lundi 12 octobre 2015

Iris MURDOCH∕ Cartas a Raymond QUENEAU

Cartas a Raymond QUENEAU
Por Iris MURDOCH

Siento la escena del puente: o mejor dicho, lo siento en el sentido de que, o no debería haberte dicho nada, o debería haberlo dicho mucho antes. Sentía un dolor inmenso cuando fui a verte chez Gallimard el viernes; pero con la reticencia típica de los ingleses, y con tu frío modo de mantenerme a distancia, no pude decirte nada aunque me moría de ganas de estrecharte en mis brazos.

Por otra parte, si hubiera empezado a hablar antes, a lo mejor me habría pasado el resto de la velada (tal como fue todo) llorando, y quería evitarlo a toda costa. Sin embargo, me alegro de haberte dicho por lo menos una palabra. No me atrevo a confesarte la barbaridad que pronuncié en mi corazón y que te has ahorrado. Ahora te escribo esto en parte para (por una vez) aliviar mis sentimientos, y en parte porque te quedaste sorprendido (¿¿o fingiste sorpresa??) con lo que te dije.
Mira, te amo en el sentido más absoluto que existe. Haría cualquier cosa por ti, sería cualquier cosa que tú quisieras que fuese, iría a verte adonde fuese y cuando fuese, si tú lo deseases, aunque sólo fuera un instante. Me gustaría dejar constancia de esto de forma categórica porque puede que la ocasión de repetirlo no se dé en el futuro próximo. Si pensara que tengo la menor posibilidad de estar contigo, vis à vis de toi, pelearía con uñas y dientes. Tal como están las cosas, no sólo nos separan las barreras del matrimonio, el idioma, la Mancha y sin duda otras muchas, sino que también está el hecho de que no me necesitas de la misma manera que te necesito yo, algo que queda patente en el tiempo que estás dispuesto a dedicarme mientras estoy en París. Por lo que a mí respecta, esto es, d’ailleurs, agua pasada; cuando me dijiste una vez «recommençons un peu plus haut» ya era demasiado tarde para que yo hiciera algo semejante.

(Estaba escribiendo los párrafos anteriores en una zona tirando a proletaria, en un cruce de rue du Four, cuando una mujer borracha me ha puesto la mano en el hombro et me demandait si j’ecrivais à maman. J’ai dit que non. Alors elle m’a demandé à qui? Y no he sabido qué contestar.)

No quiero causarte problemas con este tema, o por lo menos, ¡no muy a menudo! Sé lo doloroso que debe de ser recibir una carta de este tipo, cuando uno se dice: «¡Ay, Dios mío!» y pasa la página. Puedo vivir sin ti, te lo aseguro: es necesario, y lo que es necesario es posible, así que no me queda otro remedio. Sin embargo, lo que te escribo ahora no expresa un estado de ánimo parisino momentáneo, sino simplemente refleja en qué posición estoy. Sabes muy bien qué significa que una persona represente un absoluto para otra: eso es lo que eres para mí. No pienso en ti en todo momento. Pero sé que no hay nada a lo que no estuviera dispuesta a renunciar si tú quisieras. Me alegro de habértelo dicho (¡recuérdalo!), por si alguna vez sientes la necesidad de gozar de una devoción absoluta. (Aunque una vez más, sé por propia experiencia que en momentos de necesidad, uno termina confiando en alguien a quien ha conocido el día anterior.)

No te angusties. Contarte estas cosas me quita un peso del corazón. El tono que tus cartas me han dictado depuis des années me convient peu. No te conozco lo suficiente para saber si es voulu o no. Del mismo modo que no estaba del todo segura de tu «sorpresa» en el puente.

Verte de manera tan impersonal en París, sentados en una cafetería cuando sé que vas a marcharte al cabo de una hora, es un suplicio. Pero lo comprendo y estoy preparada (supongo) para asimilarlo, porque no tengo alternativa. Si creyera que te apetecería verme en Siena, iría. Pero (sobre todo después de haberte escrito en estos términos) tengo muy pocas posibilidades de llegar a descubrir si te apetecería o no.
[…]
Sentir una devoción incondicional hacia una persona es algo que me ha ocurrido una, dos o tal vez tres veces en toda mi vida. Los otros objetos de mi adoración han desaparecido. Tú permaneces. No hay sustitutos para este tipo de sentimiento y es imposible confundirlo con otra cosa cuando ocurre. Si para algo sirve, es para poner en evidencia las imitaciones y sucedáneos. Ojalá pudiera ofrecerte algo. Si sale algo de esta novela (o de la siguiente), es todo tuyo: igual que cualquier otra cosa que tenga, si tú quisieras. Te amo, te amo absoluta e incondicionalmente. Doy gracias a Dios por permitirme decírtelo con todo mi corazón.

Me resisto a cerrar esta carta porque sé que no volveré a mostrarme tan franca en el futuro. No porque mis sentimientos se hayan alterado, ça ne change pas, sino porque sentiré de manera más aguda la futilidad de esta clase de exclamaciones. En estos instantes, même malgré toi, me comunico contigo de una forma que tal vez no se repita. Me alegraría que las cartas que me escribes fuesen un poco menos impersonales. Mais ça ne se choisit pas. Yo también me he acostumbrado a escribir de manera impersonal, y ha sido un error. Querido mío. Me ocurre tan pocas veces el ser capaz de escribir una carta tan sincera y desde el corazón… Casi la penúltima fue una carta que te escribí en 1946. Te quiero tanto como entonces. Más, debido al paso del tiempo. Perdona si hay algo en esta carta que te resulte absolutamente «cansino». Acepta lo que puedas. Si hay algo en estas líneas que te proporcione placer o pueda darte consuelo en un mal momento, me sentiré halagada. Te amo con toda el alma, por eso no puedo evitar sentir que mis palabras tienen que «conmoverte» de algún modo, aunque no te des cuenta. Una vez más, no te angusties. Hay tantas cosas que me gustaría haberte dicho, y tal vez lo haga algún día. No quiero dejar de escribir… Siento que vuelvo a abandonarte.

Mi querido, queridísimo Queneau…


Articulo: http://www.elboomeran.com 06/08/2015