lundi 12 octobre 2015

José HOMERO∕ La poesía de un caminante

La poesía de un caminante
Por José HOMERO 

La paradoja rige la poesía de Hugo Gutiérrez Vega. Hay como actitud fundamental la desconfianza en la poesía como variación ontológica. 

Este recelo ante el poder de la poesía y su extensión al ámbito del lenguaje, la pertinencia de la denominación de la realidad, es un rasgo que comparten otros poetas de la generación de Gutiérrez Vega. Consecuencia diríase de la conceptualización del poeta como demiurgo del cisma romántico y de la idealización de la poesía pura como complemento de la sensibilidad cognitiva. Digámoslo con otras palabras: desconfianza en la palabra como cifra del mundo pero recepción asimismo de una poética del silencio entre cuyos modulantes se encuentra un poeta caro a Gutiérrez Vega: Julio Herrera y Reissig. No sorprende entonces esta vocación de silencio:

…palabras, palabras…
es mejor el silencio
pero si no crecieran
estaríamos más solos.

Gutiérrez Vega arraiga su obra en la actitud distante e irónica con respecto a los atributos potenciales de la palabra poética. Ese recelo se expresa en el abandono de la metáfora como sol del sistema poético y la preferencia por una escritura cimentada en la sobriedad figurativa: poemas como estampas, historias, proliferación de descripciones en frases cortas, a veces recurriendo al asíndeton –ausencia de preposiciones. Una poética que elige y privilegia el tono menor en vez de la aspiración mayestática. Una poesía que entra en la historia y abandona el mito. La poesía de un caminante.

Que los cantos no tengan pretensiones eternas,
váyase al diablo toda trascendencia.
Cantar aquí y ahora, y que el canto se enrede
mientras las nubes pasan, el sol sale
y, de nuevo, las nubes nos regalan su olvido.

Si hay otro rasgo que caracteriza a la poesía de Gutiérrez Vega es la mutabilidad. En el aspecto formal, en el esqueleto y la piel, si bien prevalece en el curso de las diversas etapas de su escritura, esa desconfianza en la magia poética y la elección de una escritura transparente descartando la exuberancia metafórica o la brillante oscuridad del barroquismo, se acusa una riqueza rítmica. La riqueza y lujuria de Gutiérrez Vega no está en sus imágenes, en sus líneas, en la composición de sus poemas, sino en las formas con que aborda la poesía; ese “ir de un estilo a otro” que indicara Carlos Monsiváis.

En su madura juventud, Gutiérrez Vega trae a la poesía mexicana el coloquialismo de la poesía en expresión inglesa; un poco de Frank O’ Hara, otro poco de las baladas de William Wordsworth, T. S. Eliot –como basso profundo que sostiene en el curso de los años esta composición– y W. B. Yeats. Si en su desconfianza metafórica, en su señalamiento de la grieta entre las palabras y el mundo, comparte Gutiérrez Vega gestos cómplices con otros compañeros de su generación –pienso en José Carlos Becerra, Eduardo Lizalde, José Emilio Pacheco, para no hablar de la grieta profunda que abre en la cordillera poética mexicana Gerardo Deniz–, en su elección de la historia y no del mito, de la anécdota en vez del relato mítico, Gutiérrez Vega se vincula con otros poetas de la lengua española que atestiguan los cambios a través de relatos y cuadros de las costumbres de su vibrante época. Iniciación sentimental y crónicas desde el frente de batalla. Desde Inglaterra en este aspecto es un libro clave de la nueva ciencia galante que cimbra el mundo y en particular a los latinoamericanos asentados en Europa. Inglaterra es en esa década el centro del mundo y Gutiérrez Vega hereda a la poesía en castellano un libro decisivo para airear los salones provincianos de la lengua. Y ese cuadro de costumbres adquiere un poco de la ironía, otro de la mímica del cine cómico mudo.

Mucha de esta actitud aún se percibe en los poemas últimos. Sin embargo, poco coherente sería señalar la mutabilidad formal de la poesía de nuestro autor y que a lo largo de su obra se mantuvieran los rasgos de balada y de estampas o viñetas descriptivas. Tras el encuentro de una voz con ecos sajones, Gutiérrez Vega nos sorprende con la adopción de los tonos de los poetas árabes. La libertad de la casida casa muy bien con la asunción del matiz de prosa que distingue esta poética. Resistencia de particulares inicia esta transición con un poema que acusa la huella de los tiempos. Si Simon and Garfunkel asentaban que las palabras de los profetas modernos estaban escritas en los muros, Gutiérrez Vega, quien antes nos había dicho que las onomatopeyas son más elocuentes que las palabras 1, prosigue ahora su abdicación al trono poético y elige el trono del retrete:

Debería callarme el hocico
y escribir solamente en los retretes
alumbrado por fósforos,
hacer grandes graffiti con carbón
y terminarlos con la punta de la nariz.

Bastaría con clasificar las varias formas poéticas que usa el poeta para pergeñar un ensayo con pretensiones totalizadoras o al menos topográfico. Gutiérrez Vega ha cultivado el epigrama y la poesía breve (Cuando el placer termine, 1971), ha tocado poemas largos donde repercute el mito y la asimilación de las mitologías prehispánicas (“Horas de la ciudad”). Incluso ha escrito su propia antología palatina –o su Feria o su Spoon River Anthology. Sobre todo Gutiérrez Vega se dejó penetrar por las tradiciones mediterráneas de la lírica castellana, gallega, italiana y portuguesa. De ahí que en sus mejores poemas encontremos eco de la poesía hermética de Giussepe Ungaretti o de Salvatore Quasimodo, el elogio sensual de los griegos modernos, o la hondura milenaria de la poesía andaluza, la saudade lusitana o el arraigo de las rías gallegas. Pocos poetas tan curiosos y ávidos de poesía en todas las expresiones y en todas las edades como Gutiérrez Vega; pocos también que hayan asimilado y no sólo remitido a esas poéticas integrándolas a su personal escritura. Poeta intertextual es un poeta de una riqueza lírica aún por descubrir. Al respecto atraigo la atención hacia su tarot: “Tarot de Valverde de la Vera”, incluido en Meridiano (1982).

Cada poeta matiza sus temas que suele compartir con otros poetas, sean aquellos a quien la edad los une o aquellos con quienes el ritmo sanguíneo empata de un modo singular hasta afinar la cuerda en una entonación secreta pero audible. La desconfianza en el poder demiúrgico de las palabras, en la concepción mítica de la poesía y en la aspiración al poema inmarcesible se traduce en diversas vías. En Gutiérrez Vega, más allá de la comunidad con la poesía en México en ese momento, que revela y se rebela contra la tradición poética anterior –comienza con ellos la posvanguardia–, la desconfianza, el recelo, responde también a motivos más profundos que la variación en el sistema escritural: nace de un idealismo que define al poeta. Sí. Idealismo. El poeta que desconfía de la vocación de conjuro y prefiere la conjetura, que desplaza el poema como cifra simbólica del conocimiento humano, sustenta una desconfianza en la realidad. Circula en esta poesía una constante sensación de irrealidad, de escepticismo con respecto a la consistencia de la materia. Movimiento pendular regido por la paradoja: la poesía no crea ya sentidos ni sustenta el mundo, pero el mundo aún es asunto de palabras, un sistema que exhibe su fragilidad:

Como el que ve las cosas
y siente que son frutos de su invención.

¿Es real el mundo o sólo un reflejo? Y este reflejo, ¿es sólo fruto del espejo o el espejo es un pasadizo? Un poeta de una generación posterior, David Huerta, habría de fundar una de las obras más altas de la poesía castellana reciente con el aserto: “El mundo es una mancha en el espejo. “Más cerca de los emblemas borgianos y de los inciensos de Las mil y una noches, Gutiérrez Vega se pregunta a través de los años si hay realidad o es una dimanación especular, si existimos o nos enfrentamos a otro que nos habla desde el fondo del espejo. Así la realidad es también el revés del lenguaje y el poeta es el otro que dialoga con el hombre cotidiano.

En ellos está el mundo
real por ser tan deseado.
La realidad,
un perro callejero
golpeado por la noche.
En los espejos
el rostro ya soñado
toma su luz precisa.

Al punto que será esta duda, que atraviesa la poesía toda de Gutiérrez Vega, la que conducirá a la principal convicción de esta poesía: no existe el tiempo, no hay escisión en los tiempos. A través de las sensaciones, a través de la experiencia de los sentidos se encuentran pasadizos en el tiempo. Y aun cuando nos enfrentemos a una poesía de la mutabilidad, en Gutiérrez Vega la convicción más honda, el sustento que articula su poética, es la visión de un tiempo que no transcurre, un tiempo, un espacio, donde las diferencias se anulan. ¿Heredad acaso de su lectura de T. S. Eliot, cuyo eco resuena, otra vez resuena, pisadas, cantos de niño entre la hiedra, a través de sus poemas? Si ciertamente el poeta duda de la consistencia de las cosas, de la materialidad del mundo, y se abisma en los espejos para descubrirse otro, no menos cierto es que así como descubre que los tiempos se anulan en el tiempo, en el presente único al que se abre la experiencia del poema, encuentra igualmente que ciertas experiencias, milenarias, diríamos, como el amor, el viento, la lluvia, nos devuelven a un presente primordial. Y así:

Nos acompañan todos los minutos.
Los golpes de ese viento
dan sentido
al presente, al futuro, a la memoria.
Porque el viento es así, porque es un ebrio
generoso y loco, el dador del minuto en que sentimos
que la vida nos une a su cortejo.

Advertimos entonces que el poeta que entraba en la historia y recusaba la presencia mítica descubre con su experiencia una nueva fundación: una eternidad del presente a través de las sensaciones. Urde entonces una especie de metafísica sensorial, una poética del canto y del cuerpo, tal lo entendiera Fernando Pessoa. Y por ello el poeta Gutiérrez Vega asienta la primacía del gozo, del placer:

Como ellos somos
tú, yo y los que se fueron
y sueñan con una realidad
inventada en el sueño.
Y todas las noches que vendrán
sobre la tierra
hecha para acariciarse
y no para otra cosa.

Ese placer, más que un disfrute egoísta, es la apertura para percibirse como parte de una totalidad. Quizá por ello en otro verso diga: “Sólo es verdad la carne”. Y es así que encontramos el reverso de esa dualidad; el modo en que se resuelve la paradoja. La única forma de entrar en la realidad, de vivirla como acontecimiento y no como acción que transcurre, es recuperando la plenitud de la sensación. Esa sensación es la que permite que la realidad nos traspase y a la vez que el mundo se reconcilie en el lenguaje. Para que las palabras tengan sentido deben recuperar su sentido a través de las sensaciones:

Nombrar las cosas era apoderarse de ellas,
hacerlas formar parte de nuestro propio cuerpo.

Como otro de sus contemporáneos y grande amigo suyo, Sergio Pitol, Gutiérrez Vega asentará que todo está en todo, pero antes habrá manifestado que la tierra, que vivir, es el acto milagroso (“Todo en la tierra es parte de un milagro. 224”). Por ello a Gutiérrez Vega no le preocupan sus mudanzas y las vicisitudes de su yo lírico, pues:

la primera persona me preocupa,
pero sé que no es mía:
todos somos lo mismo,
todo es uno,
uno es todo,
cada hombre es, al fin,
todo este mundo
y el mundo
es un lugar desconocido…

1 Algún día escribiré algo sobre los mitos de la época en que me he dedicado a vivir. Hablaré de los dioses y de los semidioses de las tiras cómicas –barrruuummm splash cusd ratatatata– que ahora dicen más que el hermoso plumaje de palabras

*FOTO: Algunos libros del poeta, diplomático e intelectual, Hugo Gutiérrez Vega, fallecido el 25 de septiembre, son Buscado amor, Cantos del despotado de Morea, Los soles griegos y Lecturas, navegaciones y naufragios/Archivo El Universal.


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