mercredi 30 décembre 2015

J.J. ARMAS MARCELO∕“En las largas noches del Consejo de Guerra escribía hasta el amanecer”

PRIMERA MEMORIA
Por El Cultural

¿Te costó mucho publicar tu primer libro? ¿Cuándo fue? ¿Pudiste elegir editorial? ¿Quién te ayudó? ¿Hubo editores que te dieron la espalda? ¿Qué pasó cuando tu ópera prima llegó al fin a las librerías, si es que llegó?... El Cultural preguntaba y los escritores debían escribir un artículo contestando a todas esas preguntas con la mayor sinceridad y precisión posibles, es decir, con fechas, con detalles, con nombres. Ese fue el pacto, la razón de ser de una sección de nuestra revista que llamamos Primera Memoria y por la que pasaron, durante los años 2007 y 2008, una buena parte de nuestros escritores.


 “En las largas noches del Consejo de Guerra escribía hasta el amanecer”
Por J.J. ARMAS MARCELO

Estuve casi cuatro años, desde 1970 a finales de 1973, luchando a brazo partido con el texto de mi primera novela, El camaleón sobre la alfombra. Fui, en ese tiempo, un duelista de Conrad. El otro era el texto de la novela. Mis balbuceos primeros con la escritura literaria (Monólogos, tres relatos sin mucho interés, y Scherzos pour Nathalie, juegos poéticos en honor de un amor casi juvenil) sólo habían significado un pequeño calentamiento muscular para enfrentarme al “otro duelista”, la novela que tenía en la cabeza y que debía ponerme a escribir cuanto antes.

El Consejo de Guerra (mayo 1971/septiembre 1972: catorce meses duró la instrucción del mismo) contra Número Trece, de José Ángel Valente, me había convertido en reo de los militares franquistas como editor de la obra en Inventarios. Valente estaba en Ginebra y yo en Gran Canaria. De modo que estaba perdido. Catorce meses en “prisión domiciliaria” me retiraron del mundo cotidiano del trago y la tertulia interminable. Entonces, en las largas noches de la instrucción del Consejo de Guerra, escribía hasta el amanecer. El camaleón sobre la alfombra crecía como el hígado de los alcohólicos. Temeroso de mi nuevo tesoro, sólo le dije por carta angustiosa a dos amigos, lejanos en esos momentos en la geografía (Carlos Barral y Vargas Llosa), que estaba escribiendo una novela.

Tras la condena en el Consejo (seis meses y un día de cárcel, cumplidos en “prisión domiciliaria”), me echaron del Instituto donde daba clases de Latín y Griego (el poeta Andrés Sánchez Robayna fue entonces un alumno preferente). Me quedé sin trabajo y seguí ocupando mis noches en desentrañar el texto de El camaleón...,y dormitando durante las horas del día, cuando me quedaba solo en casa. La novela era, en realidad, para Carlos Barral, aunque no había ningún compromiso editorial, ni siquiera amistoso, pero estaba destinada a Barral Editores. Y, entonces, apareció por la isla donde yo vivía, atado al palo mayor de la escritura de mi primera novela, Enrique Badosa. Nos hicimos amigos y viajé con él al Sahara español durante un par de días. Le hablé de la novela que escribía tras él interesarse por mis trabajos y mis días. “Envíamela para leerla”, me dijo cuando regresaba a Barcelona. Y unos meses más tarde, en el momento que yo creía que la novela estaba lista para ser editada, se la envié al poeta Badosa, director de Plaza y Janés entonces, a Barral y a Vargas Llosa. “La he leído. Me gusta y voy a publicarla, si tú quieres”, me contestó Badosa una semana más tarde, por teléfono. “Vuelve a escribirla”, me aconsejó Vargas Llosa por carta. “La leeré pronto”, me dijo Barral en un escueto telegrama. Revisé el texto del a novela sin cambiar lo mucho, la verdad. Sólo por seguir el consejo del novelista al que más admiraba. Y le contesté por teléfono a Badosa afirmativamente. Esa noche me emborraché de ilusión literaria, juvenil y editorial con mis amigos de entonces, algunos de los cuales ya no están. Había ganado el duelo. “Otra vez será”, me contestó Barral en un nuevo telegrama, cuando le hice saber que la novela la publicaría Badosa en Plaza&Janés. Yo estaba entonces cerca de los 28 años de edad. Tenía dos hijos, una condena de un Consejo de Guerra de Franco encima, una inhabilitación para ejercer mi carrera en centros oficiales, carecía de pasaporte, pero era inmensamente feliz. Había ganado el pulso y escrito una novela. Ahora había que seguir leyendo y escribiendo novelas. De todo aquello me queda hoy la enorme sensación de felicidad cuando vi el primer ejemplar de la novela. Y un agradecimiento imperecedero al poeta Badosa y a Plaza&Janés.


DESDE ENTONCES. Juan Jesús Armas Marcelo (Las Palmas, 1946) siguió leyendo y escribiendo novelas como Las naves quemadas (1982), El árbol del bien y del mal (1985), Los dioses de sí mísmos (Premio Internacional Plaza & Janés, 1989), Madrid, Distrito Federal (1994), Cuando éramos los mejores (1997), La orden del Tigre (2003) Casi todas las mujeres (Premio Ciudad de Torrevieja, 2004), Al sur de la resurrección (2006), La noche que Bolívar traicionó a Miranda (2012) y Réquiem habanero por Fidel (Premio Francisco Umbral, 2014).


Articulo : Articulo : http://www.elcultural.com 12∕2015