mercredi 30 décembre 2015

Lola BECCARIA∕“Si tú me dices ven, lo dejo todo, pensé”

PRIMERA MEMORIA
Por El Cultural

¿Te costó mucho publicar tu primer libro? ¿Cuándo fue? ¿Pudiste elegir editorial? ¿Quién te ayudó? ¿Hubo editores que te dieron la espalda? ¿Qué pasó cuando tu ópera prima llegó al fin a las librerías, si es que llegó?... El Cultural preguntaba y los escritores debían escribir un artículo contestando a todas esas preguntas con la mayor sinceridad y precisión posibles, es decir, con fechas, con detalles, con nombres. Ese fue el pacto, la razón de ser de una sección de nuestra revista que llamamos Primera Memoria y por la que pasaron, durante los años 2007 y 2008, una buena parte de nuestros escritores.


 “Si tú me dices ven, lo dejo todo, pensé”
Por Lola BECCARIA

UNA VEZ QUE hemos conseguido seducir a un editor tanto como para que se atreva a publicarnos, enseguida se nos olvida el drama pasado. Lejos quedan las zozobras existenciales y el esfuerzo titánico de sacar la novela a la luz. Y, sin embargo, creo que la experiencia de publicar podría aportar a los escritores temas suficientes como para componer la letra de unos cinco mil boleros dedicados a los editores, en la línea de ese que dice “Eres en mi vida, ansiedad, angustia, desesperación...” o el conocido “Suave que me estás matando, que estás acabando con mi juventud...”. Muchos sabéis de lo que hablo: el sádico proceso y los dolores de tripas que conlleva, hasta que finalmente ocurre el milagro y llega el hada madrina que decide invertir un dinerito en sacar nuestros manoseados legajos en papel impreso.

Desde que me empeñé en ser escritora, allá por el año 89, me emperré asimismo en seducir a una especial hada madrina, llamada Jorge Herralde. Mi primer manuscrito –que a estas alturas sigue inédito en un cajón, un tocho de unas 350 páginas– lo envié en 1991 a Anagrama. Tenía yo claro entonces que si tuviera una varita mágica que me permitiera publicar en alguna editorial, escogería ésa sin dudarlo. Pero como no tenía varitas ni conocía a ningún fabricante, hice lo que hacemos casi todos al empezar: paquete que te crío a Correos, calle Pedró de la Creu, 58, Editorial Anagrama, Barcelona, y una carta pidiendo audiencia para mi novela. Al cabo de un par de meses, recibí la siguiente tarjetita de Herralde, de su puño y letra: “Querida Lola: lo lamento mucho pero estamos desbordados. En tu novela se ve que tienes madera de escritora, por lo que me gustaría que nos enviaras la próxima. Un abrazo. Jorge”. Es posible que Jorge le dijera lo mismo a todo el mundo, pero yo me creí esperanzadamente lo de que mi segunda novela podría estar a la altura. Así que envié la primera a alguna editorial más (conservo como oro en paño las bellas, caballerosas cartas de negativa de Pere Gimferrer) y como no cuajó en ninguna, enseguida me puse con la segunda –esta vez un tocho menor, unas 300–. Volví a repetir la operación, envié el manuscrito a Anagrama, y recibí, el 11 de marzo del 93, mi segunda tarjetita: “Querida Lola: lamento la decisión negativa, pese a que en este segundo intento haya una clara mejoría. Confiemos en que a la tercera... Cordialmente, Jorge”.

En fin, la tercera, que también me puse a escribirla harta de no poder publicar la segunda, no se la envié. Confieso aquí públicamente mi villanía. Estaba algo resentida, lo reconozco, y no quise enfrentarme a la posibilidad de una tercera negativa de Anagrama. No era sólo cuestión de amor propio, sino el miedo a ser rechazada de nuevo. De modo que llamé a otras puertas y por fin, en el año 96, publiqué mi primera novela, gracias a mi querido amigo, exquisito editor y maravilloso escritor, Luis Magrinyà. Aun así, andando el tiempo, Jorge me envió una nueva tarjeta: “Querida Lola: me alegró conocerte, espero que a la cuarta... Un abrazo, Jorge”. Como veis, aunque no tenía yo más que una novela publicada, él se acordaba perfectamente de que una nueva novela haría la número cuatro de mi repertorio. Y ya vamos llegando al final de la historia.
Con mi segunda novela –la cuarta que escribía– llegué a finalista del Nadal en 2001. Esa noche del 6 de enero, en la fiesta del Ritz, estaba Jorge. Me felicitó cariñosamente; como dos viejos colegas hablamos de literatura, y entonces, sin mediar tarjeta alguna, salió de sus labios la oferta tentadora de enviarle mi próxima novela, “a ser posible sin publicar”, añadió con humor. “Si tú me dices ven, lo dejo todo”, pensé. Así que dicho y hecho, escribí una nueva novela, envié otro paquete, y Jorge quiso, por fin, editarme, ¡catorce años después de mi primer intento! Como comprenderéis, publicar en Anagrama era para mí algo realmente especial, por no decir más importante que si me dieran el Nobel. Por eso le canto aquí a Herralde mi propio bolero, que lleva alma, corazón y vida. Y quiero hacerlo no sólo porque me sienta ligada a él como la hiedra y porque con él aprendí que existen nuevas y mejores emociones, sino porque editores como él son los que redactan, mano a mano con los escritores, las páginas esenciales de la historia de nuestras letras.

Siempre me pregunté qué disparate de presupuesto tenían en Anagrama para las tarjetas. Pero me hizo darme cuenta de lo importante que es tenerlas y querer escribirlas, lo importante que es mantener viva la ilusión, como el primer día, por la literatura.


DESDE ENTONCES. Lola Beccaria (El Ferrol, 1963) ha trabajado en la Real Academia Española como lingüista y lexicógrafa. Entre sus novelas destacan La debutante (1996), La luna en Jorge (2001), Una mujer desnuda (2004), Mariposas en la nieve (2006), El arte de perder (Premio Azorín 2009), Zero (Planeta, 2011) y Mientras no digas te quiero (2014). También es autora, con La Fura dels Baus y Fernando León, del argumento para el guión de Fausto 5.0.


Articulo : Articulo : http://www.elcultural.com 12∕2015