragmento de un poema entonces inédito)

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