mercredi 30 décembre 2015

Fernando ARAMBURU∕“La editorial ni me pagó ni me hizo pagar, lo cual, con veintidós años, resulta afortunado”

PRIMERA MEMORIA
Por El Cultural

¿Te costó mucho publicar tu primer libro? ¿Cuándo fue? ¿Pudiste elegir editorial? ¿Quién te ayudó? ¿Hubo editores que te dieron la espalda? ¿Qué pasó cuando tu ópera prima llegó al fin a las librerías, si es que llegó?... El Cultural preguntaba y los escritores debían escribir un artículo contestando a todas esas preguntas con la mayor sinceridad y precisión posibles, es decir, con fechas, con detalles, con nombres. Ese fue el pacto, la razón de ser de una sección de nuestra revista que llamamos Primera Memoria y por la que pasaron, durante los años 2007 y 2008, una buena parte de nuestros escritores.


 “La editorial ni me pagó ni me hizo pagar, lo cual, con veintidós años, resulta afortunado”
Por Fernando ARAMBURU

HA LLOVIDO TANTO desde entonces que ahora mismo me viene la duda de haber publicado mis primeros libros en la época de los dinosaurios. Quizá un poco después, en la de los mamuts, y que nadie se dé por aludido. Por ahí reposa, dentro de una caja, una pila de ejemplares. Mi madre me dijo un día que no los tirase, que si alguna vez me hacía famoso me los pagarían bien. De sobra sé lo que quedó atrapado en sus páginas, hoy amarillentas, sin necesidad de detener la mirada en ellas: ejercicios verbales de ingenuidad y de impaciencia, y unos cuantos dones que fui perdiendo, ay, a la vez que la cabellera.

Miro atrás, a mayo del año 1978, cuando me conchabé con varios amigos para fundar en San Sebastián el Grupo CLOC de Arte y Desarte, puede que más de esto último que de lo primero. Estábamos a la cuarta pregunta, pero teníamos voluntad y, sobre todo, una cara bastante dura. Hoy se me hace a mí que la juventud literaria no práctica el salvajismo. Se ve a los jóvenes bien puestos en lengua inglesa, con todo Marcel Proust leído a edad temprana. Se les ve que esperan con educación a que caigan las estatuas mientras ellos reúnen méritos para sustituirlas sobre los pedestales. Nosotros no esperábamos. Simplemente las derribábamos o les destrozábamos la cara de asperón con lo que alguno de nuestros críticos dio en llamar el “martillo contracultural”. Todavía hay algún miembro de la generación anterior a la mía que no me saluda.

Se notaba un afán colectivo de cambio en aquel río revuelto que fue la Transición. Si no te dabas prisa a tirar la estatua, la tiraban otros. De la noche a la mañana a las calles de la ciudad les habían puesto nombres nuevos. Cualquiera que viniera postulando modificaciones y derribos pasaba por moderno, por ejemplo de superación del franquismo, por portavoz de corrientes intelectuales que triunfaban en el extranjero, y con las debidas conexiones y a poco que no carecieras de habilidad para eslabonar sujetos, verbos y predicados te abrían las puertas y publicabas. Alternábamos el ejercicio de la picaresca literaria con la militancia en el surrealismo, que era la bandera que enarbolaba CLOC en sus actuaciones públicas. Esta militancia yo la proseguía con el mismo denuedo en casa, donde sentado a un escritorio, a la luz de un flexo con bombilla azul, me pasaba las noches contando sílabas. Hace poco me metí a albañil y embaldosé el suelo de un cobertizo. Pues bien, colocar baldosas se me figura a mí que es como expresarse mediante renglones medidos que llaman versos. Tienes que ajustarlos unos al lado de los otros, cortarlos a medida para que quepan en los rincones y en torno a los obstáculos. De este modo se expresan aún no pocos albañiles del idioma, de manera que cuando han terminado la faena pues les ha salido un poema. ¿Me explico?

Mi obra personal se integraba de pleno en las actividades de CLOC. Para 1981 había reunido un fajo de poemas y surgió la posibilidad de publicarlos en una editorial que ni me pagó ni me hizo pagar, lo cual, cuando el autor tiene veintidós años, es una circunstancia afortunada. Efectué la criba correspondiente, pues todo libro de poesía es antológico; lo titulé Ave Sombra y lo firmé con mi nombre de guerra, Aramburucópulos, al que antepuse un “don” de broma al que me incitó un amigo. Me lo prologó con una entrevista imaginaria Félix Maraña, que fue quien gestionó la edición con Luis Haranburu; Josu Landa se encargó de traducir los poemas al vascuence y Álvaro Bermejo, cofundador del grupo, pintó la ilustración de la cubierta.

Por razones que no recuerdo, el libro tardó en salir. Tardaba tanto que se le adelantó otro de poemillas y canciones para niños que yo solía escribir en mis ratos libres de militancia para mis sobrinas y que me editó un primo. Bueno, el primo fui yo por costear de mi bolsillo los gastos de edición. Lo que pasa es que el editor era un primo mío impresor, no sé si me explico. Le puse El librillo. Más tarde apareció en mi poesía completa, de la Universidad del País Vasco, y Munárriz me lo sacó en el 95, con ilustraciones de Patricia Garrido.


DESDE ENTONCES. Sólo un año después, Fernando Aramburu (San Sebastián, 1959) alcanzaba la fama literaria con Fuegos con limón (1996), premio Gómez de la Serna 1997. Después llegaron novelas como Los ojos vacíos (2000), premio Euskadi; El trompetista de Utopía (2003), Bami sin sombra (2005), Los peces de la amargura (2006), Viaje con Clara por Alemania (2010), Años lentos (2012), premio Tusquets, La gran Marivián (2013), Ávidas pretensiones (2014), premio Biblioteca Breve, y Las letras entornadas (2015). Asimismo ha publicado ensayos como El artista y su cadáver (2002).


Articulo : Articulo : http://www.elcultural.com 12∕2015

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